Quimera

by Miguel Ángel

Del latín chimaera, y este del griego χίμαιρα (chímaira). Femenino. 1, en la mitología clásica. Monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. 2. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. 3. Pendencia, riña o contienda.

 

Me había estado preguntando, ¿qué cosas podría haber hecho diferente en el pasado para terminar siendo ahora más feliz de lo que soy? ¿Qué cosas, si pudiera viajar hacia atrás en el tiempo y hacer de nuevo, habría hecho diferente?

Ahora, como los ejercicios mentales en general no llevan a ninguna parte, decidí que la mejor idea averiguarlo en primera persona, ahí dónde las papas queman. Así es que viajé.

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Fui primero a Noviembre del año pasado, cuando pensaba en irme a Buenos Aires, siguiendo a Karina. Elegí esa fecha porque, está súper claro, si hubiera seguido a Karina ahora estaría mucho mejor. Y resultó que sí, viví mucho mejor. Me costó un poco encontrar pega, pero después de un par de consultoras y un museo terminé en una librería.

Ahora, para ser completamente honesto, lo mío con Karina no duró mucho (a pesar de que ese había sido el principal objetivo de seguirla), porque resultó que somos muy distintos. Ella está muy loca y yo demasiado poco. Entonces, ¿en qué cresta me baso para decir que estuve mejor cuando elegí irme siguiéndola?

En primer lugar, creo que dice mucho el verbo que uso: “la seguí”, no “me fui con ella”, porque “irme con ella” habría significado que el propósito central de mi viaje era estar con ella y que ella estuviera conmigo, mientras que al “seguirla” simplemente recorrí el mismo camino que ella, solo que después, lo que me dejó en absoluta libertad para hacer lo que quise. Pero, ¿qué quería hacer en Buenos Aires? ¿Qué se puede hacer en Buenos Aires que no se pueda hacer en Santiago, más allá de visitar sitios turísticos?

Entonces me di cuenta de que no podía responder la última pregunta. No supe qué podría haber hecho en Buenos Aires que no pudiera hacer acá en Santiago, así es que haberme ido a Buenos Aires, haya sido o no para seguir a Karina, no era la respuesta.

Tuve que ir más atrás.

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Llegué entonces al 2006, en Valpo, cuando, después de cuatro años de estudiar ingeniería sabiendo que no me gustaba la ingeniería, al fin sabía qué quería estudiar. En elegir esta fecha no había error posible.

El 2006 fue EL año. Si bien tuve que cambiarme a Santiago, ya conocía a casi todos los amigos que conservo ahora (ahora y aquí, mientras escribo esto), así es que todas formas terminé conociendo a los que conocí después. Por ese lado, digamos que quedé cubierto: mantener a mis amigos y estudiar algo que me gustaba sí que me hizo más feliz.

Ahora, en lo académico, la carrera a la que me cambié fue Artes, pero no pasó mucho antes de que me diera cuenta de que, a pesar de que era un buen “estudiante de artes”, no sabía si sería un buen “artista”. Para ser un buen artista necesitaría tener más desarrollado el… ni siquiera sé qué necesitaría tener más desarrollado. Leí sobre arte, fui a exposiciones, hubo obras que me gustaron y obras que no, hubo obras que encontré buenas y obras que no, pero, ¿entendí esas obras? ¿O solamente las juzgué en base a mis gustos particulares? No fui capaz de responder esa segunda pregunta. Tampoco tenía claridad sobre si los artistas que conocía tenían una respuesta para esa pregunta. ¿Y qué iba a pasar si no había respuesta? ¿Me iba a gustar pasarme la vida dedicándome a algo que no estaba seguro de si podría analizar?

Resulta que no supe cómo responderme. No pude responder esa pregunta. Entonces dejé de sentir que ser artista me garantizaría ser feliz.

Tuve que volver a ir más atrás.

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Decidí entonces ir al momento en que decidí estudiar informática, porque, pensé, el querer estudiar artes bien podía haber surgido como una reacción a la ingeniería. Así es que llegué a principios del 2000, cuando estaba en Tercero Medio.

Pregunta: ¿Por qué elegí estudiar ingeniería en informática? Respuesta parcial: Porque me iba bien en matemáticas en el colegio y me gustaba jugar computador y Nintendo. Respuesta honesta: Porque quería hacer videojuegos.

Me pareció obvio que, viviendo en Chile y queriendo hacer videojuegos, tenía que estudiar informática. Ahora, algo que jamás se me pasó por la cabeza, es que hacer videojuegos es un trabajo interdisciplinario como pocos: artistas, programadores, diseñadores, animadores, escritores y músicos están involucrados. Como no lo pensé, no hice esfuerzo alguno por identificar qué parte de los videojuegos era la que más me gustaba y, como no hice el esfuerzo, volví a meterme al electivo de matemáticas y, finalmente, como volví a meterme al electivo de matemáticas, volví a estudiar ingeniería.

El problema, deduje, debía estar más atrás. El problema era en qué momento específico.

¿Cómo había sido que llegué a estar así de condicionado a estudiar ingeniería? Digo, me gustan mucho la historia, la literatura y las ciencias sociales. ¿Por qué, entonces, más allá de que me fuera bien en matemáticas y me gustara jugar Nintendo, terminé condicionado de esa forma?

No lo sé. Tal vez simplemente ya había jugado demasiado Nintendo, tanto que, al engranarse con mi habilidad para los números, hizo que estudiar informática fuese en verdad la única opción.

En ese caso, evidentemente, el problema había sido jugar demasiado Nintendo. Tal vez el problema fue jugar Nintendo, así, a secas, sin el “demasiado”.

De ser así, ya sabía qué fecha debía ir.

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Llegué al primer trimestre de Primero Medio, el momento en que jugar Nintendo se convirtió en el eje central de mis interacciones sociales.

Que conste, por favor, que no exagero.

Cuento corto: cambio familiar de ciudad y, después dos años en un colegio en el que jamás encajé, los únicos amigos que pude hacer en el nuevo colegio se dedicaban a jugar Nintendo. Ese es un patrón que ya se me había repetido varias veces antes. No era extrovertido, sino todo lo contrario, así es que no es extraño que, apenas hube conseguido un par de amigos, me esforzara por mantenerlos. Ahora, para ser honesto, debo reconocer que yo ya jugaba Nintendo desde hacía un par de años antes de cambiarnos de ciudad, pero no fue hasta Primero Medio que el jugar se volvió tan importante.

Al darme cuenta de eso último, entendí que el problema no era en que yo hubiera jugado demasiado Nintendo, sino en que era un niño introvertido, un niño tímido, un niño con poca confianza. ¿Y cuándo fue que me había vuelto así?

Tuve que volver a retroceder.

•••

Llegué a Sexto Básico, el primero año en la nueva ciudad.

En algún momento de ese año, había recordado al viajar a esa fecha, fue que empecé a quedarme callado mientras el resto de curso me molestaba, mientras los de séptimo y octavo me pegaban patadas en los recreos. Pensé que tal vez había perdido mi autoconfianza cuando decidí hacerme el huevón y sencillamente ignorar a mi curso (y al resto del colegio) e irme en los recreos a jugar con mi hermano, así es que volví a ese año decidido a cambiar eso.

Sin embargo, volví a decidir ese mismísimo primer día en el colegio que mis compañeros en verdad no me interesaban (y que yo no les interesaba a ellos) y volví a decidir pasar los recreos con mi hermano en lugar de con mis compañeros de curso y eso empezó proceso que desencadenó luego en que ellos me molestaran y todo lo demás.

¿Por qué tomé esa decisión? Creo que pensé que no valía la pena siquiera intentar acercarme a ellos, porque yo era el nuevo, el único nuevo, había llegado hacía dos semanas a la ciudad, no conocía a nadie, no tenía, siquiera, el uniforme del colegio. Con todo eso había más que suficiente para explicar mi falta de confianza. Pero entonces llegó un compañero después que yo ese año, ya empezado el año (después de la mitad, de hecho), desde incluso más lejos que yo, y que tampoco tenía el uniforme, pero a él nada de eso le impedía ser arrogante y confianzudo y pasado para la punta.

¿Qué diferencia podía haber entre ese compañero y yo? Él estaba en una situación más difícil que la mía, pero aun así la llevaba mejor. ¿Por qué él tenía tanta seguridad, tanta confianza? ¿Sería posible acaso que mi falta de confianza se hubiera originado aún más atrás?

Esa fue la única explicación que se me ocurrió y debí volver a retroceder.

Lo único que saltó a mi memoria había pasado el año inmediatamente anterior a que nos cambiáramos de ciudad. Eso que sucedió eran dos palabras, era un nombre propio: Francesca Realini.

Ya sé. Es ridículo. Estaba en quinto básico. Yo tenía diez años y eso significaba que el que Francesca me gustara equivalía solo a decir que me parecía bonita, pero es lo único en que pude pensar que hubiera tenido un carácter tan determinante y es que, sí, que una persona te dijera no le gustas, duele, pero duele más cuando tú mismo te convences de que no le gustas, de que no puedes gustarle, y creo que eso fue precisamente lo que hice, un día de noviembre, después de clases, en que, no sé por qué razón, yo volví a la sala y ella aún no se había ido y yo había pensado todo el día en decirle que me gustaba.

Y casi se lo dije, pero me detuve y luego me convencí a mí mismo de que no tenía sentido, de que yo no le gustaba (lo que, probablemente, era cierto, de todos modos). Yo mismo me maté. Yo mismo me dije que no valía la pena el intento, que no era lo bastante bueno.

•••

Entonces, estando de regreso, mientras volvía a la sala sabiendo que Francesca estaba aún ahí, iba pensando en cómo decirle que me gustaba y en como las cosas de ahí me saldrían mejor.

Con esa confianza me habría ido mejor en el primero colegio en la nueva ciudad y, sin estar tan solo, habría leído más y habría escuchado más música y habría jugado menos Nintendo y no me habría metido al electivo matemático, queriendo estudiar ingeniería, y no habría estudiado ingeniería y habría terminado hoy teniendo una profesión que me hace más feliz.

Y me pareció de verdad que estaba claro, que sería más feliz. No había más vuelta que darle.

Pero a dos pasos de la puerta de la sala me surgió una pregunta: ¿de haber cambiado ese acobardamiento, hacía como 21 años ya, en quién me convertiría? ¿Me gustarían las mismas bandas? ¿Sería capaz de llevarme bien con mis hermanos y mis viejos? Me volvería otra persona, claro está, quién tendría otros amigos, pero, ¿serían mejores? ¿Me gustaría más ser “ese otro Miguel” que sería parte yo y parte otros que, tal vez, habría tenido un vida y experiencias muy diferentes? Porque, sí, tengo bastantes problemas conmigo mismo, pero, a grandes rasgos, no estoy tan mal y he terminado por caerme bien. Digo, hay gente que está peor que yo, o que me cae mal, y ellos probablemente sí se habrían atrevido a decirle a Francesca que ella les gustaba.

Entonces, ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, tuve que reconocer no tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, lo que volvía todo el viaje un ejercicio agotador de realizar y recordar y escribir y, posiblemente, desesperante de leer. Y ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, me di media vuelta e hice las cosas tal cual ya las había hecho.

Ahora, hoy, me enorgullezco de no necesitar pensar en si el viaje completo fue o no solamente una gran pérdida de tiempo.

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