Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Month: August, 2015

Déficit

Del latín defĭcit ‘falta’, 3ª persona de singular del presente de indicativo de deficĕre ‘faltar’. Masculino. 1, en el comercio. Descubierto que resulta comparando el haber o caudal existente con el fondo o capital puesto de la empresa. 2, en la administración pública. Parte que falta para levantar las cargas del estado, reunidas todas las cantidades destinadas a cubrirlas. 3. Falta o escasez de algo que se juzga necesario.

 

La canción parte con el vocalista gritando “¡Un, dos, tres, cua!”, a lo que siguen cinco rasgueos furiosos y un intrincado arpegio en doble tapping, patrón que se repite un total de dieciséis veces (rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y así), para luego dar paso a la primera sección importante, la primera sección con letra, mientras que el público entra en el más absoluto frenesí, con la gran mayoría tarareando los riffs y algunos incluso tocando guitarras de aire.

El vocalista canta mirando las caras y ojos desorbitados de la primera fila, pero cada vez que se aparta del micrófono para concentrarse en un nuevo arpegio, sus ojos van continuamente desde el mástil de la guitarra a un único espectador en particular, que es un hombre al menos 20 años mayor que el resto del público. A pesar de ser lo bastante delgado para usar pantalones apitillados, una ligera curva bajo su polera negra delata un estómago abultado. Claro que desde el escenario el vocalista no alcanza a ver los pantalones ni el estómago. Solo puede ver las arrugas junto a los ojos y la frente que se ha extendido por el paso de los años. Es el único miembro del público que no salta ni agita los brazos, simplemente contorsiona el cuerpo, inclinándose hacia adelante o doblándose hacia atrás siguiendo el ritmo con que se suceden los momentos de mayor intensidad de la canción.

El hombre, el espectador, no salta porque le duelen las rodillas. A sus cuarentaitantos años ya no está en condiciones de alocarse como lo hace el resto, como lo hacía él mismo hasta hace no mucho tiempo. Antes de que la banda saliera al escenario le preocupaba la hora y miraba a cada tanto el reloj. Ahora, de no ser porque siente la correa apretando su muñeca, ni siquiera se acordaría del reloj. Ahora mide el tiempo en canciones y ya han pasado cinco. Cuando hayan pasado ocho o nueve más saldrá del bar oscuro y estrecho aunque bien ventilado, hay que decirlo y subirá al auto y volverá a su casa, donde se desvestirá en el living, con el fin de perturbar lo menos posible el sueño de su mujer, aunque la despertará de todas formas y lo sabe, como también sabe que ella no se enojará porque sabrá que él se esforzó por no despertarla, así es que en la mañana, cuando él se levante temprano para desayunar con ella, lo harán con absoluta normalidad y ella le preguntará por la tocata y él responderá que estuvo bien, que ya se acostumbró a ser el más viejo entre el público y su mujer sonreirá y le dirá que le parece encantador que le gusten bandas para adolescentes y sea lo bastante descarado para ir a verlas en vivo. Luego ella saldrá a trabajar, dejándolo a él en casa, porque él trabaja desde la casa, y él pasará el día trabajando tranquilo mientras escucha las canciones que la banda tocó la noche anterior o jugando a ratos con el perro, al que él y su mujer tratan con un hijo, porque no tienen hijos, porque ya no tuvieron hijos, porque no pudieron tener hijos, pero sí adoptaron un perro.

Pero todo eso pasará al día siguiente y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que ya no es la que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público ya no salta, solamente se mueve como una sola masa, al ritmo de una línea de batería sintetizada, porque la canción que la banda toca ahora está en un tempo mucho más lento, más atmosférico. Entonces, el hombre siente olor a marihuana y se molesta y arruga la nariz. No es que no le guste la hierba, porque de vez en cuando también él fuma un poco, sino que le molesta el olor de la hierba que están fumando en ese momento, porque es como si alguien estuviera quemando un plato de lentejas, y el hombre piensa en que los jóvenes deberían aprender que cantidad no es mejor que calidad y que si van a quemarse algunas cuantas neuronas más les valdría hacerlo con cogollo y no con paraguayo, del mismo modo en que si uno planea emborracharse, es mejor hacerlo con algo bueno, al menos al principio, porque en realidad la lengua no tarda mucho en dormirse, pero entonces recuerda que él tampoco elegía buenos tragos cuando era joven y se emborrachaba, sino que se conformaba con cualquier cosa que lo emborrachara bien y con rápidez, por lo que, entonces, es poco probable que el saber destruirse bien sea algo innato en el ser humano y que sea en verdad más como una habilidad que algunos aprenden con el tiempo, por lo que no tiene derecho a enojarse con el joven fumeta y su pito de paraguayo, porque con toda seguridad la colección de botellas de pisco barato que él acumulaba junto a su cama (como un as del aire que marcara en el costado de su avión a los enemigos derribados) era más molesta para su madre de lo que ella nunca demostró, aunque probablemente la gente de su generación también se emborrachaba con licores mediocres, porque probablemente ella también se emborrachaba.

Pero todo eso fue hace más de 50 años y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que no es ya la que vino después de esa que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público está nuevamente en el más absoluto delirio, gritanto, saltando y dando vueltas y golpeándose unos a otros, porque esta canción es muy agitada y muy agresiva y tiene un ritmo base más estable, lo que permite el ponerse a saltar y no parar de saltar, porque saltar es lo mejor que uno puede ser cuando la adrenalina y las endorfinas se mezclan en el cerebro y uno se siente invadido una rabiosa y alegre energía que le impide quedarse quieto, pero aun así el hombre, el espectador, sigue sin saltar, sigue resignado a contorsionarse, porque las rodillas le están doliendo mucho y piensa en que tal vez debería hacerle caso al médico y operarse a pesar de que la recuperación será lenta, a pesar de que quedará temporalmente inválido, a pesar de que no podrá subir las escaleras hasta su dormitorio, a pesar de que le tiene miedo a la anestesia, a pesar de que no podrá jugar con el perro, pero entonces recuerda que las rodillas empezaron a dolerle después de que, hace algunos meses, tuvo que correr detrás del perro por la calle, por más de 5 kilómetros, porque el muy bruto se había arrancado persiguiendo a una perra en celo, así es que ahora lo menos que puede esperar es que el perro no se taime porque él no sea capaz de jugar. De todas formas, la verdad es que lo que más lo aqueja es el precio de la operación, porque la plata nunca sobra y simpre podría ser aprovechada de mejor manera que gastada un capricho como el querer dejar de sentir dolor en las rodillas al saltar en las tocatas, aunque tal vez a su mujer también le gustaría que él se operara, pues ya está subiendo de peso por no poder hacer ejercicio y ella se lo hace notar de vez en cuando, aunque siempre con cariño, porque sabe que de otra forma él se ofendería y a ninguno de los dos le gusta discutir, porque los dos siempre se sienten mal discutiendo, porque el perro se asusta cuando ellos discuten y la verdad es que, si van a asustar al perro, más vale que sea por un motivo que valga la pena, como el adónde viajar las próximas vacaciones o el si deben o no comprar el último cuadro que les gustó para ese último trozo de muro despejado que les va quedando, porque siempre hay mejores cosas por las que discutir y siempre hay mejores cosas en qué gastar la plata.

Pero todo eso ocurrirá en varias semanas, tal vez incluso meses, si es que ocurre siquiera, y ahora él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario, aunque ahora mismo ya no sirve de nada poner atención, porque las luces están encendidas y el público aplaude y ya no hay ni rastro de la canción que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso, porque la banda se está despidiendo y el hombre, el espectador, se da cuenta de que de tanto pensar se perdió el concierto, así es que parte cabizbajo hacía la salida, autoputeándose por ser tan distraído, por no ser capaz de mantener su cabeza en el mismo lugar y tiempo que su cuerpo, y sube a su auto, conduce hasta su casa, se desviste en el living tan silenciosamente como puede, entra al dormitorio tan sigilosamente como puede, se mete en la cama tan lentamente como puede y, cuando se queda quieto en la cama, su mujer se gira en la cama hacia él y apoya un brazo cruzado sobre su pecho y suspira profundamente, volviendo a quedarse dormida.

Quimera

Del latín chimaera, y este del griego χίμαιρα (chímaira). Femenino. 1, en la mitología clásica. Monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. 2. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. 3. Pendencia, riña o contienda.

 

Me había estado preguntando, ¿qué cosas podría haber hecho diferente en el pasado para terminar siendo ahora más feliz de lo que soy? ¿Qué cosas, si pudiera viajar hacia atrás en el tiempo y hacer de nuevo, habría hecho diferente?

Ahora, como los ejercicios mentales en general no llevan a ninguna parte, decidí que la mejor idea averiguarlo en primera persona, ahí dónde las papas queman. Así es que viajé.

•••

Fui primero a Noviembre del año pasado, cuando pensaba en irme a Buenos Aires, siguiendo a Karina. Elegí esa fecha porque, está súper claro, si hubiera seguido a Karina ahora estaría mucho mejor. Y resultó que sí, viví mucho mejor. Me costó un poco encontrar pega, pero después de un par de consultoras y un museo terminé en una librería.

Ahora, para ser completamente honesto, lo mío con Karina no duró mucho (a pesar de que ese había sido el principal objetivo de seguirla), porque resultó que somos muy distintos. Ella está muy loca y yo demasiado poco. Entonces, ¿en qué cresta me baso para decir que estuve mejor cuando elegí irme siguiéndola?

En primer lugar, creo que dice mucho el verbo que uso: “la seguí”, no “me fui con ella”, porque “irme con ella” habría significado que el propósito central de mi viaje era estar con ella y que ella estuviera conmigo, mientras que al “seguirla” simplemente recorrí el mismo camino que ella, solo que después, lo que me dejó en absoluta libertad para hacer lo que quise. Pero, ¿qué quería hacer en Buenos Aires? ¿Qué se puede hacer en Buenos Aires que no se pueda hacer en Santiago, más allá de visitar sitios turísticos?

Entonces me di cuenta de que no podía responder la última pregunta. No supe qué podría haber hecho en Buenos Aires que no pudiera hacer acá en Santiago, así es que haberme ido a Buenos Aires, haya sido o no para seguir a Karina, no era la respuesta.

Tuve que ir más atrás.

•••

Llegué entonces al 2006, en Valpo, cuando, después de cuatro años de estudiar ingeniería sabiendo que no me gustaba la ingeniería, al fin sabía qué quería estudiar. En elegir esta fecha no había error posible.

El 2006 fue EL año. Si bien tuve que cambiarme a Santiago, ya conocía a casi todos los amigos que conservo ahora (ahora y aquí, mientras escribo esto), así es que todas formas terminé conociendo a los que conocí después. Por ese lado, digamos que quedé cubierto: mantener a mis amigos y estudiar algo que me gustaba sí que me hizo más feliz.

Ahora, en lo académico, la carrera a la que me cambié fue Artes, pero no pasó mucho antes de que me diera cuenta de que, a pesar de que era un buen “estudiante de artes”, no sabía si sería un buen “artista”. Para ser un buen artista necesitaría tener más desarrollado el… ni siquiera sé qué necesitaría tener más desarrollado. Leí sobre arte, fui a exposiciones, hubo obras que me gustaron y obras que no, hubo obras que encontré buenas y obras que no, pero, ¿entendí esas obras? ¿O solamente las juzgué en base a mis gustos particulares? No fui capaz de responder esa segunda pregunta. Tampoco tenía claridad sobre si los artistas que conocía tenían una respuesta para esa pregunta. ¿Y qué iba a pasar si no había respuesta? ¿Me iba a gustar pasarme la vida dedicándome a algo que no estaba seguro de si podría analizar?

Resulta que no supe cómo responderme. No pude responder esa pregunta. Entonces dejé de sentir que ser artista me garantizaría ser feliz.

Tuve que volver a ir más atrás.

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Decidí entonces ir al momento en que decidí estudiar informática, porque, pensé, el querer estudiar artes bien podía haber surgido como una reacción a la ingeniería. Así es que llegué a principios del 2000, cuando estaba en Tercero Medio.

Pregunta: ¿Por qué elegí estudiar ingeniería en informática? Respuesta parcial: Porque me iba bien en matemáticas en el colegio y me gustaba jugar computador y Nintendo. Respuesta honesta: Porque quería hacer videojuegos.

Me pareció obvio que, viviendo en Chile y queriendo hacer videojuegos, tenía que estudiar informática. Ahora, algo que jamás se me pasó por la cabeza, es que hacer videojuegos es un trabajo interdisciplinario como pocos: artistas, programadores, diseñadores, animadores, escritores y músicos están involucrados. Como no lo pensé, no hice esfuerzo alguno por identificar qué parte de los videojuegos era la que más me gustaba y, como no hice el esfuerzo, volví a meterme al electivo de matemáticas y, finalmente, como volví a meterme al electivo de matemáticas, volví a estudiar ingeniería.

El problema, deduje, debía estar más atrás. El problema era en qué momento específico.

¿Cómo había sido que llegué a estar así de condicionado a estudiar ingeniería? Digo, me gustan mucho la historia, la literatura y las ciencias sociales. ¿Por qué, entonces, más allá de que me fuera bien en matemáticas y me gustara jugar Nintendo, terminé condicionado de esa forma?

No lo sé. Tal vez simplemente ya había jugado demasiado Nintendo, tanto que, al engranarse con mi habilidad para los números, hizo que estudiar informática fuese en verdad la única opción.

En ese caso, evidentemente, el problema había sido jugar demasiado Nintendo. Tal vez el problema fue jugar Nintendo, así, a secas, sin el “demasiado”.

De ser así, ya sabía qué fecha debía ir.

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Llegué al primer trimestre de Primero Medio, el momento en que jugar Nintendo se convirtió en el eje central de mis interacciones sociales.

Que conste, por favor, que no exagero.

Cuento corto: cambio familiar de ciudad y, después dos años en un colegio en el que jamás encajé, los únicos amigos que pude hacer en el nuevo colegio se dedicaban a jugar Nintendo. Ese es un patrón que ya se me había repetido varias veces antes. No era extrovertido, sino todo lo contrario, así es que no es extraño que, apenas hube conseguido un par de amigos, me esforzara por mantenerlos. Ahora, para ser honesto, debo reconocer que yo ya jugaba Nintendo desde hacía un par de años antes de cambiarnos de ciudad, pero no fue hasta Primero Medio que el jugar se volvió tan importante.

Al darme cuenta de eso último, entendí que el problema no era en que yo hubiera jugado demasiado Nintendo, sino en que era un niño introvertido, un niño tímido, un niño con poca confianza. ¿Y cuándo fue que me había vuelto así?

Tuve que volver a retroceder.

•••

Llegué a Sexto Básico, el primero año en la nueva ciudad.

En algún momento de ese año, había recordado al viajar a esa fecha, fue que empecé a quedarme callado mientras el resto de curso me molestaba, mientras los de séptimo y octavo me pegaban patadas en los recreos. Pensé que tal vez había perdido mi autoconfianza cuando decidí hacerme el huevón y sencillamente ignorar a mi curso (y al resto del colegio) e irme en los recreos a jugar con mi hermano, así es que volví a ese año decidido a cambiar eso.

Sin embargo, volví a decidir ese mismísimo primer día en el colegio que mis compañeros en verdad no me interesaban (y que yo no les interesaba a ellos) y volví a decidir pasar los recreos con mi hermano en lugar de con mis compañeros de curso y eso empezó proceso que desencadenó luego en que ellos me molestaran y todo lo demás.

¿Por qué tomé esa decisión? Creo que pensé que no valía la pena siquiera intentar acercarme a ellos, porque yo era el nuevo, el único nuevo, había llegado hacía dos semanas a la ciudad, no conocía a nadie, no tenía, siquiera, el uniforme del colegio. Con todo eso había más que suficiente para explicar mi falta de confianza. Pero entonces llegó un compañero después que yo ese año, ya empezado el año (después de la mitad, de hecho), desde incluso más lejos que yo, y que tampoco tenía el uniforme, pero a él nada de eso le impedía ser arrogante y confianzudo y pasado para la punta.

¿Qué diferencia podía haber entre ese compañero y yo? Él estaba en una situación más difícil que la mía, pero aun así la llevaba mejor. ¿Por qué él tenía tanta seguridad, tanta confianza? ¿Sería posible acaso que mi falta de confianza se hubiera originado aún más atrás?

Esa fue la única explicación que se me ocurrió y debí volver a retroceder.

Lo único que saltó a mi memoria había pasado el año inmediatamente anterior a que nos cambiáramos de ciudad. Eso que sucedió eran dos palabras, era un nombre propio: Francesca Realini.

Ya sé. Es ridículo. Estaba en quinto básico. Yo tenía diez años y eso significaba que el que Francesca me gustara equivalía solo a decir que me parecía bonita, pero es lo único en que pude pensar que hubiera tenido un carácter tan determinante y es que, sí, que una persona te dijera no le gustas, duele, pero duele más cuando tú mismo te convences de que no le gustas, de que no puedes gustarle, y creo que eso fue precisamente lo que hice, un día de noviembre, después de clases, en que, no sé por qué razón, yo volví a la sala y ella aún no se había ido y yo había pensado todo el día en decirle que me gustaba.

Y casi se lo dije, pero me detuve y luego me convencí a mí mismo de que no tenía sentido, de que yo no le gustaba (lo que, probablemente, era cierto, de todos modos). Yo mismo me maté. Yo mismo me dije que no valía la pena el intento, que no era lo bastante bueno.

•••

Entonces, estando de regreso, mientras volvía a la sala sabiendo que Francesca estaba aún ahí, iba pensando en cómo decirle que me gustaba y en como las cosas de ahí me saldrían mejor.

Con esa confianza me habría ido mejor en el primero colegio en la nueva ciudad y, sin estar tan solo, habría leído más y habría escuchado más música y habría jugado menos Nintendo y no me habría metido al electivo matemático, queriendo estudiar ingeniería, y no habría estudiado ingeniería y habría terminado hoy teniendo una profesión que me hace más feliz.

Y me pareció de verdad que estaba claro, que sería más feliz. No había más vuelta que darle.

Pero a dos pasos de la puerta de la sala me surgió una pregunta: ¿de haber cambiado ese acobardamiento, hacía como 21 años ya, en quién me convertiría? ¿Me gustarían las mismas bandas? ¿Sería capaz de llevarme bien con mis hermanos y mis viejos? Me volvería otra persona, claro está, quién tendría otros amigos, pero, ¿serían mejores? ¿Me gustaría más ser “ese otro Miguel” que sería parte yo y parte otros que, tal vez, habría tenido un vida y experiencias muy diferentes? Porque, sí, tengo bastantes problemas conmigo mismo, pero, a grandes rasgos, no estoy tan mal y he terminado por caerme bien. Digo, hay gente que está peor que yo, o que me cae mal, y ellos probablemente sí se habrían atrevido a decirle a Francesca que ella les gustaba.

Entonces, ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, tuve que reconocer no tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, lo que volvía todo el viaje un ejercicio agotador de realizar y recordar y escribir y, posiblemente, desesperante de leer. Y ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, me di media vuelta e hice las cosas tal cual ya las había hecho.

Ahora, hoy, me enorgullezco de no necesitar pensar en si el viaje completo fue o no solamente una gran pérdida de tiempo.