Heredar

by Miguel Ángel

Del latín hereditāre. Verbo transitivo. 1. Recibir algo a la muerte de su poseedor por disposición testamentaria o legal. 2. Suceder por disposición testamentaria o legal a alguien en la posesión de los bienes y acciones que poseía al tiempo de su muerte. 3. Recibir algo correspondiente a una situación anterior.4, dicho de una persona. Instituir a otra por su heredera. 5, dicho de los seres vivos. Recibir rasgos o caracteres de sus progenitores. 6, coloquial. Recibir de alguien algo que éste ha usado antes. 7, poco usado. Dar a alguien heredades, posesiones o bienes raíces. 8, en desuso. Adquirir la propiedad o dominio de un terreno.

 

Érase una vez tres amigos que habían sido amigos toda la vida. Habían sido amigos en su pequeño pueblo; habían sido amigos trabajando en el campo; habían sido amigos al abandonar el colegio. Dos ellos habían dejado su virginidad en la cama de la misma mujer. El tercero no, porque era homosexual.

Habían sido amigos al huir de su pueblo; habían sido amigos al vivir a la intemperie en el campo; habían sido amigos al vivir en las calles de una ciudad que para ellos era enorme; habían sido amigos al darse cuenta de que morirían de hambre o frío si seguían viviendo de esa forma; habían sido amigos al buscar un trabajo y se habían presentado juntos, como voluntarios a Carabineros, y habían sido destinados a un cuartelucho perdido entre los cerros y árboles del sur.

Eran tres amigos que habían sido amigos toda la vida y sus nombres eran Armando, Fernando y Orlando.

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Sus nombres eran Armando, Fernando y Orlando y eran pacos y eran amigos y estaban acuartelados en el sur, donde vivían, vigilaban, hacían rondas, mantenían los puentes y caminos, buscaban animales perdidos, mediaban peleas entre campesinos y encerraban borrachos, todo bajo las órdenes de un sargento segundo de nombre Ronaldo.

Armando era siempre el primero en levantarse. El sargento Ronaldo le había encomendado, desde el primer día, la misión de despertar al cuartel y preparar el desayuno. Armando no tenía queja alguna: siempre había sido bueno para madrugar.

El segundo en despertar era siempre Fernando, quién tenía la misión de preparar los caballos y las armas para la primera ronda del día, y lo hacía bien y a cabalidad inmediatamente después de tomar desayuno. Le gustaban las armas y los caballos.

El último en despertar era Orlando, quién de hecho despertaba después del mismísimo sargento Ronaldo, siempre después de mediodía. Esto era así, y el Sargento lo permitía, porque Orlando hacía las guardias nocturnas y las hacía siempre él porque era poeta, un poeta noctámbulo.

Orlando hacía sus guardias caminando con su carabina al hombro, recitando en voz baja los versos que escribía, y cuando no caminaba se sentaba a escribir en un pupitre chiquitito que era casi el único mobiliario del cuartel. Al Sargento no le gustaba la poesía, pero sí le gustaba que los vigías nocturnos no se durmieran, y Orlando nunca se dormía.

El Sargento estaba plenamente conforme con sus tres subordinados. Los juzgaba perfectamente competentes en todas las labores que les asignaba o que, regularmente, recibían por correo. De todas las órdenes que el Sargento había dado a Armando, Fernando y Orlando, la más importante, según él mismo, era una prohibición. Él había sido muy claro en que el no obedecerle, significaría la expulsión de los tres amigos, sin importar cuál de ellos fuera el culpable. Lo que el Sargento había prohibido era que, cuando fueran al pueblo más cercano al cuartel, no se acercaran, ni mucho menos entraran, a La Casa Azul. Armando, Fernando y Orlando no sabían por qué el Sargento les había prohibido eso, pero los tres habían visto la casa azul por fuera, desde lejos. Solo había una de ese color en el pueblo, pero no les había parecido interesante, así que ni siquiera les despertó curiosidad.

Sin embargo la casa azul no era La Casa Azul, y esto lo descubrieron casi por casualidad, un par de años después de que Armando, Fernando y Orlando llegaran al cuartel.

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Un día, mientras Orlando estaba en el pueblo, vio a una joven pasar cerca de él. Era una joven de piel muy blanca y el pelo y los ojos del color de la chancaca. Orlando no pudo evitar fijarse en ella porque, como el pueblo era muy pequeño, los extraños eran fáciles de distinguir.

Intrigado, empezó a seguirla, aunque no estaba seguro de por qué lo hacía. En un momento, la vio detenerse y hablar con la dueña del único almacén del pueblo. La joven sonrió ante algo que la mujer le decía, y Orlando se maravilló con la forma en que sus ojos se encogían y alargaban, se achinaban.

Esa noche, mientras hacía su guardia, Orlando escribió tres poemas inspirados en la joven y, luego, por primera vez en su vida, se masturbó pensando en una mujer.

Pasaron varias semanas antes de que Orlando volviera a ver a la joven. Para ese momento ya le había escrito muchos poemas y, cuando iba al pueblo, los llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. No quiso hablarle de la ella a Armando y Fernando, pero el día en que volvió a verla estaban los tres en el pueblo.

Armando y Fernando, al igual que le había pasado a Orlando, quedaron asombrados con la joven. Comenzaron a seguirla juntos, Orlando sin mucho entusiasmo y aún sin revelar que él ya la había visto. En un momento en que Armando y Fernando se distrajeron, Orlando vio a la joven entrar a una casa vieja, de madera sin pintar. Siguieron “buscándola” por el pueblo y, cuando Armando y Fernando se dieron por vencidos y volvieron al cuartel, Orlando fue al callejón en que estaba la casa vieja de madera sin pintar y se quedó ahí, escondido, esperando a que la joven saliera, hasta que fue de noche. Entonces, sabiendo que se acercaba la hora en que debía volver al cuartel para hacer su guardia, Orlando se acercó a la casa y golpeó la puerta, pero nadie contestó.

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En las siguientes semanas ninguno de los tres vio a la joven. Armando y Fernando pasaban las comidas en el cuartel hablando sobre ella, especulando sobre quién era, de dónde venía, qué hacía en el pueblo. Orlando se enfurecía cada vez que los escuchaba, pero no quería que los demás se enteraran de que estaba tan obsesionado como ellos. El Sargento, en cambio, les “recomendaba” que dejaran de preocuparse por estupideces y se limitaran a hacer su trabajo.

Armando y Fernando fueron quienes la vieron la siguiente vez. Orlando ni se enteró de que ella estaba en el pueblo. Empezaron a seguirla y la vieron entrar en la casa vieja de madera sin pintar, tal cual había hecho Orlando la vez anterior, sin embargo, y a diferencia de lo que había hecho este, Armando y Fernando tocaron a la puerta apenas la joven entró a la casa.

Les abrió una vieja encorvada, con profundas arrugas en la cara, y los hizo pasar a un salón muy grande, tal vez demasiado para el tamaño que la casa aparentaba tener. Estaba iluminado por ampolletas tan llenas de polvo que la luz no alcanzaba a llegar a los rincones, y había muchas mesas circulares, con sillas alrededor.

La vieja encorvada los guio hasta una mesa y los invitó a sentarse, y luego puso frente a ellos una jarra de vino y dos vasos pequeños. El vino era rojo, y dulce. Armando y Fernando se sirvieron, bebieron un sorbo y entonces, sin que hubieran visto de donde habían salido, dos mujeres jóvenes llegaron junto a la mesa y se sentaron sobre las rodillas de los dos amigos. Ambas mujeres eran extremadamente similares entre sí y, a su vez, se parecían mucho a la joven a la que habían seguido, excepto en el color de sus ojos, que eran completamente negros, pero ellos no lo notaron.

Armando y Fernando pasaron la noche con las mujeres y volvieron de madrugada al cuartel. Orlando, que hacía su guardia, los vio llegar y les preguntó dónde habían estado. Ellos le dijeron la verdad, aunque omitieron que habían entrado a la casa vieja de madera sin pintar siguiendo a la joven, porque habían notado lo mucho que Orlando se enojaba cuando la mencionaban. Sin embargo, este ya lo había adivinado todo.

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Armando y Fernando empezaron a ir todas las noches a ver a las mujeres que se parecían a la joven que habían seguido. Orlando decidió ir tras ellos una noche y, después de que entraron a la casa vieja de madera sin pintar, tocó la puerta. La vieja encorvada abrió y le ofreció pasar. Él aceptó, pero dijo que había ido ahí siguiendo a dos hombres y que no quería que lo vieran. La vieja encorvada le dijo que no se preocupara y lo guio hasta una mesa en un rincón, desde la que él podía ver a sus amigos. En el camino, pasaron junto a la mesa en que ellos se sentaban, pero no lo reconocieron. Ya había vino en sus vasos.

Orlando llevaba algunos minutos sentado cuando vio a la joven que él y sus amigos habían seguido por el pueblo. Ella estaba de pie junto a la puerta, medio escondida en la penumbra. Entonces empezó a entrar al salón un grupo de hombres, todos vistiendo ropas de mujer, que se detenían un par de segundos frente a la joven, quién los besaba en la frente, y luego caminaban entre las mesas hasta, eventualmente, sentarse en las piernas de algunos de los hombres que poblaban el salón, incluidos Armando y Fernando. Orlando se quedó ahí hasta muy tarde, pero no tomó ni un sorbo de la jarra de vino que la vieja encorvada dejó sobre su mesa.

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Armando y Fernando volvieron al cuartel de madrugada. Orlando estaba haciendo su guardia y, al verlos llegar, les preguntó por qué habían vuelto a ir a la casa de madera sin pintar. Le respondieron casi a coro que mejor se preocupara por sí mismo y por sus «mariconadas de poemas», a lo que Orlando replicó que más maricones parecían ellos, con travestis sentados sobre las rodillas. Tan sarcástico e irónico y resentido fue el tono de Orlando, que Armando y Fernando supieron enseguida que lo que les decía era verdad.

Los tres empezaron a discutir, y el tono subió rápidamente hasta que llegaron a los gritos y los golpes. Entre la confusión, Orlando cayó al piso y Armando y Fernando le dieron patadas hasta que quedó inconsciente. En ese momento, el Sargento salió del cuartel armado con su carabina y disparó un tiro al aire. Al ver a Orlando en el piso, ensangrentado, Ronaldo le dijo a los gritos a Armando y Fernando que eran unos hijos de puta por golpear así a un amigo y compañero, y que se fueran y no volvieran nunca. Les gritó que mejor volvieran a mariconear con los travestis.

Armando se abalanzó sobre el Sargento, seguido de cerca por Fernando. Ronaldo apuntó y disparó y le dio en el pecho al segundo, que cayó muerto, pero, antes de poder disparar a Armando, este llego hasta él y comenzaron a forcejear con la carabina. Armando era más fuerte que el Sargento y después de quitarle el arma de las manos le disparó un tiro en la cabeza.

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Orlando despertó varias horas después. Ya era de día. Se levantó lento, sintiendo latir su cabeza, y vio los cadáveres. Entró al cuartel y tomó algo para el dolor. Luego comió. Al caer la noche, tomó su carabina y fue al pueblo, a buscar a Armando. No quería ir a la casa vieja de madera sin pintar, pero al pasar la calle donde esta estaba, escuchó disparos, por lo que entró, parapetándose en las puertas y esquinas a medida que avanzaba.

Había cadáveres por todas partes. Cadáveres y botellas y vasos rotos. Cadáveres de hombres, algunos de ellos vestidos de mujer. Debajo de unas mesas, Orlando alcanzó a distinguir el cuerpo de la vieja encorvada. Al fondo, sobre una mesa, Armando y la joven estaban teniendo sexo. Al principio Orlando pensó que su amigo la estaba forzando, pero luego vio que ella no se defendía y que, a pesar de que no hacía ningún sonido ni parecía disfrutarlo, tenía sus brazos y sus piernas alrededor de Armando. Orlando decidió esperar a que su amigo terminara, queriendo matarlo de frente, pero entonces vio que la joven giraba su cabeza hacia él y lo miraba directamente. Orlando quedó paralizado. Ya no quería esperar a que Armando eyaculara, pero no tenía el control de su cuerpo. Su carabina apuntaba directamente a la espalda de su amigo. Entonces Armando terminó y, sin notar que Orlando estaba ahí, y sin que este pudiera hacer nada para evitarlo, tomó su arma y disparó 4 veces contra la joven. Orlando sintió la ira subiendo desde su estómago y, recuperando el control de su cuerpo, gritó «¡Hijo de puta!» y vació el cargador de su carabina sobre Armando y luego se precipitó sobre el cadáver y le golpeó la cabeza con la culata tantas veces que perdió la cuenta.

Después, llorando, se levantó y tomó entre sus brazos el cuerpo de la joven, pero, entre las lágrimas, vio que, a pesar de que ella tenía 4 agujeros de bala en el pecho y sangraba mucho, respiraba con normalidad, y que lo miraba directamente, pestañeando como si le preguntara por qué se tomaba la libertada de abrazarla. Él dejó de llorar y ella se soltó de sus brazos, se levantó y comenzó a caminar entre las mesas, agachándose ante cada cadáver y dándole un beso en la frente. Después de eso, para horror de Orlando, los hombres se levantaban, acomodaban las mesas y las cubrían con los manteles manchados de vino y sangre y polvo y, después, se sentaban, como si solo hubieran estado durmiendo. Solo en ese momento Orlando vio que en los manteles tenían bordadas las palabras “La Casa Azul”.

Orlando corrió hacia la puerta, aterrado, persignándose y susurrando plegarias, y, al salir, vio que la casa ya no estaba en la misma calle, y que ahora era de color blanco. Desde el interior le llegó a coro la voz de la joven y de la vieja encorvada, que se despedían de él diciendo «Vuelva pronto».

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Al llegar al cuartel, sudando a mares, sin aliento y sintiendo que las manos le temblaban todavía por el terror, tomó la carabina que había pertenecido a Fernando y, teniéndola siempre colgada a su espalda, Orlando quemó los cadáveres de su amigo y el Sargento, y luego enterró las cenizas. Entonces vio que el cartero ya había pasado y que había una carta en el buzón. En ella, se le informaba que había sido ascendido al rango de sargento segundo y que, tan pronto como fuera posible, se le asignarían tres reclutas.

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