Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Month: May, 2015

Zodiaco

También zodíaco. Del latín zodiăcus, y este del griego ζωδιακός (zōidiakós). Escrito con mayúscula inicial en su primera acepción. Masculino. 1. Astrol. Zona o faja celeste por cuyo centro pasa la eclíptica y que comprende los doce signos, casas o constelaciones que recorre el Sol en su curso anual aparente, a saber, Aries, Tauro, Géminis, Cancer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. 2. Representación material del Zodiaco.

 

Fuego es intelecto y orden. Tierra es emoción y orden. Aire es intelecto y caos. Agua es emoción y caos. Aries parte con fuego y después el ciclo sigue, repitiéndose tres veces cada elemento, hasta terminar en piscis, con agua. Eso dice ella.

Y yo, ¿Qué digo? Yo no digo nada o, al menos, nada más que monosílabos. En cambio, tomo mi vaso y bebo un sorbo de cerveza, aprovechando, al dejar el vaso nuevamente sobre la mesa, de apreciar el escote de quien me habla de astrología.

Ella nació a principios de noviembre, así que es sagitario, fuego. Yo nací a mitad de junio, así que soy géminis, aire. Lo nuestro parece viable, al menos en principio, porque los dos somos intelecto, pero nada se decide hasta ver al menos si las combinaciones respectivas de signo lunar y ascendente son compatibles. Eso dice ella.

El sol es la mente, la parte masculina, pero la mente no es toda la persona. Ésta tiene dos partes más, ambas igual de importantes que la mente: El corazón y la máscara. La luna representa al corazón y los aspectos femeninos de la personalidad. La máscara representa el cómo la persona se ve a sí misma y, por lo mismo, cómo se presenta al mundo. Eso dice ella.

Y yo, ¿Qué digo? Yo no digo nada. No puedo decir nada, porque estoy demasiado ocupado comiendo tan rápido como puedo mi hamburguesa doble con queso.

Ella nació no me acuerdo cuando, pero sí de que su signo lunar “es de fuego”. Yo nací el 13 de junio del 84, así que mi signo lunar es sagitario, que está más o menos opuesto a géminis en el Zodíaco, lo que puede indicar que tengo conflictos entre mi parte intelectual y mi parte emocional. Sin embargo, eso último pasa a segundo plano, porque hay perfecta sintonía entre ella y yo. Pintamos para bien, pero hay que esperar a ver los ascendentes. Eso dice ella.

Los dos nacimos en Chile, así que el lugar geográfico da un poco lo mismo, pero sí importa la hora del nacimiento, porque el ascendente indica el signo que estaba al Este cuando nacimos, por lo tanto es el signo que representa cómo nos vio el cielo por primera vez. Eso dice ella.

Ella dice la hora a la que nació, pero no le pongo atención, así que no la recuerdo, pero sí me acuerdo de que su signo ascendente es Libra. Yo nací un cuarto para las siete de la tarde (me obliga sutilmente a llamar a mi vieja y preguntarle). Ella saca una moleskin y un lápiz de su cartera y (sorprendiéndome) hace unos cálculos trigonométricos. Dice que mi ascendente es capricornio y que eso le preocupa. Le preocupa porque no solo mi ascendente es del elemento opuesto a géminis, sino que es el signo diametralmente opuesto a géminis. Eso significa que tengo graves conflictos entre mi imagen de mí mismo y mi real personalidad. Eso dice ella.

Y yo, ¿Qué digo? ¿Qué podría decir? Yo digo, a ella (o sea LE DIGO), que pare de una buena vez de hablar estupideces. Le digo que se coma su ensaladita pachamámica de mierda sin carne y se tome su cagada de juguito natural o, si no, que me avise, para dejarle la plata y mandarme a cambiar. Le digo que debería haber revisado su horóscopo para ver si le decía que a su cita a ciegas de hoy (YO) la astrología le importa un reverendo glande. Le digo todo eso, de corrido y sin tartamudear, en voz más alta de la necesaria, poniéndome de pié y gesticulando, para que toda la gente alrededor me mire y me escuche. Le digo todo eso, de esa forma. De verdad que lo hago. De verdad que lo digo. De verdad que quiero decírselo. Pienso de veras en decírselo.

Lo que le digo en definitiva es que todo lo que me dice es fascinante, que no sabía que la astrología fuera tan compleja, que permitiera a uno mismo conocerse de tantas formas, que yo pensaba que todo no era más que los horóscopos que salen en los diarios y revistas y matinales. Le digo también que me ha sorprendido al usar trigonometría para calcular mi ascendente (lo que es cierto). Le pregunto también por la astrología china y (con esto me sorprendo a mí mismo) por la astrología maya, diciéndole que supongo que por todos los conocimientos que tenían sobre el movimiento del sol, la luna y los planetas, su astrología debió ser muy interesante.

Mientras hablo y pregunto veo como abre los ojos y sonríe y se sienta en el borde de su asiento y, cuando empieza a responderme, con cada vez más entusiasmo, pido dos cervezas más.

Alea iacta est decían los romanos: la suerte está echada.

Creo que hay un motel cerca que tiene piezas temáticas. Tal vez haya alguna que me sirva para ésta.

Elucubrar

Del latín elucubrare. Verbo transitivo. 1. Elaborar una divagación complicada y con apariencia de profundidad. 2. Imaginar sin mucho fundamento. 3, en desuso. Trabajar velando y con aplicación e intensidad en obras de ingenio.

 

Todo encaja al fin en ese momento, ese momento en que estás sentado en un bar oscuro y medio vacío, a un par de metros de un escenario improvisado en el que canta un pequeño grupo, apenas tres personas –en la ya repetida–hasta–el–cansancio formación clásica de batería, bajo y guitarra–, con una guitarrista que además hace como que canta. Mientras llena tu cabeza un sonido como el de los dos primeros discos de The Cranberries (pasado a momentos por un filtro muy muy Sonic Youth) te esfuerzas por leer a pesar de que está demasiado oscuro para distinguir bien las letras. Entonces todo encaja, en ese momento, en medio de ese bar oscuro y medio vacío.

Hay personas que son buenas para leer personas y otras que son buenas para leer libros y generalmente las segundas son también malas para leer personas. Por eso solo ahora entiendes que debiste quedarte hablando con esa barwoman, la de la disco esa a la que fuiste hace unos días, esa que no quiso regalarte las tapas de cerveza porque las estaba juntando para hacer un mosaico. Solo ahora lo entiendes y te puteas y huevoneas a ti mismo, porque era demasiada coincidencia que tú estuvieras haciendo exactamente lo mismo. En todo caso, partiste bien: le dijiste que era una copiona y empezaron a reírse y a hablar entrecortadamente mientras ella atendía y tú bajabas a sorbos largos una cerveza más rubia y amarga de lo que acostumbras, y después mantuvieron la conversación agradablemente fluida hasta que no se te ocurrió nada más de qué hablar. No te diste cuenta, pero en ese momento ya le gustabas y no importaba de qué siguieran hablando. Tal vez con Francisca, en quinto básico te pasó algo parecido. Y  ciertamente también con Blanca, en sexto. Y sin lugar a dudas también con Constanza y con Daniela y con… bueno, creo que ya entendiste.

La guitarrista canta como aullando, como llorando, como gimiendo. La guitarra está mal afinada y tiene demasiada distorsión, el bajo parece acoplarse más por voluntad propia que por su ubicación circunstancial y la batería es casi de juguete y le falta la mitad de sus elementos. El espacio es muy pequeño, la acústica es lamentable y el público son puros hipsters.

Llamas a una mesera (también hipster) y pides un shop.

–¿Qué es eso? –pregunta después de tomar tu orden, apuntando a tu separador de hojas.

–Es un separador de hojas –contestas–. Separa las hojas. –lo dices deliberadamente sin simpatía, queriendo que se enoje lo bastante para que no siga haciendo preguntas huevonas, pero no lo suficiente como para que escupa en tu vaso. Funciona. O al menos la primera parte.

La mesera vuelve con tu shop mientras la banda termina un tema especialmente ruidoso, uno en que la guitarrista (sigues negándote a considerarla una vocalista) fue especialmente chillona. Miras fijamente el vaso, intentando notar alguna diferencia en la espuma o en la densidad al fondo, cualquier signo que indique que tiene un escupe flotando dentro.

–¿Siempre tienen bandas de este tipo? –le preguntas a la mesera, que se ha quedado de píe junto a la mesa mirando al escenario.

¿Indie? –pregunta más a sí misma que a ti mientras mira al suelo tratando de recordar– Sí, al dueño le gusta. Ésta ha venido tres veces este año.

Pruebas la cerveza. Es ahumada y espesa y suavemente dulce, de un color acaramelado oscuro.

–¿Qué estás leyendo? –te pregunta ella– Si quieres puedo traerte una vela.

Te molesta más el ruido que la penumbra.

No, gracias, respondes, ya es bastante patético estar tomando solo. Una vela solo empeorará las cosas. Además, la música no me deja concentrarme.

Sí, son buenos. –dice sonriendo y tú también sonríes ahora, pero lo haces porque no se entendió el sentido de tus palabras.

Llaman a la mesera desde la barra, se disculpa comtigo y se aleja y tú la miras mientras se aleja, zigzagueando entre las mesas. Tiene algo que te llama la atención, pero no sabes bien qué. Esperas un par de minutos y apuras la cerveza y apenas vez que la mesera se ha desocupado, le haces una seña y levantas la botella vacía, pidiendo otra.

¿Qué estás leyendo? –te pregunta de nuevo la mesera, cuando te trae la nueva botella.

Te avergüenza un poco que sea un libro ilustrado, un libro con “monitos”, a pesar de que por el estilo sus dibujos y su historia sea serio y “adulto”.

–Miltín 1934 –respondes, mostrando la portada.

Ella toma el libro, lo abre y mira las páginas una a una, pasando lentamente los dedos sobre los dibujos. No perderías nada pidiéndole su número. Tal vez ya hablaste lo suficiente. O tal vez no. ¿Cómo saberlo?

–¿No estás muy viejo ya para andar con libros de monitos? –te pregunta.

–¿Y tú acaso no tienes trabajo que hacer que andas hueveando a los clientes? –replicas.

–¡Ah! Touché –dice ella, riendo, y parte a atender a otra mesa.

Piensas que podrías pedirle su número. Sí, podrías pedirle su número. Deberías pedirle su número. El tema es cómo hacerlo.

Podrías por ejemplo pedir la cuenta y, mientras pagas, preguntarle con naturalidad a qué hora sale. Podrías llamarla y decirle “Tráeme otra cerveza, por favor, y también la cuenta y tu número de teléfono”. Podrías pagar la cuenta con normalidad después ir y abordarla cuando vuelva a la barra. Podrías subirte al escenario, tomar el micrófono a mitad de una canción y usarlo para pedirle su teléfono frente a toda la gente. No. Todas son malas ideas, aunque la última tiene estilo.

Finalmente te detienes en la puerta, cuando vas saliendo y miras hacia adentro una vez, buscándola. ¿Te mira a ti o solo mira en tu dirección?

Kilometraje

Masculino. 1. Acción de kilometrar. 2. Distancia en kilómetros.

 

En movimiento, siempre en movimiento. Así ve, así habla, así escucha una y otra vez los mismos discos, así lee, así escribe. Mientras los nombres de las estaciones son anunciados por voces que parecen impersonales hasta cuando son humanas; mientras los asistentes de los buses le dedican miradas demasiado intensas; mientras los camioneros le hablan de lo poco y nada que saben sobre los caminos que con tanta frecuencia recorren. Así es como ella pasa las páginas, en movimiento.

Yendo del DF a Santiago en avión se recorrerán como 6500 kilómetros en línea recta. Por tierra son como 10000, pero ella tomó una ruta más intrincada, bajando por tierra hasta Panamá, a donde no pudo entrar, por lo que volvió a México y consiguió transporte en un barco recadero, cruzando el Mar Caribe hacia Colombia y de ahí siguió al sur, por tierra. En total, como 25000 kilómetros. Sin embargo, todo eso no es más que la última parte de su viaje, un viaje que comenzó varias decenas de miles de kilómetros más al Este, lejos, muy lejos, cruzando el mar. En cualquier caso, para ella todas esas medidas, todas esas distancias, son irrelevantes. Creo que son irrelevantes.

Sus ojos tardan una fracción de una fracción de segundo en recorrer los de-6-a-13 milímetros que componen la mayoría sus letras. Su mano derecha tarda un poco más en escribirlas. En verdad no tan poco, sino unas 2 o 3 décimas de segundo por cada letra, más 1 o 2 décimas adicionales en prepararse para la siguiente. Esas son las medidas que creo que le importan porque, ¿quién trabaja con kilómetros? Nadie, ni los ingenieros de vialidad, ni los pilotos comerciales. Ni siquiera los astrofísicos que, si bien viven entre distancias, prefieren medirlas en años-luz. No. Las distancias que importan se miden de a milímetros y centímetros. Decímetros a lo sumo, pero ya el metro se vuelve difícil de manejar.

Pero estoy hablando por ella y ella no soy yo. No sé si ella estará de acuerdo con toda esta cháchara distanciera o si tú me creerías que ella está de acuerdo en caso de que lo estuviera, pero lo cierto es que ella trabaja con milímetros.

Es posible que ahora te parezca que este cuento esté mal titulado y deba en cambio llamarse “Milimetraje” o “Centimetraje”, pero no, no está mal titulado, y no, no le cambiaré el nombre.

En sus textos abundan las referencias a picadas para comer, a sucuchos para tomar, a antros para bailar; abundan también pequeños chistes privados que solo entienden ella y las personas a quienes los chistes hacen referencia. Cualquier cosa que dé la impresión de ser ignorada por los turistas es algo que vale la pena observar, documentar, reportear. “Las cosas que merecen atención por lo general no la piden” dice el fotógrafo en la película esa del oficinista que soñaba despierto. Encontrar esas cosas es lo que rige su viaje, su vagabundeo, su huida.

Escribí “huida”, sí, y lo hice porque ahora que está casí en las antípodas del lugar al que no quiere volver, ahora que está tan lejos como puede llegar, ahora, justo ahora, siente que la tierra es en verdad plana y que Colón y Magallanes y los satélites y los astronautas están todos equivocados. Siente que no puede seguir alejándose, que cualquier camino que tome solo la llevará de vuelta, y ella no cree en volver. Creo que ella no es de las que vuelven.

Ahora está sentada frente a mí, escribiendo con ese ininteligible alfabeto suyo en una de esas libretas piel-de-topo (las únicas libretas en las que escribe) y no puedo evitar pensar en si habrá algo sobre mí en alguna de las últimas páginas, en si lo que escribe ahora mismo es sobre mí. Si esperas que se lo pregunte y te lo diga tienes serios problemas mentales o de plano no me conoces. Para hacer algo así necesitaría varias veces más testosterona que la que tengo. Me gustaría poder decir que no es más que por curiosidad general, que no me quita el sueño, pero sería mentira, y no lo digo solo porque todos seamos ególatras y a todos nos guste dejar una marca, por leve que sea, en las personas a quienes conocemos. No lo digo solo por eso.

Debo decir que, con respecto a dejar marcas, ella lo hace bien, o al menos mucho mejor que yo, que soy (aunque no lo quiera) solo la más reciente de sus marcas, la más reciente en una línea que se extiende hacía el Norte como migajas, kilómetros y kilómetros de migajas.

Blasfemia

Del latín tardío blasphemĭa, y este del griego βλασϕημία (blasphēmía): palabra injuriosa. Femenino. 1. Palabra o expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado. 2. Palabra o expresión gravemente injuriosa contra alguien o algo.

 

Blasfemia es buscar la definición de “Blasfemia” en el diccionario de la RAE. Blasfemia es que “Blasfemia” esté definida en el diccionario de la RAE. Blasfemia es que “Blasfemia” tenga una definición tan blasfemamente fome en el diccionario de la RAE. Blasfemia es tener una copia del diccionario de la RAE. Blasfemia es que exista un diccionario de la RAE. Blasfemia es empezar a escribir porque me pareció que la definición de “Blasfemia” en el blasfemamente fome diccionario de la RAE era blasfema en su particular blafemosidad de palabra con una definición tan blasfemamente fome. Blasfemia es creer que puedo dar mejores definiciones de “Blasfemia”. Blasfemia es que este sea solo el primer párrafo de un texto. Blasfemia es que este texto exista.

Blasfemia es sacarle la madre a Cristo. Blasfemia es preguntarse cómo le hicieron Adán y Eva y sus dos hijos para fabricar los siete mil millones de personas que somos hoy. Blasfemia es usar las hojas de una biblia para enrollar un pito. Blasfemia es creer que Dios tiene cosas más importantes de qué preocuparse que de si yo voy o no voy a misa un domingo cualquiera. Blasfemia es no haber ido a misa desde que estaba en Cuarto Básico. Blasfemia es haber mentido en el colegio, diciendo que era Testigo de Jehová para no ir a clases de religión. Blasfemia es recibir la ostia sin haber hecho la primera comunión.

Blasfemia es desconfiar de los curas. Blasfemia es querer pegarle rodillazo tras rodillazo en los testículos a un cura que manosea a los niños. Blasfemia es necesitar pegarle rodillazo tras rodillazo en los testículos a un cura que manosea a los niños. Blasfemia es que existan curas que manosean a los niños. Blasfemia es que existan curas.

Blasfemia es haber ido a catequesis porque me gustaba una mina que iba a catequesis. Blasfemia es haber rezado el Padre Nuestro en catequesis mientras pensaba en la mina que me gustaba. Blasfemia es rezar el Padre Nuestro a destiempo en la mesa, mientras almuerzo con mis viejos, para hacer que mi vieja se desconcentre y pierda el ritmo. Blasfemia es que mi hermano rece el Padre Nuestro en la mesa, mientras almorzamos, haciéndole caras a mi hermana para que ella se ría rezando.

Blasfemia es que me haya calentado el uniforme del Liceo Católico. Blasfemia es haber encontrado ricas a las minas del Liceo Católico solo porque el liceo decía “Católico” en su nombre. Blasfemia es que el catolicismo sea casi un fetiche para mí.

Blasfemia es encontrar rica a una monja. Blasfemia es imaginarme sin ropa a la monja esa a la que encuentro rica. Blasfemia es querer culearme a la monja esa a la que encuentro rica. Blasfemia es querer culearme a la monja esa a la que encuentro rica mientras ella aun lleva puesto parte del hábito. Blasfemia es imaginarme que me culeo a la monja esa a la que encuentro rica mientras ella aun lleva puesto parte de hábito. Blasfemia es imaginarme que la monja empuña un rosario mientras me la culeo.

Blasfemia es haber dejado de escribir para ir a masturbarme. Blasfemia es haberme masturbado apurado para volver a sentarme a escribir. Blasfemia es volver a escribir sin ser capaz de dejar de pensar en la monja. Blasfemia es no poder dejar de pensar en la monja. Blasfemia es pensar en la monja. Blasfemia es pensar.

Blasfemia es que me guste una banda que se llama ¿Qué hay de malo con Satán? Blasfemia es que me guste una canción blasfema de Public Image Ltd que se llama “Religion”. Blasfemia es creer que el reprise de “Breathe” en el Dark Side of the Moon de Pink Floyd es mejor que la primera parte del tema solo porque incluye una velada referencia a la religión. Blasfemia es creer que las canciones del Diablo en la película de Tenacious D son las mejores de toda la película. Blasfemia es creer que Satanás es el mejor personaje de esa película de John Constantine en la que actúa Neo.

Blasfemia es haberme dejado el pelo largo, ruliento y chascón, porque con mi bigote combinaba bien y me hacía ver como Mister Satán. Blasfemia es creer que Videl está más rica que Bulma. Blasfemia es que Kamisama me inspire más respeto que el Papa. Blasfemia es haber encontrado más interesante el Infierno que el Cielo en Dragon Ball Z. Blasfemia es haber encontrado buena Dragon Ball Z.

Blasfemia es creer que el mejor capítulo de Futurama es ese en que Bender es Dios y después conoce a Dios. Blasfemia es creer que uno de los únicos dos personajes que le hacen el peso a Bender en Futurama es el Diablo Robot (el otro es Zapp Brannigan). Blasfemia es que el Dios que sale en el capítulo de Futurama en que Bender conoce a Dios me haga más sentido que el Dios de la Biblia.

Blasfemia es nunca haberme leído la Biblia. Blasfemia es no tener interés en leerme la Biblia. Blasfemia es no creer que algún día vaya a tener interés en leerme la Biblia. Blasfemia es no querer leerme la Biblia. Blasfemia es creer que “Blasfemia” es no tener interés en la Biblia. Blasfemia es no estar seguro sobre la definición de Blasfemia. Blasfemia es haber buscado la definición de “Blasfemia” en el diccionario de la RAE.

Blasfemia es buscar la definición de “Blasfemia” en el diccionario de la RAE. Blasfemia es que “Blasfemia” esté definida en el diccionario de la RAE. Blasfemia es que “Blasfemia” tenga una definición tan blasfemamente fome en el diccionario de la RAE. Blasfemia es tener una copia del diccionario de la RAE. Blasfemia es que exista un diccionario de la RAE. Blasfemia es empezar a escribir porque me pareció que la definición de “Blasfemia” en el blasfemamente fome diccionario de la RAE era blasfema en su particular blafemosidad de palabra con una definición tan blasfemamente fome. Blasfemia es creer que puedo dar mejores definiciones de “Blasfemia”. Blasfemia es que este sea solo un párrafo de un texto. Blasfemia es que este texto exista.

Blasfemia es que el párrafo que acabas de leer sea casi exactamente el mismo que el primero de este texto. Blasfemia es haber escrito 1056 palabras tratando de definir “Blasfemia” y aun no estar seguro de si estoy seguro sobre la definición de “Blasfemia”.

Catarsis

Del latín catarsis, y este del griego κάθαρσις (kátharsis): purga, purificación. Femenino. 1. Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza. 2. Efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores, suscitando la compasión, el horror y otras emociones. 3. Purificación, liberación o transformación interior suscitadas por una experiencia vital profunda. 4, en biología. Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo.

 

Ok, me aburrí. Me aburrí de verla en medio de masas de gente en la calle a sabiendas de que no está ahí; me aburrí de escuchar su voz cuando estoy quedándome dormido; me aburrí de que la muy puta se me aparezca en los reflejos de las ventanas del metro; me aburrí de verla en los letreros de neón cuando estoy ebrio; me aburrí de no querer lavar su almohada para que el olor de su pelo no se vaya. Así que, que muera de un tajo.

Que muera de un tajo el sentimiento; que mueran de un tajo mis psicoseos; que muera de un tajo (el más limpio y rápido y brutal de todos) el recuerdo de su pelo rojo y sus ojos azules.

¿Lo habrá tenido pensado? Si no, ¿Qué respuesta se esperaba si me hizo una pregunta pidiendo completa honestidad?

Que mueran de un tajo sus obsesiones con las historias de fantasmas; que muera de un tajo su fascinación por los tatuajes; que muera de un tajo el sonido de su voz, su voz que sabe cómo manzanas y canela y miel.

¿Será culpa mía por creer que ahora sí que estaba resultando? ¿O será simplemente que todo se fue a la chucha en medio de una bola de mala suerte, en medio del hecho de que los dos somos simplemente demasiado buenos para estar solos?

Que muera de un tajo su gusto por el glam metal; que muera de un tajo su psicosis contra las redes sociales; que muera de un tajo su gusto fascista por los libros de Stephen King; que muera de un tajo su desesperante gusto por las películas de terror.

¿De qué me servirá estar ahora vomitando esto? Como si me importara. La verdad no me importa ni el que ella (sí, tú) pueda (puedas) estar leyendo esto.

Que muera de un tajo el sentimiento; que mueran de un tajo mis sentimientos; que muera de un tajo, en especial, el sentimiento de que de alguna manera soy culpable de que se enmierdara sola y decidiera mandarme a la cresta.

Quiero también que una cosa más muera de un tajo (y es la última, de verdad que sí). Quiero que muera de un tajo el sinsentido ese de su última frasesita de “perdón por enamorarte”. Como si fuera posible enamorar a otra persona. La conjugación del verbo es bien clara: Yo me enamoro; tú te enamoras; él/ella se enamora; etc. Uno mismo es el responsable del propio enamoramiento. Uno mismo es el culpable. Yo soy el culpable.

Sí. Yo soy el culpable.