Jamelgo

by Miguel Ángel

Del latín famelĭcus: hambriento. Masculino. Coloquial. Caballo flaco y desgarbado, por hambriento.

 

Los tres fueron jamelgos en algún momento de sus vidas. Por “los tres” quiero decir: mi abuelo, mi tio Jaime y la Poli. Los tres tenían varias cosas en común y tienen hasta hoy, los tres, en común una muy importante: los tres están muertos.

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Me acuerdo de mi abuelo haciéndonos a mí y mi hermano barcos de juguete con la lata de los tarros de leche Nido.

Me acuerdo de mi tío Jaime contándonos chistes a mí y a mi hermano cuando íbamos a Antofagasta a ver a la familia. Era tan flaco que con mi hermano le preguntábamos a mi vieja “¿El tío Jaime tiene SIDA?”. Era tan flaco que, si hubieramos conocido a esa edad una palabra tan buena como “jamelgo”, lo habríamos llamado así.

Me acuerdo de la Poli metiéndose a la pieza en la mañana los sábados y domingos, mientras uno seguía acostado, tomando un calcetín o una zapatilla o cualquier cosa estuviera en piso, quedándose ahí quieta esperando a que le dijéramos que soltara lo que fuera que hubiera tomado y, en ese preciso momento, huir al patio para que la persiguiéramos.

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Me acuerdo de mi abuelo intentando, por años y años, reconciliarse con la Pelusa, quién no le perdonó nunca que la hubiera perseguido por el patio con un palo de escoba.

Me acuerdo de mi tío Jaime cuando, después del funeral de mi abuela, se sentó a tomar once con todos los niños y, mirándonos, nos notó tan cabizbajos y callados que empezó a prepararse una hallulla con jamón, queso y mantequilla haciendo todo el escándalo del que fue capaz y luego, una vez que estuvo seguro de que todos lo mirábamos, se metió la hallulla completa en la boca y, una vez que estábamos todos riendo, nos dijo que no nos bajoneáramos, que no había por qué estar tan callados. Su mamá acababa de ser enterrada y él prefería ocultar su pena y hacernos reír.

Me acuerdo de la Poli que, para una navidad, después de haberle dado la comida de la tarde, tomó su plato con el hocico y se sentó en la puerta de la cocina, mientras yo y mi hermano tratábamos de descongelar un pollo. No sé si la perra sabría que ese día era su cumpleaños y que, por lo tanto, le correspondía un trozo de carne después de comer, o si, simplemente, vio tanto movimiento en la cocina que se sentó a mirar a ver qué cresta hacíamos.

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Me acuerdo de mi abuelo enojado, ofendido en sus convicciones cristianas, cuando, en los asados, mi viejo lanzaba trozos de grasa de pollo a las brasas mientras decía “para los dioses”, para luego, al día siguiente, cuando mi viejo estaba enfermo de tanto comer, asomarse a la puerta de la pieza, “pídale ayuda a los dioses” y después alejarse riendo como un niño.

Me acuerdo de mi tío Jaime, riéndose cuando nos contaba las cagadas que hacía cuando niño, solo por huevear, por ejemplo, de la vez en que entró al baño, cerró con llave y salió por el tragaluz, solo para reírse mientras mis abuelos golpeaban la puerta gritándole a quien-sabe-quien que saliera pronto, o de la vez en que se metió al mar a nadar calato y lo vieron dos pacos, que lo persiguieron por cuadras y cuadras en el barrio donde estaba la casa de mis abuelos.

Me acuerdo de la Poli, que una vez en que no quiso salir a jugar a la pelota con mi viejo y vio por la ventana, luego, que él se había puesto a jugar con la otra perra, salió corriendo desesperada, llegó a donde estaba mi viejo, tomó la pelota en el hocico y se fue de vuelta para adentro, como diciendo “si no juego yo, no juega nadie”. Cuando mi viejo contaba esa parte de la historia no decía “la Poli” o “esa perra”, sino “ese jamelgo”.

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Me acuerdo de mi abuelo enfermo de cancer, convertido en piel y huesos, convertido en un jamelgo, pero contento cada vez que lo llamábamos por teléfono. Me acuerdo de que haberlo llamado todo lo que debí llamarlo. Me acuerdo de la tristeza con la que me miraba cuando fuimos todos a despedirnos de él, luego de que los doctores nos dijeran que sólo quedaba esperar.

Me acuerdo de mi tío Jaime enfermo de cancer, sentado en el living de la casa de mis viejos, con la cabeza apoyada en las manos, cuando se dio cuenta de que no se iba a salvar, cuandi se dio cuenta de que se iba a morir. Me acuerdo de que la última vez que hablé con él por teléfono, cuando había quedado ciego y del hospital lo mandaron de vuelta a su casa, me dijo que iba a venir a Santiago de nuevo, pronto, y que iríamos a comer cazuelas a un restaurante que le gustaba porque uno de los meseros le tenía mala.

Me acuerdo de la Poli enferma de cancer, muriéndose en el piso de la cocina, cuando ya no pudo seguir respirando. Me acuerdo de que dos días antes de eso la había visto en el patio, escondida, cómo sólo hacía cuando estaba enferma, y con un hilo de saliba congándole del hocico. Me acuerdo de que el domingo me senté al lado de ella y la abrazé y le hice cariño detrás de las orejas.

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