Utopía

by Miguel Ángel

Del latín moderno Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516, y éste del griego οὐ (ou) –no–, τόπος (tópos) –lugar–, y el latín ia. Femenino. 1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

 

Pasaré a buscar a la Javi al terminal.La sobrecargo se despedirá de ella dándole un beso en la frente y me dirá que se portó muy bien. Luego, yendo a la salida, le preguntaré cómo estuvo el viaje, pero sólo por cortesía, porque ella será aún demasiado chica para aburrirse en un bus.

Del terminal saldremos a pié, porque será un buen día de primavera, antes de que el sol sea demasiado intenso, y caminaremos por el Parque Libertador Bernardo O’higgins, que cruzará buena parte de la ciudad, de este a oeste, y por el que mucha gente correrá o andará en bicicleta o irá, simplemente, a sentarse sobre el pasto. La Javi irá maravillada por las flores y los árboles y la gente que acostumbrará pasear a sus perros. Se asustará la primera vez que pase el monorriel magnético sobre nuestras cabezas, pero será normal, pues ella nunca habrá visto uno, sin embargo, es tan silencioso y se mueve tan suavemente que, después de que veamos pasar el tercero, me pedirá que nos subamos.

En el Monorriel, se pegará a ventana mirando lo rápido que pasarán los árboles bajo nosotros y los edificios con jardines en el techo y la cordillera aun con restos de nieve, viéndose claramente desde la ciudad.

Bajaremos en la estación de Plaza Italia, cruzaremos el puente sobre el río, donde la Javi me pedirá que la suba a la varanda para ver el agua cristalina, y caminaremos por las peatonales llenas de murales y cafés y bares y librerías y tiendas de artesanos, hacia el Cerro San Cristóbal. En una de esas tiendas le compraré unos aritos de lapislázuli, que harán juego con el vestido azul que llevará puesto. Me lo parecerá a mí y también a la vendedora, que le dirá a la Javi que se ve como una princesa y ofrecerá, aprovechando que el día está tranquilo, trenzarle el pelo, para que los aros se vean mejor.

Después subiremos el cerro en el ascensor que lleva a la cumbre y allí compraré un helado para ella y un vaso de mote con huesillos para mí. El vendedor le entregará el helado a la Javi, con un puñado de frambuesas de regalo porque, dirá, parece una princesa y las princesas tienen derecho a comer más frambuesas.

–Tata –me preguntará ella después, sentada en un banco del mirador, balanceando sus piernas–. ¿Santiago siempre ha sido así, tan bonito y con gente tan amable?

–No –contestaré–. Cuando yo llegué a vivir aquí, el río estaba sucio y el cielo era café por culpa del humo y había calles en las que era peligroso caminar.

–¿Y cómo la arreglaron?

–No se pudo. Hubo que desarmarla y después la empezamos de nuevo.

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