Elucubrar

by Miguel Ángel

Del latín elucubrare. Verbo transitivo. 1. Elaborar una divagación complicada y con apariencia de profundidad. 2. Imaginar sin mucho fundamento. 3, en desuso. Trabajar velando y con aplicación e intensidad en obras de ingenio.

 

Todo encaja al fin en ese momento, ese momento en que estás sentado en un bar oscuro y medio vacío, a un par de metros de un escenario improvisado en el que canta un pequeño grupo, apenas tres personas –en la ya repetida–hasta–el–cansancio formación clásica de batería, bajo y guitarra–, con una guitarrista que además hace como que canta. Mientras llena tu cabeza un sonido como el de los dos primeros discos de The Cranberries (pasado a momentos por un filtro muy muy Sonic Youth) te esfuerzas por leer a pesar de que está demasiado oscuro para distinguir bien las letras. Entonces todo encaja, en ese momento, en medio de ese bar oscuro y medio vacío.

Hay personas que son buenas para leer personas y otras que son buenas para leer libros y generalmente las segundas son también malas para leer personas. Por eso solo ahora entiendes que debiste quedarte hablando con esa barwoman, la de la disco esa a la que fuiste hace unos días, esa que no quiso regalarte las tapas de cerveza porque las estaba juntando para hacer un mosaico. Solo ahora lo entiendes y te puteas y huevoneas a ti mismo, porque era demasiada coincidencia que tú estuvieras haciendo exactamente lo mismo. En todo caso, partiste bien: le dijiste que era una copiona y empezaron a reírse y a hablar entrecortadamente mientras ella atendía y tú bajabas a sorbos largos una cerveza más rubia y amarga de lo que acostumbras, y después mantuvieron la conversación agradablemente fluida hasta que no se te ocurrió nada más de qué hablar. No te diste cuenta, pero en ese momento ya le gustabas y no importaba de qué siguieran hablando. Tal vez con Francisca, en quinto básico te pasó algo parecido. Y  ciertamente también con Blanca, en sexto. Y sin lugar a dudas también con Constanza y con Daniela y con… bueno, creo que ya entendiste.

La guitarrista canta como aullando, como llorando, como gimiendo. La guitarra está mal afinada y tiene demasiada distorsión, el bajo parece acoplarse más por voluntad propia que por su ubicación circunstancial y la batería es casi de juguete y le falta la mitad de sus elementos. El espacio es muy pequeño, la acústica es lamentable y el público son puros hipsters.

Llamas a una mesera (también hipster) y pides un shop.

–¿Qué es eso? –pregunta después de tomar tu orden, apuntando a tu separador de hojas.

–Es un separador de hojas –contestas–. Separa las hojas. –lo dices deliberadamente sin simpatía, queriendo que se enoje lo bastante para que no siga haciendo preguntas huevonas, pero no lo suficiente como para que escupa en tu vaso. Funciona. O al menos la primera parte.

La mesera vuelve con tu shop mientras la banda termina un tema especialmente ruidoso, uno en que la guitarrista (sigues negándote a considerarla una vocalista) fue especialmente chillona. Miras fijamente el vaso, intentando notar alguna diferencia en la espuma o en la densidad al fondo, cualquier signo que indique que tiene un escupe flotando dentro.

–¿Siempre tienen bandas de este tipo? –le preguntas a la mesera, que se ha quedado de píe junto a la mesa mirando al escenario.

¿Indie? –pregunta más a sí misma que a ti mientras mira al suelo tratando de recordar– Sí, al dueño le gusta. Ésta ha venido tres veces este año.

Pruebas la cerveza. Es ahumada y espesa y suavemente dulce, de un color acaramelado oscuro.

–¿Qué estás leyendo? –te pregunta ella– Si quieres puedo traerte una vela.

Te molesta más el ruido que la penumbra.

No, gracias, respondes, ya es bastante patético estar tomando solo. Una vela solo empeorará las cosas. Además, la música no me deja concentrarme.

Sí, son buenos. –dice sonriendo y tú también sonríes ahora, pero lo haces porque no se entendió el sentido de tus palabras.

Llaman a la mesera desde la barra, se disculpa comtigo y se aleja y tú la miras mientras se aleja, zigzagueando entre las mesas. Tiene algo que te llama la atención, pero no sabes bien qué. Esperas un par de minutos y apuras la cerveza y apenas vez que la mesera se ha desocupado, le haces una seña y levantas la botella vacía, pidiendo otra.

¿Qué estás leyendo? –te pregunta de nuevo la mesera, cuando te trae la nueva botella.

Te avergüenza un poco que sea un libro ilustrado, un libro con “monitos”, a pesar de que por el estilo sus dibujos y su historia sea serio y “adulto”.

–Miltín 1934 –respondes, mostrando la portada.

Ella toma el libro, lo abre y mira las páginas una a una, pasando lentamente los dedos sobre los dibujos. No perderías nada pidiéndole su número. Tal vez ya hablaste lo suficiente. O tal vez no. ¿Cómo saberlo?

–¿No estás muy viejo ya para andar con libros de monitos? –te pregunta.

–¿Y tú acaso no tienes trabajo que hacer que andas hueveando a los clientes? –replicas.

–¡Ah! Touché –dice ella, riendo, y parte a atender a otra mesa.

Piensas que podrías pedirle su número. Sí, podrías pedirle su número. Deberías pedirle su número. El tema es cómo hacerlo.

Podrías por ejemplo pedir la cuenta y, mientras pagas, preguntarle con naturalidad a qué hora sale. Podrías llamarla y decirle “Tráeme otra cerveza, por favor, y también la cuenta y tu número de teléfono”. Podrías pagar la cuenta con normalidad después ir y abordarla cuando vuelva a la barra. Podrías subirte al escenario, tomar el micrófono a mitad de una canción y usarlo para pedirle su teléfono frente a toda la gente. No. Todas son malas ideas, aunque la última tiene estilo.

Finalmente te detienes en la puerta, cuando vas saliendo y miras hacia adentro una vez, buscándola. ¿Te mira a ti o solo mira en tu dirección?

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