Walkman

by Miguel Ángel

De Walkman®, marca registrada. Masculino. Reproductor portátil de casetes provisto de auriculares.

 

LADO A

De los reproductores de música (ésta iba a llamarse “Pequeña autobiografía incongruente”, pero me pareció que ese título era demasiado pretencioso, así es que lo cambié).

En mi casa siempre hubo, desde que tengo memoria, un equipo de música. Era un Phillips, con reproductor de vinilos, doble casetera y mezclador con ecualizador incluido. Sonaba la raja, de verdad, pero mi primer recuerdo específico sobre ese equipo no es bueno: debo tener como 3 años y medio y estoy parado con mi hermano al frente del equipo, apretando botones y moviendo perillas, cuando, de pronto, uno de los dos aprieta el botón de encendido mientras la perilla del volumen está en el máximo. Mi vieja todavía se acuerda de que no podía dejar de reírse cuando nos vio arrancar de ahí como un par de ratones asustados.

Los walkman llegaron a mi casa cuando yo tenía 11 o 12 años. Uno para mí y uno para mi hermano. No le saqué el jugo al mío porque, en verdad, aun no me gustaba mucho la música. En la casa había muchos casetes de Silvio Rodríguez e Illapu y Los Bitls, pero el que siempre nos peleábamos yo y mi hermano era el Grandes Éxitos de Queen. Me acuerdo de que me molestaba que mis viejos sólo tuvieran un casete de Queen, pero nunca se me ocurrió comprar un casete virgen para copiarlo en el equipo grande. Por ese tiempo, en un cumpleaños, unos compañeros de curso me regalaron un casete de Aerosmith y uno de Metallica. El de Aerosmith lo escuché varias veces, pero nunca me convenció. El de Metallica no lo escuché nunca, porque mi vieja decía que eran satánicos. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (no mucha) de mis 31 años, esa colección de casetes de Los Bitls y el walkman eran una combinación ganadora, pero en ese momento no me di cuenta. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (de nuevo, no mucha) de mis 31 años, me siento ligeramente orgulloso de que me gustara Queen cuanto tenía 11 o 12. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (no mucha (última vez, en serio) de mis 31 años, fue bueno que no perdiera mucho tiempo escuchando Aerosmith y Metallica, porque no me gustaban y habría sido escucharlos sólo de “mono”. Los he escuchado ya de viejo y siguen sin gustarme.

A mi hermano le regalaron una radio chica en un paseo de navidad, uno o dos años después de los walkman. No me acuerdo de si fue un paseo de su curso o uno de los organizaba la empresa en que trabajaba mi viejo, pero estoy casi seguro de que fue uno de los del trabajo de mi viejo. La radio chica también tenía doble casetera. No me acuerdo de qué me regalaron a mí, pero sí recuerdo haberme enojado, porque su regalo era mejor que el mío. En esa radio chica mi hermano grababa casetes con las canciones que tocaban en la radio Génesis, en la Futuro y en la Rock&Pop. Por esa época le perdí el rastro a mi walkman, pero me dio lo mismo. Poco después instalé Winamp en el computador y empecé a usar Napster para bajar canciones de Green Day y Blink 182 y me olvidé de la música portátil.

El mejor recuerdo musical de esa época sin audífonos es viajar a la playa los fines de semana en el auto con mis viejos, escuchando un casete de grandes éxitos de Soda Stereo. Mis canciones favoritas eran Persiana Americana y Nada Personal.

Mi viejo se encargó de recordarme la música portátil cuando salí del colegio. Esa navidad me regaló un discman. Recuerdo, primero, haberme emocionado, después me di cuenta de que mi colección de cidis se reducía al disco en vivo de Blink 182 y el Grandes Éxitos de Los Prisioneros, por lo que el regalo me dio lata, pues me obligaba a comprar más discos. Después leí bien la caja y noté que el discman también reproducía cidis de mp3, así es que me emocioné de nuevo, pero volví a desemocionarme al recordar que el computador no tenía grabador de cidis y que la única persona que conocía que tuviera uno era un compañero de curso que me caía mal, lo que me condenaba a tener que comprar más música. Partí con uno de Sum 41 y otro de NOFX, que me regaló mi hermano. En la universidad compré otros tantos, pirateados todos, de Lagwagon, Millencolin y Box Car Racers, sin embargo, el computador y Winamp siempre fueron lo que más usé para escuchar música, incluso cuando empecé a grabar mis propios cidis de mp3. Y es que me molestaba el no poder moverme cuando usaba el discman, porque lascanciones se cortaban al menor movimiento, a la menor inclinación, al menor salto.

Igual que con el walkman, eventualmente terminé perdiéndole el rastro a mi discman. Por ahí (no recuerdo cómo ni dónde) me conseguí un reproductor de mp3, de esos que parecían pendrive. Tiempo después, mi viejo me regaló un mp4, que usé bastante más que el discman, pero terminó echándose a perder un día, cuando iba en el metro. Creo que iba escuchando el SomeBoots, de Karate.

Con mi primer sueldo me compré un iPod, que se convirtió en residente fijo de mi bolsillo derecho, incluso después de que sucumbí a la moda y cambié mi teléfono viejo por uno “inteligente”, porque no me gustó eso de ir escuchando un disco y suenen arriba los avisos de mensajes y eso. No vale la pena escribir sobre el iPod en sí, porque el hecho de tenerlo no influyó de ninguna manera en mis gustos musicales, que, a esa altura, ya tenían vida propia y avanzaban por su propia cuenta y voluntad. Simplemente diré que me gustaba tenerlo. Era cómodo. De ese tiempo tengo dos recuerdos que destacan sobre los demás. Primero, el haber descubierto muchas de las bandas math-rock que me gustan hoy. Segundo, el haberle (al fin) encontrado lo bueno al Amnesiac, de Radiohead, que es el disco que más me ha costado escuchar y que, desde que pude, se ha convertido en uno de mis favoritos.

Hace poco me robaron el iPod y ahora tengo un walkman o, más bien, un reproductor digital marca Walkman. Como es una adquisición reciente, no puedo escribir mucho sobre él, pero suena la raja. Sí, suena la raja.

LADO B

De ponerse los audífonos durante una cita en un bar.

Llegaron al bar irlandés como a las 12 y media.

Ya iban bebidos. Él, alegre. Ella, confiando.

A pesar de que había mesas disponibles afuera, se sentaron en una adentro, porque hacía frío y el alcohol que ya habían tomado no había bastado para entrar en calor, ni siquiera si se considera también la caminata entre los dos bares.

Pidieron un pitcher y hablaron tranquilos, porque llevaban ya varias horas hablando y es normal que, después de hablar cierto tiempo, las conversaciones se hagan más pausadas.

De pronto, él notó que estaba sonando una canción que le gustaba mucho y perdió el hilo de la conversación. Unos segundos después (tal vez no más de cinco, pero posiblemente incluso veinte) se dio cuenta de que se había quedado callado y se apuró a pensar en algo para decirle a ella, pero, al mirarla, notó que ella tamborileaba sobre el borde de su vaso y que tenía esa mirada perdida de las personas que están gratamente sorprendidas por haberse encontrado con una canción que les gusta, en un lugar en el que no esperaban encontrársela.

Cuando la canción terminó los dos se miraron y se dieron cuenta de que no habían hablado de música, por lo que empezaron a hablar de géneros y bandas, pero la conversación pronto se volvió poco satisfactoria, porque es difícil hablar de música que no está sonando, a menos que las dos personas que hablan sepan bien de qué tipo de música se trata. Así es que no pasó mucho antes de que estuvieran prometiendo enviarse canciones por Facebook al día siguiente.

En ese momento él recordó, entre toda la cerveza que estorbaba en su cerebro, que llevaba su reproductor de música y sus audífonos en el pequeño bolso que colgaba de su silla, así es que los sacó, le pasó a ella los audífonos, los conectó y le dio play a una de las canciones que había prometido enviarle al día siguiente.

No pasó mucho rato antes de que ella sacara su teléfono y sus audífonos y le diera play a una canción para que él la escuchara.

Desde la barra un mesero los miraba y probablemente pensaba algo muy parecido a “qué par de huevones más raros”.

De la inesperada melancolía y sensación de soledad que yacen en darse cuenta de que una gran, gran banda es, en la práctica, absolutamente desconocida.

Voy caminando del trabajo a mi casa mientras escucho el SomeBoots, de Karate, cuando me doy cuenta de algo: soy, con toda seguridad, la única persona que está escuchando este disco, en esta ciudad y en este momento. De hecho, me atrevería a decir que soy la única persona que está escuchando cualquier disco de Karate, en esta ciudad y en este momento.

¿Cómo puedo estar tan seguro de que nadie más escucha a Karate? Sencillo. Yo descubrí a la banda por casualidad, mientras revisaba la página en Wikipedia sobre una guitarrista llamada Kaki King. Karate era mencionado en el cuadrito de “Artistas Relacionados”. No sé quién chucha lo habrá incluido ahí, pero claramente no sabía lo que estaba haciendo y la prueba de eso es que algún moderador ya borró esa información. En todo caso, es mi deber moral agradecer el error, porque sin él, no conocería la banda y eso sería una tragedia de proporciones bíblicas, pues no conozco a nadie que conozca a Karate sin que sea yo quién se lo haya mostrado. Si yo no conociera a Karate, tal vez nadie más en Chile los conocería. Es por eso que estoy tan seguro de que, en este momento y en esta ciudad, nadie más está escuchando Karate.

Nadie más está escuchando Karate y es una paja, porque son, por mucho, la mejor banda que yo conozca y que no me haya mostrado mi hermano. Me gustaría que másymás gente los conociera, así es que cada vez que puedo los recomiendo y varias personas los han encontrado buenos, pero solo tengo certeza de que dos de ellos siguen escuchándolos y, de esos dos, uno ni siquiera vive en esta ciudad. Por eso, ¿cuál es la probabilidad de que, dos personas, cuyas respectivas bibliotecas de musicales superan fácilmente los 2000 discos (la mía es de 2286), estén escuchando el mismo disco, al mismo tiempo? No es por ser cargante con matemáticas, pero la respuesta es menos de una en cuatro millones. Es decir, es más probable que me gane el Loto, o el Kino, a que estemos los dos escuchando el mismo disco, en este momento.

Todo eso me permite asegurar que, en la práctica, soy la única persona está escuchando a Karate y, ser la única persona que escucha una banda es nada más que una nueva forma de estar solo, pero no una de esas formas estilosas de estar solo, de esas que se agradecen, como caminar por la playa en invierno cuando uno anda bajoneado o sentarse en una banco en la calle o en una escalera a la entrada de una casa a almorzar un sándwich y una bebida, como hacía uno cuando estaba en la universidad. No, ésta una de esas formas de mierda estar solo, como cuando súbitamente me doy cuenta de que todos mis amigos ya tienen planes para un viernes y de que no tengo nada que hacer más que quedarme en el departamento, así es que salgo, compro un par de cervezas y veo una película o escucho música o escribo, tomando, solo. Tal vez ser la única persona que escucha un disco sea igual de deprimente que tomar solo.

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