Borgoña

by Miguel Ángel

Suena el teléfono y te sobresaltas cuando ves quién llama. Se conocieron en un centro cultural más bien sórdido y alejado de la mano de Dios, mientras miraban embelesados una banda de Freak Folk, en medio de una exposición transformada en tocata. Contestas con las manos temblando y lo escuchas pedirte que se junten.

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Tú, en cambio, no recuerdas bien donde la conociste pero por cómo estabas de volado no es razonable esperar recuerdos claros. Sabes que había música y que estaba oscuro pero tu recuerdo más vívido de esa noche es el ver al vocalista de una banda hipster cantando colgado de unas rejas. Ella te dice que bueno, que se junten, y te propone ese bar donde se vieron por segunda vez: un lugar chiquito, de hecho más chico que el living de tu departamento, en el que las mesas están decoradas con collages de titulares de diarios viejos.

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Te despides con toda la indiferencia que puedes y cuelgas el teléfono. Corres al baño, te duchas en tres minutos y de alguna forma consigues vestirte en otros dos. Sales de tu casa, corres al estacionamiento, te subes al auto, revisas tu maquillaje en el espejo y das gracias a los dioses porque a esa hora no hay taco. Vas adelantada, y por mucho, pero es buena idea hacerte esperar el tiempo justo y para saber exactamente cuánto es el tiempo justo, es necesario llegar antes, para saber cuándo llega él.

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Los bips te avisan que la llamada terminó, que ella colgó pero te quedas unos momentos con el teléfono en la oreja, mirando por la ventana. Finalmente vas al dormitorio y te pones un pantalón. Mientras estás agachado amarrándote las zapatillas, Antonia sale de la ducha y se sienta a tu lado. Su pelo mojado se apoya sobre tu hombro. Le dices que vas a salir a ver a un amigo. Te pide que te quedes y le dices que tienes que ir. Te pregunta si puede acompañarte y le dices que no y que si no vuelves temprano no te espere para comer. Guardas el teléfono en tu bolsillo, te pones un polera limpia y sales del edificio. Enciendes un cigarro y te vas caminando, porque el bar no te queda lejos.

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Llevas un buen rato en un pequeño café frente al bar, pides tu segundo expreso y te lo tomas sentada en la segunda fila de mesas más cerca de la ventana. Lo ves llegar caminando lento. No hace calor, pero viene sólo con polera. Lo ves tirar una colilla al suelo y encender inmediatamente otro cigarro, que se fuma rápido, revisando el teléfono, antes de entrar al bar.

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Te sientas a una mesa a mitad de camino entre la barra y la puerta, llamas a un mesero y pides una botella de cerveza y dos vasos, que te trae después de lo que te parecen horas. Te sirves un vaso, lo bebes en tres sorbos y te sirves otro. Es una buena cerveza: fuerte, amarga, con aroma ahumado y final dulce. El hálito de alcohol se desvanece lentamente en tu paladar. El segundo vaso se queda en la mesa, cerca de tu mano izquierda, mientras tú miras a la puerta esperando que ella llegue. Justo cuando te decidiste a volver a vaciarlo, la ves pasar por fuera de la ventana. Entra al bar lentamente, te busca un instante con la mirada y después de verte camina sin prisa hacia tu mesa. Se ve bien, pero algo sobrevestida. El bar es uno de esos típicos de Subida Cumming, no un restaurante de Las Salinas. Su pelo delata que incluso se duchó antes de venir.

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Mientras caminas a la mesa ves lo que él pidió y te hace gracia precisamente en este bar que haya elegido una cerveza.

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Ella te saluda y te da un beso suave, silencioso, en la mejilla. Su pelo huele a champú. El que usa Antonia no tiene una aroma tan frutal.

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Te sientas a la mesa y le sonríes mientras él toma tu vaso y comienza a servirte. Te lo entrega, toma el suyo y da dos largos sorbos.

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Ella te pregunta por qué pediste una cerveza siendo que el borgoña de este bar es el mejor del Puerto. Antonia no bebe. De hecho, hasta hace poco le molestaba que tú si lo hicieras. Sientes que el teléfono vibra en tu bolsillo.

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Él mira hacia la barra, toma otro sorbo de cerveza y luego te dice, mirando a la mesa, que nunca ha probado el borgoña.

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Ella ríe al escuchar tu respuesta. Te gusta cómo se ríe. Es como si la risa, la verdadera Risa, naciera de ella, como si le perteneciera. Antonia tiende a contener su risa. Es como si ésta simpletemente estuviera de paso. Ni siquiera cuando está de buen humor se ríe con tantas ganas.

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Él sonríe y te pregunta si quieres tomar borgoña.

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Te responde que sí pero que es mejor pedirlo cuando se sirvan el último vaso de cerveza, para que llegue helado. Dice que así es mejor. Toma lentamente un sorbo de su vaso y le gusta. Sonríe, dejando el vaso en la mesa. Siempre te ha llamado la atención lo rápido que se construye la amistad entre dos personas que comparten un trago. Con Antonia te costó semanas lograr lo mismo, años atrás. El teléfono vuelve a vibrar.

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Él va decirte algo, incluso toma aire antes de hablar, pero se arrepiente y toma su vaso, dando un nuevo sorbo, y luego baja la vista a la mesa. Tú lo imitas y te das cuenta de que ésta tiene un titular sobre el antiguo baterista de una banda que te gusta, que da sus razones para haberse retirado. Él te ve y te cuenta que los siguió en una gira por el Norte, antes de que ese baterista se saliera, el verano antes de entrar la universidad.

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Ella se ríe de nuevo, diciéndote que eres un tata, que en ese tiempo ella estaba en 3ro básico. Antonia te contó una vez que pasó ese verano en Chiloé con su familia. Los dos salieron del colegio el mismo año.

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A él le hace gracia tu comentario, pero luego se queda en silencio nuevamente y después de unos segundos bebe otro sorbo de cerveza.

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Empieza a sonar una canción que no te gusta, de una cantante que no te interesa. Ella te pregunta si escuchaste ese disco. El teléfono vibra una vez más.

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Él te dice que no. Que no le gusta esa cantante. Que vio una vez un videoclip de uno de sus singles y lo encontró ridículo.

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Ella se ríe de nuevo. Te dice que esa es precisamente la gracia. Que esa cantante se ha dedicado a convertirse a si misma en un símbolo de extravagancia decadente. Que de esa forma critica a la sociedad.

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Él arquea una ceja y sonríe mientras hablas. Bebe más cerveza y luego te dice que lo único que le interesa de la música es la música. Que toda esa parafernalia artística es sólo relleno. Que lo que importa en verdad es lo formal. Hace el gesto de comillas con las manos al decir “artística”.

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Ella vuelve a reír, pero esta vez de ti y no contigo. Te dice que nunca había conocido a alguien que hubiera elegido tan bien su profesión. Que el título de abogado te queda como anillo al dedo. Antonia también te lo ha dicho pero en su caso es gracioso, pues ella también estudió leyes.

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Él tarda un poco en reír contigo y luego se queda un momento mirándote fijo a los ojos. Parece que va a decirte algo pero una vez más se arrepiente y cuando va a tomar su vaso se da cuenta de que no queda cerveza. Te levantas, vas a la barra y pides una botella de borgoña. Mientras caminas de vuelta, ves que él está revisando su teléfono. Cuando te ve, se apura a dejarlo sobre la mesa y, cuando vuelves a sentarte, empieza a hablar.

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Mientras ella te escucha su sonrisa se desvanece lentamente, sus ojos se quedan fijos en los tuyos, y después de unos segundos de silencio te pregunta por qué lo decidiste.

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Él te responde que aún no ha decidido nada y empieza a hablar de su otra relación.

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Ella te detiene cuando empiezas a hablar de Antonia. Te pide que no lo hagas.

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Él se queda en silencio, y tú no quieres decir nada. Llega el mesero con la botella de borgoña y dos nuevos vasos.

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Ella te pregunta, ahora con más insistencia, qué te hace dudarlo.

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Él se toma su tiempo en pensar antes de responderte. Finalmente empieza una respuesta fácil. Te dice que ella tiene mucho en común con él, que piensan casi igual, al menos sobre las cosas importantes, que tienen casi la misma edad, que llevan demasiado tiempo, que no cree que sea buena idea desperdiciarlo y después otras cosas que ya no escuchas.

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Mientras hablas te das cuenta de que tu respuesta no sirve, que cada palabra le hace a ella exactamente lo contrario a lo que quieres.

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Él se levanta, se para a un lado de la mesa, se queda mirándote un momento y luego te dice que se va. Te pregunta si es que quieres que devuelva el borgoña.

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Ella te dice que no, que es inútil, que las frutillas ya no pueden separarse del vino. Tiene los ojos rojos.

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Él se queda en silencio de nuevo, de pié al lado de la mesa. Cuando por fin vuelve a hablar te dice que lo lamenta. Que no lo sabía.

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Ella te dice que no te preocupes, que no tenías por qué saberlo. Piensas en decir algo más, pero no crees que sirva de nada, así que vas a la barra, pagas los tragos y luego caminas hacia la puerta, mirando de reojo a la mesa donde ella sigue en la misma posición en que estaba cuando te levantaste. Sales del bar y te vas a pié. Llamas a Antonia, te disculpas por no contestar sus llamadas y le preguntas si ya comió. Ella te dice que no, así que le pides que te espere. De camino a tu departamento pasas a un supermercado y compras frutillas y una botella de vino.

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