Transformarse en rana

by Miguel Ángel

Martes 1 de julio

No resultó. Hoy la vi sentada con toda calma, en su puesto. Tenía a su derecha una pila con los libros a los que les doblé las esquinas de las páginas más notables y mecánicamente, sin poner atención, las iba desdoblando y luego dejaba los  libros en una pila a su izquierda. Con una mano trabajaba y con la otra jugaba 2048, haciendo las dos cosas simultáneamente con una naturalidad que bordeaba en lo glamoroso.

¿Cómo puede ser que alguien que tiene tan poco interés en leer trabaje en una biblioteca? ¿Acaso no preguntan por hábitos de lectura en las entrevistas de selección de personal?

Lo único que le he visto leyendo es una edición ilustrada de “Miltín 1934”. Como nunca había visto libros ilustrados en la biblioteca le pregunté dónde estaban. Me dijo que era de ella.

En realidad agradezco que la hayan contratado, porque de lo contrario jamás me hubiera fijado en ella.

Si tan solo le gustara leer sería perfecta.

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Lunes 1 de diciembre

La verdad es que no supe que había sido él hasta harto después. Yo ya estaba trabajando en este estudio de arquitectos.

Mi jefe tenía que ir a la inauguración de una biblioteca. Yo no había participado en ese proyecto, fui reemplazando a una colega, así es que solo tenía que verme presentable, quedarme cerca de él, responder a los saludos que recibiera y no hablar más de lo estrictamente necesario. Ni siquiera iba a poder admirar el edificio, porque ya perdí la capacidad de ver el trabajo de otro arquitecto y fijarme en lo positivo. Ni la enorme cantidad de libros bastaba para motivarme.

De aburrida en esa inauguración, mientras paseaba entre las estanterías, me encontré con él, que estaba sentando leyendo una copia de la misma edición ilustrada de “Miltín 1934” que yo tenía.

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Lunes 7 de julio

–¡Leedlo! –dijo el Rey.

El Conejo Blanco se puso los anteojos. –¿Por dónde empiezo, si me permite Su Majestad? –preguntó.

–Empiece por el principio –dijo el Rey con toda gravedad, como quien emite una sentencia sabia– y continúe hasta el final; al llegar ahí, deténgase.

Alicia en el País de las Maravilla, Lewis Carroll.

Estas líneas son de una de las ediciones más bonitas (lamentablemente también la única repetida en los estantes) que he visto de “Alicia en el País de las Maravillas”. Las recorté. El sólo pensarlo de nuevo hace que me dé asco. Por suerte no había ninguna ilustración en el reverso.

El plan es más o menos este: recortaré libros (párrafos o diálogos), los mejores que encuentre entre en las estanterías y los iré dejando en el mesón de préstamos, donde ella los vea. A ver si así logro que se interese en los libros.

Me da una especie de risa triste el pensar que mi viejo me desheredaría si supiera lo que acabo de hacer, casi puedo escucharlo enmierdado exclamando “¡y de puro caliente no más!”. En todo caso lo hice bien, sin tocar otras páginas y sin cortar nada más que el contorno del párrafo. Un trabajo bien hecho, como a él le gustan. Siempre me ha dicho “si vas a hacer algo, hazlo bien, especialmente si está mal que lo hagas”. De todas formas será mejor que de ahora en adelante mantenga esta bitácora bien escondido.

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Sábado 6 de diciembre

Lo primero en lo que me fijé cuando todo empezó, fue en que alguien dejaba los libros en el mesón, a pesar de que habíamos puesto carritos por todas partes para la gente que los sacara de las estanterías y no se acordara de donde dejarlos.

Los primeros que vi ahí tenían algunas páginas dobladas. Arreglarlos fue una lata pero podía hacerlo con una sola mano, así que no quedaba invalidada.

Después de eso vinieron los recortados.

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Jueves 17 de julio

Entró desde la cálida lluvia que chisporroteaba en el pavimento de Ninsei y, por algún motivo, la distinguió en seguida: una cara entre las docenas de caras alineadas frente a las consolas, perdida en el juego. Tenía entonces la expresión que le vería, horas más tarde, en el rostro dormido en un nicho de un hotel del puerto; el labio superior como las líneas con que los niños dibujan un pájaro volando.

Neuromante, William Gibson.

Por suerte esta edición de Neuromante era la más fea.

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Viernes 12 de diciembre

No recuerdo ahora por qué esa primera vez fui a buscar otra copia de esa edición de Alicia en el País de las Maravillas, la llevé a mi puesto y busqué el párrafo que faltaba en la copia recortada. Tal vez esperaba encontrar algo trascendental, algo que pudiera cambiarle la vida a quien lo hubiera recortado, algo que tal vez pudiera cambiarme la vida a mí. Casi me dio risa cuando lo leí, pero no porque el texto tuviera alguna gracia: no era más que un diálogo ridículo (eso pensaba entonces, hoy me río cada vez que lo leo), un diálogo que seguramente sólo habría hecho reír a un niño del siglo en que se publicó el libro. No, me dio risa por mí, por mí y mi no-sé-si-todavía-llamarlo-inocencia. ¿Cómo cresta alguien como yo, que estudiaba en ese entonces algo con tantos números, podía creer que un libro pudiera enseñar algo tan importante?

Mi hermana tiene un dicho (dice que se le ocurrió a ella, pero hace un tiempo me di cuenta de que lo leyó en El Alquimista, de Coelho): “algo que pasa una vez puede no repetirse nunca, algo que pasa dos veces pasará sin dudas una tercera”.

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Martes 22 de julio

He aquí un chisme utilísimo –se dijo-; de otro modo, tendría que apuntar con lápiz el nombre de esa señorita y podría borrarse. ¿Se borrará su imagen de mi memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de unos ojos… tengo la sensación del toque de unos ojos…

Niebla, Miguel de Unamuno.

Creo que esta vez sí está resultando.

No me atrevo a cantar victoria todavía. Prefiero resistirme al optimismo. Hoy tenía a su lado dos copias de “Alicia en el País de las Maravillas” y dos más de “Neuromante”, de las mismas ediciones que rompí.

Romper “Niebla” no fue difícil. No sé si me insensibilicé un poco después de los dos primeros o si este tercero simplemente no me importa tanto. Digo, es uno de los mejores libros que he leído pero había tantas copias y por lo demás en ediciones con tan poca gracia que recortar las líneas fue un trabajo mecánico, casi frío, tal vez incluso como el trabajo de un forense haciendo autopsias. No sentí nada.

Me estoy quedando sin libros aquí en la casa. En el velador tengo sólo dos que no he leído. Pronto tendré que comprar más.

Últimamente he estado leyendo muy lento. Me cuesta retener las palabras.

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Miércoles 17 de diciembre

Me di algunas vueltas por los pasillos, para ver si en una de esas lo pillaba in fraganti, pero no todo lo exhaustivas que me habría gustado, porque llegaba gente a pedir libros y no podía dejarlos esperando. Una vez incluso me pidieron el libro de reclamos. Finalmente no me quedó otra que quedarme en el mesón. Entonces empecé a leer.

El primero que leí fue “Niebla”, el primero de los que él cortó y lo primero que leí desde que salí del colegio. “Alicia en el País de las Maravillas” era demasiado absurdo para mí (las dos películas de Disney eran la única referencia que tenía, pero no me pareció necesaria ninguna otra) y el tercero era de ciencia ficción, que nunca me había interesado. A “Niebla” en cambio lo conocía de primero medio (no lo leí, leí un resumen y le copié a una amiga en la prueba, pero igual) así es que fue un poco como recordar los años del colegio.

Cuando leí el de Cortázar empecé a engancharme en esto. “Un tal Lucas” tuvo toda la culpa. Era una cosa de no alcanzar a terminar de reír y ya tener ganas de llorar y después empezar a reírme de nuevo. Las “Luchas con la Hidra” y los dos “Hospitales”, los “Pudores” y los “Estudios sobre la sociedad de consumo”, las “Traumatoterapias” y las “Largas Marchas”. Lo leí en la biblioteca y la gente me miraba raro cada vez que iba a que les autorizara los préstamos. Debo haberme demorado dos días en terminarlo y empecé a leer por segunda vez al tiro.

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Sábado 26 de julio

Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol.

“Lucas, sus largas marchas”, Un tal Lucas, Julio Cortázar.

Cortázar es un viejo conocido. El primer libro que mi viejo me regaló fue “Historias de Cronopios y de Famas”. Yo tenía siete años en ese momento. Debo haberlo leído más de 30 veces antes de cumplir los diez. Recién entonces me di cuenta de que había más libros de él. Los pedí todos, me los compraron y los leí cómo en dos meses. Casi repetí de curso.

Iba a recortar alguna copia de “Historias…” pero creo que “Un tal Lucas” será más de su gusto. Es menos metafórico, más concreto, más gracioso.

Ya voy en la mitad del último libro pendiente que tenía en mi velador. Me demoré dos días y medio en leer el penúltimo. No he comprado nada todavía. La verdad es que no he tenido ganas de entrar a una librería. Ayer pasé fuera de la QueLeo del Drugstore y vi saliendo a un viejito con una bolsa con seis o cinco libros. Se veía tan contento que me dieron ganas de hacerle una zancadilla.

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Miércoles 24 de diciembre

“Neuromante” fue el último que leí de los que él cortó. De hecho lo leí ya cuando era compulsiva. La ciencia ficción sigue siendo de los géneros que menos me gustan, pero “Neuromante” es la gran excepción (bueno, el Ciberpunk en general me gusta).

De aburrida en esa inauguración (esa de la que partí hablando pero me fui por las ramas) terminé paseándome entre las estanterías y lo encontré con una copia de la misma edición ilustrada de Miltín 1934 que yo tenía. Yo había encontrado una copia de “Un tal Lucas” y me puse a buscar un sillón para leer. Él estaba en un pasillo, sentado en el suelo, leyendo (o tal vez sólo viendo los dibujos, porque pasaba los dedos lentamente sobre las líneas). Le pregunté dónde la había encontrado, le dije que no sabía que ahí hubiera libros ilustrados. Me dijo que era de él y después se fijó en el libro que yo llevaba y me preguntó si me gustaba Cortázar. Le respondí que sí, que es de mis regalones. Entontes me preguntó si me habían gustado los otros, “Alicia en el País de las Maravillas”, “Neuromante” y “Niebla”. Hizo énfasis en si me había gustado La Historia Interminable. Fue como dicen las siúticas: “Mi vida entera pasó ante mis ojos”.

Hablamos un poco y tomamos un café en calle Londres. Le pregunté si ya había leído el tercero libro de “Las Crónicas del Asesino de Reyes”, que yo acababa de terminar, y me respondió que hacía varios meses había dejado de leer cualquier cosa que no fuera ilustrada. Fue decepcionante.

Parece que los príncipes no necesitan brujas ni besos para transformarse en ranas.

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Miércoles 6 de agosto

Se puede estar convencido de querer algo -quizá durante años-, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo se convierta en realidad, sólo se desea una cosa: no haberlo deseado.

La Historia Interminable, Michael Ende.

Hace más de una semana que no leo nada.

Hoy corté “La historia interminable”, que fue mi entrada a la fantasía, y casi fue agradable rasgar la página.

Ella estaba leyendo “Un tal Lucas”. Sonreía al dar vuelta las páginas.

Recuerdo que mi profe de matemáticas en segundo medio decía que los bostezos no se contagian, sino que en el mundo hay sólo bostezo y que salta de persona en persona. Seguramente los gustos por leer son muchos más que los bostezos pero de todas formas no son suficientes.

No creo que vuelva a ir. De hecho, creo que voy a deshacerme de mis libros.

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