El Juego

by Miguel Ángel

El Juego es un juego de mesa. Se juega sobre un tablero cuadrado de cuadradas 729 casillas. Lo sé, el número es ridículo, pero me declaro completa y absolutamente inocente respecto de la constitución de las reglas. Consiste en una elegante complejización del clásico y ya de por sí elegantemente complejo ajedrez. Tiene castillos, caballería, soldados con espada, arqueros, armas de asedio y un rey. Cada jugador distribuye sus 54 piezas a voluntad en el tercio de tablero más cercano a él y mueve hasta 18 piezas cada turno, decidiéndose el resultado de los combates mediante la combinación del lanzamiento de dos dados y un sistema de bonificaciones de puntaje. El objetivo es matar al rey del oponente, pero esto solo puede hacerse con el propio rey.

El porqué fui inicialmente invitado a la Sociedad de Jugadores se explica mediante una secuencia de eventos casuales que incluyen el cortejar a una pelirroja en el Barrio Lastarria, invitándola repetida e infructuosamente a tomar un café, tomar unas cervezas a solas en un bar de Bellavista, involucrarme en un pelea callejera a puño sin tener idea de por qué peleaba ni contra quién y, luego, caminar fumando marihuana por el Parque Forestal junto a un grupo de encantadoras turistas neozelandesas. No intentaré aclarar o explicar más todo eso, primero, porque lo he intentado en incontables ocasiones sin tener éxito y, segundo, porque es completamente irrelevante. Mi primer oponente me explicó las reglas y decidió que uno de sus socios actuaría como mi consultor personal durante el primer enfrentamiento. Afortunadamente, la capacidad de observación, la memoria y la porfía son tres de mis más grandes habilidades. Contra todos los consejos, dejé que mi flanco izquierdo fuera masacrado, con lo que conseguí el espacio que necesitaba para moverme en formación de cuña, rodeando el centro de mi oponente, hasta alcanzar a su rey.

No tengo idea de quién fue el inventor del Juego. La Sociedad no conservaba entonces registros para ese tipo de sinsentidos. Todo lo que le importaba era quién venció a quién, cuándo, cómo y en cuánto tiempo. Las maniobras más notables se guardaban en una gran biblioteca, bautizadas con el apellido de su creador. En mis múltiples paseos por la Biblioteca, solo pude encontrar tomo tras tomo de anales indicando las partidas y jugadas más notables, de los más notables jugadores, las que fui estudiando y de a poco incorporando a mi juego. También encontré a jóvenes recién admitidos, grandes promesas todos ellos y con pocas esperanzas todos ellos de ser algún día algo más que grandes promesas. Esa biblioteca fue también donde empecé a conocer de verdad a Isabel.

Mi escalada en la jerarquía de la Sociedad fue meteórica. Al menos en los últimos 40 años, nadie más que yo había conseguido, en un lapso de tres semanas, ganarse un asiento en el Consejo, habiendo comenzado desde el más absoluto desconocimiento sobre la existencia de la Sociedad. Los Concejales más viejos me adoraban y consideraban que mi estilo era refrescante, pero la verdad es que nunca he sido un gran estratega y, además, he perdido una buena cantidad de las partidas. Creo que simplemente me destaqué porque no me daba miedo arriesgarme y tomar decisiones rápidas. Eso, en medio de un grupo formado sobre todo por ajedrecistas y jugadores de Go, lentos y cuidadosos todos ellos, me hacía destacar como payaso en un juicio oral.

Don Segundo, el más viejo de los miembros del Consejo, había sido el último advenedizo en ascender tan rápido: había tardado dos semanas en entrar al Consejo. Era él también quién me apoyaba más incondicionalmente. Antes, me decía, en la Sociedad había menos siúticos. Su estilo también había sido revolucionario, pero era muy distinto al mío; más tranquilo, más equilibrado, más elástico. Jugamos seis veces, de las que ganamos dos cada uno. Las otras dos terminaron en empate, pero él iba ganando ambas. Podría decir que Don Segundo fue mi maestro, no en el juego, pero sí en cómo moverme en la Sociedad. Él me enseño también la importancia de algunas reglas de caballerosidad, que por mi personalidad (y estilo de juego) no acostumbraba a practicar. Fue él también quien me presentó “oficialmente” a Isabel.

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Una vez, hace tiempo, hablando con unos amigos, llegamos a la conclusión de que al hablar de una pelirroja bonita no es necesario decir que es bonita, sino que basta con decir que es pelirroja. En cambio, cuándo una pelirroja no es bonita uno está obligado a decirlo, porque de algún modo la belleza se asume encadenada al color de su pelo.

Bueno, Isabel era pelirroja y eso le da una importancia mayor a la que tendría ya por ser, además, la nieta de Don Segundo. De hecho, Isabel era LA pelirroja; esa que uno se da vuelta a mirar en la calle; esa que consigue tragos gratis en los bares; esa que hacía que a Charlie Brown le dieran ataques de pánico. Por si eso fuera poco, jugaba bien, en un estilo como el su abuelo, un poco más metódico y reflexivo, sí, pero igual de elegante. La había visto antes de ser admitido en la Sociedad (de hecho, la había invitado a tomar un café en el Barrio Lastarria) y muchas veces luego, estudiando en la Biblioteca.

Pasé varias semanas leyendo en la Biblioteca junto a Isabel e invitándola con insistencia a tomar un café, aunque fue siempre infructuoso y eventualmente, casi sin darme cuenta, dejé de hacerlo. Comentábamos las jugadas, las comparábamos, las reproducíamos en un tablero y buscábamos obsesivamente las mejores formas de anularlas. Bueno, exagero: Isabel se obsesionó con anularlas. Yo me fui enamorando cada vez más del juego táctico y pensado cuidadosamente y empecé a usar las jugadas que más me gustaban. Empecé a usarlas, a combinarlas y a encadenarlas; empecé a desdeñar mi anterior forma de jugar. En una oportunidad, jugando contra un novato, encadené por entretención cinco maniobras y terminé la partida mezclando tres más. Después de eso, él  dejó de jugar y, tiempo después, renunció a la Sociedad.

Las reglas de la Sociedad obligan a una partida de entrada, de admisión, con el fin de incorporar al recién llegado al ranking, pero no imponen condiciones mínimas para la permanencia. Al momento en que lo conocí, Don Segundo llevaba casi ocho años sin jugar una partida oficial. Así mismo, después de ser admitida, Isabel pasó meses sin jugar partidas oficiales y restringió sus visitas a la Sociedad a conversar con su abuelo y estudiar en la Biblioteca. Entonces me desafió a mí, por mi puesto en el Consejo.

Me tomó completamente por sorpresa. En ese momento Isabel y yo nos reuníamos todos los días en la Biblioteca, a leer y comentar jugadas. Ella celebraba todas mis victorias y no se perdía mis juegos, fueran oficiales o no, además, por regla general se desafiaba a miembros con quienes uno no tenía relación. Desafiar a un amigo, era traición. Desafiar a un rival, era poco caballeroso.

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Todo lo anterior, más o menos, me lleva hasta mi situación actual y, creo, se me ocurre una buena forma de describirla: es como ser Hulk sin la súper fuerza (enojarme y ponerme verde, pero quedarme solamente en eso); es como ser Superman sin poderes (ponerme la capa y el calzoncillo rojo, pero aun así no poder volar); es como ponerme el Anillo Único y no hacerme invisible; es como ser Ironman sin el traje y tener que conformarme con la plata y las mujeres. No, ese último ejemplo no es bueno: ser Ironman sería la raja, aunque no tuviera el traje.

No estoy diciendo que yo sea un huevón cabrón como Hulk, Superman o, sobre todo, Ironman (no incluyo a Frodo esta vez en la lista, porque ese huevón era un pussy), pero digamos que de las cosas que sé hacer (y sé hacer bastantes) hay varias para las que soy realmente bueno. Por eso este juego, esta partida en particular, me está resultando tan desagradable, por eso me sudan tanto las manos, por eso mi arritmia da la impresión de estar en un casting para baterista de jazz. Después de todo, ¿qué es uno, sino una miserable colección de intereses y habilidades?

Isabel, por otro lado, se ve absolutamente tranquila, absolutamente cómoda.

Tal vez pueda parecer exagerado que una simple partida me ponga así de nervioso, así es que seré más claro: además de estar en juego mi asiento en el Consejo, lo está también mi racha de 74 partidas sin perder. En cualquier caso, todo eso pasa a segundo plano comparado con la horrorosa facilidad con que me están venciendo. Es como cuando ese niño de media me ganó mis bolitas cuando yo estaba en primero básico: ninguno de mis esfuerzos funciona. Isabel dispuso sus tropas para esperar mi ataque y lo hizo bien. No hay aperturas, no hay puntos débiles, no tengo forma de acercarme sin exponerme.

Además, no es como que yo esté jugando mal. Ni de cerca. Por ejemplo, estiro mi formación en diagonal, hostigando a Isabel, tentándola, amagando fintas, dando vueltas una y otra vez sobre su defensa y, cuando al fin logro que salga y elimino dos de sus piezas, su respuesta es veloz y brutal y pierdo inapelablemente seis de las mías. Se siente como una cachetada. Entonces empiezo a hundirme lentamente en la desesperación. No, no es desesperación, es más una angustia sorda, informe y oscura y, por ende, más desesperante que la desesperación.

Se me agotan las ideas. Se me agotan las tácticas. La formación defensiva de Isabel gira sobre sí misma, se curva, se estira, se contrae ante cada uno de mis avances. Intento el Ataque Doble Cuña Fernández-Arrau, pero solo consigo descuidar y luego perder a la mitad de mis arqueros. Avanzo usando la Columna Triple Ariztía-Lorca y la encadeno con la Envoltura Jiménez-Peñaloza (con lo que saco aplausos entre los espectadores), pero Isabel me detiene y pierdo prácticamente todos mis espadachines antes de poder reagruparme.

Poco a poco crece en mi la sensación de que solo puedo ganar si abandono todas las precauciones, si me convenzo de que perder no es tan malo, si salto a adelante en la brutal e irracional carga que hace algún tiempo me caracterizaba, si juego tal y como soy.

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–Te tomaste tu tiempo –dice Isabel, sonriendo al ver que ordeno mis tropas en mi típica formación de carga: una flecha obtusa, con las piezas frontales en doble fila–. Empezaba a pensar que terminaría ganando por desgaste.

–Quise darte algo de ventaja –respondo, sonriendo también. Sus tropas son ahora casi el doble de las mías. Me tiemblan las manos al tomar mis piezas.

Cuando termina mi turno estoy listo y mis piezas están tan cerca de las de ella que si quisiera pasar al ataque tardaría tres turnos en vencerme. Lo sabe y no lo hace. Mueve solo una pieza: su rey, ubicándolo tan lejos de mi frente como su formación lo permite.

Avanzo, atacando con mi primer par de espadachines, en la punta de mi formación. Los dados me favorecen en el primer lanzamiento. Con mi segundo par (segundo y último) no tengo tanta suerte: lo pierdo, pero de todas formas logro abrir un agujero en la defensa. Entonces ataco con ocho piezas de caballería, entrando en diagonal por la apertura y siendo favorecido por las bonificaciones (solo pierdo una pieza), así es que termino mi turno ubicando seis arqueros en posiciones de bloqueo, para que la entrada no pueda volver a cerrarse, pero en su turno Isabel consigue hacerlo de todos modos y embolsa a las piezas que rompieron su formación. Por fortuna para mí, haciendo esto gasta 16 de sus movimientos, así es que no consigue luego eliminar a las que entraron y en mi siguiente turno abro de nuevo el cerco usando los arqueros que me quedan y entro a la bolsa con el resto de mi caballería y mi rey. Entonces, al ver su oportunidad, Isabel no duda y la toma, pasando al ataque, pero el orden de mi caballería rodeando a mi rey me da bonificaciones adicionales. Me dan ganas de huevonearme por no haber atacado antes así.

Me quedan cinco arqueros, dos soldados con espada y 12 caballeros. Isabel tiene seis arqueros, cuatro espadachines y 14 caballeros. Los castillos y  arietes están abandonados desde el principio de la partida. Parece que de alguna forma muda e involuntaria nos pusimos de acuerdo para que esto se desarrollara, de principio a fin, como una batalla campal.

Isabel rodea a su rey, imitándome y me ataca por los flancos. Pierdo un caballero, pero avanzo de inmediato en carga con parte de mi caballería, en línea, nueve piezas al mismo tiempo, con lo que arrollo a sus espadachines sin necesidad de lanzar los dados. Muevo a mi rey en la segunda fila, saliendo hacia la derecha, a lo que ella responde moviendo a los arqueros que le quedan a posición de bloqueo, así es que avanzo de nuevo, esta vez solo con los caballeros que están más cerca de mi rey. También avanzo por la izquierda con los espadachines y arqueros que me quedan, sobrepasando la línea de Isabel. Creo que se desespera al verse pronta a perder su ventaja numérica, porque ataca en todas las direcciones al mismo tiempo.

Después de eso quedamos prácticamente igualados (tres caballeros y un arquero contra tres caballeros un arquero y un soldado con espada) y gastamos el siguiente turno en reagrupar nuestras piezas. Entonces noto que Isabel empieza a mirar una y otra vez a su castillo, por lo que avanzo con mi ariete por primera vez en la partida

–No será necesario –dice entonces,  mientras levanta la vista del tablero por primera vez desde que empecé mi ataque–. No tiene caso. Me rindo.

Lanzo un suspiro de tranquilidad, apoyando la espalda en el respaldo de mi asiento. No me había dado cuenta de lo agarrotado que estaba. Mientras tanto, la gente que miraba la partida empieza a retirarse, hasta que unicamente Don Segundo se queda con nosotros. Sonrío.

–¿Qué te parece si me rindo yo y después vamos por ese café que me debes?

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