Tempo

Del italiano tempo. Masculino. 1. Grado de celeridad en la ejecución de una composición musical y, por extensión, de una composición poética. 2. Ritmo de una acción, especialmente la novelesca, teatral o cinematográfica.

 

La escena transcurre en un rincón del living de una casa, junto a la ventana que da al patio, porque uno de los personajes fuma sin parar. La escena transcurre ahí, en una pequeña recepción después del funeral de una mujer de alrededor de 65 años. La escena transcurre ahí y en esas circunstancias, mientras de fondo  suena The Big Ship, de Brian Eno, pero la versión extendida, esa de seis minutos y seis segundos, no la de tres minutos y cuatro segundos, aunque no estoy seguro de por qué. Tal vez sea simplemente que la escena dura en verdad sólo tres minutos y cuatro segundos y yo quiero que dure seis minutos y algo. Tampoco es como que alguien haya encendido una radio o algo así, sino que la canción suena de fondo de la escena. Ninguno de los personajes la escucha.

Entonces, resumiendo, la escena transcurre en el living de una casa, junto a la ventana que da al patio, luego del funeral de una mujer de alrededor de 65 años, y tiene como música de fondo la versión de seis minutos y seis segundos de The Big Ship, de Brian Eno.

Los personajes son dos hombres y tres mujeres. Los dos hombres, Luis y Andrés, son amigos desde el colegio. Ambos tienen 32 años. Dos de las mujeres, Macarena y María José son amigas desde la universidad, que fue donde conocieron a Luis y Andrés. Ambas tienen 31. La tercera mujer, Soledad, es la hermana menor de Ricardo. Ella tiene 27.

–Ese conchesumadre de Ricardo, ese hijo de puta de Ricardo…

–Oye…

–Es un decir, Maca. Sé perfectamente que la señora era una dama.

–Igual, Andrés. Más respeto. Estamos en su funeral, por la rechucha –replica, mirando de reojo a Soledad.

–Bueno, bueno. Cómo iba a decir, ese huevón de Ricardo era inmune a las normas que el resto de nosotros seguimos.

Los demás asienten sin decir nada y todo el grupo se queda en silencio unos segundos.

–¿Se acuerdan de la semana mechona, cuando entramos a la U? ¿Cuando el muy rehuevón se saltó la reja mientras Saiko estaba toncando y la Malebrán lo ayudó a subir al escenario? –pregunta Luis.

–Yo no estaba ahí, pero ya me lo han contado tantas veces que es cómo si sí.

–Verdad que a ustedes las conocimos para el 18 del segundo año.

–Sí, cuando Ricardo se “equivocó” de mesa y se sentó con nosotras llevando los terremotos.

Los cinco ríen.

–Todavía no sé cómo no lo mandaron a la cresta.

–Fácil. Era bien mino, tenía copete y nosotras nos habíamos quedado sin plata –dice María José.

Silencio. Los que tienen un vaso en sus manos, lo miran, los que no, se miran las manos. Soledad se levanta. Sabe lo que los demás están pensando. Siempre que se juntan hablan de su hermano y siempre que hablan de su hermano terminan preguntándose lo mismo.

–Veinteañera, ¿vas a la cocina?

–Sí, treintón –responde sonriendo.

–Tráeme una chela, plis.

Soledad  asiente y camina en dirección a la cocina.

–Está más ensimismada que de costumbre.

–Estamos en el funeral de su mamá, Luis, ¿como esperabas que estuviera? –replica María José.

–No sé… pero no esperaba verla tan tranquila, tan…

–No es Ricardo, Luis, es la Sole.

–Sí sé, sí sé. Es solo que me da la impresión de andar siempre a media máquina y, ahora, parece andar a un cuarto de máquina.

–Tal vez si sigue así viva más que Ricardo –dice Andrés, más para sí que para los demás.

–Y dale con la huevadita…

–Lo dice Neil Young, no yo; it’s better burn out than

–Neil Young no lo dice cómo ley, huevón –replica Macarena, ligeramente exasperada–. Solo enuncia lo que es su preferencia.

–Y dale con la huevatida –dice ahora Soledad, que viene llegando de la cocina y, a pesar de solo haber escuchado la última parte de lo que Macarena acaba de decir, ya sabe de qué trata la discusión. Se sienta y entrega la cerveza a Andrés.

Todos se quedan en silencio.

–Un médico brasileño dice que la cantidad de veces que un corazón va a latir está predeterminada y que si mides el ritmo cardiaco de una tortuga y lo multiplicas por el tiempo que viven en promedio, te da el mismo número de latidos que para una persona promedio –argumenta Andrés. No le gusta perder.

–Puede ser –dice Soledad, mirando por la ventana–, pero mi hermano no murió del corazón, sino que se partió el cuello haciendo sandboard.

Todos vuelven a quedarse en silencio unos segundos.

–¿Cómo es posible –pregunta alguien al fin– que después de cinco años de que muriera hablamos de él todavía más seguido que cuando estaba vivo?

Da igual quién hace la pregunta. Los cinco la estaban pensando.

–Tal vez la gente que vive rápido tiene ese efecto en los demás –responde alguien.

–¿Cómo así?

–Tal vez todos quisiéramos vivir rápido, pero no nos atrevemos.

Los cinco se quedan en silencio y la escena termina ahí, así, sin más, sólo con cinco personas sentadas en silencio en un rincón del living de una casa, junto a la ventana que da al patio, porque uno de ellos fuma sin parar, en una pequeña recepción luego del funeral de una mujer de alrededor de 65 años y, no sé, ya no me gusta tanto que de fondo suene la versión de seis minutos y seis segundos de The Big Ship, de Brian Eno. Tal vez habría sido mejor que sonara The Tourist, de Radiohead, pero ya no puedo hacer nada.

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