No quería viajar

Yo no  quería viajar, pero viajaba. Seis horas y media por la ruta más plana, recta y aburrida de todo el norte y, como norteño que soy, sé a lo que me refiero cuando hablo de carreteras fomes. Mi abuelo había muerto pero yo no quería viajar.

Él había muerto, pero yo no lo sentía. Creo que para mí había muerto mucho antes; cuando decidió rezar en vez de pelear. Así es que cuando mi vieja me dio la noticia, yo no sentí pena, sino alivio. Nadie debería tardar medio año en morir.

Mi abuelo, que corrió hasta más de los 70. Mi abuelo, que se sacó la cresta en bicicleta y se fracturó y astilló una rodilla y después se consiguió una nueva y volvió a correr. Mi abuelo, que le tenía mala a los curas, pero tocaba guitarra y cantaba canciones cristianas. Mi abuelo, que decidió rezar en vez de seguir un tratamiento médico.

Tal vez habría querido viajar si me hubiera dado cuenta antes y no a las 3 de la mañana, en mitad del desierto, usando mi celular y el de mi hermano y el de mi viejo para darnos luz mientras cambiábamos una rueda pinchada, porque a ninguno de los tres se le había ocurrido llevar una linterna. Ahí, entonces, cagado de frío y encandilado por las luces de todos los autos y camiones que pasaban, entendí.

Mi tata, que me compraba sustancias cuando me iba a buscar en micro al jardín infantil. Mi tata, que me echaba carreras por la playa y me dejaba ganar siempre. Mi tata, que se reía al ver los moretones que le hice cuando me enseñó a pegar combos para defenderme en colegio. Mi tata, que había muerto.

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