Turbulencia

by Miguel Ángel

En Jurassic Park, la primera, cuando la rubia y el guardaparques encuentran al matemático odioso herido (no me acuerdo bien si en la escena está lloviendo o no, pero sí me acuerdo de que es de noche), empiezan a escuchar unos golpes graves, sordos y a lo lejos, pero lo bastante cercanos para hacer que el piso tiemble suavemente. Entonces, Ian dice: “¿Sintieron eso? Esos son… esos son temblores de impacto, eso son”, todo mientras la cámara enfoca un Jeep pintado de más colores de los que soy capaz de recordar. El encuadre permite ver, además del auto y los personajes, una poza de agua que es en realidad una huella de Tiranosaurio. A cada golpe (que a estas alturas de la película uno ya sabe que son pisadas de dinosaurio), se forman ondas en el agua, partiendo desde afuera y uniéndose hacia el centro. Ahora que lo pienso, no puede haber estado lloviendo, o si no las ondas en la poza no se verían, disueltas en el ruido generado por las gotas. Pero estoy dando vueltas sin meterme al tema. El punto es que, desde que vi esa película, siempre que tiembla, y cuando tengo cerca un vaso con agua o un plato con sopa, miro siempre el plato/vaso tratando de ver la onda. Nunca he podido.

Esta vez hacía lo mismo. En la mesita frente a mí tenía un vaso con Coca Cola (había tres hielos también y eso probablemente habría anulado el efecto, pero en ese momento no lo pensé) y me concentraba, intentado ver las ondas que me avisaran las turbulencias a pesar de que lo más lógico era que las sintiera antes en el asiento, pues la mesita sobre la que estaba el vaso iba unida al asiento mediante un brazo flexible, lo que, por simple mecánica, hace que se pierda un poco de energía en la transferencia, por lo que en el asiento sentiría antes el movimiento, además de sentir turbulencias aún más suaves. Pero me estoy saliendo de nuevo del tema (no saliendo en realidad, porque ni siquiera te he dicho cuál es el tema) y tampoco te quiero aburrir con Física.

Me gustaría poder decirte que me fui todo el viaje mirando por la ventana. Me gustaría poder decirte que la visión de la Cordillera escarpada y cubierta de nieve, las nubes bailando bajo el avión y el cielo de un azul tan intenso que casi era violeta, las tres cosas a la vez, me precipitaron a elevadas cadenas de pensamiento y a profundas ideas sobre la vida, universo y todo lo demás. Me gustaría poder decirte que alcancé una privilegiada perspectiva acerca de mi verdadera, y por lo demás insignificante, posición en el mundo gracias la vista de una niebla arremolinada y espesa que a un lado rompía como oleaje contra los cerros, de un bonito color amanjareado, y al otro se extendía hasta el horizonte, completamente plana y rodeando un solitario cerro que sobresalía como isla en un mar blanco y grabado en cámara lenta. Me gustaría poder decirte que aclaré mis opiniones acerca de los sistemas económicos y la instrumentalización del uso de la tierra para beneficio del hombre, todo gracias a haber visto un paisaje absolutamente plano divido en parcelas hasta donde alcanzaba mí mirada, que desde diez mil metros de altura era bastante (si te interesa puedes obtener un cálculo aproximado suponiendo que el radio de la Tierra es de 6500 kilómetros, sumándole los diez a los que volaba el avión y aplicando luego unas sencillas fórmulas geométricas, pero ahora no quiero aburrirte con Matemáticas). Me gustaría poder decirte todo eso, pero no puedo.

La verdad es que durante buena parte del viaje sí miré por la ventana, pero no logré mucho más que exclamaciones mentales del tipo “¡Uh! ¡La huevada la raja!” (ahora que lo pienso, puede que no hayan sido sólo mentales). Sí, iba atento a las turbulencias, ¿qué esperabas? Y cada vez que el asiento empezaba a moverse, miraba; primero, al monito ese de “abrocharse los cinturones”; segundo, a las azafatas, para ver si en algún momento dejaban de moverse por la “cocina” o los pasillos y se iban a sentar como precaución; y tercero, a unos españoles de terno, al otro lado del pasillo, que se veían tan aburridos que me daban la impresión de estar insufriblemente acostumbrados a estos viajes, lo que los volvía perfectos “termómetros” en caso de que llegara a haber alguna turbulencia por la que valiera la pena preocuparse.

Otra buena parte del viaje me la pasé tratando de elegir un disco para escuchar. La azafata mala (esto es igual que en las películas de pacos, siempre hay una buena y una mala) me obligó a guardar el notebook en el portaequipaje, dijo que no podía haber nada suelto (aunque después ella misma repartiera bandejas con tenedores y cuchillos), así es que me quedé nada más que con los discos que llevaba en el bolsillo. Había hecho una selección pensada especialmente para no aburrirme, pero ya me está faltando música, así es que después de apenas media hora ya estaba pasando carátulas sin poder decidirme por algo.

La otra buena parte del viaje me la pasé tratando de decidir si la azafata buena me había hecho cambio de luces. En general no me gusta cómo se ven las minas con el pelo tan tirante hacia atrás, me da la impresión de que están tratando de hacerse un lifting artesanal o que, por algún motivo, necesitan ser tan aerodinámicas como puedan, pero a ésta no le quedaba mal. Tampoco me gusta mucho cómo se ven las minas con los labios pintados muy chillonamente, pero el rojo que llevaba esta, no era chillón. Era rojo, sí, pero uno más bien cargado a los violetas y ligeramente oscuro y no muy saturado. Un rojo agradable. Se fijó en el sticker de SubPop Records que tengo pegado en la cubierta del notebook y me preguntó qué discos había comprado. Le respondí que solo uno, el primero de Thumpers. Ella no los conocía y me alegré un poco, de hecho me anduve envaneciendo. No me digas hipster, por favor, sabes que me cargan esos huevones. En fin, me preguntó qué estilo eran y hablamos un poco mientras ella guardaba las maletas de los demás pasajeros que estaban cerca de mí. Incluso nos reímos cuando me dijo que la primera vez que la dejaron bajarse en Seattle preguntó por la disquería más grande y salió cargada con todos los discos de Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains, Blind Melon y el resto de la oleada grunch.

A estas alturas ya debes estar preguntándote por qué partí todo esto hablándote de la poza/huella y los “temblores de impacto” de Jurassic Park y el vaso con bebida en la mesita y las turbulencias. Fácil: porque me gustaría tener un sensor de ese tipo (aunque no sea uno muy sensible) para saber cuándo una mina me hace cambio de luces. Imagínate: viene un temblor, una turbulencia, y ya sé qué hacer, sin correr el riesgo de quedar como imbécil porque malinterpreté una señal. Bueno, tal vez la gracia está en el riesgo y yo no he sabido darme cuenta. ¿Qué pasó con la azafata? Nada. Nunca supe si fue o no cambio de luces.

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