Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Month: December, 2015

Vacío

Del latín vacĭvus. Adjetivo. 1. Falto de contenido físico o mental. 2, dicho de la hembra del ganado. Que no está preñada. 3, dicho de un sitio. Que está con menos gente de la que puede concurrir a él. 4. Hueco, o falto de la solidez correspondiente. 5. Vano (arrogante, presuntuoso). 6,poco usado. Vano, sin fruto, malogrado. 7, poco usado. Ocioso, o sin la ocupación o ejercicio que pudiera tener. 8, masculino. Concavidad o hueco de algunas cosas. 9. Cavidad entre las costillas falsas y los huecos de las caderas.10. Abismo, precipicio o altura considerable. 11. Movimiento de la danza española que se hace levantando un pié con violencia y bajándolo después naturalmente. 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos. 13, en física. Espacio carente de materia. 14, en desuso. Cargo o empleo sin proveer. 15, antecedido de al. Adjetivo. Dicho de una forma de envasar. 16, antecedido de caer en el. No tener acogida.

 

Escribe tomando Sprite. Preferiría tomar Coca-Cola, pero se está haciendo de noche y es domingo y necesita dormir bien y la cafeína de la Coca-Cola no le dejara dormir bien, así es que toma Sprite. Y escribe. Porque, en verdad, da igual lo que está tomando. Lo único que importa es que está escribiendo.

Mientras escribe suena en un parlante una lista de música que contiene un surtido temas de Karate –una banda gringa de jazz-rock–, King Gizzard&TheLizardWizard –una banda australiana de rock psicodélico– y las canciones que Neil Young compuso para la película DeathMan, entre otras cosas. Pero, en verdad, da lo mismo lo que esté escuchando mientras escribe. Podría perfectamente ser un loop infinito de Los Adolescentes, de Dënver, o un Grandes Éxitos de Justin Bieber en versión bachata (de todas formas, es de agradecer que esto último no sea el caso). Sí, da lo mismo, porquelo único que no da lo mismo es que está escribiendo. Lo único que importa es que está escribiendo.

Un gato chico salta entre sus pies, mordiendo o lanzando zarpazos alternadamente a dedos, empeines, talones, tobillos e, incluso, canillas y pantorrillas. De vez cuando deja de escribir, se agacha a tomar al gato, lo acuesta de espaldas sobre sus piernas y, sujetándole las patas, le sopla a la cara varias veces. Después lo suelta y el gato corre despavorido al living, a esconderse debajo del sofá, donde se queda por unos minutos, para volver luego, solapada y taimadamente, a su ataque hacia los pies, lo que obliga a repetir todo el proceso de los soplidos. Sin embargo, estas distracciones felinas tampoco tienen importancia. Lo único que importa es que está escribiendo.

No sabe bien sobre qué está escribiendo, porque las palabras simplemente salen de algún lugar de su cabezahacia sus manos y, de ahí, al teclado y la pantalla. Ve las palabras en la pantalla, lee las palabras que ve, comprende el sentido que subyace en las frases que componen las palabras que lee, pero, al tratar de ir más allá de las frases, todo atisbo de intención que pudiera haber en lo que escribe se desmorona, así es que es muy probable que esté escribiendo sobre nada. Sin embargo tampoco es importante el que esté escribiendo sobre nada. Lo único que importa es que está escribiendo.

Puede parecer que el escribir sobre nada sea un esfuerzo inútil, que el acto de escribir es precioso y que no debería desperdiciarse en escribir sobre nada, sin embargo, en la práctica, escribir sobre nada posee un valor indescriptible y éste radica en el hecho de que es imposible escribir y, a la vez, escribir directamente acerca de nada, sino que solamente es posible escribir indirectamente acerca de nada y esto se consigue escribiendo acerca de todo, incluso aunque ese todo no sea realmente un “todo”, sino sólo un “casi todo”, porque, según la filosofía y la lógica, lo contrario de la “nada” puede ser tanto el “todo” como el “algo”, así como lo contrario del “todo” puede ser tanto el “algo” como la “nada”, porque no es ésta una relación de dicotomía, de solo dos opciones mutuamente excluyentes, sino una de tres, una tricotomía. Por esto, basta con que esté escribiendo sobre un número lo bastante grande de “algos” para que esté escribiendo sobre nada. Pero toda esta verborrea sobre filosofía y lógica, aunque tracendental en algunos sentidos, carece también, en este caso, de importancia, pues hay ahora sólo una cosa que importa. Lo único que importa es que está escribiendo.

Dado que está escribiendo sobre nada (es decir, sobre muchos “algos”), tal vez sería de utilidad decir sobre qué no está escribiendo. No escribe sobre bastantes cosas, no escribe sobre parientes muertos, no escribe sobre mascotas muertas, no escribe sobre sus ansiedades e inseguridades y dudas acerca del futuro y qué hará con su vida. Tampoco escribe acerca de alguien que le falta. Especialmente no escribe acerca de alguien que le falta, porque para eso hay que pensar bastante en quién le falta y no quiere pensar en quién le falta, no quiere recordar a quién le falta, quiere acostumbrarse a la ausencia a base de ignorarla, a base de seguir moviéndose, a base de escribir. Así es que no escribe sobre quién le falta, sino que escribe sobre lo que bebe, sobre lo que escucha, sobre el gato que molesta, sobre lo maravilloso que es escribir sobre tantas cosas que se termina, finalmente, escribiendo sobre nada. Pero, así como da lo mismo el que escriba sobre todo o nada, da lo mismo el sobre qué escriba y sobre lo que no escriba. Lo único que importa es que está escribiendo.

Lo único que importa es que está escribiendo, porque lo único que quiere ahora es escribir, escribir hasta que en su cabeza no quede nada.

Nostalgia

Del latín moderno nostalgia, y este del griego νόστοσ (nóstos) –regreso– y αλγία (algía) –algia. Femenino. 1. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. 2. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

 

Si es que quiere ser completamente honesto, no puede decir que haya alcanzado a enamorarse. No tuvo el tiempo que hace falta para eso, pero sí le gustaba y bastante. Tampoco puede decir que la extrañe o, por lo menos, no puede decir que extraña todo de ella. Sí echa de menos detalles, algunos de esas pequeñas cosas que, sumadas en el tiempo, van conformando lo que es el “gustar”, ese “gustar” que pavimenta el camino que lleva a enamorarse. Al menos eso es lo que él cree.

Sin embargo, no quiere echar de menos.

No quiere echar de menos, por ejemplo, la cara de exasperación que ella ponía cuando, en cualquier lugar o circunstancias, escuchaba sonar rap.

No quiere echar de menos la forma en que ella lo miraba una fracción de segundo, sonriendo, antes de llamarlotonto o ñoño, cuando él hacía un chiste tonto o decía algo tonto a sabiendas, solo para que lo llamara tonto.

No quiere echar de menos oírla quejarse acerca de que, a excepción del de cabra, nuestros quesos no tienen gracia o de que aquí la gente no sabe lo que es el café de verdad y que por eso encuentra bueno Starbucks.

No quiere echar de menos, también, oírla burlarse de expresiones como “más encima” y “taita” y “chucha”, pero alabar una tan fome como “fome” porque, decía, su idioma no tiene una palabra para “aburrido” que sea tan aburrida como “fome”.

No quiere echar de menos el que ella se enojara cuando estaban por empezar a ver una película y él le decía que ya la había visto antes.

No quiere echar de menos escucharla quejarse sobre que en nuestros cines se venden solo palomitas dulces o que, cuando por milagro hay algunas saladas, están añejas.

No quiere echar de menos el que le gustara el post-rock. Sobre todo, no quiere echar de menos el poder escuchar post-rock con ella.

Le gustaría que solo cosas como esas fueran las que puede echar de menos. Le gustaría que las cosas que echa de menos fueran solo del tipo de las anteriores, de esas que hacen reír o que sacan una sonrisa o que desencadenan solo una especie de nostalgia que no es del todo triste, pero sin llegar a ser un saudade, sino solo una felicidad triste o una tristeza alegre, pero ya que empezó a recordar, no puede detenerse ahí y sigueahora con cosas de esas que duelen al recordarlas.

No quiere echar de menos que ella se le acercara cuando tenía frío.

No quiere echar de menos que ella tuviera siempre frías las manos y la nariz. No quiere echar de menos abrigarle las manos y la nariz.

No quiere echar de menos el arco fino y elegante que describían sus cejas.

No quiere echar de menos el color de su piel y la forma de sus pies.

No quiere echar de menos el que tuviera ligeramente desviados los índices y meñiques de ambas manos.

No quiere echar de menos sentir sus costillas contra su piel cuando la abrazaba fuerte.

No quiere echar de menos el sentirla tan pequeña y frágil cuando la abrazaba.

No quiere echar de menos ese instante en que, después de un abrazo, se quedaban viendo, como si tanto él como ella esperaran que el otro se acercara primero para dar un beso.

No quiere echar de menos sus besos.

No quiere echar de menos el sabor de su saliva.

No quiere echar de menos su voz suave.

No quiere echar de menos el olor de su pelo.

Llegado a este punto ya está harto. Llegado a este punto sólo quiere olvidar. No, llegado a este punto quiere ya no olvidar, sino no recordar por no haber vivido, porque no se puede recordar lo no vivido. Puede añorarse algo que no se ha vivido, pero ese añorar siempre tiene un tono de fantasía que nos pone a resguardo: podemos dejarnos llevar por la fantasía, pero siempre sabremos que es sólo una fantasía. Eso quiere él ahora, que todo no haya sido más que una fantasía. Eso es lo que él quiere ahora, aquello en lo que piensa cuando se queda solo los fines de semana en su departamento o cuando sale a caminar sólo, escuchando música, o cuando mira por la ventana o cuando está con amigos en un bar y todos conversan y él calla, mirando su vaso de cerveza, o incluso, por la mierda, cuando está de pié en la ducha, sintiendo el agua que corre, él desea que no haya sido más que una fantasía. Quiere más que nada que todo haya sido apenas una fantasía.

Jamelgo

Del latín famelĭcus: hambriento. Masculino. Coloquial. Caballo flaco y desgarbado, por hambriento.

 

Los tres fueron jamelgos en algún momento de sus vidas. Por “los tres” quiero decir: mi abuelo, mi tio Jaime y la Poli. Los tres tenían varias cosas en común y tienen hasta hoy, los tres, en común una muy importante: los tres están muertos.

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Me acuerdo de mi abuelo haciéndonos a mí y mi hermano barcos de juguete con la lata de los tarros de leche Nido.

Me acuerdo de mi tío Jaime contándonos chistes a mí y a mi hermano cuando íbamos a Antofagasta a ver a la familia. Era tan flaco que con mi hermano le preguntábamos a mi vieja “¿El tío Jaime tiene SIDA?”. Era tan flaco que, si hubieramos conocido a esa edad una palabra tan buena como “jamelgo”, lo habríamos llamado así.

Me acuerdo de la Poli metiéndose a la pieza en la mañana los sábados y domingos, mientras uno seguía acostado, tomando un calcetín o una zapatilla o cualquier cosa estuviera en piso, quedándose ahí quieta esperando a que le dijéramos que soltara lo que fuera que hubiera tomado y, en ese preciso momento, huir al patio para que la persiguiéramos.

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Me acuerdo de mi abuelo intentando, por años y años, reconciliarse con la Pelusa, quién no le perdonó nunca que la hubiera perseguido por el patio con un palo de escoba.

Me acuerdo de mi tío Jaime cuando, después del funeral de mi abuela, se sentó a tomar once con todos los niños y, mirándonos, nos notó tan cabizbajos y callados que empezó a prepararse una hallulla con jamón, queso y mantequilla haciendo todo el escándalo del que fue capaz y luego, una vez que estuvo seguro de que todos lo mirábamos, se metió la hallulla completa en la boca y, una vez que estábamos todos riendo, nos dijo que no nos bajoneáramos, que no había por qué estar tan callados. Su mamá acababa de ser enterrada y él prefería ocultar su pena y hacernos reír.

Me acuerdo de la Poli que, para una navidad, después de haberle dado la comida de la tarde, tomó su plato con el hocico y se sentó en la puerta de la cocina, mientras yo y mi hermano tratábamos de descongelar un pollo. No sé si la perra sabría que ese día era su cumpleaños y que, por lo tanto, le correspondía un trozo de carne después de comer, o si, simplemente, vio tanto movimiento en la cocina que se sentó a mirar a ver qué cresta hacíamos.

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Me acuerdo de mi abuelo enojado, ofendido en sus convicciones cristianas, cuando, en los asados, mi viejo lanzaba trozos de grasa de pollo a las brasas mientras decía “para los dioses”, para luego, al día siguiente, cuando mi viejo estaba enfermo de tanto comer, asomarse a la puerta de la pieza, “pídale ayuda a los dioses” y después alejarse riendo como un niño.

Me acuerdo de mi tío Jaime, riéndose cuando nos contaba las cagadas que hacía cuando niño, solo por huevear, por ejemplo, de la vez en que entró al baño, cerró con llave y salió por el tragaluz, solo para reírse mientras mis abuelos golpeaban la puerta gritándole a quien-sabe-quien que saliera pronto, o de la vez en que se metió al mar a nadar calato y lo vieron dos pacos, que lo persiguieron por cuadras y cuadras en el barrio donde estaba la casa de mis abuelos.

Me acuerdo de la Poli, que una vez en que no quiso salir a jugar a la pelota con mi viejo y vio por la ventana, luego, que él se había puesto a jugar con la otra perra, salió corriendo desesperada, llegó a donde estaba mi viejo, tomó la pelota en el hocico y se fue de vuelta para adentro, como diciendo “si no juego yo, no juega nadie”. Cuando mi viejo contaba esa parte de la historia no decía “la Poli” o “esa perra”, sino “ese jamelgo”.

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Me acuerdo de mi abuelo enfermo de cancer, convertido en piel y huesos, convertido en un jamelgo, pero contento cada vez que lo llamábamos por teléfono. Me acuerdo de que haberlo llamado todo lo que debí llamarlo. Me acuerdo de la tristeza con la que me miraba cuando fuimos todos a despedirnos de él, luego de que los doctores nos dijeran que sólo quedaba esperar.

Me acuerdo de mi tío Jaime enfermo de cancer, sentado en el living de la casa de mis viejos, con la cabeza apoyada en las manos, cuando se dio cuenta de que no se iba a salvar, cuandi se dio cuenta de que se iba a morir. Me acuerdo de que la última vez que hablé con él por teléfono, cuando había quedado ciego y del hospital lo mandaron de vuelta a su casa, me dijo que iba a venir a Santiago de nuevo, pronto, y que iríamos a comer cazuelas a un restaurante que le gustaba porque uno de los meseros le tenía mala.

Me acuerdo de la Poli enferma de cancer, muriéndose en el piso de la cocina, cuando ya no pudo seguir respirando. Me acuerdo de que dos días antes de eso la había visto en el patio, escondida, cómo sólo hacía cuando estaba enferma, y con un hilo de saliba congándole del hocico. Me acuerdo de que el domingo me senté al lado de ella y la abrazé y le hice cariño detrás de las orejas.