Arepa

by Miguel Ángel

Del cumanagoto erepa: maíz. Femenino. 1, en Antillas, Colombia y Venezuela. Especie de pan de forma circular, hecho con maíz ablandado a fuego lento y molido, o con harina de maíz precocida, que se cocina sobre un budare o una plancha. 2, en Cuba. Torta fina de harina de trigo, azúcar, vainilla y leche, frita, que se come caliente con sirope o almíbar.

En alguno de los textos de El Silmarillion, Tolkien dice que de poco sirve cantar sobre las cosas hermosas mientras éstas aún existen, pues, mientras lo hacen, ellas son su propio testimonio. No recuerdo de qué texto se trata, pero no esperaré a volver a mi casa para consultar el libro antes de seguir con esto, porque tengo ganas de escribir ahora. Dice (Tolkien dice) que es solo después de perderse que las cosas hermosas pasan a las canciones.

Tal vez parezca ridículo que comience con tanto dramatismo (o épica) un texto que habla de comida, pero quien sea de esa opinión, una de dos, o no tiene alma o no sabe cocinar. Así, tal cual. La comida y el cocinar se merecen todo el dramatismo y épica del mundo. ¿Acaso soy el único que siente remordimientos al comer un plato bien presentado y que, en verdad, solamente me atrevo a profanar porque sé que sería un desaire aun mayor hacia quién lo preparó si decidiera no comerlo solo porque se ve bonito?

Bueno, dicho todo eso, hoy comí arepas, con pollo mechado y caraotas (que son porotos negros) y, aunque no se las puse a las arepas, también tajaditas (que son tajadas de plátano tropical, fritas en aceite). Debería haber sacado fotos, pero tenía hambre, así es que ni se me pasó por la cabeza. Esto será una especie de oda a esas arepas que comí hoy y, también, a lo que pasó alrededor de ellas y, en cierta medida, opacó.

•••

Era un domingo caluroso que transcurría entre un sábado que había sido frío y un lunes que también lo sería.

La cocina era estrecha y los dos trabajaban tratando de no estorbarse, uno junto al otro, aunque tal vez sí sería bueno que se estorbaran, pero, en caso de hacerlo, sería jugando, molestándose solo cuando el otro no estuviera haciendo algo importante. Mientras tanto, una gata jugaba saltando entre los pies de ambos, atraída por el olor del pollo.

Él picaba morrón, ajo, tomate y cebolla. Ella desmenuzaba una pechuga de pollo que habían hervido, deshuesándola y luego separando las fibras de la carne en tiritas.

Él se sorbía la nariz cada cierto tiempo, por causa de la cebolla. Ella también se sorbía la nariz y también por causa de la cebolla, aunque no trabaja directamente sobre ésta. Lo hacía porque la cebolla tenía ese efecto en ella, el efecto de hacer que se pusiera roja y le ardieran los ojos y la nariz le llorara. No se llevaba bien con las cebollas, pero le encantaban.

Sobre el mesón reposaba en un platón una masa de harina blanca de maíz, sal y agua y había también un par de cervezas, aunque solo ella bebía de la suya, pues él tenía caña, así es que, en cambio, bebía de un vaso de bebida que también estaba sobre el mesón.

Mientras trabajaban, conversaban, comparando las formas de cocinar que eran habituales en sus respectivos países o bromeando, lazándose pequeños chistes que tenían por fin tanto el hacerlos reír como el picar ligeramente al otro, solo lo suficiente para sostener las risas.

Era un juego que exigía sutileza, pues cualquiera de los dos podía decir de pronto algo que molestara al otro un poco más de lo necesario y, en ese caso, tal vez se arruinaría el momento. Por eso él, que de los dos era quien menos habilidad social tenía, zanjaba las series de chistes cada vez que pasaban de cierto número. Zanjaba las series de chistes acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla.

Siguieron así mientras preparaban los vegetales y el pollo y, luego, también mientras él los cocinaba y ella hacía las arepas con la masa reposada y las ponía a dorar. Ella dijo entonces que las arepas normales eran más grandes, pero que el tamaño depende de aquel de la mano de quién las hace, y que sus manos eran pequeñas. Él rió, pero creyó que no sería buena idea bromar sobre estaturas, así es que hizo otro chiste, del que ahora no me acuerdo, y volvieron a conversar, trabajar y reír, interrumpiéndose solo cuando él la besaba en la mejilla o cuando, aburrida de que no le prestaran atención, la gata comenzaba a trepar por el pantalón de alguno de los dos, lo que los obligaba a ambos a detenerse para retarla y forzarla a volver al suelo.

Estuvieron así un rato, trabajando y haciendo chistes y retando a la gata, que no mucho después logró entender que no le darían pollo y se fue a dormir, hasta que al fin la comida estuvo lista. Se sentaron a la mesa y él echó a andar un disco de Explosions in the Sky, con el volumen muy suave. Ella le enseñó a él como se rellenaban y comían las arepas y profetizó que sería imposible evitar que se desarmaran aquellas que llenaran con caraotas.

Comieron tranquilos, pues la gata seguía dormida. En un momento a ella le dio sueño (por alguna razón le daba sueño mientras comía y no después de comer, como al común de los mortales) y él aprovechó de acercar su asiento más al de ella, con la excusa de que ella se apoyara en su hombro. No hablaron mucho mientras comían. Los dos tenían hambre. Él se dio cuenta, mientras atacaba una arepa rellena con caraotas, de que ella tenía el don de la profecía: la arepa se desarmó completamente y él tuvo que comerse las caraotas con cuchara.

Después de terminar de comer lavaron la loza sin grandes ceremonias y luego fueron a sentarse en el sofá y, hablando de todo (lo que, en verdad, viene un poco a ser lo mismo que hablar de nada), él se hizo el loco y logró que los dos terminaran acostados en el sofá, abrazados (él dio las gracias mentalmente cuando estuvieron acostados).

Se quedaron así hasta que se hizo de noche. Ella preguntó varias veces qué hora era y él siempre respondió que eran las siete. Él le acariciaba la espalda debajo de la polera y ella se dejaba hacer. Él agradecía mentalmente cada vez que su mano hacía el recorrido de las vértebras y las costillas, y se estremecía, aunque tal vez no físicamente, al pensar en lo pequeña y delicada y frágil ella le parecía.

La gata los obligó a levantarse cuando eran las nueve y media.

Ella dijo que tenía que irse y él la abrazó fuerte, la besó y dejó pasar como diez segundos con los ojos cerrados y su frente apoyada en la de ella. Luego dijo que bueno, que sí, que era hora de empezar a prepararse para el lunes.

Cuando ella salió, él se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándola caminar hacia los ascensores.

Luego suspiró, cerró y se quedó un par de minutos ahí, de pié, con la espalda apoyada contra la puerta y la gata maullando dando vueltas sobre sus zapatos.

-Ya voy, ya voy -dijo al fin.

•••

Si fuera posible ponerle banda sonora a un texto, creo elegiría algo de Explosions in the Sky para este, probablemente una canción que se llama Remember Me as a Time of Days, aunque no sé, tal vez Out of This World, de The Cure, sea una mejor elección.

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