Onírico

by Miguel Ángel

Del griego ὄνειρος (óneiros): ensueño; e -ico. Masculino. Adjetivo. Perteneciente o relativo a los sueños.

 

Yo estaba sentada en la playa ese día. No recuerdo exactamente cuando fue, pero era un día de invierno, de eso estoy segura. Mi hermana estaba al lado mío y conversábamos. Yo me fijaba en el piercing en su nariz. Las dos habíamos querido hacernos uno, pero el papá  le dio permiso a ella no más, porque era ya estaba en Primero Medio. No me acuerdo tampoco de en qué playa estábamos, pero debe haber sido cerca de Caldera, tal vez camino a Puerto Viejo. Y sé que era invierno porque estaba nublado y hacía frío y porque el resto de la gente que estaba ahí, aparte de mi familia, eran viejos que tiraban una y otra vez las líneas de sus cañas de pescar al agua. Repetían siempre los mismos movimientos: lanzar la línea, recogerla sin ningún pescado, avanzar 20 pasos al sur y empezar de nuevo. Varios perros chascones, mojados, felices y llenos de arena correteaban entre los viejos y se metían de vez en cuando al agua. Estuve un rato tratando de adivinar qué perro era de cada viejo, pero no hubo caso.

Como decía, yo estaba sentada en la arena, conversando con mi hermana, y creo que mi papá y mi hermano chico estaban por ahí igual, armando un castillo de arena y, aunque no me acuerdo de donde estaba mi mamá, ella debe haber andado por ahí también, solo que le gusta irse sola a caminar en la playa cuando hace frío. Dice que hacía eso cuando estaba chica, aunque ahora no puede ir sola, porque nuestras dos perras la siguen siempre.

Entonces, como iba diciendo, y ahora sí continúo, yo estaba sentada en la arena, pero mi hermana ahora ya no (porque se había parado para ir a decirle algo a mi mamá), cuando de pronto salió del mar un cangrejo, chiquitito, que se alejó unos metros del agua, para luego dar una amplia vuelta y volver a sumergirse. Tal vez esto no parezca más que algo poco común, porque los cangrejos (igual que todo crustáceo que tenga dos dedos de frente) le tienen miedo a las gaviotas, así que evitan a toda costa dar paseos como ese. Pero entonces, menos de un minuto después del primer cangrejo, muchos otros empezaron a salir del agua y a dar la misma vuelta. Al principio eran poquitos, pero al final eran muchos, parecían un regimiento completo y todos daban la vuelta por la playa.

En ese momento, recuerdo, no entendí por qué las gaviotas no se tiraron de cabeza a comerse a los cangrejos (que era lo que yo habría esperado que hicieran), sino que los dejaron tranquilos, y ellos siguieron marchando y cada vez eran más, hasta que el ruido de sus pisadas (que me parecieron, por lo demás, súper ordenadas y marciales) empezó a tapar el sonido del mar. Entonces, pasó algo que hizo que todo lo anterior pareciera lo más normal del mundo: a la marcha se unieron focas, chungungos, erizos y estrellas de mar y pingüinos y pulpos, que salían todos del mar, siguiendo el camino de los cangrejos, que todavía marchaban y seguían saliendo más y más del mar, pero ahora ya no apantallaban tanto.

Mi hermano chico llegó a donde yo estaba en ese momento y me preguntó qué pasaba y yo le dije que no lo sabía. Después de eso no dijimos nada más.

Lo más raro de todo esto (si es que entre tanta rareza una puede identificar algo que sea más raro que el resto), era que, a pesar de que los cangrejos marchaban muy militarmente, el desfile no era serio, no era una parada militar, porque el resto de los animales (o, más bien, los que podían) cantaba, gritaba o aplaudía. Los pulpos, por ejemplo, no podían cantar, pero hacían malabares con erizos. Ahora, recuerdo, habían vuelto las gaviotas, y pasaban volando en bandadas ordenadas sobre el resto de los animales, graznando. En ese momento, cuando el bullicio era tan fuerte que hacía doler los oídos, todo empezó a quedar en silencio y salió del mar un cangrejo muy, muy grande, diría incluso “gigantesco”, más o menos del porte de un perro grande, que llevaba una corona de coral sobre el cuerpo (porque los cangrejos no tienen cabeza) y se apoyaba en un bastón para caminar y, mientras caminaba, cantaba con una voz grave, profunda, y los demás animales marchaban junto a él en silencio, como con respeto, escuchándole, creo, y, cuando terminó de cantar y volvió a meterse al agua, todos los que lo seguían volvieron a estallar en gritos, graznidos, cantos, bailes y malabares y, así como habían llegado, volvieron todos al agua, sin prestar atención a la gente que los miraba.

Entonces, mi hermana volvió a donde estábamos yo y mi hermano chico y nos preguntó qué había pasado y por qué estaba toda la gente mirando al mar, y mi hermano le respondió “¡Te perdiste el desfile del Rey de la Playa!”.

Advertisements