Valkiria

by Miguel Ángel

Salgo del Portal Lyon con mi bolsita con una pluma Lamy y una libreta Leuchtturm 1917, a medio camino entre contento y enojado. Contento, porque con estos materiales seguro que me inspiro para escribir. Enojado, porque no me queda mucha plata y no fue buena idea gastarme treinta lucas en una artimaña de dudosa eficacia.

Decido irme a mi casa a pata. Así tengo tiempo de pensar en el cuento en el que estoy trabajando (no ahora, porque estoy escribiendo este, obvio), que lleva un par de semanas resistiéndose. Además capacito que hasta saque uno nuevo.

Es un cuento de fantasía. El protagonista es Titus, un aprendiz de caballero, que viaja con una tropa por un bosque nevado, lejos de todo lo que conoce. Entrenando, lucha contra una joven valkiria, es derrotado absolutamente y queda inconsciente. Titus pertenece a una orden prestigiosa y muy orgullosa. Tiene quince o dieciséis años y se entrena para ser caballero desde muy pequeño, mientras que su oponente es casi una niña. En esta parte cuento un poco de esa dualidad ángel-bruja que tienen las valkirias, también de su función en la mitología escandinava.

Mi ritmo de caminata es bastante más rápido que el de la gente “normal” (mido casi 2 metros), así que cuando camino, no paseando sino caminando en serio (para ir de un lugar a otro), generalmente tengo que zigzaguear entre la masa de paseantes y obstáculos varios que la ciudad tiene para ofrecer y casi siempre, a menos que algún pseudodeportista me pase corriendo, el que adelanta al resto de los caminantes soy yo. Por eso me llama la atención que, más menos a la altura de Pedro de Valdivia, una mina me pase caminando muy rápido para su, estimo, metro sesenta o sesentaicinco de estatura.

Quedo picado, pero me hago el loco, después de todo no es como que la ropa de la oficina sea idónea para caminar largo o rápido. Además Sol Ambulante de Galaxias con Bolsillos no es un disco que combine con caminatas rápidas.

Titus despierta varias horas después de la pelea, para sorpresa suya sin mayor secuela que un pequeño moretón, y descubre que las valkirias cantan una especie de magia para afectarse a sí mismas, siendo capaces incluso de curar enfermedades y heridas. Con su orgullo herido pero sin poder dar ninguna excusa para su derrota más que la superioridad de su oponente, Titus empieza a poner atención a la forma en que ella lucha.

El carácter de mi caminata cambia en Carlos Antunez. Ella… (Me aburrí de decirle sólo “ella”, así que desde ahora se va a llamar Fernanda…) Fernanda está en la esquina, esperando que el semáforo dé luz verde, y a mí se me terminó el disco. Mientras estoy parado, esperando también el cambio del semáforo, y busco un disco más rápido, miro a Fernanda por el rabillo del ojo. Sí, mide poquito más de uno sesenta. Debe tener cómo veinticinco años, máximo veintisiete. Es bonita, delgada y viste principalmente de negro, con una mochila Nike, zapatillas deportivas negras con borde rosado-brillante, unos audífonos medianamente grandes en color blanco y un cólet verde claro sujetándole el pelo castaño, apenas largo hasta los hombros. Encuentro un disco Math-Rock/Post-Hardcore, le doy play y el semáforo cambia a verde.

Parto caminando rápido, más rápido de lo que probablemente caminaría cualquier otro oficinista, pero Fernanda también acelera. Como va más ligera que yo me adelanta de nuevo, aunque ahora más lentamente. Me doy cuenta de que no puedo alcanzarla si sigo su  camino, así es que me desvío y tomo el borde mismo de la vereda. Ahí hay menos obstáculos y menos gente, así que por fin consigo adelantarme. Llego a Manuel Montt y el semáforo está en rojo. Estoy hecho sopa pero llegué antes que ella.

Titus empieza a imitar el canto de las valkirias, pero su maestro y compañeros de orden  no están de acuerdo y se ve obligado a practicar en secreto, generalmente mientras está de guardia por la noche. En una de esas noches comienza a hacerse amigo de la chica que lo noqueó.

Cuando el semáforo cambia, vuelvo a partir rápido pero ahora Fernanda mantiene mi ritmo. Como es más baja que yo es posible que no pueda ir tan rápido por tanto tiempo. Aún así se mantiene más menos dos metros por detrás de mí. Lo sé porque la busco de reojo cuando me hago el huevón mirando hacia los lados, haciendo cómo que me fijo en las tiendas.

Nos mantenemos como a la misma velocidad hasta José Manuel Infante. Ahí mi ropa de oficinista, más mi mochila y el bolso del gimnasio empiezan a cansarme. Miro hacia los lados buscándola de reojo de nuevo pero no la veo, así es que me relajo y bajo el ritmo unos minutos. Camino por la vereda al borde del parque ese que está entre Rafael Cañas y Plaza Italia (no me acuerdo cómo se llama), porque no quiero llenarme los zapatos de tierra y tener que llegar al departamento a lustrar.

¿Cómo debería seguir la historia? Quiero contar un poco más del mundo en el que se ambienta, describir el bosque y el país al que pertenece, hablar de la gente que ahí vive, pero tengo que hacerlo con cuidado, porque no quiero que quede denso. Eso pasa muy fácil en este tipo de cuentos. Tal vez debería empezar a meter desde el principio detalles sobre la misión que lleva a la tropa de Titus a ese lugar.

Mientras pienso en mi cuento sin darme cuenta bajo el ritmo de mi caminata y, al mirar distraído a la derecha, veo de pronto que Fernanda me va adelantando por el centro del parque, por el camino de tierra. Me autoputeo por distraerme y acelero. A la altura del Puente del Arzobispo vuelvo a alcanzarla pero ahora la calle está más llena y la vereda es más estrecha. Casi me atropellan por bajarme al pavimento tratando de esquivar a unas viejas con carros que están paradas esperando en un paradero. ¿Cómo cresta no piensan en la gente que va echando carrera?

Ya no me está resultando la estrategia de la vereda. Hay mucha gente y el camino da una curva a la derecha, así que estoy caminando de más. Me olvido de la pulcritud de mis zapatos y me meto al camino de tierra. Voy cómo dos metros por detrás de Fernanda.

¿Que debería pasar con Titus?

Mando a la mierda mis intentos de iluminarme narrativamente en cuanto a fantasía y decido concentrarme en la carrera. Tengo que llegar antes que Fernanda a Plaza Italia.

Meto pata y después de que termina la curva vuelvo a tomar la vereda exterior. Transpiro como caballo y consigo alcanzarla pero a la altura de Semimario me encuentro con una muralla de Masisa, de esas que se usan para esconder construcciones. Doy un rodeo y pierdo metros de nuevo y, cuando paso junto a la escalera que está a la altura de General Bustamante, veo que Fernanda ahora me lleva cómo cinco metros de ventaja.

En un instante de locura pienso en ponerme a correr para adelantarla pero lo descarto porque la situación ya es lo bastante ridícula. Apuro el paso, esquivo a unos ciclistas y un puesto de baratijas y estoy apunto de ponerme adelante. El semáforo en la esquina está en rojo, deteniendo el tráfico, así es que me paso al pavimento, acorto camino por entre unos autos, paso casi empujando a una vieja gorda y alcanzo la gloria. Llegué primero.

Fernanda llega unos segundos después y se queda al lado mío, esperando que el semáforo de Vicuña Mackena nos dé luz verde. Me doy cuenta de que me mira pero me hago el loco. Me pregunta si acaso le eche una carrera sin avisarle pero me hago el huevón. Aunque no lleve la música tan fuerte, los audífonos me autorizan. Me toca el brazo y estoy obligado ponerle atención. De frente es mucho más bonita que de perfil.

-¿Me echaste una carrera sin avisarme? -pregunta nuevamente, sonriendo.

Le digo que no, que sólo voy apurado. Su sonrisa se hace irónica y devuelve la mirada al otro lado de la calle.

Mientras ya sin verla alrededor, y mucho más lentamente, camino por la Alameda, pienso en que voy a hacer que Titus no vuelva a ver a la valkiria, pienso en que tal vez se enamore un poco de ella, pienso en que no va a tener siquiera las agallas para despedirse, pienso que Fernanda debe haber seguido su camino por Parque Forestal, pienso en que yo debería haberle dado las gracias por este cuento.

A Fernanda

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