Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Month: December, 2014

El Juego

El Juego es un juego de mesa. Se juega sobre un tablero cuadrado de cuadradas 729 casillas. Lo sé, el número es ridículo, pero me declaro completa y absolutamente inocente respecto de la constitución de las reglas. Consiste en una elegante complejización del clásico y ya de por sí elegantemente complejo ajedrez. Tiene castillos, caballería, soldados con espada, arqueros, armas de asedio y un rey. Cada jugador distribuye sus 54 piezas a voluntad en el tercio de tablero más cercano a él y mueve hasta 18 piezas cada turno, decidiéndose el resultado de los combates mediante la combinación del lanzamiento de dos dados y un sistema de bonificaciones de puntaje. El objetivo es matar al rey del oponente, pero esto solo puede hacerse con el propio rey.

El porqué fui inicialmente invitado a la Sociedad de Jugadores se explica mediante una secuencia de eventos casuales que incluyen el cortejar a una pelirroja en el Barrio Lastarria, invitándola repetida e infructuosamente a tomar un café, tomar unas cervezas a solas en un bar de Bellavista, involucrarme en un pelea callejera a puño sin tener idea de por qué peleaba ni contra quién y, luego, caminar fumando marihuana por el Parque Forestal junto a un grupo de encantadoras turistas neozelandesas. No intentaré aclarar o explicar más todo eso, primero, porque lo he intentado en incontables ocasiones sin tener éxito y, segundo, porque es completamente irrelevante. Mi primer oponente me explicó las reglas y decidió que uno de sus socios actuaría como mi consultor personal durante el primer enfrentamiento. Afortunadamente, la capacidad de observación, la memoria y la porfía son tres de mis más grandes habilidades. Contra todos los consejos, dejé que mi flanco izquierdo fuera masacrado, con lo que conseguí el espacio que necesitaba para moverme en formación de cuña, rodeando el centro de mi oponente, hasta alcanzar a su rey.

No tengo idea de quién fue el inventor del Juego. La Sociedad no conservaba entonces registros para ese tipo de sinsentidos. Todo lo que le importaba era quién venció a quién, cuándo, cómo y en cuánto tiempo. Las maniobras más notables se guardaban en una gran biblioteca, bautizadas con el apellido de su creador. En mis múltiples paseos por la Biblioteca, solo pude encontrar tomo tras tomo de anales indicando las partidas y jugadas más notables, de los más notables jugadores, las que fui estudiando y de a poco incorporando a mi juego. También encontré a jóvenes recién admitidos, grandes promesas todos ellos y con pocas esperanzas todos ellos de ser algún día algo más que grandes promesas. Esa biblioteca fue también donde empecé a conocer de verdad a Isabel.

Mi escalada en la jerarquía de la Sociedad fue meteórica. Al menos en los últimos 40 años, nadie más que yo había conseguido, en un lapso de tres semanas, ganarse un asiento en el Consejo, habiendo comenzado desde el más absoluto desconocimiento sobre la existencia de la Sociedad. Los Concejales más viejos me adoraban y consideraban que mi estilo era refrescante, pero la verdad es que nunca he sido un gran estratega y, además, he perdido una buena cantidad de las partidas. Creo que simplemente me destaqué porque no me daba miedo arriesgarme y tomar decisiones rápidas. Eso, en medio de un grupo formado sobre todo por ajedrecistas y jugadores de Go, lentos y cuidadosos todos ellos, me hacía destacar como payaso en un juicio oral.

Don Segundo, el más viejo de los miembros del Consejo, había sido el último advenedizo en ascender tan rápido: había tardado dos semanas en entrar al Consejo. Era él también quién me apoyaba más incondicionalmente. Antes, me decía, en la Sociedad había menos siúticos. Su estilo también había sido revolucionario, pero era muy distinto al mío; más tranquilo, más equilibrado, más elástico. Jugamos seis veces, de las que ganamos dos cada uno. Las otras dos terminaron en empate, pero él iba ganando ambas. Podría decir que Don Segundo fue mi maestro, no en el juego, pero sí en cómo moverme en la Sociedad. Él me enseño también la importancia de algunas reglas de caballerosidad, que por mi personalidad (y estilo de juego) no acostumbraba a practicar. Fue él también quien me presentó “oficialmente” a Isabel.

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Una vez, hace tiempo, hablando con unos amigos, llegamos a la conclusión de que al hablar de una pelirroja bonita no es necesario decir que es bonita, sino que basta con decir que es pelirroja. En cambio, cuándo una pelirroja no es bonita uno está obligado a decirlo, porque de algún modo la belleza se asume encadenada al color de su pelo.

Bueno, Isabel era pelirroja y eso le da una importancia mayor a la que tendría ya por ser, además, la nieta de Don Segundo. De hecho, Isabel era LA pelirroja; esa que uno se da vuelta a mirar en la calle; esa que consigue tragos gratis en los bares; esa que hacía que a Charlie Brown le dieran ataques de pánico. Por si eso fuera poco, jugaba bien, en un estilo como el su abuelo, un poco más metódico y reflexivo, sí, pero igual de elegante. La había visto antes de ser admitido en la Sociedad (de hecho, la había invitado a tomar un café en el Barrio Lastarria) y muchas veces luego, estudiando en la Biblioteca.

Pasé varias semanas leyendo en la Biblioteca junto a Isabel e invitándola con insistencia a tomar un café, aunque fue siempre infructuoso y eventualmente, casi sin darme cuenta, dejé de hacerlo. Comentábamos las jugadas, las comparábamos, las reproducíamos en un tablero y buscábamos obsesivamente las mejores formas de anularlas. Bueno, exagero: Isabel se obsesionó con anularlas. Yo me fui enamorando cada vez más del juego táctico y pensado cuidadosamente y empecé a usar las jugadas que más me gustaban. Empecé a usarlas, a combinarlas y a encadenarlas; empecé a desdeñar mi anterior forma de jugar. En una oportunidad, jugando contra un novato, encadené por entretención cinco maniobras y terminé la partida mezclando tres más. Después de eso, él  dejó de jugar y, tiempo después, renunció a la Sociedad.

Las reglas de la Sociedad obligan a una partida de entrada, de admisión, con el fin de incorporar al recién llegado al ranking, pero no imponen condiciones mínimas para la permanencia. Al momento en que lo conocí, Don Segundo llevaba casi ocho años sin jugar una partida oficial. Así mismo, después de ser admitida, Isabel pasó meses sin jugar partidas oficiales y restringió sus visitas a la Sociedad a conversar con su abuelo y estudiar en la Biblioteca. Entonces me desafió a mí, por mi puesto en el Consejo.

Me tomó completamente por sorpresa. En ese momento Isabel y yo nos reuníamos todos los días en la Biblioteca, a leer y comentar jugadas. Ella celebraba todas mis victorias y no se perdía mis juegos, fueran oficiales o no, además, por regla general se desafiaba a miembros con quienes uno no tenía relación. Desafiar a un amigo, era traición. Desafiar a un rival, era poco caballeroso.

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Todo lo anterior, más o menos, me lleva hasta mi situación actual y, creo, se me ocurre una buena forma de describirla: es como ser Hulk sin la súper fuerza (enojarme y ponerme verde, pero quedarme solamente en eso); es como ser Superman sin poderes (ponerme la capa y el calzoncillo rojo, pero aun así no poder volar); es como ponerme el Anillo Único y no hacerme invisible; es como ser Ironman sin el traje y tener que conformarme con la plata y las mujeres. No, ese último ejemplo no es bueno: ser Ironman sería la raja, aunque no tuviera el traje.

No estoy diciendo que yo sea un huevón cabrón como Hulk, Superman o, sobre todo, Ironman (no incluyo a Frodo esta vez en la lista, porque ese huevón era un pussy), pero digamos que de las cosas que sé hacer (y sé hacer bastantes) hay varias para las que soy realmente bueno. Por eso este juego, esta partida en particular, me está resultando tan desagradable, por eso me sudan tanto las manos, por eso mi arritmia da la impresión de estar en un casting para baterista de jazz. Después de todo, ¿qué es uno, sino una miserable colección de intereses y habilidades?

Isabel, por otro lado, se ve absolutamente tranquila, absolutamente cómoda.

Tal vez pueda parecer exagerado que una simple partida me ponga así de nervioso, así es que seré más claro: además de estar en juego mi asiento en el Consejo, lo está también mi racha de 74 partidas sin perder. En cualquier caso, todo eso pasa a segundo plano comparado con la horrorosa facilidad con que me están venciendo. Es como cuando ese niño de media me ganó mis bolitas cuando yo estaba en primero básico: ninguno de mis esfuerzos funciona. Isabel dispuso sus tropas para esperar mi ataque y lo hizo bien. No hay aperturas, no hay puntos débiles, no tengo forma de acercarme sin exponerme.

Además, no es como que yo esté jugando mal. Ni de cerca. Por ejemplo, estiro mi formación en diagonal, hostigando a Isabel, tentándola, amagando fintas, dando vueltas una y otra vez sobre su defensa y, cuando al fin logro que salga y elimino dos de sus piezas, su respuesta es veloz y brutal y pierdo inapelablemente seis de las mías. Se siente como una cachetada. Entonces empiezo a hundirme lentamente en la desesperación. No, no es desesperación, es más una angustia sorda, informe y oscura y, por ende, más desesperante que la desesperación.

Se me agotan las ideas. Se me agotan las tácticas. La formación defensiva de Isabel gira sobre sí misma, se curva, se estira, se contrae ante cada uno de mis avances. Intento el Ataque Doble Cuña Fernández-Arrau, pero solo consigo descuidar y luego perder a la mitad de mis arqueros. Avanzo usando la Columna Triple Ariztía-Lorca y la encadeno con la Envoltura Jiménez-Peñaloza (con lo que saco aplausos entre los espectadores), pero Isabel me detiene y pierdo prácticamente todos mis espadachines antes de poder reagruparme.

Poco a poco crece en mi la sensación de que solo puedo ganar si abandono todas las precauciones, si me convenzo de que perder no es tan malo, si salto a adelante en la brutal e irracional carga que hace algún tiempo me caracterizaba, si juego tal y como soy.

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–Te tomaste tu tiempo –dice Isabel, sonriendo al ver que ordeno mis tropas en mi típica formación de carga: una flecha obtusa, con las piezas frontales en doble fila–. Empezaba a pensar que terminaría ganando por desgaste.

–Quise darte algo de ventaja –respondo, sonriendo también. Sus tropas son ahora casi el doble de las mías. Me tiemblan las manos al tomar mis piezas.

Cuando termina mi turno estoy listo y mis piezas están tan cerca de las de ella que si quisiera pasar al ataque tardaría tres turnos en vencerme. Lo sabe y no lo hace. Mueve solo una pieza: su rey, ubicándolo tan lejos de mi frente como su formación lo permite.

Avanzo, atacando con mi primer par de espadachines, en la punta de mi formación. Los dados me favorecen en el primer lanzamiento. Con mi segundo par (segundo y último) no tengo tanta suerte: lo pierdo, pero de todas formas logro abrir un agujero en la defensa. Entonces ataco con ocho piezas de caballería, entrando en diagonal por la apertura y siendo favorecido por las bonificaciones (solo pierdo una pieza), así es que termino mi turno ubicando seis arqueros en posiciones de bloqueo, para que la entrada no pueda volver a cerrarse, pero en su turno Isabel consigue hacerlo de todos modos y embolsa a las piezas que rompieron su formación. Por fortuna para mí, haciendo esto gasta 16 de sus movimientos, así es que no consigue luego eliminar a las que entraron y en mi siguiente turno abro de nuevo el cerco usando los arqueros que me quedan y entro a la bolsa con el resto de mi caballería y mi rey. Entonces, al ver su oportunidad, Isabel no duda y la toma, pasando al ataque, pero el orden de mi caballería rodeando a mi rey me da bonificaciones adicionales. Me dan ganas de huevonearme por no haber atacado antes así.

Me quedan cinco arqueros, dos soldados con espada y 12 caballeros. Isabel tiene seis arqueros, cuatro espadachines y 14 caballeros. Los castillos y  arietes están abandonados desde el principio de la partida. Parece que de alguna forma muda e involuntaria nos pusimos de acuerdo para que esto se desarrollara, de principio a fin, como una batalla campal.

Isabel rodea a su rey, imitándome y me ataca por los flancos. Pierdo un caballero, pero avanzo de inmediato en carga con parte de mi caballería, en línea, nueve piezas al mismo tiempo, con lo que arrollo a sus espadachines sin necesidad de lanzar los dados. Muevo a mi rey en la segunda fila, saliendo hacia la derecha, a lo que ella responde moviendo a los arqueros que le quedan a posición de bloqueo, así es que avanzo de nuevo, esta vez solo con los caballeros que están más cerca de mi rey. También avanzo por la izquierda con los espadachines y arqueros que me quedan, sobrepasando la línea de Isabel. Creo que se desespera al verse pronta a perder su ventaja numérica, porque ataca en todas las direcciones al mismo tiempo.

Después de eso quedamos prácticamente igualados (tres caballeros y un arquero contra tres caballeros un arquero y un soldado con espada) y gastamos el siguiente turno en reagrupar nuestras piezas. Entonces noto que Isabel empieza a mirar una y otra vez a su castillo, por lo que avanzo con mi ariete por primera vez en la partida

–No será necesario –dice entonces,  mientras levanta la vista del tablero por primera vez desde que empecé mi ataque–. No tiene caso. Me rindo.

Lanzo un suspiro de tranquilidad, apoyando la espalda en el respaldo de mi asiento. No me había dado cuenta de lo agarrotado que estaba. Mientras tanto, la gente que miraba la partida empieza a retirarse, hasta que unicamente Don Segundo se queda con nosotros. Sonrío.

–¿Qué te parece si me rindo yo y después vamos por ese café que me debes?

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Romper Niebla

Son $9990. -dice el cajero.

Le pasó un billete de veinte lucas (¿Sí o no que son un cacho esas huevadas?) me entrega el vuelto (milagrosamente en sencillo) y vuelvo a la calle.

¿Qué cresta significa eso de que TENGO que leer el libro? No tengo que leer nada. Técnicamente no es necesario leer nada. La mayoría de la gente va por la vida, feliz y cantante, sin preocuparse jamás por leer. Esto de leer una adicción y los que no la padecen son benditos. ¿Cuántos libros leerá Messi al año? ¿Y Neymar? ¿Cuántos libros leerán los actores de The Big Bang Theory? Todos ellos probablemente no leen ni la décima parte de lo que leo yo, todos ellos probablemente no han leído ni la centésima parte de lo que he leído yo, pero eso no evita que mi sueldo sea apenas la milésima parte del que cada uno de ellos se embolsa. Y tampoco es como que alguno sea tan bueno en lo que hace o que la rubia de The Big Bang Theory esté tan rica (sí, lo dije. Le encuentro cara de prótesis, ¿y qué tanto?). Así que, ¿Qué chucha importa que todavía no haya leído Niebla?

No entiendo esa especie de esnobismo premeditado, esa necesidad de aparentar sorpresa y espanto cuando confieso que no he leído Niebla o que no he visto El Padrino o que no creo que Claudio Narea sea mal guitarrista. El mejor libro que he leído sigue siendo Las Vacaciones del Pequeño Nicolás, igual que la mejor película de todos los tiempos es El Imperio Contraataca, y el mejor guitarrista que conozco es Geoff Farina, de Karate (¿Qué, no lo concoces? ¿Me vuelve eso un esnob como tú? Ojalá que no). ¿Tengo que ver películas que no me interesan? ¿Tengo que leer libros que no salvan a nadie solo porque todo el mundo diga lo contrario? ¿Tengo que llegar a mi casa a encamarme con mi mujer solo porque los demás la encuentran rica? ¡A la MIERDA! ¡A la MIERDA con toda esa mierda! Bueno, no con mi mujer. Yo también la encuentro rica.

Mi mujer me saca de quicio, sí, pero aun así la encuentro rica. Mis hijas son igual de odiosas, igual de tincadas, igual de porfiadas, igual chillonas y tienen el mismo par de obnubilantes ojos azules. Así como Puta y Chucha se casaron y tuvieron dos hijas (Chuta y Pucha) y las dos son más parecidas a Chucha que a Puta, mis hijas se ven y comportan casi exactamente como la segunda y tercera edición de mi mujer, al menos según me cuenta mi suegro, porque yo conocí a mi mujer a los 25 años y mis hijas tienen hoy cinco y cuatro.

Hace un clima agradable, raro para la primavera en Santiago, con poco polen y la humedad justa, con la cantidad de nubes precisa para que el atardecer dé gusto pero no para que parezca que son las ocho cuando son en verdad las seis. La gente todavía no ha empezado a llenar los bancos de la plaza, están muy entretenidos mirando a un grupo de payasos frente a la Catedral. Los pocos que están sentados son  cabros jóvenes (al menos más jóvenes que yo) que hojean sin entusiasmo revistas y libros (revistas de música y libros de  diseño o arte) y visten esas camisas a cuadrillé y jeans de colores impensables, combinación que  condimentan con unos lentes que les tapan la mitad de la cara, audífonos innecesariamente grandes y peinados horrorosos (y seguro que todos ellos sí han leido Niebla, ¿Cómo no?).

De entre todo ese ambiente de mierda aspestoso a incienso y mates plásticos y tarot por luca elijo una banca en el centro de la plaza, donde menos gente hay, rompo sin piedad el envoltorio plástico (como de frugellet pero transparente) y, después de revisar que nadie me esté mirando, parto con el libro (¿Como cresta una novela de 150 páginas puede necesitar tres prólogos que en total suman 50 páginas mas?). Augusto Pérez parado en la puerta de su casa alargando el brazo para ver si llueve (¡Qué empezada más huevona por la cresta!) y luego caminando sin poner atención a nada más que a lo que piensa, preocupado de lo bonitas que se ven las cosas sin usar.

Me saca de mi hastío literario una mujer que se sienta con su hijo en el mismo banco que yo. ¿Me estará hueveando? Al frente nuestro hay un banco desocupado completito, ¡para ella sola! El niño debe tener un año más que la Sole (la mayor de mis hijas).

Por un momento pienso en ser cara de raja y decirle que se cambie. Después pienso en cambiarme yo y sentarme al frente de ella y mirarla feo. Finalmente vuelvo a mi lectura. ¿En qué iba? ¡Ah! Sí. Augusto Pérez jugando ajedrez mientras piensa en Eugenia Domingo, mientras piensa en el ajedrez pero no en la partida de ajedrez que está jugando. Bueno, ya lo decía Einstein: “Todo hombre  capaz de conducir adecuadamente un automovil mientras besa a una mujer hermosa simplemente no le da al beso la atención que merece”. Augusto Pérez pierde. Parece que Unamuno era incapaz de sorprender.

-Caballero, ¿Qué está leyendo?

Miro al niño, que me mira a su vez como si yo fuera una lagartija de chorrocientos colores, como si fuera lo más raro que ha visto en su vida. La mirada es limpia o, más bien, límpida. Le respondo que estoy leyendo Niebla, de Miguel de Unamuno, y me pregunta, después de un momento, si de verdad ese Miguel tenía una sola mano. Su mamá le dice que no me moleste, le dice Mi Amor, no moleste al caballero. Ella parece estar de muy buen humor tan ocupada tecleando algo en su teléfono.

Sigo leyendo. Augusto Pérez se cruza en la calle con Eugenia Domingo y la reconoce pero en vez de hablar con ella prefiere ir a hablar con la portera de la casa en que ella vive. ¿Por qué cresta seremos tan huevones algunos hombres que no nos atrevemos a ir de frente cuando una mujer nos gusta? Y además los escritores son doblemente huevones, porque escriben libros en los que el “héroe” es igual de huevón y pusi que uno en la realidad. Uno debería tener los testículos mejor puestos e ir y hablar de frente no más (tal y como hizo mi mujer conmigo).

-Mi tío Jaime tiene un perro que se llama Perejil Vacunilla. -me dice de pronto el niño.

Intento controlarla pero me revuelve el estómago y sube lenta, inexorable. Mi último recurso es pensar con amargura en mi inexistente aguinaldo dieciochero. No me sirve de nada. Cierro el libro y me largo a reir.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Miguel.

-¿Cuantos años tienes, Miguel?

-Seis.

Le pregunto si va al colegio, y si ya sabe leer. Me responde sí y sí, así que le pregunto si quiere leer un poco del libro. Lo toma, lo abre en cualquier página y lee en voz alta “No quiero héroes. Es decir, los que procuran serlo. Cuando el heroísmo viene por sí mismo, naturalmente, ¡Bueno!; pero ¿Por cálculo? ¡Querer comprarme! ¡Querer comprarme a mí, a mí! Le digo a usted tía, que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese…”. Lee lento pero sin juntar las letras. Le cuestan las palabras procuran, heroísmo y naturalmente.

-¿Es su libro favorito? -me pregunta el niño devolviéndome el libro.

-No, la verdad es que no quiero leerlo.

-¿Y  entonces por qué lo está leyendo?

-Porque mi esposa dice que es bueno.

El niño se queda unos segundos callado, balanceando las piernas mientras mira fijamente al suelo.

-A mí no me gustan los garbanzos aunque mi mamá me diga que son ricos. -dice al fin.

-¿Y los has probado alguna vez?

-No. -responde.

Su mamá guarda al fin su teléfono y dice Vamos, Miguel, tengo que llevarte a donde tu papá. Miguel se levanta, me dice Chao, caballero. Ojala que le guste el libro. Y se va corriendo detrás de su mamá antes de que yo pueda decirle que a mí tampoco me gustan los garbanzos, pero que sí los he probado.

Resulta que ya que el libro tampoco es tan bueno como para seguir leyéndolo, busco la página que leyó Miguel, la recorto y boto el resto del libro en el primer basurero que me encuentro de camino al Metro. Se me está haciendo tarde, y tengo que llegar a mi casa a comer y a leerle a las niñas antes de que se duerman. Mi mujer me llama por teléfono y me pregunta cuanto me falta para volver. A esa altura ya estoy en el andén. Se lo digo y le pregunto qué hay para comer.

-Garbanzos. -responde.

Transformarse en rana

Martes 1 de julio

No resultó. Hoy la vi sentada con toda calma, en su puesto. Tenía a su derecha una pila con los libros a los que les doblé las esquinas de las páginas más notables y mecánicamente, sin poner atención, las iba desdoblando y luego dejaba los  libros en una pila a su izquierda. Con una mano trabajaba y con la otra jugaba 2048, haciendo las dos cosas simultáneamente con una naturalidad que bordeaba en lo glamoroso.

¿Cómo puede ser que alguien que tiene tan poco interés en leer trabaje en una biblioteca? ¿Acaso no preguntan por hábitos de lectura en las entrevistas de selección de personal?

Lo único que le he visto leyendo es una edición ilustrada de “Miltín 1934”. Como nunca había visto libros ilustrados en la biblioteca le pregunté dónde estaban. Me dijo que era de ella.

En realidad agradezco que la hayan contratado, porque de lo contrario jamás me hubiera fijado en ella.

Si tan solo le gustara leer sería perfecta.

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Lunes 1 de diciembre

La verdad es que no supe que había sido él hasta harto después. Yo ya estaba trabajando en este estudio de arquitectos.

Mi jefe tenía que ir a la inauguración de una biblioteca. Yo no había participado en ese proyecto, fui reemplazando a una colega, así es que solo tenía que verme presentable, quedarme cerca de él, responder a los saludos que recibiera y no hablar más de lo estrictamente necesario. Ni siquiera iba a poder admirar el edificio, porque ya perdí la capacidad de ver el trabajo de otro arquitecto y fijarme en lo positivo. Ni la enorme cantidad de libros bastaba para motivarme.

De aburrida en esa inauguración, mientras paseaba entre las estanterías, me encontré con él, que estaba sentando leyendo una copia de la misma edición ilustrada de “Miltín 1934” que yo tenía.

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Lunes 7 de julio

–¡Leedlo! –dijo el Rey.

El Conejo Blanco se puso los anteojos. –¿Por dónde empiezo, si me permite Su Majestad? –preguntó.

–Empiece por el principio –dijo el Rey con toda gravedad, como quien emite una sentencia sabia– y continúe hasta el final; al llegar ahí, deténgase.

Alicia en el País de las Maravilla, Lewis Carroll.

Estas líneas son de una de las ediciones más bonitas (lamentablemente también la única repetida en los estantes) que he visto de “Alicia en el País de las Maravillas”. Las recorté. El sólo pensarlo de nuevo hace que me dé asco. Por suerte no había ninguna ilustración en el reverso.

El plan es más o menos este: recortaré libros (párrafos o diálogos), los mejores que encuentre entre en las estanterías y los iré dejando en el mesón de préstamos, donde ella los vea. A ver si así logro que se interese en los libros.

Me da una especie de risa triste el pensar que mi viejo me desheredaría si supiera lo que acabo de hacer, casi puedo escucharlo enmierdado exclamando “¡y de puro caliente no más!”. En todo caso lo hice bien, sin tocar otras páginas y sin cortar nada más que el contorno del párrafo. Un trabajo bien hecho, como a él le gustan. Siempre me ha dicho “si vas a hacer algo, hazlo bien, especialmente si está mal que lo hagas”. De todas formas será mejor que de ahora en adelante mantenga esta bitácora bien escondido.

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Sábado 6 de diciembre

Lo primero en lo que me fijé cuando todo empezó, fue en que alguien dejaba los libros en el mesón, a pesar de que habíamos puesto carritos por todas partes para la gente que los sacara de las estanterías y no se acordara de donde dejarlos.

Los primeros que vi ahí tenían algunas páginas dobladas. Arreglarlos fue una lata pero podía hacerlo con una sola mano, así que no quedaba invalidada.

Después de eso vinieron los recortados.

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Jueves 17 de julio

Entró desde la cálida lluvia que chisporroteaba en el pavimento de Ninsei y, por algún motivo, la distinguió en seguida: una cara entre las docenas de caras alineadas frente a las consolas, perdida en el juego. Tenía entonces la expresión que le vería, horas más tarde, en el rostro dormido en un nicho de un hotel del puerto; el labio superior como las líneas con que los niños dibujan un pájaro volando.

Neuromante, William Gibson.

Por suerte esta edición de Neuromante era la más fea.

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Viernes 12 de diciembre

No recuerdo ahora por qué esa primera vez fui a buscar otra copia de esa edición de Alicia en el País de las Maravillas, la llevé a mi puesto y busqué el párrafo que faltaba en la copia recortada. Tal vez esperaba encontrar algo trascendental, algo que pudiera cambiarle la vida a quien lo hubiera recortado, algo que tal vez pudiera cambiarme la vida a mí. Casi me dio risa cuando lo leí, pero no porque el texto tuviera alguna gracia: no era más que un diálogo ridículo (eso pensaba entonces, hoy me río cada vez que lo leo), un diálogo que seguramente sólo habría hecho reír a un niño del siglo en que se publicó el libro. No, me dio risa por mí, por mí y mi no-sé-si-todavía-llamarlo-inocencia. ¿Cómo cresta alguien como yo, que estudiaba en ese entonces algo con tantos números, podía creer que un libro pudiera enseñar algo tan importante?

Mi hermana tiene un dicho (dice que se le ocurrió a ella, pero hace un tiempo me di cuenta de que lo leyó en El Alquimista, de Coelho): “algo que pasa una vez puede no repetirse nunca, algo que pasa dos veces pasará sin dudas una tercera”.

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Martes 22 de julio

He aquí un chisme utilísimo –se dijo-; de otro modo, tendría que apuntar con lápiz el nombre de esa señorita y podría borrarse. ¿Se borrará su imagen de mi memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de unos ojos… tengo la sensación del toque de unos ojos…

Niebla, Miguel de Unamuno.

Creo que esta vez sí está resultando.

No me atrevo a cantar victoria todavía. Prefiero resistirme al optimismo. Hoy tenía a su lado dos copias de “Alicia en el País de las Maravillas” y dos más de “Neuromante”, de las mismas ediciones que rompí.

Romper “Niebla” no fue difícil. No sé si me insensibilicé un poco después de los dos primeros o si este tercero simplemente no me importa tanto. Digo, es uno de los mejores libros que he leído pero había tantas copias y por lo demás en ediciones con tan poca gracia que recortar las líneas fue un trabajo mecánico, casi frío, tal vez incluso como el trabajo de un forense haciendo autopsias. No sentí nada.

Me estoy quedando sin libros aquí en la casa. En el velador tengo sólo dos que no he leído. Pronto tendré que comprar más.

Últimamente he estado leyendo muy lento. Me cuesta retener las palabras.

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Miércoles 17 de diciembre

Me di algunas vueltas por los pasillos, para ver si en una de esas lo pillaba in fraganti, pero no todo lo exhaustivas que me habría gustado, porque llegaba gente a pedir libros y no podía dejarlos esperando. Una vez incluso me pidieron el libro de reclamos. Finalmente no me quedó otra que quedarme en el mesón. Entonces empecé a leer.

El primero que leí fue “Niebla”, el primero de los que él cortó y lo primero que leí desde que salí del colegio. “Alicia en el País de las Maravillas” era demasiado absurdo para mí (las dos películas de Disney eran la única referencia que tenía, pero no me pareció necesaria ninguna otra) y el tercero era de ciencia ficción, que nunca me había interesado. A “Niebla” en cambio lo conocía de primero medio (no lo leí, leí un resumen y le copié a una amiga en la prueba, pero igual) así es que fue un poco como recordar los años del colegio.

Cuando leí el de Cortázar empecé a engancharme en esto. “Un tal Lucas” tuvo toda la culpa. Era una cosa de no alcanzar a terminar de reír y ya tener ganas de llorar y después empezar a reírme de nuevo. Las “Luchas con la Hidra” y los dos “Hospitales”, los “Pudores” y los “Estudios sobre la sociedad de consumo”, las “Traumatoterapias” y las “Largas Marchas”. Lo leí en la biblioteca y la gente me miraba raro cada vez que iba a que les autorizara los préstamos. Debo haberme demorado dos días en terminarlo y empecé a leer por segunda vez al tiro.

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Sábado 26 de julio

Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol.

“Lucas, sus largas marchas”, Un tal Lucas, Julio Cortázar.

Cortázar es un viejo conocido. El primer libro que mi viejo me regaló fue “Historias de Cronopios y de Famas”. Yo tenía siete años en ese momento. Debo haberlo leído más de 30 veces antes de cumplir los diez. Recién entonces me di cuenta de que había más libros de él. Los pedí todos, me los compraron y los leí cómo en dos meses. Casi repetí de curso.

Iba a recortar alguna copia de “Historias…” pero creo que “Un tal Lucas” será más de su gusto. Es menos metafórico, más concreto, más gracioso.

Ya voy en la mitad del último libro pendiente que tenía en mi velador. Me demoré dos días y medio en leer el penúltimo. No he comprado nada todavía. La verdad es que no he tenido ganas de entrar a una librería. Ayer pasé fuera de la QueLeo del Drugstore y vi saliendo a un viejito con una bolsa con seis o cinco libros. Se veía tan contento que me dieron ganas de hacerle una zancadilla.

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Miércoles 24 de diciembre

“Neuromante” fue el último que leí de los que él cortó. De hecho lo leí ya cuando era compulsiva. La ciencia ficción sigue siendo de los géneros que menos me gustan, pero “Neuromante” es la gran excepción (bueno, el Ciberpunk en general me gusta).

De aburrida en esa inauguración (esa de la que partí hablando pero me fui por las ramas) terminé paseándome entre las estanterías y lo encontré con una copia de la misma edición ilustrada de Miltín 1934 que yo tenía. Yo había encontrado una copia de “Un tal Lucas” y me puse a buscar un sillón para leer. Él estaba en un pasillo, sentado en el suelo, leyendo (o tal vez sólo viendo los dibujos, porque pasaba los dedos lentamente sobre las líneas). Le pregunté dónde la había encontrado, le dije que no sabía que ahí hubiera libros ilustrados. Me dijo que era de él y después se fijó en el libro que yo llevaba y me preguntó si me gustaba Cortázar. Le respondí que sí, que es de mis regalones. Entontes me preguntó si me habían gustado los otros, “Alicia en el País de las Maravillas”, “Neuromante” y “Niebla”. Hizo énfasis en si me había gustado La Historia Interminable. Fue como dicen las siúticas: “Mi vida entera pasó ante mis ojos”.

Hablamos un poco y tomamos un café en calle Londres. Le pregunté si ya había leído el tercero libro de “Las Crónicas del Asesino de Reyes”, que yo acababa de terminar, y me respondió que hacía varios meses había dejado de leer cualquier cosa que no fuera ilustrada. Fue decepcionante.

Parece que los príncipes no necesitan brujas ni besos para transformarse en ranas.

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Miércoles 6 de agosto

Se puede estar convencido de querer algo -quizá durante años-, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo se convierta en realidad, sólo se desea una cosa: no haberlo deseado.

La Historia Interminable, Michael Ende.

Hace más de una semana que no leo nada.

Hoy corté “La historia interminable”, que fue mi entrada a la fantasía, y casi fue agradable rasgar la página.

Ella estaba leyendo “Un tal Lucas”. Sonreía al dar vuelta las páginas.

Recuerdo que mi profe de matemáticas en segundo medio decía que los bostezos no se contagian, sino que en el mundo hay sólo bostezo y que salta de persona en persona. Seguramente los gustos por leer son muchos más que los bostezos pero de todas formas no son suficientes.

No creo que vuelva a ir. De hecho, creo que voy a deshacerme de mis libros.

Turbulencia

En Jurassic Park, la primera, cuando la rubia y el guardaparques encuentran al matemático odioso herido (no me acuerdo bien si en la escena está lloviendo o no, pero sí me acuerdo de que es de noche), empiezan a escuchar unos golpes graves, sordos y a lo lejos, pero lo bastante cercanos para hacer que el piso tiemble suavemente. Entonces, Ian dice: “¿Sintieron eso? Esos son… esos son temblores de impacto, eso son”, todo mientras la cámara enfoca un Jeep pintado de más colores de los que soy capaz de recordar. El encuadre permite ver, además del auto y los personajes, una poza de agua que es en realidad una huella de Tiranosaurio. A cada golpe (que a estas alturas de la película uno ya sabe que son pisadas de dinosaurio), se forman ondas en el agua, partiendo desde afuera y uniéndose hacia el centro. Ahora que lo pienso, no puede haber estado lloviendo, o si no las ondas en la poza no se verían, disueltas en el ruido generado por las gotas. Pero estoy dando vueltas sin meterme al tema. El punto es que, desde que vi esa película, siempre que tiembla, y cuando tengo cerca un vaso con agua o un plato con sopa, miro siempre el plato/vaso tratando de ver la onda. Nunca he podido.

Esta vez hacía lo mismo. En la mesita frente a mí tenía un vaso con Coca Cola (había tres hielos también y eso probablemente habría anulado el efecto, pero en ese momento no lo pensé) y me concentraba, intentado ver las ondas que me avisaran las turbulencias a pesar de que lo más lógico era que las sintiera antes en el asiento, pues la mesita sobre la que estaba el vaso iba unida al asiento mediante un brazo flexible, lo que, por simple mecánica, hace que se pierda un poco de energía en la transferencia, por lo que en el asiento sentiría antes el movimiento, además de sentir turbulencias aún más suaves. Pero me estoy saliendo de nuevo del tema (no saliendo en realidad, porque ni siquiera te he dicho cuál es el tema) y tampoco te quiero aburrir con Física.

Me gustaría poder decirte que me fui todo el viaje mirando por la ventana. Me gustaría poder decirte que la visión de la Cordillera escarpada y cubierta de nieve, las nubes bailando bajo el avión y el cielo de un azul tan intenso que casi era violeta, las tres cosas a la vez, me precipitaron a elevadas cadenas de pensamiento y a profundas ideas sobre la vida, universo y todo lo demás. Me gustaría poder decirte que alcancé una privilegiada perspectiva acerca de mi verdadera, y por lo demás insignificante, posición en el mundo gracias la vista de una niebla arremolinada y espesa que a un lado rompía como oleaje contra los cerros, de un bonito color amanjareado, y al otro se extendía hasta el horizonte, completamente plana y rodeando un solitario cerro que sobresalía como isla en un mar blanco y grabado en cámara lenta. Me gustaría poder decirte que aclaré mis opiniones acerca de los sistemas económicos y la instrumentalización del uso de la tierra para beneficio del hombre, todo gracias a haber visto un paisaje absolutamente plano divido en parcelas hasta donde alcanzaba mí mirada, que desde diez mil metros de altura era bastante (si te interesa puedes obtener un cálculo aproximado suponiendo que el radio de la Tierra es de 6500 kilómetros, sumándole los diez a los que volaba el avión y aplicando luego unas sencillas fórmulas geométricas, pero ahora no quiero aburrirte con Matemáticas). Me gustaría poder decirte todo eso, pero no puedo.

La verdad es que durante buena parte del viaje sí miré por la ventana, pero no logré mucho más que exclamaciones mentales del tipo “¡Uh! ¡La huevada la raja!” (ahora que lo pienso, puede que no hayan sido sólo mentales). Sí, iba atento a las turbulencias, ¿qué esperabas? Y cada vez que el asiento empezaba a moverse, miraba; primero, al monito ese de “abrocharse los cinturones”; segundo, a las azafatas, para ver si en algún momento dejaban de moverse por la “cocina” o los pasillos y se iban a sentar como precaución; y tercero, a unos españoles de terno, al otro lado del pasillo, que se veían tan aburridos que me daban la impresión de estar insufriblemente acostumbrados a estos viajes, lo que los volvía perfectos “termómetros” en caso de que llegara a haber alguna turbulencia por la que valiera la pena preocuparse.

Otra buena parte del viaje me la pasé tratando de elegir un disco para escuchar. La azafata mala (esto es igual que en las películas de pacos, siempre hay una buena y una mala) me obligó a guardar el notebook en el portaequipaje, dijo que no podía haber nada suelto (aunque después ella misma repartiera bandejas con tenedores y cuchillos), así es que me quedé nada más que con los discos que llevaba en el bolsillo. Había hecho una selección pensada especialmente para no aburrirme, pero ya me está faltando música, así es que después de apenas media hora ya estaba pasando carátulas sin poder decidirme por algo.

La otra buena parte del viaje me la pasé tratando de decidir si la azafata buena me había hecho cambio de luces. En general no me gusta cómo se ven las minas con el pelo tan tirante hacia atrás, me da la impresión de que están tratando de hacerse un lifting artesanal o que, por algún motivo, necesitan ser tan aerodinámicas como puedan, pero a ésta no le quedaba mal. Tampoco me gusta mucho cómo se ven las minas con los labios pintados muy chillonamente, pero el rojo que llevaba esta, no era chillón. Era rojo, sí, pero uno más bien cargado a los violetas y ligeramente oscuro y no muy saturado. Un rojo agradable. Se fijó en el sticker de SubPop Records que tengo pegado en la cubierta del notebook y me preguntó qué discos había comprado. Le respondí que solo uno, el primero de Thumpers. Ella no los conocía y me alegré un poco, de hecho me anduve envaneciendo. No me digas hipster, por favor, sabes que me cargan esos huevones. En fin, me preguntó qué estilo eran y hablamos un poco mientras ella guardaba las maletas de los demás pasajeros que estaban cerca de mí. Incluso nos reímos cuando me dijo que la primera vez que la dejaron bajarse en Seattle preguntó por la disquería más grande y salió cargada con todos los discos de Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains, Blind Melon y el resto de la oleada grunch.

A estas alturas ya debes estar preguntándote por qué partí todo esto hablándote de la poza/huella y los “temblores de impacto” de Jurassic Park y el vaso con bebida en la mesita y las turbulencias. Fácil: porque me gustaría tener un sensor de ese tipo (aunque no sea uno muy sensible) para saber cuándo una mina me hace cambio de luces. Imagínate: viene un temblor, una turbulencia, y ya sé qué hacer, sin correr el riesgo de quedar como imbécil porque malinterpreté una señal. Bueno, tal vez la gracia está en el riesgo y yo no he sabido darme cuenta. ¿Qué pasó con la azafata? Nada. Nunca supe si fue o no cambio de luces.

Ztandup

Hoda. Me llamo Duiza, tengo 56 añoz y no zoy un tedetubbie. Tengo pdobdemaz de pdonunziazión.

Tdaztodno ded habda.

Impedimento de diczión.

Detazo mentad. No, ezo no. Como doz vi diéndoze quize hazeddoz zentid mad.

Adedante, díanze no maz. No ze pdeocupen. Zientanze en confianza. Ya ze que habdo como Cadditoz, de Aventudaz en Pañadez.

Ez buena eza, pedo no ze me ocuddió a mí. Ademád de no poded habdad bien, no tengo muzda imaginazión. Da nieta de una amiga ded codegio do dijo una vez que fuedon a vedme. Da pobde Odimpia (mi amiga ze llama Odimpia), no zabía donde ezconded da cada.

Hay adgo de teddibde en da inozenzia que tienen doz niñoz pada pdeguntad daz cozaz. Como no tienen doz fidtdoz a doz que doz adudtoz eztamoz acoztumbdadoz, llegan y tidan no máz y zi da cago me avizan.

Pada zed honezta, no me di cuenta de mi pdobdema hazta que entde ad codegio. No hize jaddín infantid podque en eze tiempo no eda máz que pada doz millonadioz. Cuando doz demaz niñoz empezadon a deídze, me demode como toda una mañana en dadme cuenta de que ze deían de mí. No dudó muzdo en todo cazo, podque da pdofezoda empezó a depadtid caztigoz entde doz máz odiozoz, y de ahí doz demaz ze abudiedon.

En eze tiempo cdeía que mi pdobdema eda pada compenzad adgún zúped poded. Miz hedmanoz deían doz comicz de Zúpedman, y yo a vezez doz hojeaba y penzaba, ezte huevón vueda, tida fuego pod doz ojoz, ve a tdavez de daz cozaz y daz badaz de debotan, pedo mándado a tocad una pieddita y ze caga entedo.

Entozez, yo penzaba, do mío no ez tan gdave, tad vez yo pueda volad no maz. Azí que, teniendo antez da pdeacauzión de zacad todoz doz cojinez de da caza ad patio, zadté dezde ed badcón de da pieza de mi mamá.

No quize pdobad con ed fuego pod doz ojoz. Me dio miedo que me dodieda. Y ved a tdavez de laz cozaz no me intedezaba. Penzé que no me guztadía midad a mi mamá y ved un mojón moviéndoze ahí dentdo.

Dezpuéz, ya máz gdande, me cambiadon de codegio y me daba vedgüenza id, podque doz niñoz me midaban dado, azí que tdataba de no habdad, de no padtizipad de nada, y me ezfodze un poco pod dezapadezed. No dezudtó, podque doz niñoz me midaban podque fui da pdimeda ded cudzo a da que de cdeziedon daz pezdugaz. Ahí encontdé mi zúped poded. ¿Cómo habdan zido de cadientez ezoz niñoz que no ze deían de mí ni ziquieda cuando yo eczagedaba a pdopózito mi fodma de habdad?

En eze tiempo noz hizimoz amigaz con da Odimpia. Ella eda da otda tetona ded cudzo, y dezidimoz que eda mejod compadtid ed poded que pedeádnozdo.

Damentabdemente eza epoca dodada no dudó muzdo. Cuando ad dezto de daz niñaz tambien dez cdeziedon daz pezdugaz vodví a da nodmadidad antediod. Ahoda ya todoz eztaban acoztumbdadoz a mi fodma de habdad, azí que pazaba compdetamente dezapedzibida. Ni ziquieda doz adumnoz nuevoz me pezcaban. Ad pdinzipio ze dezcodocaban un poco, pedo dezpuéz ze daban cuenta de que ed dezto ded cudzo me tdataba con nodmadidad.

Como doz adudtoz tienen fidtdoz pada ezte tipo de cozaz, no me coztó encontdad pododoz en da univedzidad. Doz pdofezodez me tdataban iguad que a doz demáz, y con ed tiempo ze acoztubdadon hazta ed punto de no nezezitad que dez depitieda daz cozaz cuando dizedtaba. Ez máz fome que da cdezta da vida pada da gente que no llama da atenzión.

Me cazé y tuve doz hijoz, Pabdo y Jodge. Ahoda que do pienzo, pude habed penzado en nombdez que me fuedan máz fázidez de pdonunziad. Doz doz cdeziedon, invitadon compañedoz de codegio a da caza, pododeadon, ze cazadon y tuviedon hijoz. Pedo nadie vodvió a hazed notad mi pdobdema.

Cuando ezcuzde da pdegunta de da niñita cazi me puze llodad y da Odimpia iba a empezad a detadda cuando de dije que no ze pdeocupada, pedo cuando de eczpdiqué que ezdaba de menoz que daz pedzonaz ze fijadan en mí, ed enojo cambió de objetivo ad tido. Que edez huevona Duzdita pod da cdezta, me dezpondió. Pedo no con mi pdonunziazión. Ella habda bien. ¿Cómo cdezta puedez ezdad de menoz que uno ze fije en ezo? Odi, ez da única etapa de mi vida en da que no he pazado dezapedzibida. Nunca haz pazado dezapedzibida Duzda. En ed codegio teníaz enamodado a da mitad ded cudzo, incduyendo a adgunaz de daz niñaz, zodo que en eze tiempo no eztaba tan de moda zed gay, azí que ze hazían daz docaz.

Hazía muzdo tiempo que no me detaban tanto. Y no eztoy hueveando. Da Odi ze pazó todo ed admuedzo en ezo, y de tapaba doz oidoz a zu nieta cada vez dezía un gadabato. Me decoddó que fui deina mezdona y que pada ezo no tuve que habdad. Me decoddó que mi pdomedio de notaz eda de zeiz coma tdez y que doz pdofezodez me adodaban. Me decoddó que tdabajé (haziendo cdazez, pada máz demate), conozí a mi madido, me cazé y tuve hijoz, que cdeziedon zanoz y ze hiziedon pdofezionadez también.

Nunca haz pazado dezapedzibida Duzdita. Nunca.

No tenía nada que degadadde a da Odi, pedo en da pieza de Jodgito encontde un peduzde de Madio Bdoz y ze do degade a de niñita. No ze zi de habdá guztado, pedo ad menoz fue do baztante educada pada zondeid y dadme daz gdaziaz.

Azí que acá eztoy. Dejé de pdeocupadme pod huevadaz, pedo de vez en cuando vuedvo a penzad en cuad zedá mi veddadedo zúped poded. Vodad ya no me intedeza. Ahoda quiedo adgo máz útid, como hazedme invizibde cuando voy a eczezo de vedozidad o hazed que miz nuedaz apdendan a cozinad de una buena vez o, pod údtimo, deztapad zedvezaz con da mente. ¿Zedá muzdo pedid?

Punto de Inflexión

Sonríe. Sutilmente, sí, pero sonríe y con eso basta para que se formen los hoyuelos, no en sus mejillas sino en las comisuras de su boca de labios finos y rosados, que de todas formas consiguen contrastar con su piel blanca, decorada con miríadas de tenues pecas y enmarcada por un pelo negro de destellos castaños aquí y allá. A pesar de todo esto son sus ojos los que me dejan sin aliento. Si su pelo es ébano sus ojos son ceniza, ceniza rodeada de bronce, tan brillantes que parece que de un momento a otro la veré pestañear y sonreír completamente desde la fotografía.

La encontré hace 10 o 9 días en un libro y desde entonces he estado viniendo a cada tanto a comprobar si sigue ahí. Está fechada el 14 de febrero. Desde ese día y hasta hoy han pedido prestado el libro seis veces. Cualquiera de esos seis, o incluso quien lo tenía el día en se tomó la foto, pudo haberla dejado ahí dentro. Estaba por la mitad, así que es poco probable que haya sido el primero, a menos que seis personas seguidas lo hayan pedido desde entonces para que juntara polvo en sus casas.

No está sola en la imagen pero es hacia ella que mis ojos vuelven una y otra vez. Abraza a una mujer muy parecida a ella, tal vez una hermana o una prima, también muy blanca pero de pelo corto, muy corto, ojos cansados y una pequeña cicatriz junto a su ojo derecho.

Reviso que nadie me vea, guardo la foto en mi bolsillo y anoto el nombre y el código del libro. También las fechas en que lo pidieron, por si acaso. Lo dejo en su sitio y vuelvo a avanzar por el pasillo empujando el carrito de reposición.

Termino la ronda y vuelvo al mesón, entro al sistema en el computador y busco el código del libro. Disculpa, estoy buscando El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa. ¿Puedes decirme dónde está?

Es una mujer, joven, por su tono de voz, o tal vez una mujer con voz de joven pero entrada en años. No la miro así que es difícil estar seguro. Sí. Está en el pasillo V, de literatura hispano-americana. Acabo de dejarlo ahí. Este es el código.

Indico la dirección y entrego el papel con los datos que me piden, sin levantar la vista, y vuelvo a concentrarme en la pantalla y las fechas y nombres que me muestra. Antonio Bravo, 10 a 24 de febrero; Francisco Sepúlveda, 6 a 20 de marzo; María Fernanda González, 22 de marzo a 7 de abril; Inés Pérez, 5 a 19 de junio; Gabriel Fernández, 19 de junio a 4 de julio; Bárbara Correa, 22 de agosto a 6 de septiembre; Ignacio Anguita, 7 a 21 de septiembre. Siete personas. Cuatro hombres y tres mujeres.

Disculpa. Lo encontré. Levanto la vista. Es la misma mujer que me preguntó hace poco por el libro de Vargas Llosa. Es blanca, y de pelo negro, pero la luz de la biblioteca no quiere ayudarme a identificar el color de sus ojos. Necesito saber quién lo pidió y si alguien lo ha tomado desde hace cuatro semanas, más o menos.

La miro unos segundos levantando lentamente una ceja y ella empieza a excusarse. Tal vez se sonroja, pero de nuevo la luz no coopera. Dice que se le quedó un marca-páginas en el libro, uno que tiene mucho valor para ella, y que quiere recuperarlo. Si ella fue quien lo pidió, debería haber sabido donde está, ¿No? Perdona, pero no puedo darte esa información. Las normas de la biblioteca me lo prohíben. Sus ojos se vuelven vidriosos mientras me pregunta si hay algo que pueda hacer. Mira, déjame hablar con mi jefe. Vuelve mañana a esta hora.

Y sonríe. Sutilmente, sí, pero sonríe y con eso basta para que se formen los hoyuelos, no en sus mejillas sino en las comisuras de su boca de labios finos y tal vez rosados. No lo sé con certeza. Esta vez la luz solo me ayuda a distinguir la pequeña cicatriz junto a su ojo derecho.

Tatuaje

No sé cuál de sus tatuajes es el que más me gusta. En total he contado catorce, pero es posible sean más y que algunos se hayan traslapado. El top three lo forman el que tiene en la cara interior de su muñeca izquierda, el del muslo derecho, y ese a lo largo de las costillas, por el costado derecho. Sé que ese último es el que me parece más sensual, y que el que encuentro más bonito es el de su muñeca, y que el más estético es el de su muslo, pero no podría elegir uno sobre los otros dos aunque me tuvieran encañonado. No sé por qué creo que el de las costillas es el más sensual.

Cuando la conocí pensé que era anoréxica, o adicta a alguna huevada dura, o ambas. Eso hasta que supe que ni siquiera fumaba, y hasta que la vi comer. Ahí entendí que es más bien cómo si estuviera compitiendo con su cuerpo. Ella come todo lo que puede (harto más que yo, de hecho), y su cuerpo se niega a agarrarse de un solo gramo. Sus amigas (y las mías también, dicho sea de paso) le tienen envidia, porque nunca engorda. Ella le tiene envidia a ellas, porque no tienen que rellenar sus sostenes. Y es que de verdad se parece a esas pendejas pobres, obreras y a medio desnutrir que Egon Schiele retrataba en pelotas.

Está acostada, o más bien recostada, sobre la cama, desnuda, con las piernas juntas y los pies sobre el piso, y el peso del cuerpo apoyado sobre los codos. El largo pelo negro tomado en un moño corto, la cabeza erguida, y la mirada cruzando la ventana, como si pudiera ver mil maravillas ahí donde yo veo sólo una mañana fría y gris, típica de los primeros días de primavera en el Puerto. Es la única modelo que conozco que acepta trabajar tan temprano.

-¿Cuándo vas a empezar? -pregunta sin mirarme- Me está dando frío.

Pido disculpas y disparo. El obturador suena cinco veces. Disparo de nuevo, y suena cinco veces más. Cada vez que trabajo con esta cámara el sonido del obturador me recuerda al de las ametralladoras en las películas de la segunda guerra mundial.

Pasan los escasos minutos en que la luz del sol es lo suficientemente clara para lo que estamos haciendo, así que le digo que se vista, que sigamos mañana con ese set, que descansemos un poco. Saco la tarjeta de la cámara y empiezo a copiar las fotos al computador. La miro ya vestida y le ofrezco una cerveza. Acepta.

Mientras busco el destapador me pregunta por las cinco cajas de frutillas y otras tantas de vino que tengo  apiladas esperando para irse en la basura.

-Me gusta el borgoña. -respondo.

Sonríe. Me dice que es su favorito, que lo toma desde que estaba en el colegio. Le digo que yo lo descubrí harto más viejo que eso, casi a los treinta, que lo tomé con mi ex y me quedó gustando.

-Es bonito cuando dejas uno de tus gustos en otra persona -dice sonriendo con un dejo de melancolía-. Es como si nunca más se separaran.

Esa sonrisa es la gran razón por la que trabajo con ella. No sé bien si de verdad la siente, o si la usa sólo cómo máscara, pero se ve real, y creo que eso es todo lo que, cómo fotógrafo, debería importarme.

-Algo parecido pasa con los tatuajes -replico-. ¿O no?

Sonríe. Al menos dos de los suyos están dedicados a exnovios.

La luz nos sirve de nuevo, así que se cambia de ropa y se sienta en el living, en el sillón más cercano a la ventana. Va a dejar la botella en la mesa de centro, pero le digo que no lo haga, que la sostenga, que no se ve mal. El color café del vidrio contrasta sobre su piel.

-¿Cómo va tu otro trabajo? -pregunta.

Disparo, cinco veces. Le digo que renuncié, hace un par de semanas. Sonríe. Me pregunta si me voy a dedicar completamente a la fotografía.

-De momento si, pero a largo plazo no lo sé.

-¿Acaso no estás muy viejo ya para no saber qué quieres?

Hace la pregunta sonriendo, con naturalidad, cómo ironizando sobre el sarcasmo. Ella tampoco es tan joven. Me río, y vuelvo a disparar.

-Tenemos que celebrar que ahora eres fotógrafo profesional. -dice.

Le digo que es buena idea, pero que lo hablemos más tarde. Le pido que no se mueva.

Trabajamos el resto del día, apenas descansando para almorzar. Se cambia de ropa más de diez veces, y se desnuda otras tantas, y finalmente salimos. Me invita a invitarla a ver a los Kanajazz en El Jardín del Profeta, donde luego me ofrece ofrecerle una pizza y una cerveza. Después partimos a La Piedra Feliz, se encuentra con unas amigas, y me presenta cómo  amigo-exabogado-fotógrafo-incipiente. Hablamos, entre los dos y con ellas, y ella empieza a tomarme la mano a cada tanto, y a tomar de mi botella. Cuando nos conocimos me dijo que no mezclaba placer y negocios, pero ese mismo día rompimos esa barrera. O al menos yo la rompí.

Tomamos más cervezas y bailamos al ritmo de las salsas de la banda de turno. Baila bien. Tiene gracia y es coordinada, y juega a coquetear durante los segmentos en que bailamos más cerca. Yo no tengo idea sobre bailar salsa, lo he hecho antes muchas veces, pero nunca me ha preocupado hacerlo bien, hasta ahora.  Además, me desconcierta lo bien que ella baila. Todos los que se mueven alrededor nuestro lo hacen mejor que yo, y estoy seguro que los hombres que miran seriamente desde la barra también. Cualquiera de ellos podría simplemente llegar y quitármela con un paso, así que finjo, pretendo, miento, actúo. Me acerco a ella, eligiendo las posiciones en que puedo poner una mano en su cintura, así no puede verme los pies; oriento éstos en diagonal hacia afuera y separo las piernas un poco más de lo necesario, para reducir el riesgo de pisarla; muevo los hombros tan fluida y rítmicamente cómo puedo, así da la impresión de que mis pies también se mueven bien; y finalmente, sonrío, tratando de mostrar seguridad y entusiamo, en lugar de la preocupación que siento por causar una buena impresión.

La verdad es que me enamoré casi de inmediato, ese primer día, cuando terminamos el primer set. Al principio pensé que era sólo por mi nula experiencia trabajando con modelos (ella fue la primera), pero luego noté que sólo ella me hacía sentir así.

Me toma las manos mientras bailamos, y por momentos se acerca, con los ojos entrecerrados. Quiero besarla, pero ya las he cagado muchas veces haciendo lo mismo con otras chicas. Mi vieja siempre dice “ante la duda, abstente“, así que me abstengo. Nunca me siento más inseguro que cuando me gusta alguien. Voy al baño, me mojo la cara y respiro hondo, intentando tranquilizarme. Tal vez debería comprar otra cerveza. Eso me calmaría.

El pub enciende sus luces y los guardias empiezan a echarnos, y todos los asistentes nos formamos obedientemente camino a la puerta, cómo un regimiento de ebrios. Ella me toma la mano, y apega su cuerpo al mío. Hace frío. Le paso mi abrigo, en un acto de caballerosidad imbécilmente cursi. Sonríe mientras lo pongo sobre sus hombros.

-Ven -dice-. Aquí cerca hay un buen clandestino. Compremos algo y vámonos a la playa.

Compramos vino y un néctar de frutilla.

Faltando aun varias horas para el amanecer, sentados lado a lado en la arena, en una playita entre el Muelle Barón y Caleta Portales, improvisamos una mamadera de pseudoborgoña en la botella del néctar. La bebemos lentamente, tiritando por el frío y la borrachera, y en mi caso, también por el nerviosismo.

El día nos encuentra sentados dormitando, a ella con la cabeza apoyada en mi hombro, y a mí con la mía apoyada sobre la suya. A pesar de la caña, el frío, los calambres y los zancudos, soy estúpidamente feliz.

-Quiero hacerme un tatuaje. -digo.

Sonríe, en grande, y me dice que lo conversemos más tarde.

•••

Un par de horas más tarde estamos de pié en la sala de espera de un estudio de tatuajes. Mientras ella se duchaba garabateé dos bocetos. El primero, en estilo caricatura tipo Jean-Jacques Sempé, es un hombre desnudo con una capa de Superman y un terno arrugado a sus pies. Ese es le digo que me voy a hacer. El segundo, en estilo realista, es de una pareja sentada en la arena, mirando el amanecer. Ese es el que de verdad voy a hacerme. Me hacen pasar, y le pido que me espere afuera. Sonriendo le digo que no quiero que me vea llorar. Ríe, pero accede.

El tatuador sonríe después de cerrar la puerta. Gracias a su ayuda ella cree que voy a tatuarme la caricatura. Me saco la polera y me siento mientras él prepara las tintas y agujas. Me pregunta si estoy listo.

-Si -respondo-. Dale.

Me dice que no me preocupe. Que los tatuajes en la espalda son los menos dolorosos, y empieza a trabajar.

Pensé que sentiría cada agujeta, cada vez que perfora mi piel, pero es más cómo las peladuras en las rodillas que me hice cuando chico, andando en bicicleta o en skate.

-Estás sangrando mucho -dice de pronto el tatuador, cómo diez minutos después de empezar-. Voy a esperar un poco a ver si para.

Pasa un algodón sobre el tatuaje y ahoga una exclamación. Empiezo a ponerme nervioso nada más lo oigo.

-¡Huevón! ¡Te enronchaste entero! -dice.

Me dice soy alérgico a la tinta, y que tengo que ir a un hospital.

Ella entra, preocupada por los gritos. No sé qué es lo que ve, pero está tiritando cuando me dice que me vista, que tiene que llevarme al hospital. El tatuador corre a buscar un colectivo mientras me pongo la polera. Estoy empezando a marearme. Quiero vomitar, y me pica la garganta al respirar.

Salimos caminando con calma del estudio. Afuera nos espera un colectivo. El tatuador está dándole instrucciones al conductor, para que llegue más rápido al hospital. Cada vez me siento más débil, y mareado. Antes de subir al colectivo, me apoyo en un poste y vomito.

El auto da vueltas. Cada curva que toma es como si fuera un trompo, al menos para mí. Ella va a mi lado guiando al conductor. Cada vez me cuesta más respirar. Creo que voy a desmayarme.

•••

Cómo recuerdo de ese día tengo una cicatriz en la espalda. Casi perfectamente redonda, más o menos de ocho centímetros de diámetro. Esa es el área que alcanzó a quedar tatuada, y la que tuvieron que sacarme. O más bien extirparme. Con el paso de los años se ha ido desvaneciendo.

Francisca, mi mujer, me preguntó poco después de conocerla por qué tenía esa cicatriz. Le dije, sonriendo, que había intentado hacerme un tatuaje cuando dejé de trabajar como abogado, y que así me enteré de que soy alérgico a la tinta. No deja de ser cierto.

Dado que no pude quedarme con el dibujo en la piel, enmarqué el boceto del hombre desnudo con capa de Superman y lo colgué en el living de mi departamento. En el reverso del marco, oculto tras un rectángulo de cartón, está el otro boceto.

Cuando desperté en el hospital, ella, mi modelo, estaba sentada junto a la cama. Me tomó la mano y me preguntó cómo me sentía.

-He estado mejor.

Sonrió, pero sólo con los labios, y después de unos minutos me preguntó por qué elegí ese tatuaje. Le dije que esa imagen me gustaba más, que me hacía más sentido que la caricatura. Ella replicó que debería habérselo dicho, y luego se quedó en silencio unos segundos horriblemente largos.

-Tengo que irme -dijo al fin-. Fue un gusto trabajar contigo.

Valkiria

Salgo del Portal Lyon con mi bolsita con una pluma Lamy y una libreta Leuchtturm 1917, a medio camino entre contento y enojado. Contento, porque con estos materiales seguro que me inspiro para escribir. Enojado, porque no me queda mucha plata y no fue buena idea gastarme treinta lucas en una artimaña de dudosa eficacia.

Decido irme a mi casa a pata. Así tengo tiempo de pensar en el cuento en el que estoy trabajando (no ahora, porque estoy escribiendo este, obvio), que lleva un par de semanas resistiéndose. Además capacito que hasta saque uno nuevo.

Es un cuento de fantasía. El protagonista es Titus, un aprendiz de caballero, que viaja con una tropa por un bosque nevado, lejos de todo lo que conoce. Entrenando, lucha contra una joven valkiria, es derrotado absolutamente y queda inconsciente. Titus pertenece a una orden prestigiosa y muy orgullosa. Tiene quince o dieciséis años y se entrena para ser caballero desde muy pequeño, mientras que su oponente es casi una niña. En esta parte cuento un poco de esa dualidad ángel-bruja que tienen las valkirias, también de su función en la mitología escandinava.

Mi ritmo de caminata es bastante más rápido que el de la gente “normal” (mido casi 2 metros), así que cuando camino, no paseando sino caminando en serio (para ir de un lugar a otro), generalmente tengo que zigzaguear entre la masa de paseantes y obstáculos varios que la ciudad tiene para ofrecer y casi siempre, a menos que algún pseudodeportista me pase corriendo, el que adelanta al resto de los caminantes soy yo. Por eso me llama la atención que, más menos a la altura de Pedro de Valdivia, una mina me pase caminando muy rápido para su, estimo, metro sesenta o sesentaicinco de estatura.

Quedo picado, pero me hago el loco, después de todo no es como que la ropa de la oficina sea idónea para caminar largo o rápido. Además Sol Ambulante de Galaxias con Bolsillos no es un disco que combine con caminatas rápidas.

Titus despierta varias horas después de la pelea, para sorpresa suya sin mayor secuela que un pequeño moretón, y descubre que las valkirias cantan una especie de magia para afectarse a sí mismas, siendo capaces incluso de curar enfermedades y heridas. Con su orgullo herido pero sin poder dar ninguna excusa para su derrota más que la superioridad de su oponente, Titus empieza a poner atención a la forma en que ella lucha.

El carácter de mi caminata cambia en Carlos Antunez. Ella… (Me aburrí de decirle sólo “ella”, así que desde ahora se va a llamar Fernanda…) Fernanda está en la esquina, esperando que el semáforo dé luz verde, y a mí se me terminó el disco. Mientras estoy parado, esperando también el cambio del semáforo, y busco un disco más rápido, miro a Fernanda por el rabillo del ojo. Sí, mide poquito más de uno sesenta. Debe tener cómo veinticinco años, máximo veintisiete. Es bonita, delgada y viste principalmente de negro, con una mochila Nike, zapatillas deportivas negras con borde rosado-brillante, unos audífonos medianamente grandes en color blanco y un cólet verde claro sujetándole el pelo castaño, apenas largo hasta los hombros. Encuentro un disco Math-Rock/Post-Hardcore, le doy play y el semáforo cambia a verde.

Parto caminando rápido, más rápido de lo que probablemente caminaría cualquier otro oficinista, pero Fernanda también acelera. Como va más ligera que yo me adelanta de nuevo, aunque ahora más lentamente. Me doy cuenta de que no puedo alcanzarla si sigo su  camino, así es que me desvío y tomo el borde mismo de la vereda. Ahí hay menos obstáculos y menos gente, así que por fin consigo adelantarme. Llego a Manuel Montt y el semáforo está en rojo. Estoy hecho sopa pero llegué antes que ella.

Titus empieza a imitar el canto de las valkirias, pero su maestro y compañeros de orden  no están de acuerdo y se ve obligado a practicar en secreto, generalmente mientras está de guardia por la noche. En una de esas noches comienza a hacerse amigo de la chica que lo noqueó.

Cuando el semáforo cambia, vuelvo a partir rápido pero ahora Fernanda mantiene mi ritmo. Como es más baja que yo es posible que no pueda ir tan rápido por tanto tiempo. Aún así se mantiene más menos dos metros por detrás de mí. Lo sé porque la busco de reojo cuando me hago el huevón mirando hacia los lados, haciendo cómo que me fijo en las tiendas.

Nos mantenemos como a la misma velocidad hasta José Manuel Infante. Ahí mi ropa de oficinista, más mi mochila y el bolso del gimnasio empiezan a cansarme. Miro hacia los lados buscándola de reojo de nuevo pero no la veo, así es que me relajo y bajo el ritmo unos minutos. Camino por la vereda al borde del parque ese que está entre Rafael Cañas y Plaza Italia (no me acuerdo cómo se llama), porque no quiero llenarme los zapatos de tierra y tener que llegar al departamento a lustrar.

¿Cómo debería seguir la historia? Quiero contar un poco más del mundo en el que se ambienta, describir el bosque y el país al que pertenece, hablar de la gente que ahí vive, pero tengo que hacerlo con cuidado, porque no quiero que quede denso. Eso pasa muy fácil en este tipo de cuentos. Tal vez debería empezar a meter desde el principio detalles sobre la misión que lleva a la tropa de Titus a ese lugar.

Mientras pienso en mi cuento sin darme cuenta bajo el ritmo de mi caminata y, al mirar distraído a la derecha, veo de pronto que Fernanda me va adelantando por el centro del parque, por el camino de tierra. Me autoputeo por distraerme y acelero. A la altura del Puente del Arzobispo vuelvo a alcanzarla pero ahora la calle está más llena y la vereda es más estrecha. Casi me atropellan por bajarme al pavimento tratando de esquivar a unas viejas con carros que están paradas esperando en un paradero. ¿Cómo cresta no piensan en la gente que va echando carrera?

Ya no me está resultando la estrategia de la vereda. Hay mucha gente y el camino da una curva a la derecha, así que estoy caminando de más. Me olvido de la pulcritud de mis zapatos y me meto al camino de tierra. Voy cómo dos metros por detrás de Fernanda.

¿Que debería pasar con Titus?

Mando a la mierda mis intentos de iluminarme narrativamente en cuanto a fantasía y decido concentrarme en la carrera. Tengo que llegar antes que Fernanda a Plaza Italia.

Meto pata y después de que termina la curva vuelvo a tomar la vereda exterior. Transpiro como caballo y consigo alcanzarla pero a la altura de Semimario me encuentro con una muralla de Masisa, de esas que se usan para esconder construcciones. Doy un rodeo y pierdo metros de nuevo y, cuando paso junto a la escalera que está a la altura de General Bustamante, veo que Fernanda ahora me lleva cómo cinco metros de ventaja.

En un instante de locura pienso en ponerme a correr para adelantarla pero lo descarto porque la situación ya es lo bastante ridícula. Apuro el paso, esquivo a unos ciclistas y un puesto de baratijas y estoy apunto de ponerme adelante. El semáforo en la esquina está en rojo, deteniendo el tráfico, así es que me paso al pavimento, acorto camino por entre unos autos, paso casi empujando a una vieja gorda y alcanzo la gloria. Llegué primero.

Fernanda llega unos segundos después y se queda al lado mío, esperando que el semáforo de Vicuña Mackena nos dé luz verde. Me doy cuenta de que me mira pero me hago el loco. Me pregunta si acaso le eche una carrera sin avisarle pero me hago el huevón. Aunque no lleve la música tan fuerte, los audífonos me autorizan. Me toca el brazo y estoy obligado ponerle atención. De frente es mucho más bonita que de perfil.

-¿Me echaste una carrera sin avisarme? -pregunta nuevamente, sonriendo.

Le digo que no, que sólo voy apurado. Su sonrisa se hace irónica y devuelve la mirada al otro lado de la calle.

Mientras ya sin verla alrededor, y mucho más lentamente, camino por la Alameda, pienso en que voy a hacer que Titus no vuelva a ver a la valkiria, pienso en que tal vez se enamore un poco de ella, pienso en que no va a tener siquiera las agallas para despedirse, pienso que Fernanda debe haber seguido su camino por Parque Forestal, pienso en que yo debería haberle dado las gracias por este cuento.

A Fernanda

Borgoña

Suena el teléfono y te sobresaltas cuando ves quién llama. Se conocieron en un centro cultural más bien sórdido y alejado de la mano de Dios, mientras miraban embelesados una banda de Freak Folk, en medio de una exposición transformada en tocata. Contestas con las manos temblando y lo escuchas pedirte que se junten.

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Tú, en cambio, no recuerdas bien donde la conociste pero por cómo estabas de volado no es razonable esperar recuerdos claros. Sabes que había música y que estaba oscuro pero tu recuerdo más vívido de esa noche es el ver al vocalista de una banda hipster cantando colgado de unas rejas. Ella te dice que bueno, que se junten, y te propone ese bar donde se vieron por segunda vez: un lugar chiquito, de hecho más chico que el living de tu departamento, en el que las mesas están decoradas con collages de titulares de diarios viejos.

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Te despides con toda la indiferencia que puedes y cuelgas el teléfono. Corres al baño, te duchas en tres minutos y de alguna forma consigues vestirte en otros dos. Sales de tu casa, corres al estacionamiento, te subes al auto, revisas tu maquillaje en el espejo y das gracias a los dioses porque a esa hora no hay taco. Vas adelantada, y por mucho, pero es buena idea hacerte esperar el tiempo justo y para saber exactamente cuánto es el tiempo justo, es necesario llegar antes, para saber cuándo llega él.

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Los bips te avisan que la llamada terminó, que ella colgó pero te quedas unos momentos con el teléfono en la oreja, mirando por la ventana. Finalmente vas al dormitorio y te pones un pantalón. Mientras estás agachado amarrándote las zapatillas, Antonia sale de la ducha y se sienta a tu lado. Su pelo mojado se apoya sobre tu hombro. Le dices que vas a salir a ver a un amigo. Te pide que te quedes y le dices que tienes que ir. Te pregunta si puede acompañarte y le dices que no y que si no vuelves temprano no te espere para comer. Guardas el teléfono en tu bolsillo, te pones un polera limpia y sales del edificio. Enciendes un cigarro y te vas caminando, porque el bar no te queda lejos.

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Llevas un buen rato en un pequeño café frente al bar, pides tu segundo expreso y te lo tomas sentada en la segunda fila de mesas más cerca de la ventana. Lo ves llegar caminando lento. No hace calor, pero viene sólo con polera. Lo ves tirar una colilla al suelo y encender inmediatamente otro cigarro, que se fuma rápido, revisando el teléfono, antes de entrar al bar.

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Te sientas a una mesa a mitad de camino entre la barra y la puerta, llamas a un mesero y pides una botella de cerveza y dos vasos, que te trae después de lo que te parecen horas. Te sirves un vaso, lo bebes en tres sorbos y te sirves otro. Es una buena cerveza: fuerte, amarga, con aroma ahumado y final dulce. El hálito de alcohol se desvanece lentamente en tu paladar. El segundo vaso se queda en la mesa, cerca de tu mano izquierda, mientras tú miras a la puerta esperando que ella llegue. Justo cuando te decidiste a volver a vaciarlo, la ves pasar por fuera de la ventana. Entra al bar lentamente, te busca un instante con la mirada y después de verte camina sin prisa hacia tu mesa. Se ve bien, pero algo sobrevestida. El bar es uno de esos típicos de Subida Cumming, no un restaurante de Las Salinas. Su pelo delata que incluso se duchó antes de venir.

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Mientras caminas a la mesa ves lo que él pidió y te hace gracia precisamente en este bar que haya elegido una cerveza.

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Ella te saluda y te da un beso suave, silencioso, en la mejilla. Su pelo huele a champú. El que usa Antonia no tiene una aroma tan frutal.

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Te sientas a la mesa y le sonríes mientras él toma tu vaso y comienza a servirte. Te lo entrega, toma el suyo y da dos largos sorbos.

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Ella te pregunta por qué pediste una cerveza siendo que el borgoña de este bar es el mejor del Puerto. Antonia no bebe. De hecho, hasta hace poco le molestaba que tú si lo hicieras. Sientes que el teléfono vibra en tu bolsillo.

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Él mira hacia la barra, toma otro sorbo de cerveza y luego te dice, mirando a la mesa, que nunca ha probado el borgoña.

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Ella ríe al escuchar tu respuesta. Te gusta cómo se ríe. Es como si la risa, la verdadera Risa, naciera de ella, como si le perteneciera. Antonia tiende a contener su risa. Es como si ésta simpletemente estuviera de paso. Ni siquiera cuando está de buen humor se ríe con tantas ganas.

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Él sonríe y te pregunta si quieres tomar borgoña.

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Te responde que sí pero que es mejor pedirlo cuando se sirvan el último vaso de cerveza, para que llegue helado. Dice que así es mejor. Toma lentamente un sorbo de su vaso y le gusta. Sonríe, dejando el vaso en la mesa. Siempre te ha llamado la atención lo rápido que se construye la amistad entre dos personas que comparten un trago. Con Antonia te costó semanas lograr lo mismo, años atrás. El teléfono vuelve a vibrar.

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Él va decirte algo, incluso toma aire antes de hablar, pero se arrepiente y toma su vaso, dando un nuevo sorbo, y luego baja la vista a la mesa. Tú lo imitas y te das cuenta de que ésta tiene un titular sobre el antiguo baterista de una banda que te gusta, que da sus razones para haberse retirado. Él te ve y te cuenta que los siguió en una gira por el Norte, antes de que ese baterista se saliera, el verano antes de entrar la universidad.

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Ella se ríe de nuevo, diciéndote que eres un tata, que en ese tiempo ella estaba en 3ro básico. Antonia te contó una vez que pasó ese verano en Chiloé con su familia. Los dos salieron del colegio el mismo año.

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A él le hace gracia tu comentario, pero luego se queda en silencio nuevamente y después de unos segundos bebe otro sorbo de cerveza.

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Empieza a sonar una canción que no te gusta, de una cantante que no te interesa. Ella te pregunta si escuchaste ese disco. El teléfono vibra una vez más.

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Él te dice que no. Que no le gusta esa cantante. Que vio una vez un videoclip de uno de sus singles y lo encontró ridículo.

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Ella se ríe de nuevo. Te dice que esa es precisamente la gracia. Que esa cantante se ha dedicado a convertirse a si misma en un símbolo de extravagancia decadente. Que de esa forma critica a la sociedad.

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Él arquea una ceja y sonríe mientras hablas. Bebe más cerveza y luego te dice que lo único que le interesa de la música es la música. Que toda esa parafernalia artística es sólo relleno. Que lo que importa en verdad es lo formal. Hace el gesto de comillas con las manos al decir “artística”.

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Ella vuelve a reír, pero esta vez de ti y no contigo. Te dice que nunca había conocido a alguien que hubiera elegido tan bien su profesión. Que el título de abogado te queda como anillo al dedo. Antonia también te lo ha dicho pero en su caso es gracioso, pues ella también estudió leyes.

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Él tarda un poco en reír contigo y luego se queda un momento mirándote fijo a los ojos. Parece que va a decirte algo pero una vez más se arrepiente y cuando va a tomar su vaso se da cuenta de que no queda cerveza. Te levantas, vas a la barra y pides una botella de borgoña. Mientras caminas de vuelta, ves que él está revisando su teléfono. Cuando te ve, se apura a dejarlo sobre la mesa y, cuando vuelves a sentarte, empieza a hablar.

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Mientras ella te escucha su sonrisa se desvanece lentamente, sus ojos se quedan fijos en los tuyos, y después de unos segundos de silencio te pregunta por qué lo decidiste.

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Él te responde que aún no ha decidido nada y empieza a hablar de su otra relación.

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Ella te detiene cuando empiezas a hablar de Antonia. Te pide que no lo hagas.

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Él se queda en silencio, y tú no quieres decir nada. Llega el mesero con la botella de borgoña y dos nuevos vasos.

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Ella te pregunta, ahora con más insistencia, qué te hace dudarlo.

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Él se toma su tiempo en pensar antes de responderte. Finalmente empieza una respuesta fácil. Te dice que ella tiene mucho en común con él, que piensan casi igual, al menos sobre las cosas importantes, que tienen casi la misma edad, que llevan demasiado tiempo, que no cree que sea buena idea desperdiciarlo y después otras cosas que ya no escuchas.

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Mientras hablas te das cuenta de que tu respuesta no sirve, que cada palabra le hace a ella exactamente lo contrario a lo que quieres.

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Él se levanta, se para a un lado de la mesa, se queda mirándote un momento y luego te dice que se va. Te pregunta si es que quieres que devuelva el borgoña.

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Ella te dice que no, que es inútil, que las frutillas ya no pueden separarse del vino. Tiene los ojos rojos.

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Él se queda en silencio de nuevo, de pié al lado de la mesa. Cuando por fin vuelve a hablar te dice que lo lamenta. Que no lo sabía.

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Ella te dice que no te preocupes, que no tenías por qué saberlo. Piensas en decir algo más, pero no crees que sirva de nada, así que vas a la barra, pagas los tragos y luego caminas hacia la puerta, mirando de reojo a la mesa donde ella sigue en la misma posición en que estaba cuando te levantaste. Sales del bar y te vas a pié. Llamas a Antonia, te disculpas por no contestar sus llamadas y le preguntas si ya comió. Ella te dice que no, así que le pides que te espere. De camino a tu departamento pasas a un supermercado y compras frutillas y una botella de vino.