Déficit

by Miguel Ángel

Del latín defĭcit ‘falta’, 3ª persona de singular del presente de indicativo de deficĕre ‘faltar’. Masculino. 1, en el comercio. Descubierto que resulta comparando el haber o caudal existente con el fondo o capital puesto de la empresa. 2, en la administración pública. Parte que falta para levantar las cargas del estado, reunidas todas las cantidades destinadas a cubrirlas. 3. Falta o escasez de algo que se juzga necesario.

 

La canción parte con el vocalista gritando “¡Un, dos, tres, cua!”, a lo que siguen cinco rasgueos furiosos y un intrincado arpegio en doble tapping, patrón que se repite un total de dieciséis veces (rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y así), para luego dar paso a la primera sección importante, la primera sección con letra, mientras que el público entra en el más absoluto frenesí, con la gran mayoría tarareando los riffs y algunos incluso tocando guitarras de aire.

El vocalista canta mirando las caras y ojos desorbitados de la primera fila, pero cada vez que se aparta del micrófono para concentrarse en un nuevo arpegio, sus ojos van continuamente desde el mástil de la guitarra a un único espectador en particular, que es un hombre al menos 20 años mayor que el resto del público. A pesar de ser lo bastante delgado para usar pantalones apitillados, una ligera curva bajo su polera negra delata un estómago abultado. Claro que desde el escenario el vocalista no alcanza a ver los pantalones ni el estómago. Solo puede ver las arrugas junto a los ojos y la frente que se ha extendido por el paso de los años. Es el único miembro del público que no salta ni agita los brazos, simplemente contorsiona el cuerpo, inclinándose hacia adelante o doblándose hacia atrás siguiendo el ritmo con que se suceden los momentos de mayor intensidad de la canción.

El hombre, el espectador, no salta porque le duelen las rodillas. A sus cuarentaitantos años ya no está en condiciones de alocarse como lo hace el resto, como lo hacía él mismo hasta hace no mucho tiempo. Antes de que la banda saliera al escenario le preocupaba la hora y miraba a cada tanto el reloj. Ahora, de no ser porque siente la correa apretando su muñeca, ni siquiera se acordaría del reloj. Ahora mide el tiempo en canciones y ya han pasado cinco. Cuando hayan pasado ocho o nueve más saldrá del bar oscuro y estrecho aunque bien ventilado, hay que decirlo y subirá al auto y volverá a su casa, donde se desvestirá en el living, con el fin de perturbar lo menos posible el sueño de su mujer, aunque la despertará de todas formas y lo sabe, como también sabe que ella no se enojará porque sabrá que él se esforzó por no despertarla, así es que en la mañana, cuando él se levante temprano para desayunar con ella, lo harán con absoluta normalidad y ella le preguntará por la tocata y él responderá que estuvo bien, que ya se acostumbró a ser el más viejo entre el público y su mujer sonreirá y le dirá que le parece encantador que le gusten bandas para adolescentes y sea lo bastante descarado para ir a verlas en vivo. Luego ella saldrá a trabajar, dejándolo a él en casa, porque él trabaja desde la casa, y él pasará el día trabajando tranquilo mientras escucha las canciones que la banda tocó la noche anterior o jugando a ratos con el perro, al que él y su mujer tratan con un hijo, porque no tienen hijos, porque ya no tuvieron hijos, porque no pudieron tener hijos, pero sí adoptaron un perro.

Pero todo eso pasará al día siguiente y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que ya no es la que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público ya no salta, solamente se mueve como una sola masa, al ritmo de una línea de batería sintetizada, porque la canción que la banda toca ahora está en un tempo mucho más lento, más atmosférico. Entonces, el hombre siente olor a marihuana y se molesta y arruga la nariz. No es que no le guste la hierba, porque de vez en cuando también él fuma un poco, sino que le molesta el olor de la hierba que están fumando en ese momento, porque es como si alguien estuviera quemando un plato de lentejas, y el hombre piensa en que los jóvenes deberían aprender que cantidad no es mejor que calidad y que si van a quemarse algunas cuantas neuronas más les valdría hacerlo con cogollo y no con paraguayo, del mismo modo en que si uno planea emborracharse, es mejor hacerlo con algo bueno, al menos al principio, porque en realidad la lengua no tarda mucho en dormirse, pero entonces recuerda que él tampoco elegía buenos tragos cuando era joven y se emborrachaba, sino que se conformaba con cualquier cosa que lo emborrachara bien y con rápidez, por lo que, entonces, es poco probable que el saber destruirse bien sea algo innato en el ser humano y que sea en verdad más como una habilidad que algunos aprenden con el tiempo, por lo que no tiene derecho a enojarse con el joven fumeta y su pito de paraguayo, porque con toda seguridad la colección de botellas de pisco barato que él acumulaba junto a su cama (como un as del aire que marcara en el costado de su avión a los enemigos derribados) era más molesta para su madre de lo que ella nunca demostró, aunque probablemente la gente de su generación también se emborrachaba con licores mediocres, porque probablemente ella también se emborrachaba.

Pero todo eso fue hace más de 50 años y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que no es ya la que vino después de esa que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público está nuevamente en el más absoluto delirio, gritanto, saltando y dando vueltas y golpeándose unos a otros, porque esta canción es muy agitada y muy agresiva y tiene un ritmo base más estable, lo que permite el ponerse a saltar y no parar de saltar, porque saltar es lo mejor que uno puede ser cuando la adrenalina y las endorfinas se mezclan en el cerebro y uno se siente invadido una rabiosa y alegre energía que le impide quedarse quieto, pero aun así el hombre, el espectador, sigue sin saltar, sigue resignado a contorsionarse, porque las rodillas le están doliendo mucho y piensa en que tal vez debería hacerle caso al médico y operarse a pesar de que la recuperación será lenta, a pesar de que quedará temporalmente inválido, a pesar de que no podrá subir las escaleras hasta su dormitorio, a pesar de que le tiene miedo a la anestesia, a pesar de que no podrá jugar con el perro, pero entonces recuerda que las rodillas empezaron a dolerle después de que, hace algunos meses, tuvo que correr detrás del perro por la calle, por más de 5 kilómetros, porque el muy bruto se había arrancado persiguiendo a una perra en celo, así es que ahora lo menos que puede esperar es que el perro no se taime porque él no sea capaz de jugar. De todas formas, la verdad es que lo que más lo aqueja es el precio de la operación, porque la plata nunca sobra y simpre podría ser aprovechada de mejor manera que gastada un capricho como el querer dejar de sentir dolor en las rodillas al saltar en las tocatas, aunque tal vez a su mujer también le gustaría que él se operara, pues ya está subiendo de peso por no poder hacer ejercicio y ella se lo hace notar de vez en cuando, aunque siempre con cariño, porque sabe que de otra forma él se ofendería y a ninguno de los dos le gusta discutir, porque los dos siempre se sienten mal discutiendo, porque el perro se asusta cuando ellos discuten y la verdad es que, si van a asustar al perro, más vale que sea por un motivo que valga la pena, como el adónde viajar las próximas vacaciones o el si deben o no comprar el último cuadro que les gustó para ese último trozo de muro despejado que les va quedando, porque siempre hay mejores cosas por las que discutir y siempre hay mejores cosas en qué gastar la plata.

Pero todo eso ocurrirá en varias semanas, tal vez incluso meses, si es que ocurre siquiera, y ahora él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario, aunque ahora mismo ya no sirve de nada poner atención, porque las luces están encendidas y el público aplaude y ya no hay ni rastro de la canción que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso, porque la banda se está despidiendo y el hombre, el espectador, se da cuenta de que de tanto pensar se perdió el concierto, así es que parte cabizbajo hacía la salida, autoputeándose por ser tan distraído, por no ser capaz de mantener su cabeza en el mismo lugar y tiempo que su cuerpo, y sube a su auto, conduce hasta su casa, se desviste en el living tan silenciosamente como puede, entra al dormitorio tan sigilosamente como puede, se mete en la cama tan lentamente como puede y, cuando se queda quieto en la cama, su mujer se gira en la cama hacia él y apoya un brazo cruzado sobre su pecho y suspira profundamente, volviendo a quedarse dormida.

Advertisements