Lascivia

by Miguel Ángel

Del latín lascivia. Femenino. 1. Propensión a los deleites carnales. 2, en desuso. Apetito inmoderado de algo.

 

La idea se le mete a Andrés en la cabeza cuando va en una escalera mecánica cualquiera, de un mall cualquiera. Puede parecer un lugar demasiado común como para desatar una idea de la intensidad de ésta, que se apodera de la mente de Andrés, sin embargo, hay que decir que, para un hombre, las escaleras mecánicas no siempre son triviales, cotidianas y del todo olvidables. El que lo sean o no depende de quién va frente de uno.

En este caso, quien va frente a Andrés es una mina. Es de estatura normal, pelo castaño, liso, y piel blanca, con lunares sobre los hombros. Viste un peto color celeste y unos pantalones holgados, de tela muy ligera y estampados con un diseño medio hindú. Terminan el conjunto una pulsera de semillas y una pequeña cartera de lana.

Hasta ahí todo normal, se trata simplemente una hippielais más, sin embargo, no se trata de una simple hippielais más y hay dos razones para esto: primero, la notable diferencia entre el ancho de su cintura y el de su cadera, y segundo, la forma casi caprichosa en que la tela del pantalón se adhiere a su cuerpo y permite a Andrés adivinar la forma y tamaño de las nalgas, así como también, delata que ella lleva puesto un colaless o, mejor aún, no lleva nada.

Casi completamente hipnotizado, Andrés sigue a la hippielais después de que salen de la escalera mecánica y descubre que el movimiento de las caderas y, consecuentemente, el de las nalgas de la mina al caminar, es aún más hipnótico que el simple verlas quietas frente a él.

Andrés piensa en apurar el paso y darle un agarrón, pero no un agarrón cualquiera, quiltro, sino uno violento, agresivo, que le duela, que, tal vez, incluso le deje en la nalga un moretón con la forma y medida de su mano, pero él sabe que con eso no bastará. La verdad es que, con lo caliente que está, un simple agarrón, por violento que sea, no es suficiente para desahogarse. No, para eso tendría que saltarle encima, arrancarle la ropa y penetrarla como animal por un par de horas, ahí mismo, en mitad del mall.

Pero sería estúpido hacerlo ahí, en mitad del mall, inclusive peligroso, y Andrés no es estúpido y tampoco le gustan las cosas peligrosas. Simplemente está caliente.

No, lo mejor sería seguirla, hasta algún lugar en el que pueda golpearla fuerte en la cabeza y arrastrarla hasta donde nadie pueda verlos y, ahí sí, violarla, con todo el salvajismo de la calentura que siente, y penetrarla en la vagina y en el ano, pero no en la boca, porque las mujeres deben estar conscientes para que el sexo oral tenga gracia y, en ese caso, a Andrés le da miedo el descubrir por las malas, es decir, a mordiscos, que la hippielais no lo dejará penetrarla en la boca. No, el sexo oral solamente es seguro con consentimiento.

Mientras Andrés va pensando todo esto, la mina entra a una tienda de té, una de esas típicas con las miles de diferentes variedades de té que tan de moda están por estos días. Él no quiere seguirla adentro, pues ella podría notarlo y, en tal caso, sería más difícil seguirla sin que se diera cuenta, así es que pasa de largo por fuera de la tienda de té y se queda de pié frente a la vitrina de una librería que está convenientemente a un costado de ésta. Al pasar por afuera de la tienda de té, Andrés mira hacia adentro y ve a la hippielais de frente. Es bonita, de ojos pardos, labios finos y una nariz pequeña, respingada y con algunas pecas. Sus tetas no son grandes, pero eso Andrés ya se lo esperaba porque, en general, las minas de caderas anchas y nalgas grandes no tienen tetas grandes. En fin, después de verla de frente tiene aún más ganas de tirársela, de culeársela, de violarla. El problema es que la mina se demora mucho rato en la tienda y Andrés se aburre de mirar la vitrina de la librería. Además, de tanto pensar en culearse a la hippielais, está, ahora sí, de verdad caliente, por lo que va al baño y se masturba. Luego de eso siente hambre, va al patio de comidas y elige el local en que atiende la mina con las tetas más grandes. Son francamente enormes y Andrés imagina que los pezones también lo son aunque, en su experiencia, una cosa no lleva necesariamente a la otra, pero le gustan los pezones grandes, así es que los imagina grandes, grandes y rosados, y piensa que no le costaría nada tomarla del cuello de la polera, arrastrarla por sobre el mesón de atención, sacarle la polera y masturbarse con el pene entre esas tetas enormes hasta eyacularle a la mina en la cara.

Andrés no sabe cuánto tiempo pasó pensando en las tetas, ni con cuanta intensidad las miró, pero,al levantar la vista, ve que la mina estaba completamente roja. Él toma la bandeja con la comida, busca un asiento lejos de los mesones de atención y come mirando a la muralla, pero no logra concentrarse en la comida. Sigue pensando en las tetas y en cuanto le gustaría masturbarse con ellas y en cuanto le gustaría tocarlas, sobarlas, apretarlas y morderlas, morderlas hasta dejarles marcas, morderlas incluso hasta hacerlas sangrar un poquito.

Termina de comer y vuelve a ir al baño, donde se masturba de nuevo.

Mientras se lava las manos, ya más tranquilo, recuerda que había ido al mall a comprar una armónica y que, de tanto pensar en las nalgas de la hippielais y las tetas de la mina del patio de comidas, lo había olvidado, así es que va a tienda de instrumentos musicales.

Una vez allí, mientras vitrinea las guitarras eléctricas (porque, sí, él iba por una armónica, pero siempre vitrinéa las guitarras, porque le gustan, aunque no sabe tocarlas), una vendedora se acerca y le pregunta si es que puede ayudarlo y Andrés se queda un segundo, o algo así, mirándole los labios y, luego, otro segundo más mirándole los ojos, porque la mina tiene ojos de esos que se llama avellana, de un color pardo, cargado al verde y con motas oscuras cerca del borde de iris, distribuidas más o menos radialmente, y sus labios sus rosados, perfectos, sin pintar e, Andrés imagina, hechos especialmente para hacer sexo oral, y es que a esta mina élsí que la violaría en la boca, pero no con violencia, porque esos labios merecen que se los trate con cariño, así es que la violaría en la boca, pero con sutileza, y, mientras piensa en lo bien que se sentiría tener esos labios deslizándose por su pene, la mina le pregunta de nuevo si es que puede ayudarlo en algo y Andrés quiere responderle que sí, que podría ayudarle haciéndole sexo oral por unos minutos, no más de 10, pero solo dice que quiere una armónica.

Mientras va en la escalera mecánica ve de nuevo a la hippielais, unos metros más adelante. Ella sale del mall y él la sigue.

Caminan varias cuadras. Ella va lento, adentrándose en un barrio residencial tranquilo, en el que Andrés vivió cuando era niño. Él conoce muy bien esas calles y recuerda a la perfección que, a menos de dos cuadras, hay un lugar en que podría acercarse a la mina, golpearla en la cabeza y arrastrarla por un pequeño pasaje en el que nadie lo vería, hasta llevarla al fondo y violarla detrás de, gloriosa coincidencia, una pequeña estatua de la Virgen, a salvo miradas impertinentes, evitando que ella grite metiéndole en la boca un calcetín o, si es que resulta que ella si llevaba ropa interior, el calzón. Sí, la idea del calzón le gusta más. Y ahí, con el calzón en la boca y detrás de la estatua, la penetraría en la vagina y el ano, como un animal, y le haría también las cosas que le habría gustado hacerle a la mina del local de comida y a la de la tienda de instrumentos musicales, porque, sí, había pensado en no penetrarla en la boca, pero ahora quiere hacerlo también, quiere violarla también en la boca y eyacularle en la cara, como ha visto hacer tantas veces en las películas porno. Y después de violarla en la vagina y en el ano y en la boca y masturbarse usando sus tetas, podría estrangularla con el cinturón. Si la deja ahí, detrás de la estatua, pasarían un par de días antes de que alguien encontrara el cadaver. Podría hacer todo eso y nadie sabría nunca quién es el violador y asesino. Sí, podría hacerlo todo, de hecho, quiere hacerlo, no puede pensar en otra cosa. Ahora quiere incluso penetrarla de nuevo después de matarla y, sin embargo, no lo hace, no hace nada de eso, sino que da media vuelta, cruza la calle y toma un taxi, porque Andrés no es una mala persona. Puede parecer que sí lo es, que es, de hecho, una persona horrible, pero él no lo cree así. Él cree que las buenas personas no son aquellas que no pueden concebir hacer daño a alguien. Esas personas son solo personas. No, él cree las buenas personas son quienes, como él mismo, son capaces de hacer cosas horribles, que a veces desean de verdad hacer esas cosas horribles, pero no las hacen y no porque tengan miedo a las consecuencias ni, mucho menos, porque no quisieran que alguien mas le hiciera esas cosas horribles a alguien a quien ellos quieren y, es que, Andrés no tiene hermanas ni primas y cree que su madre está muy vieja para que alguien quiera violarla. No, Andrés no violará ni matará a la hippielais por sencilla y, tal vez, ridícula e, incluso, inverosímil razón de que le gusta una frase de Linus Pauling que dice “Trata a los demás un 25% mejor de como esperes que ellos te traten a ti… ese 25% añadido es para considerar el error”. Sí, una buena persona es simplemente aquella que, deseando y pudiendo y sabiendo que puede hacer el mal y, también, sabiendo cuán lejos podría llegar haciendo el mal, elige no hacerlo, y Andrés elige no hacerlo. Sabe que podría, quiere hacerlo, pero no lo hace.

Al llegar a su casa, enciende el computador, entra a un sitio porno y se masturba, ya por tercera vez en el día, viendo una rape fantasy. Después, saca la armónica y toca.

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