Punto de Inflexión

by Miguel Ángel

Sonríe. Sutilmente, sí, pero sonríe y con eso basta para que se formen los hoyuelos, no en sus mejillas sino en las comisuras de su boca de labios finos y rosados, que de todas formas consiguen contrastar con su piel blanca, decorada con miríadas de tenues pecas y enmarcada por un pelo negro de destellos castaños aquí y allá. A pesar de todo esto son sus ojos los que me dejan sin aliento. Si su pelo es ébano sus ojos son ceniza, ceniza rodeada de bronce, tan brillantes que parece que de un momento a otro la veré pestañear y sonreír completamente desde la fotografía.

La encontré hace 10 o 9 días en un libro y desde entonces he estado viniendo a cada tanto a comprobar si sigue ahí. Está fechada el 14 de febrero. Desde ese día y hasta hoy han pedido prestado el libro seis veces. Cualquiera de esos seis, o incluso quien lo tenía el día en se tomó la foto, pudo haberla dejado ahí dentro. Estaba por la mitad, así que es poco probable que haya sido el primero, a menos que seis personas seguidas lo hayan pedido desde entonces para que juntara polvo en sus casas.

No está sola en la imagen pero es hacia ella que mis ojos vuelven una y otra vez. Abraza a una mujer muy parecida a ella, tal vez una hermana o una prima, también muy blanca pero de pelo corto, muy corto, ojos cansados y una pequeña cicatriz junto a su ojo derecho.

Reviso que nadie me vea, guardo la foto en mi bolsillo y anoto el nombre y el código del libro. También las fechas en que lo pidieron, por si acaso. Lo dejo en su sitio y vuelvo a avanzar por el pasillo empujando el carrito de reposición.

Termino la ronda y vuelvo al mesón, entro al sistema en el computador y busco el código del libro. Disculpa, estoy buscando El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa. ¿Puedes decirme dónde está?

Es una mujer, joven, por su tono de voz, o tal vez una mujer con voz de joven pero entrada en años. No la miro así que es difícil estar seguro. Sí. Está en el pasillo V, de literatura hispano-americana. Acabo de dejarlo ahí. Este es el código.

Indico la dirección y entrego el papel con los datos que me piden, sin levantar la vista, y vuelvo a concentrarme en la pantalla y las fechas y nombres que me muestra. Antonio Bravo, 10 a 24 de febrero; Francisco Sepúlveda, 6 a 20 de marzo; María Fernanda González, 22 de marzo a 7 de abril; Inés Pérez, 5 a 19 de junio; Gabriel Fernández, 19 de junio a 4 de julio; Bárbara Correa, 22 de agosto a 6 de septiembre; Ignacio Anguita, 7 a 21 de septiembre. Siete personas. Cuatro hombres y tres mujeres.

Disculpa. Lo encontré. Levanto la vista. Es la misma mujer que me preguntó hace poco por el libro de Vargas Llosa. Es blanca, y de pelo negro, pero la luz de la biblioteca no quiere ayudarme a identificar el color de sus ojos. Necesito saber quién lo pidió y si alguien lo ha tomado desde hace cuatro semanas, más o menos.

La miro unos segundos levantando lentamente una ceja y ella empieza a excusarse. Tal vez se sonroja, pero de nuevo la luz no coopera. Dice que se le quedó un marca-páginas en el libro, uno que tiene mucho valor para ella, y que quiere recuperarlo. Si ella fue quien lo pidió, debería haber sabido donde está, ¿No? Perdona, pero no puedo darte esa información. Las normas de la biblioteca me lo prohíben. Sus ojos se vuelven vidriosos mientras me pregunta si hay algo que pueda hacer. Mira, déjame hablar con mi jefe. Vuelve mañana a esta hora.

Y sonríe. Sutilmente, sí, pero sonríe y con eso basta para que se formen los hoyuelos, no en sus mejillas sino en las comisuras de su boca de labios finos y tal vez rosados. No lo sé con certeza. Esta vez la luz solo me ayuda a distinguir la pequeña cicatriz junto a su ojo derecho.

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