Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

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Walkman

De Walkman®, marca registrada. Masculino. Reproductor portátil de casetes provisto de auriculares.

 

LADO A

De los reproductores de música (ésta iba a llamarse “Pequeña autobiografía incongruente”, pero me pareció que ese título era demasiado pretencioso, así es que lo cambié).

En mi casa siempre hubo, desde que tengo memoria, un equipo de música. Era un Phillips, con reproductor de vinilos, doble casetera y mezclador con ecualizador incluido. Sonaba la raja, de verdad, pero mi primer recuerdo específico sobre ese equipo no es bueno: debo tener como 3 años y medio y estoy parado con mi hermano al frente del equipo, apretando botones y moviendo perillas, cuando, de pronto, uno de los dos aprieta el botón de encendido mientras la perilla del volumen está en el máximo. Mi vieja todavía se acuerda de que no podía dejar de reírse cuando nos vio arrancar de ahí como un par de ratones asustados.

Los walkman llegaron a mi casa cuando yo tenía 11 o 12 años. Uno para mí y uno para mi hermano. No le saqué el jugo al mío porque, en verdad, aun no me gustaba mucho la música. En la casa había muchos casetes de Silvio Rodríguez e Illapu y Los Bitls, pero el que siempre nos peleábamos yo y mi hermano era el Grandes Éxitos de Queen. Me acuerdo de que me molestaba que mis viejos sólo tuvieran un casete de Queen, pero nunca se me ocurrió comprar un casete virgen para copiarlo en el equipo grande. Por ese tiempo, en un cumpleaños, unos compañeros de curso me regalaron un casete de Aerosmith y uno de Metallica. El de Aerosmith lo escuché varias veces, pero nunca me convenció. El de Metallica no lo escuché nunca, porque mi vieja decía que eran satánicos. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (no mucha) de mis 31 años, esa colección de casetes de Los Bitls y el walkman eran una combinación ganadora, pero en ese momento no me di cuenta. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (de nuevo, no mucha) de mis 31 años, me siento ligeramente orgulloso de que me gustara Queen cuanto tenía 11 o 12. Mirándolo ahora con la perspectiva y madurez (no mucha (última vez, en serio) de mis 31 años, fue bueno que no perdiera mucho tiempo escuchando Aerosmith y Metallica, porque no me gustaban y habría sido escucharlos sólo de “mono”. Los he escuchado ya de viejo y siguen sin gustarme.

A mi hermano le regalaron una radio chica en un paseo de navidad, uno o dos años después de los walkman. No me acuerdo de si fue un paseo de su curso o uno de los organizaba la empresa en que trabajaba mi viejo, pero estoy casi seguro de que fue uno de los del trabajo de mi viejo. La radio chica también tenía doble casetera. No me acuerdo de qué me regalaron a mí, pero sí recuerdo haberme enojado, porque su regalo era mejor que el mío. En esa radio chica mi hermano grababa casetes con las canciones que tocaban en la radio Génesis, en la Futuro y en la Rock&Pop. Por esa época le perdí el rastro a mi walkman, pero me dio lo mismo. Poco después instalé Winamp en el computador y empecé a usar Napster para bajar canciones de Green Day y Blink 182 y me olvidé de la música portátil.

El mejor recuerdo musical de esa época sin audífonos es viajar a la playa los fines de semana en el auto con mis viejos, escuchando un casete de grandes éxitos de Soda Stereo. Mis canciones favoritas eran Persiana Americana y Nada Personal.

Mi viejo se encargó de recordarme la música portátil cuando salí del colegio. Esa navidad me regaló un discman. Recuerdo, primero, haberme emocionado, después me di cuenta de que mi colección de cidis se reducía al disco en vivo de Blink 182 y el Grandes Éxitos de Los Prisioneros, por lo que el regalo me dio lata, pues me obligaba a comprar más discos. Después leí bien la caja y noté que el discman también reproducía cidis de mp3, así es que me emocioné de nuevo, pero volví a desemocionarme al recordar que el computador no tenía grabador de cidis y que la única persona que conocía que tuviera uno era un compañero de curso que me caía mal, lo que me condenaba a tener que comprar más música. Partí con uno de Sum 41 y otro de NOFX, que me regaló mi hermano. En la universidad compré otros tantos, pirateados todos, de Lagwagon, Millencolin y Box Car Racers, sin embargo, el computador y Winamp siempre fueron lo que más usé para escuchar música, incluso cuando empecé a grabar mis propios cidis de mp3. Y es que me molestaba el no poder moverme cuando usaba el discman, porque lascanciones se cortaban al menor movimiento, a la menor inclinación, al menor salto.

Igual que con el walkman, eventualmente terminé perdiéndole el rastro a mi discman. Por ahí (no recuerdo cómo ni dónde) me conseguí un reproductor de mp3, de esos que parecían pendrive. Tiempo después, mi viejo me regaló un mp4, que usé bastante más que el discman, pero terminó echándose a perder un día, cuando iba en el metro. Creo que iba escuchando el SomeBoots, de Karate.

Con mi primer sueldo me compré un iPod, que se convirtió en residente fijo de mi bolsillo derecho, incluso después de que sucumbí a la moda y cambié mi teléfono viejo por uno “inteligente”, porque no me gustó eso de ir escuchando un disco y suenen arriba los avisos de mensajes y eso. No vale la pena escribir sobre el iPod en sí, porque el hecho de tenerlo no influyó de ninguna manera en mis gustos musicales, que, a esa altura, ya tenían vida propia y avanzaban por su propia cuenta y voluntad. Simplemente diré que me gustaba tenerlo. Era cómodo. De ese tiempo tengo dos recuerdos que destacan sobre los demás. Primero, el haber descubierto muchas de las bandas math-rock que me gustan hoy. Segundo, el haberle (al fin) encontrado lo bueno al Amnesiac, de Radiohead, que es el disco que más me ha costado escuchar y que, desde que pude, se ha convertido en uno de mis favoritos.

Hace poco me robaron el iPod y ahora tengo un walkman o, más bien, un reproductor digital marca Walkman. Como es una adquisición reciente, no puedo escribir mucho sobre él, pero suena la raja. Sí, suena la raja.

LADO B

De ponerse los audífonos durante una cita en un bar.

Llegaron al bar irlandés como a las 12 y media.

Ya iban bebidos. Él, alegre. Ella, confiando.

A pesar de que había mesas disponibles afuera, se sentaron en una adentro, porque hacía frío y el alcohol que ya habían tomado no había bastado para entrar en calor, ni siquiera si se considera también la caminata entre los dos bares.

Pidieron un pitcher y hablaron tranquilos, porque llevaban ya varias horas hablando y es normal que, después de hablar cierto tiempo, las conversaciones se hagan más pausadas.

De pronto, él notó que estaba sonando una canción que le gustaba mucho y perdió el hilo de la conversación. Unos segundos después (tal vez no más de cinco, pero posiblemente incluso veinte) se dio cuenta de que se había quedado callado y se apuró a pensar en algo para decirle a ella, pero, al mirarla, notó que ella tamborileaba sobre el borde de su vaso y que tenía esa mirada perdida de las personas que están gratamente sorprendidas por haberse encontrado con una canción que les gusta, en un lugar en el que no esperaban encontrársela.

Cuando la canción terminó los dos se miraron y se dieron cuenta de que no habían hablado de música, por lo que empezaron a hablar de géneros y bandas, pero la conversación pronto se volvió poco satisfactoria, porque es difícil hablar de música que no está sonando, a menos que las dos personas que hablan sepan bien de qué tipo de música se trata. Así es que no pasó mucho antes de que estuvieran prometiendo enviarse canciones por Facebook al día siguiente.

En ese momento él recordó, entre toda la cerveza que estorbaba en su cerebro, que llevaba su reproductor de música y sus audífonos en el pequeño bolso que colgaba de su silla, así es que los sacó, le pasó a ella los audífonos, los conectó y le dio play a una de las canciones que había prometido enviarle al día siguiente.

No pasó mucho rato antes de que ella sacara su teléfono y sus audífonos y le diera play a una canción para que él la escuchara.

Desde la barra un mesero los miraba y probablemente pensaba algo muy parecido a “qué par de huevones más raros”.

De la inesperada melancolía y sensación de soledad que yacen en darse cuenta de que una gran, gran banda es, en la práctica, absolutamente desconocida.

Voy caminando del trabajo a mi casa mientras escucho el SomeBoots, de Karate, cuando me doy cuenta de algo: soy, con toda seguridad, la única persona que está escuchando este disco, en esta ciudad y en este momento. De hecho, me atrevería a decir que soy la única persona que está escuchando cualquier disco de Karate, en esta ciudad y en este momento.

¿Cómo puedo estar tan seguro de que nadie más escucha a Karate? Sencillo. Yo descubrí a la banda por casualidad, mientras revisaba la página en Wikipedia sobre una guitarrista llamada Kaki King. Karate era mencionado en el cuadrito de “Artistas Relacionados”. No sé quién chucha lo habrá incluido ahí, pero claramente no sabía lo que estaba haciendo y la prueba de eso es que algún moderador ya borró esa información. En todo caso, es mi deber moral agradecer el error, porque sin él, no conocería la banda y eso sería una tragedia de proporciones bíblicas, pues no conozco a nadie que conozca a Karate sin que sea yo quién se lo haya mostrado. Si yo no conociera a Karate, tal vez nadie más en Chile los conocería. Es por eso que estoy tan seguro de que, en este momento y en esta ciudad, nadie más está escuchando Karate.

Nadie más está escuchando Karate y es una paja, porque son, por mucho, la mejor banda que yo conozca y que no me haya mostrado mi hermano. Me gustaría que másymás gente los conociera, así es que cada vez que puedo los recomiendo y varias personas los han encontrado buenos, pero solo tengo certeza de que dos de ellos siguen escuchándolos y, de esos dos, uno ni siquiera vive en esta ciudad. Por eso, ¿cuál es la probabilidad de que, dos personas, cuyas respectivas bibliotecas de musicales superan fácilmente los 2000 discos (la mía es de 2286), estén escuchando el mismo disco, al mismo tiempo? No es por ser cargante con matemáticas, pero la respuesta es menos de una en cuatro millones. Es decir, es más probable que me gane el Loto, o el Kino, a que estemos los dos escuchando el mismo disco, en este momento.

Todo eso me permite asegurar que, en la práctica, soy la única persona está escuchando a Karate y, ser la única persona que escucha una banda es nada más que una nueva forma de estar solo, pero no una de esas formas estilosas de estar solo, de esas que se agradecen, como caminar por la playa en invierno cuando uno anda bajoneado o sentarse en una banco en la calle o en una escalera a la entrada de una casa a almorzar un sándwich y una bebida, como hacía uno cuando estaba en la universidad. No, ésta una de esas formas de mierda estar solo, como cuando súbitamente me doy cuenta de que todos mis amigos ya tienen planes para un viernes y de que no tengo nada que hacer más que quedarme en el departamento, así es que salgo, compro un par de cervezas y veo una película o escucho música o escribo, tomando, solo. Tal vez ser la única persona que escucha un disco sea igual de deprimente que tomar solo.

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Heredar

Del latín hereditāre. Verbo transitivo. 1. Recibir algo a la muerte de su poseedor por disposición testamentaria o legal. 2. Suceder por disposición testamentaria o legal a alguien en la posesión de los bienes y acciones que poseía al tiempo de su muerte. 3. Recibir algo correspondiente a una situación anterior.4, dicho de una persona. Instituir a otra por su heredera. 5, dicho de los seres vivos. Recibir rasgos o caracteres de sus progenitores. 6, coloquial. Recibir de alguien algo que éste ha usado antes. 7, poco usado. Dar a alguien heredades, posesiones o bienes raíces. 8, en desuso. Adquirir la propiedad o dominio de un terreno.

 

Érase una vez tres amigos que habían sido amigos toda la vida. Habían sido amigos en su pequeño pueblo; habían sido amigos trabajando en el campo; habían sido amigos al abandonar el colegio. Dos ellos habían dejado su virginidad en la cama de la misma mujer. El tercero no, porque era homosexual.

Habían sido amigos al huir de su pueblo; habían sido amigos al vivir a la intemperie en el campo; habían sido amigos al vivir en las calles de una ciudad que para ellos era enorme; habían sido amigos al darse cuenta de que morirían de hambre o frío si seguían viviendo de esa forma; habían sido amigos al buscar un trabajo y se habían presentado juntos, como voluntarios a Carabineros, y habían sido destinados a un cuartelucho perdido entre los cerros y árboles del sur.

Eran tres amigos que habían sido amigos toda la vida y sus nombres eran Armando, Fernando y Orlando.

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Sus nombres eran Armando, Fernando y Orlando y eran pacos y eran amigos y estaban acuartelados en el sur, donde vivían, vigilaban, hacían rondas, mantenían los puentes y caminos, buscaban animales perdidos, mediaban peleas entre campesinos y encerraban borrachos, todo bajo las órdenes de un sargento segundo de nombre Ronaldo.

Armando era siempre el primero en levantarse. El sargento Ronaldo le había encomendado, desde el primer día, la misión de despertar al cuartel y preparar el desayuno. Armando no tenía queja alguna: siempre había sido bueno para madrugar.

El segundo en despertar era siempre Fernando, quién tenía la misión de preparar los caballos y las armas para la primera ronda del día, y lo hacía bien y a cabalidad inmediatamente después de tomar desayuno. Le gustaban las armas y los caballos.

El último en despertar era Orlando, quién de hecho despertaba después del mismísimo sargento Ronaldo, siempre después de mediodía. Esto era así, y el Sargento lo permitía, porque Orlando hacía las guardias nocturnas y las hacía siempre él porque era poeta, un poeta noctámbulo.

Orlando hacía sus guardias caminando con su carabina al hombro, recitando en voz baja los versos que escribía, y cuando no caminaba se sentaba a escribir en un pupitre chiquitito que era casi el único mobiliario del cuartel. Al Sargento no le gustaba la poesía, pero sí le gustaba que los vigías nocturnos no se durmieran, y Orlando nunca se dormía.

El Sargento estaba plenamente conforme con sus tres subordinados. Los juzgaba perfectamente competentes en todas las labores que les asignaba o que, regularmente, recibían por correo. De todas las órdenes que el Sargento había dado a Armando, Fernando y Orlando, la más importante, según él mismo, era una prohibición. Él había sido muy claro en que el no obedecerle, significaría la expulsión de los tres amigos, sin importar cuál de ellos fuera el culpable. Lo que el Sargento había prohibido era que, cuando fueran al pueblo más cercano al cuartel, no se acercaran, ni mucho menos entraran, a La Casa Azul. Armando, Fernando y Orlando no sabían por qué el Sargento les había prohibido eso, pero los tres habían visto la casa azul por fuera, desde lejos. Solo había una de ese color en el pueblo, pero no les había parecido interesante, así que ni siquiera les despertó curiosidad.

Sin embargo la casa azul no era La Casa Azul, y esto lo descubrieron casi por casualidad, un par de años después de que Armando, Fernando y Orlando llegaran al cuartel.

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Un día, mientras Orlando estaba en el pueblo, vio a una joven pasar cerca de él. Era una joven de piel muy blanca y el pelo y los ojos del color de la chancaca. Orlando no pudo evitar fijarse en ella porque, como el pueblo era muy pequeño, los extraños eran fáciles de distinguir.

Intrigado, empezó a seguirla, aunque no estaba seguro de por qué lo hacía. En un momento, la vio detenerse y hablar con la dueña del único almacén del pueblo. La joven sonrió ante algo que la mujer le decía, y Orlando se maravilló con la forma en que sus ojos se encogían y alargaban, se achinaban.

Esa noche, mientras hacía su guardia, Orlando escribió tres poemas inspirados en la joven y, luego, por primera vez en su vida, se masturbó pensando en una mujer.

Pasaron varias semanas antes de que Orlando volviera a ver a la joven. Para ese momento ya le había escrito muchos poemas y, cuando iba al pueblo, los llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. No quiso hablarle de la ella a Armando y Fernando, pero el día en que volvió a verla estaban los tres en el pueblo.

Armando y Fernando, al igual que le había pasado a Orlando, quedaron asombrados con la joven. Comenzaron a seguirla juntos, Orlando sin mucho entusiasmo y aún sin revelar que él ya la había visto. En un momento en que Armando y Fernando se distrajeron, Orlando vio a la joven entrar a una casa vieja, de madera sin pintar. Siguieron “buscándola” por el pueblo y, cuando Armando y Fernando se dieron por vencidos y volvieron al cuartel, Orlando fue al callejón en que estaba la casa vieja de madera sin pintar y se quedó ahí, escondido, esperando a que la joven saliera, hasta que fue de noche. Entonces, sabiendo que se acercaba la hora en que debía volver al cuartel para hacer su guardia, Orlando se acercó a la casa y golpeó la puerta, pero nadie contestó.

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En las siguientes semanas ninguno de los tres vio a la joven. Armando y Fernando pasaban las comidas en el cuartel hablando sobre ella, especulando sobre quién era, de dónde venía, qué hacía en el pueblo. Orlando se enfurecía cada vez que los escuchaba, pero no quería que los demás se enteraran de que estaba tan obsesionado como ellos. El Sargento, en cambio, les “recomendaba” que dejaran de preocuparse por estupideces y se limitaran a hacer su trabajo.

Armando y Fernando fueron quienes la vieron la siguiente vez. Orlando ni se enteró de que ella estaba en el pueblo. Empezaron a seguirla y la vieron entrar en la casa vieja de madera sin pintar, tal cual había hecho Orlando la vez anterior, sin embargo, y a diferencia de lo que había hecho este, Armando y Fernando tocaron a la puerta apenas la joven entró a la casa.

Les abrió una vieja encorvada, con profundas arrugas en la cara, y los hizo pasar a un salón muy grande, tal vez demasiado para el tamaño que la casa aparentaba tener. Estaba iluminado por ampolletas tan llenas de polvo que la luz no alcanzaba a llegar a los rincones, y había muchas mesas circulares, con sillas alrededor.

La vieja encorvada los guio hasta una mesa y los invitó a sentarse, y luego puso frente a ellos una jarra de vino y dos vasos pequeños. El vino era rojo, y dulce. Armando y Fernando se sirvieron, bebieron un sorbo y entonces, sin que hubieran visto de donde habían salido, dos mujeres jóvenes llegaron junto a la mesa y se sentaron sobre las rodillas de los dos amigos. Ambas mujeres eran extremadamente similares entre sí y, a su vez, se parecían mucho a la joven a la que habían seguido, excepto en el color de sus ojos, que eran completamente negros, pero ellos no lo notaron.

Armando y Fernando pasaron la noche con las mujeres y volvieron de madrugada al cuartel. Orlando, que hacía su guardia, los vio llegar y les preguntó dónde habían estado. Ellos le dijeron la verdad, aunque omitieron que habían entrado a la casa vieja de madera sin pintar siguiendo a la joven, porque habían notado lo mucho que Orlando se enojaba cuando la mencionaban. Sin embargo, este ya lo había adivinado todo.

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Armando y Fernando empezaron a ir todas las noches a ver a las mujeres que se parecían a la joven que habían seguido. Orlando decidió ir tras ellos una noche y, después de que entraron a la casa vieja de madera sin pintar, tocó la puerta. La vieja encorvada abrió y le ofreció pasar. Él aceptó, pero dijo que había ido ahí siguiendo a dos hombres y que no quería que lo vieran. La vieja encorvada le dijo que no se preocupara y lo guio hasta una mesa en un rincón, desde la que él podía ver a sus amigos. En el camino, pasaron junto a la mesa en que ellos se sentaban, pero no lo reconocieron. Ya había vino en sus vasos.

Orlando llevaba algunos minutos sentado cuando vio a la joven que él y sus amigos habían seguido por el pueblo. Ella estaba de pie junto a la puerta, medio escondida en la penumbra. Entonces empezó a entrar al salón un grupo de hombres, todos vistiendo ropas de mujer, que se detenían un par de segundos frente a la joven, quién los besaba en la frente, y luego caminaban entre las mesas hasta, eventualmente, sentarse en las piernas de algunos de los hombres que poblaban el salón, incluidos Armando y Fernando. Orlando se quedó ahí hasta muy tarde, pero no tomó ni un sorbo de la jarra de vino que la vieja encorvada dejó sobre su mesa.

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Armando y Fernando volvieron al cuartel de madrugada. Orlando estaba haciendo su guardia y, al verlos llegar, les preguntó por qué habían vuelto a ir a la casa de madera sin pintar. Le respondieron casi a coro que mejor se preocupara por sí mismo y por sus «mariconadas de poemas», a lo que Orlando replicó que más maricones parecían ellos, con travestis sentados sobre las rodillas. Tan sarcástico e irónico y resentido fue el tono de Orlando, que Armando y Fernando supieron enseguida que lo que les decía era verdad.

Los tres empezaron a discutir, y el tono subió rápidamente hasta que llegaron a los gritos y los golpes. Entre la confusión, Orlando cayó al piso y Armando y Fernando le dieron patadas hasta que quedó inconsciente. En ese momento, el Sargento salió del cuartel armado con su carabina y disparó un tiro al aire. Al ver a Orlando en el piso, ensangrentado, Ronaldo le dijo a los gritos a Armando y Fernando que eran unos hijos de puta por golpear así a un amigo y compañero, y que se fueran y no volvieran nunca. Les gritó que mejor volvieran a mariconear con los travestis.

Armando se abalanzó sobre el Sargento, seguido de cerca por Fernando. Ronaldo apuntó y disparó y le dio en el pecho al segundo, que cayó muerto, pero, antes de poder disparar a Armando, este llego hasta él y comenzaron a forcejear con la carabina. Armando era más fuerte que el Sargento y después de quitarle el arma de las manos le disparó un tiro en la cabeza.

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Orlando despertó varias horas después. Ya era de día. Se levantó lento, sintiendo latir su cabeza, y vio los cadáveres. Entró al cuartel y tomó algo para el dolor. Luego comió. Al caer la noche, tomó su carabina y fue al pueblo, a buscar a Armando. No quería ir a la casa vieja de madera sin pintar, pero al pasar la calle donde esta estaba, escuchó disparos, por lo que entró, parapetándose en las puertas y esquinas a medida que avanzaba.

Había cadáveres por todas partes. Cadáveres y botellas y vasos rotos. Cadáveres de hombres, algunos de ellos vestidos de mujer. Debajo de unas mesas, Orlando alcanzó a distinguir el cuerpo de la vieja encorvada. Al fondo, sobre una mesa, Armando y la joven estaban teniendo sexo. Al principio Orlando pensó que su amigo la estaba forzando, pero luego vio que ella no se defendía y que, a pesar de que no hacía ningún sonido ni parecía disfrutarlo, tenía sus brazos y sus piernas alrededor de Armando. Orlando decidió esperar a que su amigo terminara, queriendo matarlo de frente, pero entonces vio que la joven giraba su cabeza hacia él y lo miraba directamente. Orlando quedó paralizado. Ya no quería esperar a que Armando eyaculara, pero no tenía el control de su cuerpo. Su carabina apuntaba directamente a la espalda de su amigo. Entonces Armando terminó y, sin notar que Orlando estaba ahí, y sin que este pudiera hacer nada para evitarlo, tomó su arma y disparó 4 veces contra la joven. Orlando sintió la ira subiendo desde su estómago y, recuperando el control de su cuerpo, gritó «¡Hijo de puta!» y vació el cargador de su carabina sobre Armando y luego se precipitó sobre el cadáver y le golpeó la cabeza con la culata tantas veces que perdió la cuenta.

Después, llorando, se levantó y tomó entre sus brazos el cuerpo de la joven, pero, entre las lágrimas, vio que, a pesar de que ella tenía 4 agujeros de bala en el pecho y sangraba mucho, respiraba con normalidad, y que lo miraba directamente, pestañeando como si le preguntara por qué se tomaba la libertada de abrazarla. Él dejó de llorar y ella se soltó de sus brazos, se levantó y comenzó a caminar entre las mesas, agachándose ante cada cadáver y dándole un beso en la frente. Después de eso, para horror de Orlando, los hombres se levantaban, acomodaban las mesas y las cubrían con los manteles manchados de vino y sangre y polvo y, después, se sentaban, como si solo hubieran estado durmiendo. Solo en ese momento Orlando vio que en los manteles tenían bordadas las palabras “La Casa Azul”.

Orlando corrió hacia la puerta, aterrado, persignándose y susurrando plegarias, y, al salir, vio que la casa ya no estaba en la misma calle, y que ahora era de color blanco. Desde el interior le llegó a coro la voz de la joven y de la vieja encorvada, que se despedían de él diciendo «Vuelva pronto».

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Al llegar al cuartel, sudando a mares, sin aliento y sintiendo que las manos le temblaban todavía por el terror, tomó la carabina que había pertenecido a Fernando y, teniéndola siempre colgada a su espalda, Orlando quemó los cadáveres de su amigo y el Sargento, y luego enterró las cenizas. Entonces vio que el cartero ya había pasado y que había una carta en el buzón. En ella, se le informaba que había sido ascendido al rango de sargento segundo y que, tan pronto como fuera posible, se le asignarían tres reclutas.

Utopía

Del latín moderno Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516, y éste del griego οὐ (ou) –no–, τόπος (tópos) –lugar–, y el latín ia. Femenino. 1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

 

Pasaré a buscar a la Javi al terminal.La sobrecargo se despedirá de ella dándole un beso en la frente y me dirá que se portó muy bien. Luego, yendo a la salida, le preguntaré cómo estuvo el viaje, pero sólo por cortesía, porque ella será aún demasiado chica para aburrirse en un bus.

Del terminal saldremos a pié, porque será un buen día de primavera, antes de que el sol sea demasiado intenso, y caminaremos por el Parque Libertador Bernardo O’higgins, que cruzará buena parte de la ciudad, de este a oeste, y por el que mucha gente correrá o andará en bicicleta o irá, simplemente, a sentarse sobre el pasto. La Javi irá maravillada por las flores y los árboles y la gente que acostumbrará pasear a sus perros. Se asustará la primera vez que pase el monorriel magnético sobre nuestras cabezas, pero será normal, pues ella nunca habrá visto uno, sin embargo, es tan silencioso y se mueve tan suavemente que, después de que veamos pasar el tercero, me pedirá que nos subamos.

En el Monorriel, se pegará a ventana mirando lo rápido que pasarán los árboles bajo nosotros y los edificios con jardines en el techo y la cordillera aun con restos de nieve, viéndose claramente desde la ciudad.

Bajaremos en la estación de Plaza Italia, cruzaremos el puente sobre el río, donde la Javi me pedirá que la suba a la varanda para ver el agua cristalina, y caminaremos por las peatonales llenas de murales y cafés y bares y librerías y tiendas de artesanos, hacia el Cerro San Cristóbal. En una de esas tiendas le compraré unos aritos de lapislázuli, que harán juego con el vestido azul que llevará puesto. Me lo parecerá a mí y también a la vendedora, que le dirá a la Javi que se ve como una princesa y ofrecerá, aprovechando que el día está tranquilo, trenzarle el pelo, para que los aros se vean mejor.

Después subiremos el cerro en el ascensor que lleva a la cumbre y allí compraré un helado para ella y un vaso de mote con huesillos para mí. El vendedor le entregará el helado a la Javi, con un puñado de frambuesas de regalo porque, dirá, parece una princesa y las princesas tienen derecho a comer más frambuesas.

–Tata –me preguntará ella después, sentada en un banco del mirador, balanceando sus piernas–. ¿Santiago siempre ha sido así, tan bonito y con gente tan amable?

–No –contestaré–. Cuando yo llegué a vivir aquí, el río estaba sucio y el cielo era café por culpa del humo y había calles en las que era peligroso caminar.

–¿Y cómo la arreglaron?

–No se pudo. Hubo que desarmarla y después la empezamos de nuevo.

Vacío

Del latín vacĭvus. Adjetivo. 1. Falto de contenido físico o mental. 2, dicho de la hembra del ganado. Que no está preñada. 3, dicho de un sitio. Que está con menos gente de la que puede concurrir a él. 4. Hueco, o falto de la solidez correspondiente. 5. Vano (arrogante, presuntuoso). 6,poco usado. Vano, sin fruto, malogrado. 7, poco usado. Ocioso, o sin la ocupación o ejercicio que pudiera tener. 8, masculino. Concavidad o hueco de algunas cosas. 9. Cavidad entre las costillas falsas y los huecos de las caderas.10. Abismo, precipicio o altura considerable. 11. Movimiento de la danza española que se hace levantando un pié con violencia y bajándolo después naturalmente. 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos. 13, en física. Espacio carente de materia. 14, en desuso. Cargo o empleo sin proveer. 15, antecedido de al. Adjetivo. Dicho de una forma de envasar. 16, antecedido de caer en el. No tener acogida.

 

Escribe tomando Sprite. Preferiría tomar Coca-Cola, pero se está haciendo de noche y es domingo y necesita dormir bien y la cafeína de la Coca-Cola no le dejara dormir bien, así es que toma Sprite. Y escribe. Porque, en verdad, da igual lo que está tomando. Lo único que importa es que está escribiendo.

Mientras escribe suena en un parlante una lista de música que contiene un surtido temas de Karate –una banda gringa de jazz-rock–, King Gizzard&TheLizardWizard –una banda australiana de rock psicodélico– y las canciones que Neil Young compuso para la película DeathMan, entre otras cosas. Pero, en verdad, da lo mismo lo que esté escuchando mientras escribe. Podría perfectamente ser un loop infinito de Los Adolescentes, de Dënver, o un Grandes Éxitos de Justin Bieber en versión bachata (de todas formas, es de agradecer que esto último no sea el caso). Sí, da lo mismo, porquelo único que no da lo mismo es que está escribiendo. Lo único que importa es que está escribiendo.

Un gato chico salta entre sus pies, mordiendo o lanzando zarpazos alternadamente a dedos, empeines, talones, tobillos e, incluso, canillas y pantorrillas. De vez cuando deja de escribir, se agacha a tomar al gato, lo acuesta de espaldas sobre sus piernas y, sujetándole las patas, le sopla a la cara varias veces. Después lo suelta y el gato corre despavorido al living, a esconderse debajo del sofá, donde se queda por unos minutos, para volver luego, solapada y taimadamente, a su ataque hacia los pies, lo que obliga a repetir todo el proceso de los soplidos. Sin embargo, estas distracciones felinas tampoco tienen importancia. Lo único que importa es que está escribiendo.

No sabe bien sobre qué está escribiendo, porque las palabras simplemente salen de algún lugar de su cabezahacia sus manos y, de ahí, al teclado y la pantalla. Ve las palabras en la pantalla, lee las palabras que ve, comprende el sentido que subyace en las frases que componen las palabras que lee, pero, al tratar de ir más allá de las frases, todo atisbo de intención que pudiera haber en lo que escribe se desmorona, así es que es muy probable que esté escribiendo sobre nada. Sin embargo tampoco es importante el que esté escribiendo sobre nada. Lo único que importa es que está escribiendo.

Puede parecer que el escribir sobre nada sea un esfuerzo inútil, que el acto de escribir es precioso y que no debería desperdiciarse en escribir sobre nada, sin embargo, en la práctica, escribir sobre nada posee un valor indescriptible y éste radica en el hecho de que es imposible escribir y, a la vez, escribir directamente acerca de nada, sino que solamente es posible escribir indirectamente acerca de nada y esto se consigue escribiendo acerca de todo, incluso aunque ese todo no sea realmente un “todo”, sino sólo un “casi todo”, porque, según la filosofía y la lógica, lo contrario de la “nada” puede ser tanto el “todo” como el “algo”, así como lo contrario del “todo” puede ser tanto el “algo” como la “nada”, porque no es ésta una relación de dicotomía, de solo dos opciones mutuamente excluyentes, sino una de tres, una tricotomía. Por esto, basta con que esté escribiendo sobre un número lo bastante grande de “algos” para que esté escribiendo sobre nada. Pero toda esta verborrea sobre filosofía y lógica, aunque tracendental en algunos sentidos, carece también, en este caso, de importancia, pues hay ahora sólo una cosa que importa. Lo único que importa es que está escribiendo.

Dado que está escribiendo sobre nada (es decir, sobre muchos “algos”), tal vez sería de utilidad decir sobre qué no está escribiendo. No escribe sobre bastantes cosas, no escribe sobre parientes muertos, no escribe sobre mascotas muertas, no escribe sobre sus ansiedades e inseguridades y dudas acerca del futuro y qué hará con su vida. Tampoco escribe acerca de alguien que le falta. Especialmente no escribe acerca de alguien que le falta, porque para eso hay que pensar bastante en quién le falta y no quiere pensar en quién le falta, no quiere recordar a quién le falta, quiere acostumbrarse a la ausencia a base de ignorarla, a base de seguir moviéndose, a base de escribir. Así es que no escribe sobre quién le falta, sino que escribe sobre lo que bebe, sobre lo que escucha, sobre el gato que molesta, sobre lo maravilloso que es escribir sobre tantas cosas que se termina, finalmente, escribiendo sobre nada. Pero, así como da lo mismo el que escriba sobre todo o nada, da lo mismo el sobre qué escriba y sobre lo que no escriba. Lo único que importa es que está escribiendo.

Lo único que importa es que está escribiendo, porque lo único que quiere ahora es escribir, escribir hasta que en su cabeza no quede nada.

Nostalgia

Del latín moderno nostalgia, y este del griego νόστοσ (nóstos) –regreso– y αλγία (algía) –algia. Femenino. 1. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. 2. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

 

Si es que quiere ser completamente honesto, no puede decir que haya alcanzado a enamorarse. No tuvo el tiempo que hace falta para eso, pero sí le gustaba y bastante. Tampoco puede decir que la extrañe o, por lo menos, no puede decir que extraña todo de ella. Sí echa de menos detalles, algunos de esas pequeñas cosas que, sumadas en el tiempo, van conformando lo que es el “gustar”, ese “gustar” que pavimenta el camino que lleva a enamorarse. Al menos eso es lo que él cree.

Sin embargo, no quiere echar de menos.

No quiere echar de menos, por ejemplo, la cara de exasperación que ella ponía cuando, en cualquier lugar o circunstancias, escuchaba sonar rap.

No quiere echar de menos la forma en que ella lo miraba una fracción de segundo, sonriendo, antes de llamarlotonto o ñoño, cuando él hacía un chiste tonto o decía algo tonto a sabiendas, solo para que lo llamara tonto.

No quiere echar de menos oírla quejarse acerca de que, a excepción del de cabra, nuestros quesos no tienen gracia o de que aquí la gente no sabe lo que es el café de verdad y que por eso encuentra bueno Starbucks.

No quiere echar de menos, también, oírla burlarse de expresiones como “más encima” y “taita” y “chucha”, pero alabar una tan fome como “fome” porque, decía, su idioma no tiene una palabra para “aburrido” que sea tan aburrida como “fome”.

No quiere echar de menos el que ella se enojara cuando estaban por empezar a ver una película y él le decía que ya la había visto antes.

No quiere echar de menos escucharla quejarse sobre que en nuestros cines se venden solo palomitas dulces o que, cuando por milagro hay algunas saladas, están añejas.

No quiere echar de menos el que le gustara el post-rock. Sobre todo, no quiere echar de menos el poder escuchar post-rock con ella.

Le gustaría que solo cosas como esas fueran las que puede echar de menos. Le gustaría que las cosas que echa de menos fueran solo del tipo de las anteriores, de esas que hacen reír o que sacan una sonrisa o que desencadenan solo una especie de nostalgia que no es del todo triste, pero sin llegar a ser un saudade, sino solo una felicidad triste o una tristeza alegre, pero ya que empezó a recordar, no puede detenerse ahí y sigueahora con cosas de esas que duelen al recordarlas.

No quiere echar de menos que ella se le acercara cuando tenía frío.

No quiere echar de menos que ella tuviera siempre frías las manos y la nariz. No quiere echar de menos abrigarle las manos y la nariz.

No quiere echar de menos el arco fino y elegante que describían sus cejas.

No quiere echar de menos el color de su piel y la forma de sus pies.

No quiere echar de menos el que tuviera ligeramente desviados los índices y meñiques de ambas manos.

No quiere echar de menos sentir sus costillas contra su piel cuando la abrazaba fuerte.

No quiere echar de menos el sentirla tan pequeña y frágil cuando la abrazaba.

No quiere echar de menos ese instante en que, después de un abrazo, se quedaban viendo, como si tanto él como ella esperaran que el otro se acercara primero para dar un beso.

No quiere echar de menos sus besos.

No quiere echar de menos el sabor de su saliva.

No quiere echar de menos su voz suave.

No quiere echar de menos el olor de su pelo.

Llegado a este punto ya está harto. Llegado a este punto sólo quiere olvidar. No, llegado a este punto quiere ya no olvidar, sino no recordar por no haber vivido, porque no se puede recordar lo no vivido. Puede añorarse algo que no se ha vivido, pero ese añorar siempre tiene un tono de fantasía que nos pone a resguardo: podemos dejarnos llevar por la fantasía, pero siempre sabremos que es sólo una fantasía. Eso quiere él ahora, que todo no haya sido más que una fantasía. Eso es lo que él quiere ahora, aquello en lo que piensa cuando se queda solo los fines de semana en su departamento o cuando sale a caminar sólo, escuchando música, o cuando mira por la ventana o cuando está con amigos en un bar y todos conversan y él calla, mirando su vaso de cerveza, o incluso, por la mierda, cuando está de pié en la ducha, sintiendo el agua que corre, él desea que no haya sido más que una fantasía. Quiere más que nada que todo haya sido apenas una fantasía.

Jamelgo

Del latín famelĭcus: hambriento. Masculino. Coloquial. Caballo flaco y desgarbado, por hambriento.

 

Los tres fueron jamelgos en algún momento de sus vidas. Por “los tres” quiero decir: mi abuelo, mi tio Jaime y la Poli. Los tres tenían varias cosas en común y tienen hasta hoy, los tres, en común una muy importante: los tres están muertos.

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Me acuerdo de mi abuelo haciéndonos a mí y mi hermano barcos de juguete con la lata de los tarros de leche Nido.

Me acuerdo de mi tío Jaime contándonos chistes a mí y a mi hermano cuando íbamos a Antofagasta a ver a la familia. Era tan flaco que con mi hermano le preguntábamos a mi vieja “¿El tío Jaime tiene SIDA?”. Era tan flaco que, si hubieramos conocido a esa edad una palabra tan buena como “jamelgo”, lo habríamos llamado así.

Me acuerdo de la Poli metiéndose a la pieza en la mañana los sábados y domingos, mientras uno seguía acostado, tomando un calcetín o una zapatilla o cualquier cosa estuviera en piso, quedándose ahí quieta esperando a que le dijéramos que soltara lo que fuera que hubiera tomado y, en ese preciso momento, huir al patio para que la persiguiéramos.

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Me acuerdo de mi abuelo intentando, por años y años, reconciliarse con la Pelusa, quién no le perdonó nunca que la hubiera perseguido por el patio con un palo de escoba.

Me acuerdo de mi tío Jaime cuando, después del funeral de mi abuela, se sentó a tomar once con todos los niños y, mirándonos, nos notó tan cabizbajos y callados que empezó a prepararse una hallulla con jamón, queso y mantequilla haciendo todo el escándalo del que fue capaz y luego, una vez que estuvo seguro de que todos lo mirábamos, se metió la hallulla completa en la boca y, una vez que estábamos todos riendo, nos dijo que no nos bajoneáramos, que no había por qué estar tan callados. Su mamá acababa de ser enterrada y él prefería ocultar su pena y hacernos reír.

Me acuerdo de la Poli que, para una navidad, después de haberle dado la comida de la tarde, tomó su plato con el hocico y se sentó en la puerta de la cocina, mientras yo y mi hermano tratábamos de descongelar un pollo. No sé si la perra sabría que ese día era su cumpleaños y que, por lo tanto, le correspondía un trozo de carne después de comer, o si, simplemente, vio tanto movimiento en la cocina que se sentó a mirar a ver qué cresta hacíamos.

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Me acuerdo de mi abuelo enojado, ofendido en sus convicciones cristianas, cuando, en los asados, mi viejo lanzaba trozos de grasa de pollo a las brasas mientras decía “para los dioses”, para luego, al día siguiente, cuando mi viejo estaba enfermo de tanto comer, asomarse a la puerta de la pieza, “pídale ayuda a los dioses” y después alejarse riendo como un niño.

Me acuerdo de mi tío Jaime, riéndose cuando nos contaba las cagadas que hacía cuando niño, solo por huevear, por ejemplo, de la vez en que entró al baño, cerró con llave y salió por el tragaluz, solo para reírse mientras mis abuelos golpeaban la puerta gritándole a quien-sabe-quien que saliera pronto, o de la vez en que se metió al mar a nadar calato y lo vieron dos pacos, que lo persiguieron por cuadras y cuadras en el barrio donde estaba la casa de mis abuelos.

Me acuerdo de la Poli, que una vez en que no quiso salir a jugar a la pelota con mi viejo y vio por la ventana, luego, que él se había puesto a jugar con la otra perra, salió corriendo desesperada, llegó a donde estaba mi viejo, tomó la pelota en el hocico y se fue de vuelta para adentro, como diciendo “si no juego yo, no juega nadie”. Cuando mi viejo contaba esa parte de la historia no decía “la Poli” o “esa perra”, sino “ese jamelgo”.

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Me acuerdo de mi abuelo enfermo de cancer, convertido en piel y huesos, convertido en un jamelgo, pero contento cada vez que lo llamábamos por teléfono. Me acuerdo de que haberlo llamado todo lo que debí llamarlo. Me acuerdo de la tristeza con la que me miraba cuando fuimos todos a despedirnos de él, luego de que los doctores nos dijeran que sólo quedaba esperar.

Me acuerdo de mi tío Jaime enfermo de cancer, sentado en el living de la casa de mis viejos, con la cabeza apoyada en las manos, cuando se dio cuenta de que no se iba a salvar, cuandi se dio cuenta de que se iba a morir. Me acuerdo de que la última vez que hablé con él por teléfono, cuando había quedado ciego y del hospital lo mandaron de vuelta a su casa, me dijo que iba a venir a Santiago de nuevo, pronto, y que iríamos a comer cazuelas a un restaurante que le gustaba porque uno de los meseros le tenía mala.

Me acuerdo de la Poli enferma de cancer, muriéndose en el piso de la cocina, cuando ya no pudo seguir respirando. Me acuerdo de que dos días antes de eso la había visto en el patio, escondida, cómo sólo hacía cuando estaba enferma, y con un hilo de saliba congándole del hocico. Me acuerdo de que el domingo me senté al lado de ella y la abrazé y le hice cariño detrás de las orejas.