Medio tiempo

Era una tienda pequeña, un lugar pequeño, de tres habita… Iba a escribir “habitaciones”, pero tal vez “ambientes” sea una mejor palabra… Sí, vamos con “ambientes”.

Era una tienda pequeña, un lugar pequeño, de tres ambientes. El más grande medía con suerte cuatro por cuatro metros cuadrados, mientras que el más pequeño no llegaba a dos por uno y medio de la misma unidad.

A diferencia de lo que puede que estés esperando (dadas las características del resto de mis relatos) quién atendía no era una joven atractiva, inteligente, con sentido del humor, buena lectora, conocedora de las artes, de impecable gusto musical, heterosexual y emocionalmente disponible, sino un depresivo flacuchento de lentes que expelía un constanté hálito a alcohol y daba la impresión de hacer un esfuerzo consciente por cultivar una apariencia medianamente hipster. Solo medianamente hipster. Como si ser completamente hipster ya fuera demasiado mainstream. Cuando describí a la “vendedora utópica” se me olvidó decir (o, más bien, escribir), que debe, imperativamente, ser pelirroja.

La tienda estaba ubicada en la periferia de un barrio “de moda”, lleno de tiendas de diseño y estudios de artistas y restaurantitos de esos en los que los platos son bonitos, pero se sirve poco y se cobra harto.

Escribí “periferia”, pero no es exactamente (tal vez ni remotamente) el término correcto, puesto que para llegar a la tienda uno debía caminar de diez a quince minutos, durante los cuales no se vería ninguna otra tienda, solo casas, ni siquiera un almacén de barrio. Tampoco puedo decir que estuviera ubicada cerca de una parada de algún medio de locomoción colectiva, porque no había paraderos de micro en las cercanías y para llegar a la estación más cercana del Metro había que caminar otros de–diez–a–quince minutos, durante los cuales se vería (como únicos puntos de referencia) una oficina de correos y un colegio.

En la cuadra en que estaba la tienda propiamente tal había tan sólo otros dos negocios. El primero era un restaurantito, que había iniciado el proceso de convertirse en uno de esos de los que abundaban en el “barrio de moda”, pero se había quedado sólo con lo de servir poco y cobrar harto. El segundo negocio era una vulcanización. Creo que lo que intento decir con este párrafo (y los dos anteriores) es que nadie que no viviera en ese barrio llegaba a la tienda por casualidad. Los clientes la buscábamos, hacíamos un esfuerzo especial por llegar.

La tienda vendía libros, pero yo iba por la cafetería. Porque sí, era una librería con una cafetería adosada. De hecho, la cafetería era más grande que la librería. A decir verdad, ahora que hago memoria, no conozco nadie que haya ido a la tienda específicamente a comprar un libro. Se nos permitía a los clientes hojear éstos en la cafetería y nadie iba a molestarlo a uno para que se decidiera de una vez por todas a comprar lo que fuera que estuviera leyendo. Tampoco se exigía consumir algo para mantener o siquiera empezar una lectura, pero todos los clientes lo hacíamos de todas formas y con agrado. Creo que había un código no formal de buena conducta. Además, la cafetería era excelente.

El protagonista de esta historia no soy yo, como puede que estés esperando (de nuevo, “dadas las características del resto de mis relatos”), sino un buen amigo, Manuel Correa, a quien conocí en la universidad. Él estudiaba Arquitectura y yo Ingeniería.

Cuando nos conocimos, Manuel era más o menos un opuesto exacto a mí, al menos en las cosas que son importantes, esas sin las que la vida se hace invivible. Era flaco; era extrovertido; estudiaba algo que le gustaba; le iba bien con las mujeres; era bueno para la pelota. El mismo decía que su vida era perfecta y, desde ahí, después de que salimos de la universidad, no hizo más que mejorar: Consiguió pega en un estudio grande que le pagaba bien y en el que, además, tenía libertad para hacer lo que quisiera (creo que las dueñas del estudio eran dos viejas hippies con complejo de hada-madrina a lo Disney) y, por si fuera poco, se casó con Javiera, la mina con que pololeaba desde segundo año de la U y que, dicho sea de paso, estaba bastante bien (es feo que yo lo diga, porque Manuel es mi amigo, pero la verdad es que la mina estaba harto mejor que sólo “bastante bien”).

“Si la felicidad se fuera a las manos contra la vida real, ganaría la vida real y por harto” me dijo Manuel una vez en la Universidad, estando los dos fumando “paragua” en un patio y hablando metafísicamente sobre cómo cada uno imaginaba su vida más adelante. Esos pitos debieron llevar algo de presciencia añadida, porque varios años después, cuando ya era feliz y tenía su vida virtualmente resuelta, todo se le fue a la mierda en un periodo de apenas dos semanas.

Tres meses después de eso pidió un préstamo y abrió la tienda, la librería.

Sí. Él era el dueño de la librería y ese es el motivo por el que partí hablando de ésta.

•••

–Vi a la Javiera el sábado, en el cumpleaños de Martín.

–Fascinante… ¿Cómo estaba?

–No sé. No hablé con ella. Sólo la vi.

–Es, por mucho, la mejor historia que me has contado.

Río.

–¿Hasta cuándo vas a seguir con la huevadita?

–¿Qué “huevadita”?

Suspiro.

–Esta huevadita, Manuel, este show de huevón amargado. Hace casi un año que te separaste y ya ni siquiera puedes decir que te esté yendo mal. Siempre que vengo la librería y la cafetería tienen clientes.

Estamos en la cafetería, sentados a la barra. Varios clientes leen sentados en pequeñas mesas circulares desperdigadas en los siete por seis metros cuadrados de la cafetería. Casi todos están solos. Sólo hay dos parejas. La mayoría de los clientes son jóvenes o, al menos, más jóvenes que Manuel y yo, y usan esos lentes ridículamente grandes y esos peinados ridículamente informes.

Manuel alarga el brazo por sobre la barra, toma la cafetera y rellena su taza. Luego saca una petaca del bolsillo de su pantalón y vierte un buen chorro de licor en el café. Bebe un sorbo y dedica su atención a los clientes. No va a responder a mi pregunta.

•••

No sé qué habrá de diferente entre ser demasiado bueno para tomar y ser alcohólico. A decir verdad, tampoco sé si hay alguna diferencia.

Mientras estábamos en la universidad Manuel era bastante bueno para tomar, aunque eso no tenía nada de llamativo, porque en esa época todos eramos buenos para tomar, incluso los que “no tomaban”, así que supongo que su caso no preocupaba a nadie. Sin embargo, creo que estarás de acuerdo conmigo en que hay una diferencia importante entre un universitario que toma harto y un treintaicincoañero que toma harto.

Manuel empezó a tomar a diario un par de semanas después de separarse de Javiera, a todas luces en un intento de ahogar las penas o de ahogarse a sí mismo. Tal vez se le olvidó que sabía nadar. Muchos de sus amigos lo vimos volverse, primero, un entusiasta de las cervezas artesanales, luego, un amante del vino y, finalmente y por lo demás sorprendentemente pronto, un alcohólico. En todo caso, tengo que reconocer que él sabía llevarlo con estilo. Se aficionó a un par de marcas de whisky; se compró juegos de vasos bajos, anchos y de cristal facetado; por último, se volvió progresivamente más introspectivo y meditabundo, incluso depresivo, dejando de lado su personalidad extrovertida y espontánea (creo que hizo un esfuerzo consciente para conseguir esto último).

Las personas pueden dividirse en dos grupos, usando como criterio la forma en que se meten a la piscina: quienes son clavadistas, y quienes se meten por la escalera. Manuel se metió al alcoholismo como clavadista, pero como clavadista olímpico, saltando de cabeza del trampolín, dando giros y mortales, salpicando una cantidad mínima de “agua”, sin mojar a nadie. Pura gracia.

Por ese tiempo empezó con la idea de poner la tienda.

No sé qué mezcla de alcoholes puede hacer que a un arquitecto cesante le den ganas de abrir una librería. Tampoco sé qué mezcla de alcoholes lo ayudan a tener éxito en abrir una librería. Y es que, si bien Manuel leía desde que lo conocí, nunca profesó por los libros un amor que lo hiciera a uno pensar que en algún momento iba a ser dueño de una librería. Ni siquiera era capaz de cuidar bien los que pedía en la universidad (y en esto te aseguro que sé de lo que hablo, porque trabajé en esa biblioteca) y no quiero ni empezar a detallar el penoso estado en que estaban los pocos libros que tenía él (en realidad sí quiero, pero si lo hago todo esto se volverá más tedioso de lo que ya es). Demás está decir que Manuel nunca se interesó tampoco por escribir. De haber sido de ese modo, sería él mismo, y no yo, quién estaría ahora contándote esto.

En cualquier caso, Manuel nos sorprendió a todos los que dudábamos si que sería capaz de dedicarse con seriedad a ser librero. No solo lo hizo con seriedad, sino que rayó en lo obsesivo. Desde un principio se negó a tener ayudantes en la tienda, aprovechando, por ejemplo, los horarios de poca afluencia para hacer la reposición e, incluso, consideró el atender él mismo el café, pero finalmente se resignó. Más que porque atender la librería y la cafetería fuera mucho trabajo para que lo hiciera él solo, lo hizo porque, si bien a algunas personas puede molestarles que quien les vende libros esté ebrio, definitivamente a todas, TODAS las personas les molesta que el garzón que les lleva la comida esté ebrio y, para ese entonces, Manuel no dejaba pasar más de treinta minutos sin echar un trago. Despechado, deprimido y ebrio, Manuel no debió ser un jefe particularmente agradable. En las primeras tres semanas,  siete meseras y garzones fueron contratados y renunciaron. Todos terminaron peleando a gritos con Manuel, en algunos casos frente a los clientes, a mitad del día. Según Manuel mismo me contó, salió al paso de las renuncias más vergonzosas a base de sobornar a los clientes con brownies y libros. Creo que la última vez simplememte levantó los brazos y gritó “¡sea cual sea el libro que tengan sobre la mesa, es suyo, se los regalo!”.

La última mesera que contrató fue Sofía. ¡Ah! ¡Si la conocieras! Ahora diré (por tercera vez ya “dadas las características del resto de mis relatos”) que a diferencia de lo que puede que estés pensando, Sofía no se enamoró perdidamente de Manuel y lo sacó del alcoholismo y juntos fueron felices vendiendo libros por el resto de sus vidas. No. Se de buena fé que Manuel le tenía ganas a Sofía y, la verdad, ¿quién no le tendría ganas? Tenía 22; era flaca, diría casi anoréxica, y bien plana, tanto que no necesitaba siquiera usar sostén; usaba el pelo teñido rubio y corto, muy corto; tenía el brazo derecho tatuado con un enorme doodle entre caricaturezco y macabro; tenía un total de 11 piercings sumando los de las orejas y la cara; sus incisivos superiores tenían una separación de al menos dos milímetros; su sentido del humor era ácido, sarcástico y oscuro, casi masculino; vestía siempre de negro, con poleras sin mangas que le quedaban siempre un poco grandes y pantalones de mezclilla razgados y ajustados sobre sus huesudas rodillas; podía pasar horas hablando del último disco que había escuchado o del último libro que había leído (era voraz en esto último; se tragaba un libro de los grandes cada dos o tres días; la verdad, no sé a qué hora trabajaba). Como imaginarás, era lesbiana, casi por antonomasia. Y todo eso de “¿quién no le tendría ganas?” era solo sarcasmo. En realidad no conozco a muchos hombres, aparte de Manuel y de mí, que podrían tenerle ganas a una mina como Sofía, y Manuel sí que le tenía ganas. Él mismo me lo dijo y luego se lo dijo a ella y ella volvió a decírmelo. Tenían una relación bastante extraña, ahora que lo pienso.

•••

–¿Pa’qué aparentai que te gusta lo que estái tomando, hue’ón? Llevai como cuatro vasos ya. Te apuesto que ni sentís la lengua –dice Sofía a Manuel.

Estamos conversando y tomando whisky en el mesón que hace las veces de caja, empaque y mostrador, Sofia, Manuel y yo. La librería está a punto de cerrar. La cafetería ya cerró y Sofía ya limpió y ordenó todo. Sólo queda un cliente, un viejito de barba, a quién no parece molestarle que estemos tomando.

Manuel toma otro sorbo.

–El whisky no se saborea solo en la lengua. La nariz y la garganta también son importantes –replica.

–Lo peor de todo –sigue Sofía–, es que estái tomando por despecho. Ni siquiera porque que te guste la hue’a’a.

–¿Qué? La Javiera no tiene nada que…

–Y no es como que la hue’ona esté taaan rica tampoco.

Me da la impresión de que Sofía no debería haber dicho eso; me da la impresión de que Manuel va a enojarse en serio aunque, la verdad, ella no corre ningún riesgo. Manuel no puede echarla. Si lo hace, pasarán años antes de que encuentre a otra garzona que trabaje bien y que lo aguante. En todo caso, me interesa ver cómo reacciona.

Manuel me mira a mí.

–¿Le mostraste fotos de la Javiera?

–Sí.

–¿Por qué, huevón?

–Me pidió que le mostrara algunas.

–Y tú, huevón caliente, llegaste y se las mostraste.

–El cómo vi las fotos no viene al ca…

–Y tú –Manuel devuelve ahora su atención a Sofía, interrumpiéndola–, pendeja de mierda, no tienes derecho a andar opinando de si mi ex esposa está rica o no. Respétame. Soy tu jefe.

–Te otorgo el respeto que me inspirai, hue’ón, pero no estamos hablando de eso –se apura ahora a cambiar de tema–, sino de que te la pasai acá tomando, amargado, cuando podríai estar allá afuera haciendo lo que quisierai

–No lo que quisiera.

–…donde quisierai

–No donde quisiera.

–…y, de hecho, con la mina que quisierai.

Manuel y yo la miramos atónitos, sorprendidos por lo que acabamos de escuchar. Sofía se sonrroja un poco.

–¿Qué? ¿Acaso por ser lesbiana no puedo encontrar bonito a un hue’ón? Déjenme decirles que yo, personalmente, tengo solo dos condiciones para volverme bisexual: uno, que los hombres sean lampiños, y dos, que el pene tenga dedos.

En este punto los tres nos hemos olvidado ya del último cliente, el viejito, quién se las había arreglado hasta ahora para curosear en los estantes haciéndose el huevón, pero ahora, al escuchar el comentario de Sofía, no puede evitar toser, de puro escandalizado.

–Caballero, ¿encontró el libro que buscaba? –le pregunta Manuel.

El cliente asiente con la cabeza y levanta una mano, enseñando una copia de “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago.

–Lléveselo –dice Manuel–. Se lo regalo.

•••

“Los hombres deben mantenerse en contacto con su sensibilidad. Deben ser capaces de expresar con naturalidad sus sentimientos y temores” reza uno de los consejos clásicos que mi género recibe. A veces nos lo dicen las mujeres, otras veces nos lo aconsejamos entre nosotros mismos. Lo que nadie nos dice, y que a veces tardamos años en deducir por nuestra cuenta, es que este consejo no debe ser aplicado, bajo ninguna circunstancia, en bares, discos o en cualquier situación en la que uno se encuentre en estado de ebriedad. Tampoco es buena idea aplicarlo con mujeres a las que uno acaba de conocer.

Tal vez te parezca que lo más lógico es que alguien como Manuel, de quién ya dije que le iba bien con las mujeres (sí, lo dije, acabo de revisar), no sería tan estúpido como para usar el ya citado consejo en su reestreno en el circuito de solteros, en su reestreno en el “huevonódromo”. Pero sí, de alguna forma, los años que pasó junto a Javiera parecieron echar a perder su anterior “capacidad magnética” y, ante su falta de éxito, no tardó en incurrir en las prácticas en que todos aquellos que somos “torpes” al tratar con las mujeres solemos caer (como insistir hasta que la pobre mina se va de la disco o hasta que llama a los guardias) y eventualmente, según me contó, después del tercer o cuarto “no” se cansaba y se dedicaba a emborracharse.

En cualquier caso, y esto no me lo explico, siguió siendo capaz de llevar la librería con el rigor de antes, incluso cuando llegaba directamente del bar y completamente ebrio. Según Sofía, parecía ser guíado por un piloto automático, que abría el candado, levantaba la cortina metálica, abría la puerta interior, desactivaba la alarma y encendía la cafetera antes de quedarse dormido en el baño. Sofía era perfectamente capaz de hacer todo eso y tenía su propio juego de llaves, pero a Manuel le gustaba abrir él mismo, le gustaba demostrar que no necesitaba ayuda. No lo entiendo bien, tal vez fuera una especie de ritual para él, pero lo cierto es que nunca necesitó ayuda cuando llegaba ebrio.

Nunca necesitó ayuda cuando llegaba ebrio, ni de mí, que he sido su discado rápido número 5 desde que nos conocimos, ni de Sofía, que en ese tiempo era el discado rápido número 7. Tampoco necesitó ayuda cuando empezó a meterse en peleas y tampoco cuando empezó a provocarlas él, cuando llegó al punto en que se aburrió de “dar bote” en los bares. Simplemente amaneció un día durmiendo en el baño, con el ojo derecho morado y sin poder levantar el brazo izquierdo. “Una huevona no quería bailar conmigo” fue el único tipo de explicación que pudimos sacarle. Hubo mañanas de labios hinchados, de cejas cortadas, de “ir al baño a mear sangre”, pero las explicaciones no cambiaban: “una mina me aceptó un trago y después desapareció”; “le di un beso a una mina y el pololo andaba cerca”; “hueveé mucho a la barwoman y llamó a un guardia”. Entonces, un día, Sofía me llamó en la mañana, diciéndome que había llegado a la tienda y estaba cerrada. Manuel no estaba.

•••

–¿Cómo chucha se te ocurrió hacer esa huevada? –pregunto.

–¿Por qué mierda no me llamaste pa’que fuera a buscarte, hue’ón?

–Paren de penquearme, los dos –no parece que tenga energía ni para enojarse–. El doctor ya se encargó de eso.

Manuel está acostado en una camilla, con su brazo derecho inmovilizado, al igual que su cuello. Habla lento, con la lengua pesada. Le han puesto morfina.

–¿Qué te dijo el médico? ¿Cuándo podrás volver a usar el brazo?

– Dos meses, si la rehabilitación va bien.

Al escuchar la palabra “rehabilitación”, Sofía y yo nos miramos, apenas un segundo.

–Hablando de rehabilitación… –empieza Sofía.

–Sofía –la interrumpe Manuel–, ¿puedes ir a pedirle a la enfermera que me traiga una botella de agua?

Sofía me mira a mí y luego a Manuel y luego asiente, saliendo en silencio. Los tres sabemos que Manuel habría podido llamar a la enfermera para pedirle la botella.

–Eso no era necesario –le digo.

Manuel mira por la ventana.

–Sofía tiene razón –insisto–. Deberías entrar a rehabilitación.

–Sé que tiene razón.

–Entonces, ¿por qué no lo haces?

Suspira y deja pasar varios segundos.

–Quiero volver a los días de la Universidad, cuando nos sentábamos en el pasto a fumar hierba y a hablar del futuro.

Me quedo en silencio. No se me ocurré qué decir y no quiero hacer como Homero cuando llegó y dijo “A lo hecho, pecho”, así, sin pensar. Manuel se ve realmente cansado.

Se abre la puerta y entra Sofía, trayendo una botella de agua.

•••

Manuel acabó internándose en una clínica de rehabilitación. Dijo que sería un mes, pero se quedó cuatro ahí dentro. Cuando iba a verlo me pedía blocks, croqueras, carpetas, lápices, reglas.

Ese día en la clínica, cuando me dijo que quería volver a cuando éramos jóvenes, Manuel nos pidió a Sofía y a mí que nos hiciéramos cargo de la librería hasta que él volviera. Yo pensé que era una estupidez, no me creía capaz e iba a decirlo, pero Sofía se me adelantó. “Okey, Manuel, te la vamos a cuidar hasta que volvai”, dijo.

Cuando fui a buscarlo a la clínica, el día en que salió de rehabilitación, Manuel llevaba varias carpetas atiborradas de papeles.

Hablamos muy poco de camino a su departamento y no me preguntó por la librería, pero al día siguiente llegó temprano, yo estaba ordenando el efectivo en la caja y Sofía estaba limpiando las mesas. Nos preguntó si queríamos hacernos cargo de la tienda indefinidamente. “Manuel, yo no puedo. Ya estoy buscando pega en consultoras”, dije yo, recordándole que era ingeniero, pero Manuel me dijo que no, que yo no era ingeniero, que era escritor y que, por ende, estaba más capacitado que él para vender libros. “En todo caso”, añadió, “no voy a desaparecer de acá así como así. Le tengo cariño a este lugar”, y acarició suavemente uno de los estantes cargados de libros.

•••

Sofía y yo seguimos todavía en la tienda. A tono personal, puedo decir que se ha hecho parte importante de mi vida (me refiero a la tienda… bueno también a Sofía, pero sigo igual de peludo y a mi pene no le han crecido dedos). Durante un tiempo estuvimos pensando en mudarla a otro lugar, a algún barrio con más afluencia de gente, pero acabamos por darnos cuenta de que si lo hacíamos, perderíamos el trato cercano, detenido, con los clientes, que es lo mejor de tener una tienda pequeña y apartada.

Manuel está trabajando de nuevo como arquitecto. Pasa todos los días por la librería, después del cierre, y se queda hasta tarde hablando con nosotros. Por si te lo estás preguntando, no sé si ha vuelto a tomar, pero, la verdad no me preocupa, porque se le ve tranquilo. Se le ve tranquilo.