Tatuaje

by Miguel Ángel

No sé cuál de sus tatuajes es el que más me gusta. En total he contado catorce, pero es posible sean más y que algunos se hayan traslapado. El top three lo forman el que tiene en la cara interior de su muñeca izquierda, el del muslo derecho, y ese a lo largo de las costillas, por el costado derecho. Sé que ese último es el que me parece más sensual, y que el que encuentro más bonito es el de su muñeca, y que el más estético es el de su muslo, pero no podría elegir uno sobre los otros dos aunque me tuvieran encañonado. No sé por qué creo que el de las costillas es el más sensual.

Cuando la conocí pensé que era anoréxica, o adicta a alguna huevada dura, o ambas. Eso hasta que supe que ni siquiera fumaba, y hasta que la vi comer. Ahí entendí que es más bien cómo si estuviera compitiendo con su cuerpo. Ella come todo lo que puede (harto más que yo, de hecho), y su cuerpo se niega a agarrarse de un solo gramo. Sus amigas (y las mías también, dicho sea de paso) le tienen envidia, porque nunca engorda. Ella le tiene envidia a ellas, porque no tienen que rellenar sus sostenes. Y es que de verdad se parece a esas pendejas pobres, obreras y a medio desnutrir que Egon Schiele retrataba en pelotas.

Está acostada, o más bien recostada, sobre la cama, desnuda, con las piernas juntas y los pies sobre el piso, y el peso del cuerpo apoyado sobre los codos. El largo pelo negro tomado en un moño corto, la cabeza erguida, y la mirada cruzando la ventana, como si pudiera ver mil maravillas ahí donde yo veo sólo una mañana fría y gris, típica de los primeros días de primavera en el Puerto. Es la única modelo que conozco que acepta trabajar tan temprano.

-¿Cuándo vas a empezar? -pregunta sin mirarme- Me está dando frío.

Pido disculpas y disparo. El obturador suena cinco veces. Disparo de nuevo, y suena cinco veces más. Cada vez que trabajo con esta cámara el sonido del obturador me recuerda al de las ametralladoras en las películas de la segunda guerra mundial.

Pasan los escasos minutos en que la luz del sol es lo suficientemente clara para lo que estamos haciendo, así que le digo que se vista, que sigamos mañana con ese set, que descansemos un poco. Saco la tarjeta de la cámara y empiezo a copiar las fotos al computador. La miro ya vestida y le ofrezco una cerveza. Acepta.

Mientras busco el destapador me pregunta por las cinco cajas de frutillas y otras tantas de vino que tengo  apiladas esperando para irse en la basura.

-Me gusta el borgoña. -respondo.

Sonríe. Me dice que es su favorito, que lo toma desde que estaba en el colegio. Le digo que yo lo descubrí harto más viejo que eso, casi a los treinta, que lo tomé con mi ex y me quedó gustando.

-Es bonito cuando dejas uno de tus gustos en otra persona -dice sonriendo con un dejo de melancolía-. Es como si nunca más se separaran.

Esa sonrisa es la gran razón por la que trabajo con ella. No sé bien si de verdad la siente, o si la usa sólo cómo máscara, pero se ve real, y creo que eso es todo lo que, cómo fotógrafo, debería importarme.

-Algo parecido pasa con los tatuajes -replico-. ¿O no?

Sonríe. Al menos dos de los suyos están dedicados a exnovios.

La luz nos sirve de nuevo, así que se cambia de ropa y se sienta en el living, en el sillón más cercano a la ventana. Va a dejar la botella en la mesa de centro, pero le digo que no lo haga, que la sostenga, que no se ve mal. El color café del vidrio contrasta sobre su piel.

-¿Cómo va tu otro trabajo? -pregunta.

Disparo, cinco veces. Le digo que renuncié, hace un par de semanas. Sonríe. Me pregunta si me voy a dedicar completamente a la fotografía.

-De momento si, pero a largo plazo no lo sé.

-¿Acaso no estás muy viejo ya para no saber qué quieres?

Hace la pregunta sonriendo, con naturalidad, cómo ironizando sobre el sarcasmo. Ella tampoco es tan joven. Me río, y vuelvo a disparar.

-Tenemos que celebrar que ahora eres fotógrafo profesional. -dice.

Le digo que es buena idea, pero que lo hablemos más tarde. Le pido que no se mueva.

Trabajamos el resto del día, apenas descansando para almorzar. Se cambia de ropa más de diez veces, y se desnuda otras tantas, y finalmente salimos. Me invita a invitarla a ver a los Kanajazz en El Jardín del Profeta, donde luego me ofrece ofrecerle una pizza y una cerveza. Después partimos a La Piedra Feliz, se encuentra con unas amigas, y me presenta cómo  amigo-exabogado-fotógrafo-incipiente. Hablamos, entre los dos y con ellas, y ella empieza a tomarme la mano a cada tanto, y a tomar de mi botella. Cuando nos conocimos me dijo que no mezclaba placer y negocios, pero ese mismo día rompimos esa barrera. O al menos yo la rompí.

Tomamos más cervezas y bailamos al ritmo de las salsas de la banda de turno. Baila bien. Tiene gracia y es coordinada, y juega a coquetear durante los segmentos en que bailamos más cerca. Yo no tengo idea sobre bailar salsa, lo he hecho antes muchas veces, pero nunca me ha preocupado hacerlo bien, hasta ahora.  Además, me desconcierta lo bien que ella baila. Todos los que se mueven alrededor nuestro lo hacen mejor que yo, y estoy seguro que los hombres que miran seriamente desde la barra también. Cualquiera de ellos podría simplemente llegar y quitármela con un paso, así que finjo, pretendo, miento, actúo. Me acerco a ella, eligiendo las posiciones en que puedo poner una mano en su cintura, así no puede verme los pies; oriento éstos en diagonal hacia afuera y separo las piernas un poco más de lo necesario, para reducir el riesgo de pisarla; muevo los hombros tan fluida y rítmicamente cómo puedo, así da la impresión de que mis pies también se mueven bien; y finalmente, sonrío, tratando de mostrar seguridad y entusiamo, en lugar de la preocupación que siento por causar una buena impresión.

La verdad es que me enamoré casi de inmediato, ese primer día, cuando terminamos el primer set. Al principio pensé que era sólo por mi nula experiencia trabajando con modelos (ella fue la primera), pero luego noté que sólo ella me hacía sentir así.

Me toma las manos mientras bailamos, y por momentos se acerca, con los ojos entrecerrados. Quiero besarla, pero ya las he cagado muchas veces haciendo lo mismo con otras chicas. Mi vieja siempre dice “ante la duda, abstente“, así que me abstengo. Nunca me siento más inseguro que cuando me gusta alguien. Voy al baño, me mojo la cara y respiro hondo, intentando tranquilizarme. Tal vez debería comprar otra cerveza. Eso me calmaría.

El pub enciende sus luces y los guardias empiezan a echarnos, y todos los asistentes nos formamos obedientemente camino a la puerta, cómo un regimiento de ebrios. Ella me toma la mano, y apega su cuerpo al mío. Hace frío. Le paso mi abrigo, en un acto de caballerosidad imbécilmente cursi. Sonríe mientras lo pongo sobre sus hombros.

-Ven -dice-. Aquí cerca hay un buen clandestino. Compremos algo y vámonos a la playa.

Compramos vino y un néctar de frutilla.

Faltando aun varias horas para el amanecer, sentados lado a lado en la arena, en una playita entre el Muelle Barón y Caleta Portales, improvisamos una mamadera de pseudoborgoña en la botella del néctar. La bebemos lentamente, tiritando por el frío y la borrachera, y en mi caso, también por el nerviosismo.

El día nos encuentra sentados dormitando, a ella con la cabeza apoyada en mi hombro, y a mí con la mía apoyada sobre la suya. A pesar de la caña, el frío, los calambres y los zancudos, soy estúpidamente feliz.

-Quiero hacerme un tatuaje. -digo.

Sonríe, en grande, y me dice que lo conversemos más tarde.

•••

Un par de horas más tarde estamos de pié en la sala de espera de un estudio de tatuajes. Mientras ella se duchaba garabateé dos bocetos. El primero, en estilo caricatura tipo Jean-Jacques Sempé, es un hombre desnudo con una capa de Superman y un terno arrugado a sus pies. Ese es le digo que me voy a hacer. El segundo, en estilo realista, es de una pareja sentada en la arena, mirando el amanecer. Ese es el que de verdad voy a hacerme. Me hacen pasar, y le pido que me espere afuera. Sonriendo le digo que no quiero que me vea llorar. Ríe, pero accede.

El tatuador sonríe después de cerrar la puerta. Gracias a su ayuda ella cree que voy a tatuarme la caricatura. Me saco la polera y me siento mientras él prepara las tintas y agujas. Me pregunta si estoy listo.

-Si -respondo-. Dale.

Me dice que no me preocupe. Que los tatuajes en la espalda son los menos dolorosos, y empieza a trabajar.

Pensé que sentiría cada agujeta, cada vez que perfora mi piel, pero es más cómo las peladuras en las rodillas que me hice cuando chico, andando en bicicleta o en skate.

-Estás sangrando mucho -dice de pronto el tatuador, cómo diez minutos después de empezar-. Voy a esperar un poco a ver si para.

Pasa un algodón sobre el tatuaje y ahoga una exclamación. Empiezo a ponerme nervioso nada más lo oigo.

-¡Huevón! ¡Te enronchaste entero! -dice.

Me dice soy alérgico a la tinta, y que tengo que ir a un hospital.

Ella entra, preocupada por los gritos. No sé qué es lo que ve, pero está tiritando cuando me dice que me vista, que tiene que llevarme al hospital. El tatuador corre a buscar un colectivo mientras me pongo la polera. Estoy empezando a marearme. Quiero vomitar, y me pica la garganta al respirar.

Salimos caminando con calma del estudio. Afuera nos espera un colectivo. El tatuador está dándole instrucciones al conductor, para que llegue más rápido al hospital. Cada vez me siento más débil, y mareado. Antes de subir al colectivo, me apoyo en un poste y vomito.

El auto da vueltas. Cada curva que toma es como si fuera un trompo, al menos para mí. Ella va a mi lado guiando al conductor. Cada vez me cuesta más respirar. Creo que voy a desmayarme.

•••

Cómo recuerdo de ese día tengo una cicatriz en la espalda. Casi perfectamente redonda, más o menos de ocho centímetros de diámetro. Esa es el área que alcanzó a quedar tatuada, y la que tuvieron que sacarme. O más bien extirparme. Con el paso de los años se ha ido desvaneciendo.

Francisca, mi mujer, me preguntó poco después de conocerla por qué tenía esa cicatriz. Le dije, sonriendo, que había intentado hacerme un tatuaje cuando dejé de trabajar como abogado, y que así me enteré de que soy alérgico a la tinta. No deja de ser cierto.

Dado que no pude quedarme con el dibujo en la piel, enmarqué el boceto del hombre desnudo con capa de Superman y lo colgué en el living de mi departamento. En el reverso del marco, oculto tras un rectángulo de cartón, está el otro boceto.

Cuando desperté en el hospital, ella, mi modelo, estaba sentada junto a la cama. Me tomó la mano y me preguntó cómo me sentía.

-He estado mejor.

Sonrió, pero sólo con los labios, y después de unos minutos me preguntó por qué elegí ese tatuaje. Le dije que esa imagen me gustaba más, que me hacía más sentido que la caricatura. Ella replicó que debería habérselo dicho, y luego se quedó en silencio unos segundos horriblemente largos.

-Tengo que irme -dijo al fin-. Fue un gusto trabajar contigo.

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