Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Month: November, 2015

Lascivia

Del latín lascivia. Femenino. 1. Propensión a los deleites carnales. 2, en desuso. Apetito inmoderado de algo.

 

La idea se le mete a Andrés en la cabeza cuando va en una escalera mecánica cualquiera, de un mall cualquiera. Puede parecer un lugar demasiado común como para desatar una idea de la intensidad de ésta, que se apodera de la mente de Andrés, sin embargo, hay que decir que, para un hombre, las escaleras mecánicas no siempre son triviales, cotidianas y del todo olvidables. El que lo sean o no depende de quién va frente de uno.

En este caso, quien va frente a Andrés es una mina. Es de estatura normal, pelo castaño, liso, y piel blanca, con lunares sobre los hombros. Viste un peto color celeste y unos pantalones holgados, de tela muy ligera y estampados con un diseño medio hindú. Terminan el conjunto una pulsera de semillas y una pequeña cartera de lana.

Hasta ahí todo normal, se trata simplemente una hippielais más, sin embargo, no se trata de una simple hippielais más y hay dos razones para esto: primero, la notable diferencia entre el ancho de su cintura y el de su cadera, y segundo, la forma casi caprichosa en que la tela del pantalón se adhiere a su cuerpo y permite a Andrés adivinar la forma y tamaño de las nalgas, así como también, delata que ella lleva puesto un colaless o, mejor aún, no lleva nada.

Casi completamente hipnotizado, Andrés sigue a la hippielais después de que salen de la escalera mecánica y descubre que el movimiento de las caderas y, consecuentemente, el de las nalgas de la mina al caminar, es aún más hipnótico que el simple verlas quietas frente a él.

Andrés piensa en apurar el paso y darle un agarrón, pero no un agarrón cualquiera, quiltro, sino uno violento, agresivo, que le duela, que, tal vez, incluso le deje en la nalga un moretón con la forma y medida de su mano, pero él sabe que con eso no bastará. La verdad es que, con lo caliente que está, un simple agarrón, por violento que sea, no es suficiente para desahogarse. No, para eso tendría que saltarle encima, arrancarle la ropa y penetrarla como animal por un par de horas, ahí mismo, en mitad del mall.

Pero sería estúpido hacerlo ahí, en mitad del mall, inclusive peligroso, y Andrés no es estúpido y tampoco le gustan las cosas peligrosas. Simplemente está caliente.

No, lo mejor sería seguirla, hasta algún lugar en el que pueda golpearla fuerte en la cabeza y arrastrarla hasta donde nadie pueda verlos y, ahí sí, violarla, con todo el salvajismo de la calentura que siente, y penetrarla en la vagina y en el ano, pero no en la boca, porque las mujeres deben estar conscientes para que el sexo oral tenga gracia y, en ese caso, a Andrés le da miedo el descubrir por las malas, es decir, a mordiscos, que la hippielais no lo dejará penetrarla en la boca. No, el sexo oral solamente es seguro con consentimiento.

Mientras Andrés va pensando todo esto, la mina entra a una tienda de té, una de esas típicas con las miles de diferentes variedades de té que tan de moda están por estos días. Él no quiere seguirla adentro, pues ella podría notarlo y, en tal caso, sería más difícil seguirla sin que se diera cuenta, así es que pasa de largo por fuera de la tienda de té y se queda de pié frente a la vitrina de una librería que está convenientemente a un costado de ésta. Al pasar por afuera de la tienda de té, Andrés mira hacia adentro y ve a la hippielais de frente. Es bonita, de ojos pardos, labios finos y una nariz pequeña, respingada y con algunas pecas. Sus tetas no son grandes, pero eso Andrés ya se lo esperaba porque, en general, las minas de caderas anchas y nalgas grandes no tienen tetas grandes. En fin, después de verla de frente tiene aún más ganas de tirársela, de culeársela, de violarla. El problema es que la mina se demora mucho rato en la tienda y Andrés se aburre de mirar la vitrina de la librería. Además, de tanto pensar en culearse a la hippielais, está, ahora sí, de verdad caliente, por lo que va al baño y se masturba. Luego de eso siente hambre, va al patio de comidas y elige el local en que atiende la mina con las tetas más grandes. Son francamente enormes y Andrés imagina que los pezones también lo son aunque, en su experiencia, una cosa no lleva necesariamente a la otra, pero le gustan los pezones grandes, así es que los imagina grandes, grandes y rosados, y piensa que no le costaría nada tomarla del cuello de la polera, arrastrarla por sobre el mesón de atención, sacarle la polera y masturbarse con el pene entre esas tetas enormes hasta eyacularle a la mina en la cara.

Andrés no sabe cuánto tiempo pasó pensando en las tetas, ni con cuanta intensidad las miró, pero,al levantar la vista, ve que la mina estaba completamente roja. Él toma la bandeja con la comida, busca un asiento lejos de los mesones de atención y come mirando a la muralla, pero no logra concentrarse en la comida. Sigue pensando en las tetas y en cuanto le gustaría masturbarse con ellas y en cuanto le gustaría tocarlas, sobarlas, apretarlas y morderlas, morderlas hasta dejarles marcas, morderlas incluso hasta hacerlas sangrar un poquito.

Termina de comer y vuelve a ir al baño, donde se masturba de nuevo.

Mientras se lava las manos, ya más tranquilo, recuerda que había ido al mall a comprar una armónica y que, de tanto pensar en las nalgas de la hippielais y las tetas de la mina del patio de comidas, lo había olvidado, así es que va a tienda de instrumentos musicales.

Una vez allí, mientras vitrinea las guitarras eléctricas (porque, sí, él iba por una armónica, pero siempre vitrinéa las guitarras, porque le gustan, aunque no sabe tocarlas), una vendedora se acerca y le pregunta si es que puede ayudarlo y Andrés se queda un segundo, o algo así, mirándole los labios y, luego, otro segundo más mirándole los ojos, porque la mina tiene ojos de esos que se llama avellana, de un color pardo, cargado al verde y con motas oscuras cerca del borde de iris, distribuidas más o menos radialmente, y sus labios sus rosados, perfectos, sin pintar e, Andrés imagina, hechos especialmente para hacer sexo oral, y es que a esta mina élsí que la violaría en la boca, pero no con violencia, porque esos labios merecen que se los trate con cariño, así es que la violaría en la boca, pero con sutileza, y, mientras piensa en lo bien que se sentiría tener esos labios deslizándose por su pene, la mina le pregunta de nuevo si es que puede ayudarlo en algo y Andrés quiere responderle que sí, que podría ayudarle haciéndole sexo oral por unos minutos, no más de 10, pero solo dice que quiere una armónica.

Mientras va en la escalera mecánica ve de nuevo a la hippielais, unos metros más adelante. Ella sale del mall y él la sigue.

Caminan varias cuadras. Ella va lento, adentrándose en un barrio residencial tranquilo, en el que Andrés vivió cuando era niño. Él conoce muy bien esas calles y recuerda a la perfección que, a menos de dos cuadras, hay un lugar en que podría acercarse a la mina, golpearla en la cabeza y arrastrarla por un pequeño pasaje en el que nadie lo vería, hasta llevarla al fondo y violarla detrás de, gloriosa coincidencia, una pequeña estatua de la Virgen, a salvo miradas impertinentes, evitando que ella grite metiéndole en la boca un calcetín o, si es que resulta que ella si llevaba ropa interior, el calzón. Sí, la idea del calzón le gusta más. Y ahí, con el calzón en la boca y detrás de la estatua, la penetraría en la vagina y el ano, como un animal, y le haría también las cosas que le habría gustado hacerle a la mina del local de comida y a la de la tienda de instrumentos musicales, porque, sí, había pensado en no penetrarla en la boca, pero ahora quiere hacerlo también, quiere violarla también en la boca y eyacularle en la cara, como ha visto hacer tantas veces en las películas porno. Y después de violarla en la vagina y en el ano y en la boca y masturbarse usando sus tetas, podría estrangularla con el cinturón. Si la deja ahí, detrás de la estatua, pasarían un par de días antes de que alguien encontrara el cadaver. Podría hacer todo eso y nadie sabría nunca quién es el violador y asesino. Sí, podría hacerlo todo, de hecho, quiere hacerlo, no puede pensar en otra cosa. Ahora quiere incluso penetrarla de nuevo después de matarla y, sin embargo, no lo hace, no hace nada de eso, sino que da media vuelta, cruza la calle y toma un taxi, porque Andrés no es una mala persona. Puede parecer que sí lo es, que es, de hecho, una persona horrible, pero él no lo cree así. Él cree que las buenas personas no son aquellas que no pueden concebir hacer daño a alguien. Esas personas son solo personas. No, él cree las buenas personas son quienes, como él mismo, son capaces de hacer cosas horribles, que a veces desean de verdad hacer esas cosas horribles, pero no las hacen y no porque tengan miedo a las consecuencias ni, mucho menos, porque no quisieran que alguien mas le hiciera esas cosas horribles a alguien a quien ellos quieren y, es que, Andrés no tiene hermanas ni primas y cree que su madre está muy vieja para que alguien quiera violarla. No, Andrés no violará ni matará a la hippielais por sencilla y, tal vez, ridícula e, incluso, inverosímil razón de que le gusta una frase de Linus Pauling que dice “Trata a los demás un 25% mejor de como esperes que ellos te traten a ti… ese 25% añadido es para considerar el error”. Sí, una buena persona es simplemente aquella que, deseando y pudiendo y sabiendo que puede hacer el mal y, también, sabiendo cuán lejos podría llegar haciendo el mal, elige no hacerlo, y Andrés elige no hacerlo. Sabe que podría, quiere hacerlo, pero no lo hace.

Al llegar a su casa, enciende el computador, entra a un sitio porno y se masturba, ya por tercera vez en el día, viendo una rape fantasy. Después, saca la armónica y toca.

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Fantástico

Del latín tardío phantastĭcus, y este del griego ϕανταστικόσ (phantastikós). Adjetivo. 1. Quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación. 2. Perteneciente o relativo a la fantasía. 3. Presuntuoso y entonado. 4, coloquial. Magnífico, excelente.

 

La historia que te contaré es una de las menos conocidas sobre el gran Félix Ásterion. Es la historia de cómo, junto a Áster Alvion enfrentó al Dragón de Isla Tortuga.

Al comienzo de la Primera Invasión de los Chei, el Alto Consejo del Concilio… ¿Qué dices? ¿Que no sabes quién fue Félix Ásterion? ¡Oh, amigo mío! Si quisieras que te contara todo lo que he oido y leido sobre él tendrías que quedarte conmigo hasta el próximo invierno.

Está bien. Ya que insistes, te hablaré un poco de él. Pero nada más lo imprescindible.

Félix Ásterion nació en un pequeño pueblo sin nombre, cercano a La Ciudad Libre de Jofenvik, donde se encuentra la sede del Concilio de Magos. De pequeño (o, más bien, de niño, pues nunca fue muy alto) era bastante normal. Tal vez demasiado normal. Hasta que cumplió los seis años no pasó nada importante en su vida (a menos que te interese saber sobre las tardes enteras que pasó tendido en el pasto, mirando las nubes, o de la vez en que encontró una piedra muy, muy ligera que era en realidad un caracol muerto), sin embargo, el día de su cumpleaños número seis todo cambió. Ese día un mago viajero llegó al pueblo y, como no tenía dinero para pagarse alojamiento, decidió hacer unos cuantos trucos en la calle principal, para divertir a la gente. Así, tal vez alguien lo invitara a comer y dormir esa noche en su casa. ¡Quiso el destino que ese día Félix estuviera en la calle y se ofreciera voluntario para un truco!

Cuando el Mago trató de hacer que el pequeño niño flotara en el aire como una burbuja y éste comenzó a sentir cómo hormigas en su piel (si alguna vez te has encontrado con mago de verdad sabrás a lo que me refiero), sucedieron varias cosas al mismo tiempo. Primero, Félix levantó las manos y gritó “¡No!”. Después, las nubes se abrieron (ese día estaba nublado. ¿No te lo había dicho? Bueno, lo siento). Luego comenzó a oírse un sonido que solo puedo describir como muy similar al que haría una vaca rodando en el suelo, riendo a carcajadas, mientras una ardilla canta ópera (sí, lo sé, muy raro) y, finalmente, el mago viajero se elevó en el aire y se quedó ahí suspendido colgando de cabeza, mientras miraba incrédulo a la gente que se reía de él.

¿Que qué pasó preguntas? ¡Muy simple! Pasó que Félix tuvo cosquillas a sentir las “hormigas”, así es que levantó los brazos para protegerse y, al gritar “¡No!”, un extraño talento mágico se reveló en él y fue capaz de anular y regresar hacia el mago viajero el hechizo de levitación. Ese fue el comienzo de la vida de uno de los más grandes magos que el mundo haya conocido.

Félix tuvo algo que ver en todos y cada uno de los acontecimientos importantes ocurridos en ese tiempo: ayudó a crear las Armas de Voluntad, combatió contra las hordas Chei, fue elegido Proties Ódegos del Concilio de Magos a los 28 años (es decir que ha sido la persona más joven en liderar el Concilio), hizo amistad con una lagartáguila de las Montañas Verdes y, una vez, subió a bordo del Barco Fantasma de Isla Grande del Norte. Sí, mi amigo, su vida fue fabulosa, pero él siempre fue alguien muy sencillo y nunca dejó que su fama se entrometiera en su trato con la gente: daba consejo a quienes quisieran escucharlo y él mismo los recibía sin tapujos si alguien quería dárselos. Esa es la verdadera razón de que su vida siga siendo contada hoy, después de tantos siglos: a él le importaba la gente. Pero bueno, nos hemos salido un poco del tema, ¿no? Me he entusiasmado hablando y no te he contado la historia que quería contarte. ¿Te parece bien que comience?

Al comienzo de la Primera Invasión Chei, el Concilio estaba en aprietos: tenía muchos magos muy hábiles, pero la mayoría eran muy viejos y no podían participar adecuadamente en las batallas. Mientras, el Imperio de Fendae (en cuyo territorio se peleo esta guerra) comenzaba a movilizar sus ejércitos y pedía ayuda y gente al Concilio, a lo que éste no podía responder. Por estas razones se tomó la decisión de enviar estudiantes a la guerra, pero no cualquier estudiante: iban solo los mejores y, además, no iban solos, sino que se enviaba también a un mago más viejo, que pudiera hacer de consejero y maestro particular para el estudiante.

Como seguramente ya supones, Félix, que entonces tenía 17 años y era el mejor estudiante del Concilio, fue enviado a la guerra y peleó en el Mar de Arena, ese gran desierto al sur de las Montañas Rojas, sin embargo, mientras él estaba allí, llegó a conocimiento del Concilio que un dragón había comenzado a atacar una pequeña isla al norte de Isla Grande del Sur, llamada Isla Tortuga, y que había ya dado muerte atres caballeros, así es que el mismísimo Proties Ódegos del Concilio, el gran Áster Alvion, decidió ir a encargarse del problema y eligió como acompañante a Félix.

Cuando los dos magos llegaron a Isla Grande del Sur, la población estaba en pánico: barcos de refugiados llegaban todos los días, las milicias se armaban y reclutaban a cualquiera que pudiera empuñar un arma, y los reyes escondían sus tesoros en lo profundo de sus palacios. Y no había noticias de Isla Tortuga. ¿Que por qué la gente estaba tan asusta? ¿Acaso no sabes nada de dragones? Bueno, bueno, te lo explicaré. Los dragones son criaturas maravillosas y, al mismo tiempo, muy peligrosas para nosotros. No son malvadas ni nada de eso (aunque tampoco podamos decir que sean buenas), es solo que son extremadamente distintas a nosotros: para empezar, respiran fuego; saben mucho sobre magia y la ciencia de este mundo, incluso desde que nacen; viven mucho, mucho tiempo, pero este no se mide como lo medimos nosotros, en días, años y todo lo demás, sino que, por ejemplo, un dragón puede irse a dormir un día y despertar 50 años después, viéndose rodeado de un montón de criaturitas vestidas con armaduras y construyendo castillos de piedra en su territorio, y eso saca de quicio a cualquiera.

Entonces, como iba diciendo, después de pasar dos días buscando sin éxito un barco que los llevara a Isla Tortuga, Áster y Félix decidieron llegar alli por sus propios medios, por lo que se adentraron en un pequeño bosque y cortaron un árbol cada uno, con los que construyeron canoas y en ellas se hicieron a la mar y, después de pasar 6 días navegando lo que a un marino le habría tomado solo dos (ya ves que hay buenas razones por las que Áster y Félix fueran magos y no marinos), llegaron al fin a Isla Tortuga. ¡Grande fue su sorpresa al ver la alguna vez verdeante isla transformada en un montículo de tierra chamuscada! Casi todo estaba destruido o quemado o ambas cosas. Tal como les habían dicho, el dragón había ya dado muerte a tres caballeros y sus caballos vagaban por la costa, comiendo lo que encontraran. ¿Y el dragón preguntas? ¿Que donde estaba? Pues yo no lo sé, yo no estaba allí, y ciertamente ni Áster ni Félix lo sabían, por lo que hicieron lo que cualquier persona con sentido común habría hecho en esa situación: pescaron unos pocos peces, encendieron una fogata y se sentaron en la playa, a comer y esperar a que el dragón se diera cuenta de que estaban allí… y así estuvieron cuatro días.

Cuando se hizo evidente que el dragón, si es que estaba todavía en la isla, no les estaba prestando atención, Áster y Félix comenzaron a trazar un plan. Primero, y muy lentamente, Félix tejió alrededor de la isla una red de viento. ¿Que qué es una red de viento? Verás, es un encantamiento de aeromancia que consiste en crear pequeños hilos de aire, con los que puedes hacer lo que quieras, incluso ropa, aunque no sirvan mucho para esto último, por ser transparentes, digo. En fin, como te contaba, Félix hizo una red de viento, una muy grande en verdad, pues con ella cubrió toda la isla.

Cuando la red de Félix estuvo preparada, Áster, que era muy hábil usando geomancia, provocó un pequeño temblor… realmente pequeño… imperceptible… casi como si un gigante a quien la isla llegara a los tobillos le diese a ésta un puntapié con todas sus fuerzas (creo que incluso movió toda la isla unos cuantos metros hacia el norte)… y esto, obviamente, despertó al dragón, que estaba durmiendo muy cómodamente en una caverna, feliz después de comerse tres caballeros.

No puedo describir el rugido que dio el dragón cuando, furioso, salió volando de la caverna donde dormía, llegó a la red de viento y se dio cuenta de que le habían tendido una trampa. En realidad si puedo describirlo, o más bien reproducirlo, pero me quedaría mudo y, como no puedo quedarme mudo si quiero terminar de contarte esta historia, no lo reproduciré.

¿Que cómo era el dragón? ¡Qué bueno que lo preguntes! Pues verás, una de las características más extrañas y maravillosas de los dragones es que no hay dos iguales. Es algo parecido a lo que ocurre con nosotros, los humanos, pero mucho más marcado. Para ponerlo en perspectiva, podríamos decir que los dos dragones más parecidos que existen, son tan parecidos entre sí como un escandinavo y un pigmeo, ¿me sigues? Hay algunos que vuelan, otros que nadan y otros que caminan sobre la tierra. Algunos son especialistas en el uso de algún elemento de la magia y otros pueden usar los cinco. Pueden ser de cualquier color, ¡cualquiera! ¡Incluso algunos que no podemos ver! Los hay de todos los tamaños: Desde 25 centímetros hasta 250 metros, desde la nariz a la punta de la cola. Pueden ser de formas muy diversas, teniendo desde ninguno a 16 ojos, lo que pasa también con las patas y las alas. Pero hay algunas cosas que todos los dragones pueden hacer, como ya te mencioné: todos respiran fuego, todos saben magia y todos son telépatas, lo que permite que nos comuniquemos con ellos, en cierta medida. Este dragón en particular era uno de los grandes, más o menos 200 metros de largo y 4 patas y 2 alas y volaba… y era rápido, muy rápido, un indicio de que se le daba bien la aeromancia.

Cuando Áster vio al dragón, se dio cuenta de inmediato de que había sido un error el haber ido solo ellos dos a enfrentarlo. Tal vez dos maestros habrían podido enfrentarlo, pero un maestro y un aprendiz no tenían muchas posibilidades, sin embargo, amigo mío, el sorprendente tamaño del dragón casi había hecho que Áster olvidara algo: ellos dos no eran cualquier mago y aprendiz, ¡eran el Proties Ódegos y el mejor aprendiz del Concilio! Así es que mientras el dragón estaba aún desorientado y no los había notado, Áster y Félix se ocultaron y planearon cómo derrotar al dragón.

Como seguramente sabes, la sorpresa te asegura la mitad de la victoria, por lo que Áster y Félix se movieron rápido. Félix, aprovechando su habilidad controlando el aire, comenzó a volar rápido, muy rápido, y muy cerca del suelo, alrededor del dragón, levantando mucho polvo y tierra. Mientras tanto, Áster apilaba rocas, y más rocas, construyendo una verdadera torre, cada vez más alta, hasta que tuvo más o menos la misma altura que el dragón, que no vio nada de esto, pues estaba completamente rodeado por la nube de polvo levantada por Félix. Entonces, a la torre de rocas de Áster le crecieron brazos y piernas, ¡brazos y piernas, amigo mío! ¡Áster había construido un gólem!

Fue entontes que, casi por casualidad, el dragón miró de reojo hacia Áster y vio la enorme mole de rocas que se le acercaba, pero antes de que pudiera usar su aliento de fuego (que, déjame decirte, es capaz de derretir las piedras en segundos), el gólem estuvo sobre él y lo sujetó por el hocico y el cuello y, cuando el dragón trató de alejarse, sintió un tirón en las patas que lo hizo caer: ¡Félix le había amarrado las patas con cuerdas de aire!

Pero derrotar a un dragón así no iba a ser tan fácil. Un dragón de ese tamaño es muy viejo y uno debe suponer que tiene mucha experiencia. Este dragón en particular tuvo el cuidado de no dejar su cola en el suelo, por lo que Félix no pudo sujetarla a las patas y, con la cola, el dragón dio un golpe tremendo al gólem de Áster, que se rompió cómo, bueno, cómo el montón de piedras del que estaba hecho.

Por suerte Félix estaba muy atento y, cuando vio que el dragón había destruido el gólem de Áster, supo que se iba a concentrar en él, por lo que soltó las cuerdas de aire con que le sostenía las patas, dio media vuelta y se alejó volando muy rápido y, verás, no fue una mala decisión, pues no había alcanzado a alejarse ni 20 metros cuando el dragón ya estaba revolcándose, lanzando bocanadas de fuego alrededor y deshaciendo los hilos de aire que lo apresaban y, apenas estuvo libre y levantó el vuelo, vio al pequeño mago alejándose y se lanzó rápidamente tras él.

¿Qué dices? ¿Que no hay forma de que algo tan grande como un dragón pueda ser más rápido que un mago? Pues olvidas algo muy importante. Este no era cualquier dragón, era uno muy viejo, por lo tanto sabía mucho sobre muchas cosas, incluyendo aeromancia (como ya te conté hace un rato), así es que no paso mucho tiempo antes de que la situación se volviera desesperada.

Seis veces se lanzó el dragón a toda velocidad y seis veces logró Félix esquivarlo en el último momento, pero a la séptima vez sencillamente no alcanzó a reaccionar y antes de que pudiera pensar en cualquier hechizo que lo protegiera, el dragón abrió la boca, listo para engullir al pequeño mago de un solo bocado.

Pero Áster no iba a permitir que Félix se convirtiera en una golosina para dragones (digo golosina pues, con su escasa estatura, nuestro amigo no calificaba precisamente como almuerzo). Con las rocas que había usado para construir el gólem, apenas Félix y el dragón levantaron vuelo, hizo unas lanzas enormes, algunas de hasta 50 metros de largo, y las arrojó una a una hacia el dragón. Comprenderás, claro está, que, si bien Áster no era un buen arquero (para ser honesto, ni de cerca), su habilidad con la geomancia le permitió acertar con todas y cada una de las lanzas y, sí, aunque parezca una coincidencia curiosamente preparada, la primera lanza golpeó al dragón en la cabeza justo cuando este iba a zamparse a Félix, que se salvó por los pelos.

Así, una a una las lanzas fueron golpeando al dragón, en la cabeza, en la cola y en el cuerpo. No le hicieron mucho daño en realidad, pues los dragones tienen escamas muy resistentes, pero bastaron para aturdirlo y hacerlo caer… y algo más. Verás, creo que ya te lo había explicado, pero sería bueno profundizar un poco en esto. La geomancia es el arte de controlar la tierra, la madera y los metales, y está dividida en dos disciplinas: la geoquinesis, que simplemente involucra el movimiento, y la geomancia propiamente tal, que es la habilidad de hacer tierra, madera y metales donde no los hay. Como recordarás, Áster era un excelente geomante, pero hasta este momento de la batalla solo había usado geoquinesis para enfrentarse al dragón y, ahora, habiendo visto que su discípulo había estado a punto de ser devorado, decidió que era hora de ponerse serio. Así es que llamó a Félix a su lado y, mientras el dragón caía, hizo que el aire alrededor de éste se fuera transformando en piedras y arena y luego introduciéndosele entre las escamas, pegándose sobre las alas e inmovilizando las patas y la cola, de forma que cuándo el dragón se dio cuenta de que iba a cayendo, ya no podía detenerse y lo único que fue capaz de hacer fue darse la vuelta y golpear el suelo primero con las patas traseras.

No sé si eres capaz de imaginarte el sonido que hace un dragón de 200 metros de largo al estrellarse contra la tierra luego de una caída libre de 700 metros, pero solo digamos que fue bastante fuerte. Lo que de seguro si eres capaz de imaginar es que, después de ese segundo porrazo contra el suelo, el dragón ya no tenía ganas de seguir jugueteando con los dos magos, así es que, cuando se levantó en el cráter que había provocado su caída, estaba decidido a acabar con la pelea.

Pero Áster fue más rápido. Aprovechando la tierra que cubría al dragón luego de la caída, lo ató al suelo y, luego, dio una instrucción a Félix, solo tres palabras, pero que demuestran la clase de persona que era Áster: “No lo mates”. Y diciendo esto, saltó y se metió entre las fauces del dragón y desapareció dentro de él.

Entonces, viéndose Félix como único responsable del… ¿Por qué me miras así? Con los ojos así de abiertos te pareces a una ranamaleón del Pantano Gris ¿Por qué Áster se metió al estómago del dragón? ¡Cierto! No te había contado eso sobre los dragones. Verás, como ya te dije, todos los dragones pueden usar magia, aunque no siempre son piromantes. Sin embargo aunque no sean piromantes, todos respiran fuego, pues es para ellos una capacidad natural, tal y como tú puedes hablar o tocarte la punta de la nariz o distinguir el olor de un trozo de carne asada del de una tarta de manzana. Ahora, cuando un dragón está en apuros, puede usar algo que llamamos Fotea Ygros, Fuego Líquido, que es una sustancia que recubre su aparato respiratorio y les permite inhalar y exhalar fuego y que, al entrar en contacto con seres que no tienen sangre de dragón, arde a temperaturas que hacen que los volcanes parezcan una pequeña fogata. Entonces, lo que paso en aquel momento fue que Áster entró a la boca del dragón para evitar que usara esa habilidad porque, a pesar de que resisten la temperatura del fuego que respiran, el Fotea Ygros ardiendo en sus bocas escapa totalmente a lo que cualquier dragón tolera y puede ser muy peligroso para ellos.

Volviendo a la historia, cuando Félix se vio como único responsable del destino de la pelea, entendió que ya que Áster y el dragón se habían puesto serios, él no podía darse el lujo de desteñir, de modo que pensó a toda velocidad en la forma de derrotar al dragón sin hacerle daño y tuvo para esto, por suerte, unos segundos muy valiosos pues el dragón no reaccionó rápidamente, debido a que estaba recuperándose aún de la impresión que le provocaba tener a un mago de pié en medio de su garganta, algo que, con toda seguridad, debe ser muy desagradable.

Ahora, la forma en que Félix enfrentó al dragón fue brillante y demuestra el nivel de genialidad, rapidez de pensamiento y valentía de un mago que, en ese momento, tenía tan solo 17 años. Trata de imaginarlo: Félix usó geomancia para profundizar el cráter en el que estaba el dragón y, luego, con hidromancia, comenzó a transformar en agua el aire dentro del cráter, para después saltar a la cabeza del dragón y hablar a su mente.

Supongo que, dado que no sabías casi nada de dragones, tampoco sabrás mucho sobre telepatía, por lo que no creo que puedas hacerte de una idea de esta parte, así es que te lo explicaré: la telepatía consiste en que dos o más mentes se acercan hasta el punto en que los pensamientos pasan de una a otra sin la necesidad de las palabras, sino simplemente como ideas. Evidentemente esto tiene un peligro y es que si una de las personas (o seres, más bien) es más fuerte mentalmente, puede dominar los pensamientos de los demás, obligándoles a obedecer o cambiando su forma de pensar o incluso destruir y fabricar recuerdos. Esto significa que es muy arriesgado comunicarse por telepatía con alguien a quien no conoces.

Félix mismo contó, muchos años después, que “hablar” al dragón era una de las cosas más difíciles que había hecho, que cuando el dragón notó que sus mentes se habían conectado embistió a la conciencia de Félix con un millar de voces furiosas que gritaban “¡Déjame ir! ¡Déjame ir! ¡Déjame ir!” e inundó su vista con imágenes de fuego y su nariz y boca con el olor del azufre. Sin embargo, a pesar de lo aterrador que debió haber sido, Félix fue en ese momento lo suficientemente fuerte y lo que “dijo” al dragón fue muy simple: “Dragón, abandonarás esta isla en este momento y no volverás aquí, ni a ningún lugar al Este de aquí, hasta que hayan pasado diez mil años de este mundo, o dejaré que te ahogues”. Evidentemente los dragones no se caracterizan precisamente por ser criaturas dóciles o por aceptar de buena manera órdenes de humanos, por lo que contestó “No me hagas reír, niño. ¿Qué te hace pensar que si me liberas no iré inmediatamente a destruir las ciudades de tu patético continente? Los dragones no aceptamos órdenes”. Entonces Félix sonrió, dibujó un pequeño círculo de encantamiento en la frente del dragón y construyó junto a él una estatua idéntica a este, incluso en el círculo recién dibujado y en las ataduras de roca que lo mantenían inmóvil. Entonces replicó “Si no cumples este acuerdo y vas al este de esta isla durante los próximos diez mil años, ocuparás el lugar de esta estatua, atado al fondo de este cráter inundado, y morirás ahogado.”

¿Qué encantamiento usó Félix? Nadie lo sabe. Desde ese día muchos magos han visitado la estatua que todavía se levanta en Isla Tortuga, en la pequeña laguna en que se convirtió el cráter (y que la gente del lugar cuida hasta hoy como si se les fuera la vida en ello) y nadie ha podido identificar el círculo mágico. Se dice que Áster lo reconoció luego de salir del dragón y que, intencionalmente, ocultó toda la información existente sobre éste, pues si conoces un encantamiento eres capaz de contrarrestarlo, si es que tienes la habilidad y el conocimiento necesarios.

Sin lugar a dudas, el dragón también supo que Félix no bromeaba y debió ser terrible para él aceptar la derrota, pero finalmente el miedo fue más fuerte que el orgullo y aceptó la condición del pequeño mago y, luego de que Áster saliera de su garganta, abandonó la isla volando hacia el Oeste.

Félix y Áster volvieron a Isla Grande del Sur ese mismo día, pero a diferencia de lo que uno pudiera pensar no había nadie para recibirlos como los héroes que eran. Digamos más bien que en cuanto pusieron pié en la isla y anunciaron que habían derrotado al dragón, la gente comenzó a mirarlos con cierta desconfianza, ya fuera porque dudaban de su palabra o porque ahora, en lugar de un enorme dragón que había destruido una isla, tenían al par de magos que lo habían derrotado.

Sin embargo, para tranquilidad del pueblo de Isla Grande del Sur, Félix y Áster no se quedaron mucho tiempo allí. Después de un par de días de descanso abordaron un barco rumbo al Reino de Neria y, luego de un par de semanas de viaje a través de los bosques de la República de Aldesia, el Mar Interior, la Ciudad Libre de Torae y las amplias llanuras del país de Itolia, llegaron al fin a Jofenvik.

Entonces, Áster tomó a Félix como su discípulo y trabajaron juntos por muchos años, tiempo en el que grandes cosas se hicieron en el mundo: se curó enfermedades, se logró la paz entre Fendae y los reinos Adami del sureste y se evitó la guerra entre Fendae y la alianza de Neria, Aldesia y Tarijsten. Y finamente, después de 10 años, cuando el sabio Áster decidió renunciar a su cargo como Proties Ódegos del Concilio, recomendó a Félix como su sucesor, y le otorgó un apellido: Ásterion.

Arepa

Del cumanagoto erepa: maíz. Femenino. 1, en Antillas, Colombia y Venezuela. Especie de pan de forma circular, hecho con maíz ablandado a fuego lento y molido, o con harina de maíz precocida, que se cocina sobre un budare o una plancha. 2, en Cuba. Torta fina de harina de trigo, azúcar, vainilla y leche, frita, que se come caliente con sirope o almíbar.

En alguno de los textos de El Silmarillion, Tolkien dice que de poco sirve cantar sobre las cosas hermosas mientras éstas aún existen, pues, mientras lo hacen, ellas son su propio testimonio. No recuerdo de qué texto se trata, pero no esperaré a volver a mi casa para consultar el libro antes de seguir con esto, porque tengo ganas de escribir ahora. Dice (Tolkien dice) que es solo después de perderse que las cosas hermosas pasan a las canciones.

Tal vez parezca ridículo que comience con tanto dramatismo (o épica) un texto que habla de comida, pero quien sea de esa opinión, una de dos, o no tiene alma o no sabe cocinar. Así, tal cual. La comida y el cocinar se merecen todo el dramatismo y épica del mundo. ¿Acaso soy el único que siente remordimientos al comer un plato bien presentado y que, en verdad, solamente me atrevo a profanar porque sé que sería un desaire aun mayor hacia quién lo preparó si decidiera no comerlo solo porque se ve bonito?

Bueno, dicho todo eso, hoy comí arepas, con pollo mechado y caraotas (que son porotos negros) y, aunque no se las puse a las arepas, también tajaditas (que son tajadas de plátano tropical, fritas en aceite). Debería haber sacado fotos, pero tenía hambre, así es que ni se me pasó por la cabeza. Esto será una especie de oda a esas arepas que comí hoy y, también, a lo que pasó alrededor de ellas y, en cierta medida, opacó.

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Era un domingo caluroso que transcurría entre un sábado que había sido frío y un lunes que también lo sería.

La cocina era estrecha y los dos trabajaban tratando de no estorbarse, uno junto al otro, aunque tal vez sí sería bueno que se estorbaran, pero, en caso de hacerlo, sería jugando, molestándose solo cuando el otro no estuviera haciendo algo importante. Mientras tanto, una gata jugaba saltando entre los pies de ambos, atraída por el olor del pollo.

Él picaba morrón, ajo, tomate y cebolla. Ella desmenuzaba una pechuga de pollo que habían hervido, deshuesándola y luego separando las fibras de la carne en tiritas.

Él se sorbía la nariz cada cierto tiempo, por causa de la cebolla. Ella también se sorbía la nariz y también por causa de la cebolla, aunque no trabaja directamente sobre ésta. Lo hacía porque la cebolla tenía ese efecto en ella, el efecto de hacer que se pusiera roja y le ardieran los ojos y la nariz le llorara. No se llevaba bien con las cebollas, pero le encantaban.

Sobre el mesón reposaba en un platón una masa de harina blanca de maíz, sal y agua y había también un par de cervezas, aunque solo ella bebía de la suya, pues él tenía caña, así es que, en cambio, bebía de un vaso de bebida que también estaba sobre el mesón.

Mientras trabajaban, conversaban, comparando las formas de cocinar que eran habituales en sus respectivos países o bromeando, lazándose pequeños chistes que tenían por fin tanto el hacerlos reír como el picar ligeramente al otro, solo lo suficiente para sostener las risas.

Era un juego que exigía sutileza, pues cualquiera de los dos podía decir de pronto algo que molestara al otro un poco más de lo necesario y, en ese caso, tal vez se arruinaría el momento. Por eso él, que de los dos era quien menos habilidad social tenía, zanjaba las series de chistes cada vez que pasaban de cierto número. Zanjaba las series de chistes acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla.

Siguieron así mientras preparaban los vegetales y el pollo y, luego, también mientras él los cocinaba y ella hacía las arepas con la masa reposada y las ponía a dorar. Ella dijo entonces que las arepas normales eran más grandes, pero que el tamaño depende de aquel de la mano de quién las hace, y que sus manos eran pequeñas. Él rió, pero creyó que no sería buena idea bromar sobre estaturas, así es que hizo otro chiste, del que ahora no me acuerdo, y volvieron a conversar, trabajar y reír, interrumpiéndose solo cuando él la besaba en la mejilla o cuando, aburrida de que no le prestaran atención, la gata comenzaba a trepar por el pantalón de alguno de los dos, lo que los obligaba a ambos a detenerse para retarla y forzarla a volver al suelo.

Estuvieron así un rato, trabajando y haciendo chistes y retando a la gata, que no mucho después logró entender que no le darían pollo y se fue a dormir, hasta que al fin la comida estuvo lista. Se sentaron a la mesa y él echó a andar un disco de Explosions in the Sky, con el volumen muy suave. Ella le enseñó a él como se rellenaban y comían las arepas y profetizó que sería imposible evitar que se desarmaran aquellas que llenaran con caraotas.

Comieron tranquilos, pues la gata seguía dormida. En un momento a ella le dio sueño (por alguna razón le daba sueño mientras comía y no después de comer, como al común de los mortales) y él aprovechó de acercar su asiento más al de ella, con la excusa de que ella se apoyara en su hombro. No hablaron mucho mientras comían. Los dos tenían hambre. Él se dio cuenta, mientras atacaba una arepa rellena con caraotas, de que ella tenía el don de la profecía: la arepa se desarmó completamente y él tuvo que comerse las caraotas con cuchara.

Después de terminar de comer lavaron la loza sin grandes ceremonias y luego fueron a sentarse en el sofá y, hablando de todo (lo que, en verdad, viene un poco a ser lo mismo que hablar de nada), él se hizo el loco y logró que los dos terminaran acostados en el sofá, abrazados (él dio las gracias mentalmente cuando estuvieron acostados).

Se quedaron así hasta que se hizo de noche. Ella preguntó varias veces qué hora era y él siempre respondió que eran las siete. Él le acariciaba la espalda debajo de la polera y ella se dejaba hacer. Él agradecía mentalmente cada vez que su mano hacía el recorrido de las vértebras y las costillas, y se estremecía, aunque tal vez no físicamente, al pensar en lo pequeña y delicada y frágil ella le parecía.

La gata los obligó a levantarse cuando eran las nueve y media.

Ella dijo que tenía que irse y él la abrazó fuerte, la besó y dejó pasar como diez segundos con los ojos cerrados y su frente apoyada en la de ella. Luego dijo que bueno, que sí, que era hora de empezar a prepararse para el lunes.

Cuando ella salió, él se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándola caminar hacia los ascensores.

Luego suspiró, cerró y se quedó un par de minutos ahí, de pié, con la espalda apoyada contra la puerta y la gata maullando dando vueltas sobre sus zapatos.

-Ya voy, ya voy -dijo al fin.

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Si fuera posible ponerle banda sonora a un texto, creo elegiría algo de Explosions in the Sky para este, probablemente una canción que se llama Remember Me as a Time of Days, aunque no sé, tal vez Out of This World, de The Cure, sea una mejor elección.