Soy cuentero, ¿y qué tanto?

Subo los cuentos que escribo (los que me gustan)

Arepa

Del cumanagoto erepa: maíz. Femenino. 1, en Antillas, Colombia y Venezuela. Especie de pan de forma circular, hecho con maíz ablandado a fuego lento y molido, o con harina de maíz precocida, que se cocina sobre un budare o una plancha. 2, en Cuba. Torta fina de harina de trigo, azúcar, vainilla y leche, frita, que se come caliente con sirope o almíbar.

En alguno de los textos de El Silmarillion, Tolkien dice que de poco sirve cantar sobre las cosas hermosas mientras éstas aún existen, pues, mientras lo hacen, ellas son su propio testimonio. No recuerdo de qué texto se trata, pero no esperaré a volver a mi casa para consultar el libro antes de seguir con esto, porque tengo ganas de escribir ahora. Dice (Tolkien dice) que es solo después de perderse que las cosas hermosas pasan a las canciones.

Tal vez parezca ridículo que comience con tanto dramatismo (o épica) un texto que habla de comida, pero quien sea de esa opinión, una de dos, o no tiene alma o no sabe cocinar. Así, tal cual. La comida y el cocinar se merecen todo el dramatismo y épica del mundo. ¿Acaso soy el único que siente remordimientos al comer un plato bien presentado y que, en verdad, solamente me atrevo a profanar porque sé que sería un desaire aun mayor hacia quién lo preparó si decidiera no comerlo solo porque se ve bonito?

Bueno, dicho todo eso, hoy comí arepas, con pollo mechado y caraotas (que son porotos negros) y, aunque no se las puse a las arepas, también tajaditas (que son tajadas de plátano tropical, fritas en aceite). Debería haber sacado fotos, pero tenía hambre, así es que ni se me pasó por la cabeza. Esto será una especie de oda a esas arepas que comí hoy y, también, a lo que pasó alrededor de ellas y, en cierta medida, opacó.

•••

Era un domingo caluroso que transcurría entre un sábado que había sido frío y un lunes que también lo sería.

La cocina era estrecha y los dos trabajaban tratando de no estorbarse, uno junto al otro, aunque tal vez sí sería bueno que se estorbaran, pero, en caso de hacerlo, sería jugando, molestándose solo cuando el otro no estuviera haciendo algo importante. Mientras tanto, una gata jugaba saltando entre los pies de ambos, atraída por el olor del pollo.

Él picaba morrón, ajo, tomate y cebolla. Ella desmenuzaba una pechuga de pollo que habían hervido, deshuesándola y luego separando las fibras de la carne en tiritas.

Él se sorbía la nariz cada cierto tiempo, por causa de la cebolla. Ella también se sorbía la nariz y también por causa de la cebolla, aunque no trabaja directamente sobre ésta. Lo hacía porque la cebolla tenía ese efecto en ella, el efecto de hacer que se pusiera roja y le ardieran los ojos y la nariz le llorara. No se llevaba bien con las cebollas, pero le encantaban.

Sobre el mesón reposaba en un platón una masa de harina blanca de maíz, sal y agua y había también un par de cervezas, aunque solo ella bebía de la suya, pues él tenía caña, así es que, en cambio, bebía de un vaso de bebida que también estaba sobre el mesón.

Mientras trabajaban, conversaban, comparando las formas de cocinar que eran habituales en sus respectivos países o bromeando, lazándose pequeños chistes que tenían por fin tanto el hacerlos reír como el picar ligeramente al otro, solo lo suficiente para sostener las risas.

Era un juego que exigía sutileza, pues cualquiera de los dos podía decir de pronto algo que molestara al otro un poco más de lo necesario y, en ese caso, tal vez se arruinaría el momento. Por eso él, que de los dos era quien menos habilidad social tenía, zanjaba las series de chistes cada vez que pasaban de cierto número. Zanjaba las series de chistes acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla.

Siguieron así mientras preparaban los vegetales y el pollo y, luego, también mientras él los cocinaba y ella hacía las arepas con la masa reposada y las ponía a dorar. Ella dijo entonces que las arepas normales eran más grandes, pero que el tamaño depende de aquel de la mano de quién las hace, y que sus manos eran pequeñas. Él rió, pero creyó que no sería buena idea bromar sobre estaturas, así es que hizo otro chiste, del que ahora no me acuerdo, y volvieron a conversar, trabajar y reír, interrumpiéndose solo cuando él la besaba en la mejilla o cuando, aburrida de que no le prestaran atención, la gata comenzaba a trepar por el pantalón de alguno de los dos, lo que los obligaba a ambos a detenerse para retarla y forzarla a volver al suelo.

Estuvieron así un rato, trabajando y haciendo chistes y retando a la gata, que no mucho después logró entender que no le darían pollo y se fue a dormir, hasta que al fin la comida estuvo lista. Se sentaron a la mesa y él echó a andar un disco de Explosions in the Sky, con el volumen muy suave. Ella le enseñó a él como se rellenaban y comían las arepas y profetizó que sería imposible evitar que se desarmaran aquellas que llenaran con caraotas.

Comieron tranquilos, pues la gata seguía dormida. En un momento a ella le dio sueño (por alguna razón le daba sueño mientras comía y no después de comer, como al común de los mortales) y él aprovechó de acercar su asiento más al de ella, con la excusa de que ella se apoyara en su hombro. No hablaron mucho mientras comían. Los dos tenían hambre. Él se dio cuenta, mientras atacaba una arepa rellena con caraotas, de que ella tenía el don de la profecía: la arepa se desarmó completamente y él tuvo que comerse las caraotas con cuchara.

Después de terminar de comer lavaron la loza sin grandes ceremonias y luego fueron a sentarse en el sofá y, hablando de todo (lo que, en verdad, viene un poco a ser lo mismo que hablar de nada), él se hizo el loco y logró que los dos terminaran acostados en el sofá, abrazados (él dio las gracias mentalmente cuando estuvieron acostados).

Se quedaron así hasta que se hizo de noche. Ella preguntó varias veces qué hora era y él siempre respondió que eran las siete. Él le acariciaba la espalda debajo de la polera y ella se dejaba hacer. Él agradecía mentalmente cada vez que su mano hacía el recorrido de las vértebras y las costillas, y se estremecía, aunque tal vez no físicamente, al pensar en lo pequeña y delicada y frágil ella le parecía.

La gata los obligó a levantarse cuando eran las nueve y media.

Ella dijo que tenía que irse y él la abrazó fuerte, la besó y dejó pasar como diez segundos con los ojos cerrados y su frente apoyada en la de ella. Luego dijo que bueno, que sí, que era hora de empezar a prepararse para el lunes.

Cuando ella salió, él se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándola caminar hacia los ascensores.

Luego suspiró, cerró y se quedó un par de minutos ahí, de pié, con la espalda apoyada contra la puerta y la gata maullando dando vueltas sobre sus zapatos.

-Ya voy, ya voy -dijo al fin.

•••

Si fuera posible ponerle banda sonora a un texto, creo elegiría algo de Explosions in the Sky para este, probablemente una canción que se llama Remember Me as a Time of Days, aunque no sé, tal vez Out of This World, de The Cure, sea una mejor elección.

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Tempo

Del italiano tempo. Masculino. 1. Grado de celeridad en la ejecución de una composición musical y, por extensión, de una composición poética. 2. Ritmo de una acción, especialmente la novelesca, teatral o cinematográfica.

 

La escena transcurre en un rincón del living de una casa, junto a la ventana que da al patio, porque uno de los personajes fuma sin parar. La escena transcurre ahí, en una pequeña recepción después del funeral de una mujer de alrededor de 65 años. La escena transcurre ahí y en esas circunstancias, mientras de fondo  suena The Big Ship, de Brian Eno, pero la versión extendida, esa de seis minutos y seis segundos, no la de tres minutos y cuatro segundos, aunque no estoy seguro de por qué. Tal vez sea simplemente que la escena dura en verdad sólo tres minutos y cuatro segundos y yo quiero que dure seis minutos y algo. Tampoco es como que alguien haya encendido una radio o algo así, sino que la canción suena de fondo de la escena. Ninguno de los personajes la escucha.

Entonces, resumiendo, la escena transcurre en el living de una casa, junto a la ventana que da al patio, luego del funeral de una mujer de alrededor de 65 años, y tiene como música de fondo la versión de seis minutos y seis segundos de The Big Ship, de Brian Eno.

Los personajes son dos hombres y tres mujeres. Los dos hombres, Luis y Andrés, son amigos desde el colegio. Ambos tienen 32 años. Dos de las mujeres, Macarena y María José son amigas desde la universidad, que fue donde conocieron a Luis y Andrés. Ambas tienen 31. La tercera mujer, Soledad, es la hermana menor de Ricardo. Ella tiene 27.

–Ese conchesumadre de Ricardo, ese hijo de puta de Ricardo…

–Oye…

–Es un decir, Maca. Sé perfectamente que la señora era una dama.

–Igual, Andrés. Más respeto. Estamos en su funeral, por la rechucha –replica, mirando de reojo a Soledad.

–Bueno, bueno. Cómo iba a decir, ese huevón de Ricardo era inmune a las normas que el resto de nosotros seguimos.

Los demás asienten sin decir nada y todo el grupo se queda en silencio unos segundos.

–¿Se acuerdan de la semana mechona, cuando entramos a la U? ¿Cuando el muy rehuevón se saltó la reja mientras Saiko estaba toncando y la Malebrán lo ayudó a subir al escenario? –pregunta Luis.

–Yo no estaba ahí, pero ya me lo han contado tantas veces que es cómo si sí.

–Verdad que a ustedes las conocimos para el 18 del segundo año.

–Sí, cuando Ricardo se “equivocó” de mesa y se sentó con nosotras llevando los terremotos.

Los cinco ríen.

–Todavía no sé cómo no lo mandaron a la cresta.

–Fácil. Era bien mino, tenía copete y nosotras nos habíamos quedado sin plata –dice María José.

Silencio. Los que tienen un vaso en sus manos, lo miran, los que no, se miran las manos. Soledad se levanta. Sabe lo que los demás están pensando. Siempre que se juntan hablan de su hermano y siempre que hablan de su hermano terminan preguntándose lo mismo.

–Veinteañera, ¿vas a la cocina?

–Sí, treintón –responde sonriendo.

–Tráeme una chela, plis.

Soledad  asiente y camina en dirección a la cocina.

–Está más ensimismada que de costumbre.

–Estamos en el funeral de su mamá, Luis, ¿como esperabas que estuviera? –replica María José.

–No sé… pero no esperaba verla tan tranquila, tan…

–No es Ricardo, Luis, es la Sole.

–Sí sé, sí sé. Es solo que me da la impresión de andar siempre a media máquina y, ahora, parece andar a un cuarto de máquina.

–Tal vez si sigue así viva más que Ricardo –dice Andrés, más para sí que para los demás.

–Y dale con la huevadita…

–Lo dice Neil Young, no yo; it’s better burn out than

–Neil Young no lo dice cómo ley, huevón –replica Macarena, ligeramente exasperada–. Solo enuncia lo que es su preferencia.

–Y dale con la huevatida –dice ahora Soledad, que viene llegando de la cocina y, a pesar de solo haber escuchado la última parte de lo que Macarena acaba de decir, ya sabe de qué trata la discusión. Se sienta y entrega la cerveza a Andrés.

Todos se quedan en silencio.

–Un médico brasileño dice que la cantidad de veces que un corazón va a latir está predeterminada y que si mides el ritmo cardiaco de una tortuga y lo multiplicas por el tiempo que viven en promedio, te da el mismo número de latidos que para una persona promedio –argumenta Andrés. No le gusta perder.

–Puede ser –dice Soledad, mirando por la ventana–, pero mi hermano no murió del corazón, sino que se partió el cuello haciendo sandboard.

Todos vuelven a quedarse en silencio unos segundos.

–¿Cómo es posible –pregunta alguien al fin– que después de cinco años de que muriera hablamos de él todavía más seguido que cuando estaba vivo?

Da igual quién hace la pregunta. Los cinco la estaban pensando.

–Tal vez la gente que vive rápido tiene ese efecto en los demás –responde alguien.

–¿Cómo así?

–Tal vez todos quisiéramos vivir rápido, pero no nos atrevemos.

Los cinco se quedan en silencio y la escena termina ahí, así, sin más, sólo con cinco personas sentadas en silencio en un rincón del living de una casa, junto a la ventana que da al patio, porque uno de ellos fuma sin parar, en una pequeña recepción luego del funeral de una mujer de alrededor de 65 años y, no sé, ya no me gusta tanto que de fondo suene la versión de seis minutos y seis segundos de The Big Ship, de Brian Eno. Tal vez habría sido mejor que sonara The Tourist, de Radiohead, pero ya no puedo hacer nada.

Shakshuka

En árabe شكشوكة y en hebreo שקשוקה, es un plato básico en las cocinas tunecina, libia, argelina marroquí y egipcia, y popular también en la cocina israelí. Consiste en un guisado de tomates, cebollas, ajo, especias y huevos, servido habitualmente con pan blanco o pita. Dependiendo de la tradición local, puede ir desde ligeramente a muy picante.

 

Ingredientes (En teoría, para 4 personas. En la práctica, para 2)

  1. 2 tomates grandes. Ni para salsa ni para ensalada, sino término medio.
  2. 1 cebolla mediana.
  3. 1/4 de un morrón rojo.
  4. 4 dientes de ajo.
  5. 1/2 ají rocoto, con corazón y pepas.
  6. 2 ajíes diablo.
  7. 1 cucharada sopera de orégano entero.
  8. 1 taza de queso desmenuzado.
  9. 4 huevos.
  10. 2 paltas.
  11. El jugo de 2 limones de Pica.
  12. 1 baguette tradicional.
  13. 6 cervezas de 330 cc. Variedades a gusto.
  14. 2 pares de manos.
  15. 1 cuchara de palo, para sofreír.
  16. Aceite de oliva, para freír.
  17. Sal, a gusto.

 

Preparación (Tiempo a gusto)

  1. Ambos pares de manos deden estar aburridos de comer en restaurantes.
  2. Ninguno de los dos pares de manos debe ser aficionado a la cocina.
  3. Ambos pares de manos deben creer que cocinar en equipo es más entretenido que cocinar solo.
  4. Ambos pares de manos deben querer cocinar algo que no hayan comido antes.
  5. Ambos pares de manos deben buscar recetas de platos que no hayan comido antes.
  6. Uno cualquiera de los dos pares de manos propondrá cocinar un shakshuka y el otro aceptará a pensar de que no está muy convencido, pensando algo así como “es basicamente huevo con tomate, ¿qué puede salir mal?”.
  7. Todos los ingredientes, a excepción de las cervezas, deben ser ubicados sobre la superficie de trabajo, en alguna distribución que permita que todo esté a la vista, pero en la que nada estorbe.
  8. Uno cualquiera de los dos pares de manos (en adelante llamado Primer Par) abrirá un par de cervezas y entregará una al otro par de manos (en adelante llamado Segundo Par).
  9. Ambos pares de manos tomarán un sorbo cerveza. A partir de este primer sorbo obligatorio cada par de manos beberá cerveza en el momento en que lo desee, pero solo hasta terminar la primera botella. La segunda botella debe abrirse en el momento justo.
  10. El Primer Par tomará la cebolla y comenzará a picarla en cuadritos.
  11. El Segundo Par tomará los tomates y comenzar a cortarlos en cuadraditos. La piel del tomate puede descartarse si se desea. Esto debe hacerse al mismo tiempo en el Primer Par corta la cebolla y los dientes de ajo.
  12. Mientras corta las cebollas, el Primer Par dirá, como pensando en voz alta, que no sabe si las cebollas hacen que llore porque no sabe cortarlas o si llora porque no sabe cortar las cebollas.
  13. El Segundo Par reirá y dirá que es probable que se deba a que el Primer Par no sabe cortar las cebollas y que por eso ellas le castigan. Luego anunciará ya terminó de picar los tomates.
  14. El Primer Par, habiendo ya terminado con la cebolla, se sonará la nariz y dirá al Segundo Par que pique los ajíes, pero que antes vaya al baño. Entonces comenzará a cortar los dientes de ajo, en rebanadas finas.
  15. El Segundo Par preguntará por qué debe ir al baño antes de picar los ajíes, a lo que el Primer Par responderá que si es que al Segundo Par le dan ganas de ir al baño después de haber comenzado a picar el ají, y va, el grito de dolor podrá medirse en Grados Richter.
  16. El Segundo Par irá al baño.
  17. El Primer Par terminará de cortar los ajos y continuará con el morrón, picándolo muy fino.
  18. Luego de volver del baño, el Segundo Par tomará los ajíes y los cortará en tiras, muy delgadas.
  19. El Primer Par pondrá un sartén grande a calentar, con un poco de aceite de oliva y, una vez esté caliente, pondrá a sofreír la cebolla, los dientes de ajo, el morrón y los ajíes, condimentando la mezcla con el orégano y un poco de sal y mezclando con la cuchara de palo.
  20. El Segundo Par se acercará a mirar y oler como todo se fríe, pero la mezcla de la cebolla y los ajíes harán le provocará un ataque de tos.
  21. El Primer Par reirá.
  22. En caso de que ambos pares de manos ya hayan terminado su cerveza, el Segundo Par destapará dos cervezas y entregará una al Primer Par. En caso de que uno de los dos aun no termine la primera cerveza, quién ya haya terminado apurará a quién aun no lo hace y, luego el Segundo Par destapará dos cervezas, entregará una al Primer Par y ambos harán un salud y beberán un sorbo de cerveza.
  23. El Primer Par vigilará los ingredientes que están friéndose y, cuando considere que está cocidos, pondrá el queso desmenuzado sobre la mezcla, distribuyéndolo parejo, pero sin mezclarlo, y, una vez que esté conforme, pondrá los huevos sobre el queso y tapará el sartén.
  24. El Primer Par dirá al Segundo Par que muela las paltas y las mezcle con el jugo de limón y un poco de sal.
  25. Mientras el Segundo Par prepara las paltas, el Primer Par cortará el baguette en cuatro partes y luego abrirá cada parte.
  26. El Segundo Par preguntará al Primer Par si quiere comer en la mesa.
  27. El Primer Par responderá que le da lo mismo.
  28. El Segundo Par propondrá que, en tal caso, coman en la cocina.
  29. El Primer Par revisará si los huevos están cocidos. De ser así, lo anunciará. De lo contrario, ambos pares pueden hablar de lo que deseen, mientras el Primer Par revisa periódicamente que los huevos estén cocidos.
  30. Una vez que los huevos estén cocidos, el Primer Par apagará el fuego. En este punto, en caso de que uno cualquiera de los dos pares de manos (o ambos) no haya aún terminado su segunda cerveza, ese par (o ambos) deberá apurarla.
  31. El Segundo Par destapará las últimas dos cervezas, entregará una al Primer Par y ambos harán un salud y beberán un sorbo de cerveza.
  32. El Primer Par sacará un par de platos y uno de tenedores y entregará uno de cada uno al Segundo Par.

 

Degustación (Tiempo a gusto)

  1. El Primer Par tomará un trozo de pan y pondrá una capa de palta, ni gruesa ni delgada, sobre éste.
  2. El Segundo Par imitará al primero, tomando un trozo de pan y cubriéndolo con palta.
  3. El Primer Par, usando una cuchara de madera, pondrá sobre su pan una porción de shakshuka que tenga un poco de las tres capas (salsa, queso y huevos) y luego entregará la cuchara al Segundo Par.
  4. El Segundo Par se servirá shakshuka imitando el modo en que acaba de hacerlo el Primer Par.
  5. Ambos pares de manos morderán el pan con shakshuka, intentando que el bocado que cortan tenga un poco de todo: pan, palta, salsa, queso y huevo.
  6. Ambos pares de mano masticará unos segundos el bocado de pan y shakshuka y luego beberán un sorbo de cerveza, para bajarlo. Este paso puede repetirse las veces que se desee, pero solo mientras ninguno de los dos pares haya bebido más de la mitad de su última cerveza.
  7. El Primer Par, eventualmente, preguntará al Segundo Par qué le parece.
  8. El Segundo Par responderá que está bueno, aunque en verdad no le gustan ni el ají ni el orégano.
  9. El Primer Par dirá que le pasa lo mismo, solo que con la cebolla.
  10. Ambos pares de manos pensarán que fue más entretenido cocinar shakshuka que comerselo.
  11. Ambos pares de manos dejarán el pan a un lado, acabarán de un trago su cerveza y saldrán juntos a comer pizza o sushi o algo.

Déficit

Del latín defĭcit ‘falta’, 3ª persona de singular del presente de indicativo de deficĕre ‘faltar’. Masculino. 1, en el comercio. Descubierto que resulta comparando el haber o caudal existente con el fondo o capital puesto de la empresa. 2, en la administración pública. Parte que falta para levantar las cargas del estado, reunidas todas las cantidades destinadas a cubrirlas. 3. Falta o escasez de algo que se juzga necesario.

 

La canción parte con el vocalista gritando “¡Un, dos, tres, cua!”, a lo que siguen cinco rasgueos furiosos y un intrincado arpegio en doble tapping, patrón que se repite un total de dieciséis veces (rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y así), para luego dar paso a la primera sección importante, la primera sección con letra, mientras que el público entra en el más absoluto frenesí, con la gran mayoría tarareando los riffs y algunos incluso tocando guitarras de aire.

El vocalista canta mirando las caras y ojos desorbitados de la primera fila, pero cada vez que se aparta del micrófono para concentrarse en un nuevo arpegio, sus ojos van continuamente desde el mástil de la guitarra a un único espectador en particular, que es un hombre al menos 20 años mayor que el resto del público. A pesar de ser lo bastante delgado para usar pantalones apitillados, una ligera curva bajo su polera negra delata un estómago abultado. Claro que desde el escenario el vocalista no alcanza a ver los pantalones ni el estómago. Solo puede ver las arrugas junto a los ojos y la frente que se ha extendido por el paso de los años. Es el único miembro del público que no salta ni agita los brazos, simplemente contorsiona el cuerpo, inclinándose hacia adelante o doblándose hacia atrás siguiendo el ritmo con que se suceden los momentos de mayor intensidad de la canción.

El hombre, el espectador, no salta porque le duelen las rodillas. A sus cuarentaitantos años ya no está en condiciones de alocarse como lo hace el resto, como lo hacía él mismo hasta hace no mucho tiempo. Antes de que la banda saliera al escenario le preocupaba la hora y miraba a cada tanto el reloj. Ahora, de no ser porque siente la correa apretando su muñeca, ni siquiera se acordaría del reloj. Ahora mide el tiempo en canciones y ya han pasado cinco. Cuando hayan pasado ocho o nueve más saldrá del bar oscuro y estrecho aunque bien ventilado, hay que decirlo y subirá al auto y volverá a su casa, donde se desvestirá en el living, con el fin de perturbar lo menos posible el sueño de su mujer, aunque la despertará de todas formas y lo sabe, como también sabe que ella no se enojará porque sabrá que él se esforzó por no despertarla, así es que en la mañana, cuando él se levante temprano para desayunar con ella, lo harán con absoluta normalidad y ella le preguntará por la tocata y él responderá que estuvo bien, que ya se acostumbró a ser el más viejo entre el público y su mujer sonreirá y le dirá que le parece encantador que le gusten bandas para adolescentes y sea lo bastante descarado para ir a verlas en vivo. Luego ella saldrá a trabajar, dejándolo a él en casa, porque él trabaja desde la casa, y él pasará el día trabajando tranquilo mientras escucha las canciones que la banda tocó la noche anterior o jugando a ratos con el perro, al que él y su mujer tratan con un hijo, porque no tienen hijos, porque ya no tuvieron hijos, porque no pudieron tener hijos, pero sí adoptaron un perro.

Pero todo eso pasará al día siguiente y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que ya no es la que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público ya no salta, solamente se mueve como una sola masa, al ritmo de una línea de batería sintetizada, porque la canción que la banda toca ahora está en un tempo mucho más lento, más atmosférico. Entonces, el hombre siente olor a marihuana y se molesta y arruga la nariz. No es que no le guste la hierba, porque de vez en cuando también él fuma un poco, sino que le molesta el olor de la hierba que están fumando en ese momento, porque es como si alguien estuviera quemando un plato de lentejas, y el hombre piensa en que los jóvenes deberían aprender que cantidad no es mejor que calidad y que si van a quemarse algunas cuantas neuronas más les valdría hacerlo con cogollo y no con paraguayo, del mismo modo en que si uno planea emborracharse, es mejor hacerlo con algo bueno, al menos al principio, porque en realidad la lengua no tarda mucho en dormirse, pero entonces recuerda que él tampoco elegía buenos tragos cuando era joven y se emborrachaba, sino que se conformaba con cualquier cosa que lo emborrachara bien y con rápidez, por lo que, entonces, es poco probable que el saber destruirse bien sea algo innato en el ser humano y que sea en verdad más como una habilidad que algunos aprenden con el tiempo, por lo que no tiene derecho a enojarse con el joven fumeta y su pito de paraguayo, porque con toda seguridad la colección de botellas de pisco barato que él acumulaba junto a su cama (como un as del aire que marcara en el costado de su avión a los enemigos derribados) era más molesta para su madre de lo que ella nunca demostró, aunque probablemente la gente de su generación también se emborrachaba con licores mediocres, porque probablemente ella también se emborrachaba.

Pero todo eso fue hace más de 50 años y esta noche él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario tocando una canción que no es ya la que vino después de esa que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso y el público está nuevamente en el más absoluto delirio, gritanto, saltando y dando vueltas y golpeándose unos a otros, porque esta canción es muy agitada y muy agresiva y tiene un ritmo base más estable, lo que permite el ponerse a saltar y no parar de saltar, porque saltar es lo mejor que uno puede ser cuando la adrenalina y las endorfinas se mezclan en el cerebro y uno se siente invadido una rabiosa y alegre energía que le impide quedarse quieto, pero aun así el hombre, el espectador, sigue sin saltar, sigue resignado a contorsionarse, porque las rodillas le están doliendo mucho y piensa en que tal vez debería hacerle caso al médico y operarse a pesar de que la recuperación será lenta, a pesar de que quedará temporalmente inválido, a pesar de que no podrá subir las escaleras hasta su dormitorio, a pesar de que le tiene miedo a la anestesia, a pesar de que no podrá jugar con el perro, pero entonces recuerda que las rodillas empezaron a dolerle después de que, hace algunos meses, tuvo que correr detrás del perro por la calle, por más de 5 kilómetros, porque el muy bruto se había arrancado persiguiendo a una perra en celo, así es que ahora lo menos que puede esperar es que el perro no se taime porque él no sea capaz de jugar. De todas formas, la verdad es que lo que más lo aqueja es el precio de la operación, porque la plata nunca sobra y simpre podría ser aprovechada de mejor manera que gastada un capricho como el querer dejar de sentir dolor en las rodillas al saltar en las tocatas, aunque tal vez a su mujer también le gustaría que él se operara, pues ya está subiendo de peso por no poder hacer ejercicio y ella se lo hace notar de vez en cuando, aunque siempre con cariño, porque sabe que de otra forma él se ofendería y a ninguno de los dos le gusta discutir, porque los dos siempre se sienten mal discutiendo, porque el perro se asusta cuando ellos discuten y la verdad es que, si van a asustar al perro, más vale que sea por un motivo que valga la pena, como el adónde viajar las próximas vacaciones o el si deben o no comprar el último cuadro que les gustó para ese último trozo de muro despejado que les va quedando, porque siempre hay mejores cosas por las que discutir y siempre hay mejores cosas en qué gastar la plata.

Pero todo eso ocurrirá en varias semanas, tal vez incluso meses, si es que ocurre siquiera, y ahora él tiene que concentrarse, poner atención, porque la banda está sobre el escenario, aunque ahora mismo ya no sirve de nada poner atención, porque las luces están encendidas y el público aplaude y ya no hay ni rastro de la canción que comienza con rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping, rasgueo-tapping y todo eso, porque la banda se está despidiendo y el hombre, el espectador, se da cuenta de que de tanto pensar se perdió el concierto, así es que parte cabizbajo hacía la salida, autoputeándose por ser tan distraído, por no ser capaz de mantener su cabeza en el mismo lugar y tiempo que su cuerpo, y sube a su auto, conduce hasta su casa, se desviste en el living tan silenciosamente como puede, entra al dormitorio tan sigilosamente como puede, se mete en la cama tan lentamente como puede y, cuando se queda quieto en la cama, su mujer se gira en la cama hacia él y apoya un brazo cruzado sobre su pecho y suspira profundamente, volviendo a quedarse dormida.

Quimera

Del latín chimaera, y este del griego χίμαιρα (chímaira). Femenino. 1, en la mitología clásica. Monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. 2. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. 3. Pendencia, riña o contienda.

 

Me había estado preguntando, ¿qué cosas podría haber hecho diferente en el pasado para terminar siendo ahora más feliz de lo que soy? ¿Qué cosas, si pudiera viajar hacia atrás en el tiempo y hacer de nuevo, habría hecho diferente?

Ahora, como los ejercicios mentales en general no llevan a ninguna parte, decidí que la mejor idea averiguarlo en primera persona, ahí dónde las papas queman. Así es que viajé.

•••

Fui primero a Noviembre del año pasado, cuando pensaba en irme a Buenos Aires, siguiendo a Karina. Elegí esa fecha porque, está súper claro, si hubiera seguido a Karina ahora estaría mucho mejor. Y resultó que sí, viví mucho mejor. Me costó un poco encontrar pega, pero después de un par de consultoras y un museo terminé en una librería.

Ahora, para ser completamente honesto, lo mío con Karina no duró mucho (a pesar de que ese había sido el principal objetivo de seguirla), porque resultó que somos muy distintos. Ella está muy loca y yo demasiado poco. Entonces, ¿en qué cresta me baso para decir que estuve mejor cuando elegí irme siguiéndola?

En primer lugar, creo que dice mucho el verbo que uso: “la seguí”, no “me fui con ella”, porque “irme con ella” habría significado que el propósito central de mi viaje era estar con ella y que ella estuviera conmigo, mientras que al “seguirla” simplemente recorrí el mismo camino que ella, solo que después, lo que me dejó en absoluta libertad para hacer lo que quise. Pero, ¿qué quería hacer en Buenos Aires? ¿Qué se puede hacer en Buenos Aires que no se pueda hacer en Santiago, más allá de visitar sitios turísticos?

Entonces me di cuenta de que no podía responder la última pregunta. No supe qué podría haber hecho en Buenos Aires que no pudiera hacer acá en Santiago, así es que haberme ido a Buenos Aires, haya sido o no para seguir a Karina, no era la respuesta.

Tuve que ir más atrás.

•••

Llegué entonces al 2006, en Valpo, cuando, después de cuatro años de estudiar ingeniería sabiendo que no me gustaba la ingeniería, al fin sabía qué quería estudiar. En elegir esta fecha no había error posible.

El 2006 fue EL año. Si bien tuve que cambiarme a Santiago, ya conocía a casi todos los amigos que conservo ahora (ahora y aquí, mientras escribo esto), así es que todas formas terminé conociendo a los que conocí después. Por ese lado, digamos que quedé cubierto: mantener a mis amigos y estudiar algo que me gustaba sí que me hizo más feliz.

Ahora, en lo académico, la carrera a la que me cambié fue Artes, pero no pasó mucho antes de que me diera cuenta de que, a pesar de que era un buen “estudiante de artes”, no sabía si sería un buen “artista”. Para ser un buen artista necesitaría tener más desarrollado el… ni siquiera sé qué necesitaría tener más desarrollado. Leí sobre arte, fui a exposiciones, hubo obras que me gustaron y obras que no, hubo obras que encontré buenas y obras que no, pero, ¿entendí esas obras? ¿O solamente las juzgué en base a mis gustos particulares? No fui capaz de responder esa segunda pregunta. Tampoco tenía claridad sobre si los artistas que conocía tenían una respuesta para esa pregunta. ¿Y qué iba a pasar si no había respuesta? ¿Me iba a gustar pasarme la vida dedicándome a algo que no estaba seguro de si podría analizar?

Resulta que no supe cómo responderme. No pude responder esa pregunta. Entonces dejé de sentir que ser artista me garantizaría ser feliz.

Tuve que volver a ir más atrás.

•••

Decidí entonces ir al momento en que decidí estudiar informática, porque, pensé, el querer estudiar artes bien podía haber surgido como una reacción a la ingeniería. Así es que llegué a principios del 2000, cuando estaba en Tercero Medio.

Pregunta: ¿Por qué elegí estudiar ingeniería en informática? Respuesta parcial: Porque me iba bien en matemáticas en el colegio y me gustaba jugar computador y Nintendo. Respuesta honesta: Porque quería hacer videojuegos.

Me pareció obvio que, viviendo en Chile y queriendo hacer videojuegos, tenía que estudiar informática. Ahora, algo que jamás se me pasó por la cabeza, es que hacer videojuegos es un trabajo interdisciplinario como pocos: artistas, programadores, diseñadores, animadores, escritores y músicos están involucrados. Como no lo pensé, no hice esfuerzo alguno por identificar qué parte de los videojuegos era la que más me gustaba y, como no hice el esfuerzo, volví a meterme al electivo de matemáticas y, finalmente, como volví a meterme al electivo de matemáticas, volví a estudiar ingeniería.

El problema, deduje, debía estar más atrás. El problema era en qué momento específico.

¿Cómo había sido que llegué a estar así de condicionado a estudiar ingeniería? Digo, me gustan mucho la historia, la literatura y las ciencias sociales. ¿Por qué, entonces, más allá de que me fuera bien en matemáticas y me gustara jugar Nintendo, terminé condicionado de esa forma?

No lo sé. Tal vez simplemente ya había jugado demasiado Nintendo, tanto que, al engranarse con mi habilidad para los números, hizo que estudiar informática fuese en verdad la única opción.

En ese caso, evidentemente, el problema había sido jugar demasiado Nintendo. Tal vez el problema fue jugar Nintendo, así, a secas, sin el “demasiado”.

De ser así, ya sabía qué fecha debía ir.

•••

Llegué al primer trimestre de Primero Medio, el momento en que jugar Nintendo se convirtió en el eje central de mis interacciones sociales.

Que conste, por favor, que no exagero.

Cuento corto: cambio familiar de ciudad y, después dos años en un colegio en el que jamás encajé, los únicos amigos que pude hacer en el nuevo colegio se dedicaban a jugar Nintendo. Ese es un patrón que ya se me había repetido varias veces antes. No era extrovertido, sino todo lo contrario, así es que no es extraño que, apenas hube conseguido un par de amigos, me esforzara por mantenerlos. Ahora, para ser honesto, debo reconocer que yo ya jugaba Nintendo desde hacía un par de años antes de cambiarnos de ciudad, pero no fue hasta Primero Medio que el jugar se volvió tan importante.

Al darme cuenta de eso último, entendí que el problema no era en que yo hubiera jugado demasiado Nintendo, sino en que era un niño introvertido, un niño tímido, un niño con poca confianza. ¿Y cuándo fue que me había vuelto así?

Tuve que volver a retroceder.

•••

Llegué a Sexto Básico, el primero año en la nueva ciudad.

En algún momento de ese año, había recordado al viajar a esa fecha, fue que empecé a quedarme callado mientras el resto de curso me molestaba, mientras los de séptimo y octavo me pegaban patadas en los recreos. Pensé que tal vez había perdido mi autoconfianza cuando decidí hacerme el huevón y sencillamente ignorar a mi curso (y al resto del colegio) e irme en los recreos a jugar con mi hermano, así es que volví a ese año decidido a cambiar eso.

Sin embargo, volví a decidir ese mismísimo primer día en el colegio que mis compañeros en verdad no me interesaban (y que yo no les interesaba a ellos) y volví a decidir pasar los recreos con mi hermano en lugar de con mis compañeros de curso y eso empezó proceso que desencadenó luego en que ellos me molestaran y todo lo demás.

¿Por qué tomé esa decisión? Creo que pensé que no valía la pena siquiera intentar acercarme a ellos, porque yo era el nuevo, el único nuevo, había llegado hacía dos semanas a la ciudad, no conocía a nadie, no tenía, siquiera, el uniforme del colegio. Con todo eso había más que suficiente para explicar mi falta de confianza. Pero entonces llegó un compañero después que yo ese año, ya empezado el año (después de la mitad, de hecho), desde incluso más lejos que yo, y que tampoco tenía el uniforme, pero a él nada de eso le impedía ser arrogante y confianzudo y pasado para la punta.

¿Qué diferencia podía haber entre ese compañero y yo? Él estaba en una situación más difícil que la mía, pero aun así la llevaba mejor. ¿Por qué él tenía tanta seguridad, tanta confianza? ¿Sería posible acaso que mi falta de confianza se hubiera originado aún más atrás?

Esa fue la única explicación que se me ocurrió y debí volver a retroceder.

Lo único que saltó a mi memoria había pasado el año inmediatamente anterior a que nos cambiáramos de ciudad. Eso que sucedió eran dos palabras, era un nombre propio: Francesca Realini.

Ya sé. Es ridículo. Estaba en quinto básico. Yo tenía diez años y eso significaba que el que Francesca me gustara equivalía solo a decir que me parecía bonita, pero es lo único en que pude pensar que hubiera tenido un carácter tan determinante y es que, sí, que una persona te dijera no le gustas, duele, pero duele más cuando tú mismo te convences de que no le gustas, de que no puedes gustarle, y creo que eso fue precisamente lo que hice, un día de noviembre, después de clases, en que, no sé por qué razón, yo volví a la sala y ella aún no se había ido y yo había pensado todo el día en decirle que me gustaba.

Y casi se lo dije, pero me detuve y luego me convencí a mí mismo de que no tenía sentido, de que yo no le gustaba (lo que, probablemente, era cierto, de todos modos). Yo mismo me maté. Yo mismo me dije que no valía la pena el intento, que no era lo bastante bueno.

•••

Entonces, estando de regreso, mientras volvía a la sala sabiendo que Francesca estaba aún ahí, iba pensando en cómo decirle que me gustaba y en como las cosas de ahí me saldrían mejor.

Con esa confianza me habría ido mejor en el primero colegio en la nueva ciudad y, sin estar tan solo, habría leído más y habría escuchado más música y habría jugado menos Nintendo y no me habría metido al electivo matemático, queriendo estudiar ingeniería, y no habría estudiado ingeniería y habría terminado hoy teniendo una profesión que me hace más feliz.

Y me pareció de verdad que estaba claro, que sería más feliz. No había más vuelta que darle.

Pero a dos pasos de la puerta de la sala me surgió una pregunta: ¿de haber cambiado ese acobardamiento, hacía como 21 años ya, en quién me convertiría? ¿Me gustarían las mismas bandas? ¿Sería capaz de llevarme bien con mis hermanos y mis viejos? Me volvería otra persona, claro está, quién tendría otros amigos, pero, ¿serían mejores? ¿Me gustaría más ser “ese otro Miguel” que sería parte yo y parte otros que, tal vez, habría tenido un vida y experiencias muy diferentes? Porque, sí, tengo bastantes problemas conmigo mismo, pero, a grandes rasgos, no estoy tan mal y he terminado por caerme bien. Digo, hay gente que está peor que yo, o que me cae mal, y ellos probablemente sí se habrían atrevido a decirle a Francesca que ella les gustaba.

Entonces, ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, tuve que reconocer no tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, lo que volvía todo el viaje un ejercicio agotador de realizar y recordar y escribir y, posiblemente, desesperante de leer. Y ahí, parado a dos pasos de la puerta, mientras Francesca estaba todavía adentro, me di media vuelta e hice las cosas tal cual ya las había hecho.

Ahora, hoy, me enorgullezco de no necesitar pensar en si el viaje completo fue o no solamente una gran pérdida de tiempo.

Reminiscencia

Del latín tardío reminiscentia, y este derivado del latín reminisci: recordar. Femenino. 1. Acción de representarse u ofrecerse a la memoria el recuerdo de algo que pasó. 2. Recuerdo vago e impreciso. 3, en literatura y música. Aquello que evoca algo anterior o denota su influencia. 4, en psicología. Mejora del aprendizaje que se produce como resultado de un periodo de descanso.

 

–¿Cuál es el disco que más te gusta de Sonic Youth? –ya sé la respuesta a mi pregunta,  pero no se me ocurrió nada más y no puedo seguir aguantando el verla conectada. Tecleo después de solo 2 minutos y 14 segundos. Mi record es de 3 minutos y 29 segundos.

–No tengo idea. Traté de que me gustara su música, de verdad que traté, pero no pude. Simplemente no he podido digerirlos. –me faltan palabras para describir el alivio y la euforia que siento al ver que me contesta de inmediato.

–Me pasó algo parecido. Me gusta harto el Rather Ripped, pero me han dicho que es malísimo.

–En todo caso, no deberías lanzarte directo a Sonic Youth. Es música demasiado compleja y el choque puede ser muy fuerte contra las bandas para niñitas de 17 que escuchas siempre. Deberías buscar algo intermedio, para que haga de puente. –dice.

–Perdona, pero he escuchado a The Mars Volta, A Perfect Circle, Tool, Godspeed You Black Emperor, Karate y Patti Smith. Ninguno de ellos me mató. De todas formas, gracias por preocuparte.

–¿The Mars Volta? ¿De verdad? ¿Cómo puedes decir que su música es compleja? No cuenta: es rock clásico y, por definición, el rock clásico no es complejo.

–The Mars Volta es progresivo y, en todo caso, se puede ser clásico y complejo. Fíjate en Genesis. –sé que no conoce la banda, por eso la nombro.

–¿Genesis?

–Googléalo.

–Bueno, en fin que no quiero que discutamos por música, porque creo que tienes una confusión de las buenas con los géneros.

–Bueno, como quieras… en cualquier caso, quiero que sepas que estoy comiendo torta y tú no.

–No necesito torta –me manda unas selfies con un Golden Retriever–, porque tengo un perro.

–Yo tengo torta y también un perro… y tenía también un mango, pero ya me lo comí.

Salgo al patio e intento que mi perro pose conmigo para unas fotos, pero no funciona: el muy rehuevón solo quiere que le tire su pelota. Finalmente le saco una foto mientras está parado en dos patas, abrazando mi pierna y mirándome con cara de juguemos-con-la-pelota y se la mando a ella.

–¿Qué es eso? ¿Dejas que tu perro se desahogue con tu pierna? Qué lindi. –dice y casi puedo escuchar su tono burlesco.

–No. Esa fue la mejor foto que logré. Traté de hacerlo posar al lado mío, como el tuyo, pero es muy tonto y solo le interesa su pelota.

–No es que sea tonto, simplemente no te quiere.

–Sí me quiere, pero quiere más a su pelota.

Después de eso se desconecta, pero me quedo con el mismo sabor que cuando peleábamos en persona, por las mismas estupideces, solo por el gusto de pelear.  El recuerdo me hace sonreír.

Inteligible

Del latín intelligibĭllis. Adjetivo. 1. Que puede ser entendido. 2. Que es materia de puro conocimiento, sin intervención de los sentidos. 3. Que se oye clara y distintamente.

 

  1. Que se oye clara y distintamente.

‒¡Alo!

‒¡Hola! ¿Dónde estás?

‒Afuera del estudio. Te esperé un poco, pero al final me vine para no perder la hora.

‒¿Dónde estás?

‒¡Alo! ¿Alo?

‒¡Alo! ¡Acá estoy! ¡Te escucho! ¿Dónde estás?

‒Afuera del estudio. Te esperé unos minutos, pero al final me vine, porque no quería perder la hora.

‒¡Te pregunté que donde estás! ¿Alo?

‒¡Alo! ¡Teléfono de mierda y la concha de tu madre!

‒¿Cómo que “concha de tu madre”, huevón?

 

  1. Que puede ser entendido.

‒Me mordió un mono. ‒dice.

Estamos sentados en un parque tomando unas cervezas, cuando noto una cicatriz circular como de 7 milímetros de diámetro, en su pierna derecha, unos centímetros por sobre la rodilla.

‒¿Cómo cresta te mordió un mono? ‒pregunto sin poder evitar reírme‒ ¿Cómo terminaste en posición de dejar que te mordiera un mono?

Sonríe. No parece notar que le miro las piernas.

‒Estaba viviendo en Guatemala y me acostumbré a trotar por un camino en la selva. Un día me encontré con un mono amarrado a un poste y me puse a hacerle cariño.

‒¿Por qué no lo soltaste?

‒Porque tenía collar, con medallita con nombre y todo.

Río.

‒Ya. OK. Entiendo, tenía dueño.

Sonríe de nuevo.

‒Claro. La cosa es que me puse a hacerle cariño y se encariñó conmigo y, cuando quise irme, se agarró a mi tobillo y no quería soltarme. En el forcejeo me mordió.

‒¿No quería que te fueras?

‒Creo.

Sonrío.

‒Bueno. Yo también te mordería si no pudiera hacerme entender.

Ríe.

‒Qué bueno que sí sabes hablar.

 

  1. Que es materia de puro conocimiento, sin intervención de los sentidos.

Su mano izquierda tiembla mientras alcanza su taza de café y se la lleva a los labios. Bebe un par de sorbos cortos. Por sus mejillas corren dos lágrimas. A pesar de estar sentada, me da la impresión de que está a punto caerse.

‒Siento que me estoy volviendo loca.

‒No te estás volviendo loca.

‒Entonces no entiendo qué mierda me pasa.

‒Es miedo no más. Puro miedo.

‒Pero, ¿miedo a qué? Todos los miedos que tengo son puras estupideces.

‒¿A qué le tienes miedo?

Se queda callada mirando su taza a medio vaciar. Sus pestañas estás húmedas. Sorbe por la nariz.

‒No quiero hablar de eso.

Tomo su mano derecha.

‒Por favor, cuéntame.

Vuelve a tomar café.

‒No sé por cual partir.

‒Si no te parece que valga la pena hablar de uno, ignóralo y sigue con el próximo.

‒Es que ninguno vale la pena. Son todos ridículos. No lo entiendo.

Me arrodillo junto a ella y la abrazo.

Yeismo

Masculino. En fonética y fonología, desaparición de la diferencia fonológica entre la consonante lateral palatal y la fricativa palatal sonora, de manera que, en la pronunciación, no se distinguen palabras como callado y cayado.

 

PR fvR, knsdr ‘st km n-bt’kr. Tl vs ‘l fnl ‘nt”nds d-k’.

•••

Conocí a Katherine por internet, en un sitio que recomendó un amigo para conocer gente con quien, después de conocerse un tiempo, uno pudiera intercambiar correo, pero correo clásico, en sobres de papel. Ella era de Puerto Varas. Yo ya estaba viviendo acá en Santiago. El sitio web estaba lleno de gente de todo el mundo, así que me entusiasme cuando, después de un par de semanas, me encontré con la primera persona de Chile, así que le escribí.

Nos caímos bien bastante rápido. Después de unos cuantos mensajes en el sitio web, empezamos a mandarnos emails. Un par de días después me dio su dirección y le mandé una carta: una hoja blanca, en la que dibujé una carita contenta, bajo la que escribí “¡Hola!”. Por respuesta recibí el siguiente texto exacto:

Ke tal?
K
omo t’trata l‘vida?

En ese momento caí en cuenta de que nunca le había preguntado qué edad tenía y que, por lo tanto, era perfectamente posible que estuviera hablando con una cabra chica de 15 años que se creía “shuper especial” porque escribía casi sin usar vocales y cambiando las C por K. Por esto, en mi siguiente carta fui directo al hueso y le pregunté (entre otras cosas) cuantos años tenía. Me respondió (también entre otras cosas) lo siguiente:

Tengo 29. Por ke?

•••

Me dijo o, más bien creí entender en ese momento entre la jerigonza en la que escribía, que le apasionaban las letras, pero no necesariamente la literatura ni la lingüística ni ninguna disciplina de ese tipo, sino que le gustaban las letras en sí, las líneas y puntos con los que la gente representa sonidos y entonaciones. Eso nunca me había llamado la atención. No era que no me gustara, sino que, simplemente, nunca le había PUESTO atención.

En cualquier caso, era entretenido escribirnos y, para ese momento, ya nos habíamos agregado en Facebook, por lo que yo ya había hecho la reglamentaria revisión de todos y cada uno de sus álbumes de fotos (buscando las nunca-suficientemente-abundantes fotos en traje de baño) y había decidido ya que la encontraba lo bastante rica como para considerar el darme la paja de viajar a Puerto Varas. Así es que le seguí el juego con lo de las letras.

Me permitiré unas líneas ahora para aclarar algo que podría estar resultando confuso en este momento. Sí, ya éramos amigos en Facebook. Sí, los dos ya sabíamos el correo electrónico del otro. Sí, a pesar de eso, cuando hablábamos lo hacíamos solo por correo clásico. Puede parecer ridículo, sí, e incluso estúpido, pero esa era la forma en que lo hacíamos.

•••

Ahora vuelvo a lo de las cartas. En la siguiente, le pedí que me explicara un poco acerca de la forma en que ella escribía, pero su respuesta abundó en líneas como la del fragmento que sigue:

Trato d’eskirbir usando solo los sonidos ke usamos nl’espanol sileno, s’desir, tratando d’fonetisar l’alfabeto tanto komo puedo para nuestra forma d’ablar.

Seguramente estarás de akuerdo konmigo en ke, aunke la idea era konseptualmente buena, la forma ke ela abía elejido para ejekutarla dejaba muso que desear. En primer lugar, abundaba en kontraksiones ke podrían aber resultado naturales o familiares para un ablante de fransés o italiano, pero no para un ispano. En segundo lugar, y esto kisás lo ke más me molestaba, el tiempo ke ganaba asiendo kontraksiones, se perdía eskribiendo apóstrofes o subraiando.

En ese momento ia abía empesado a pareserme ke un alfabeto fonétiko para el espanol sería más fásil de eskribir. Tendía a kreer ke sería igual de fásil para las manos ke para los ojos. Por eso, me empesiné un poko en demostrarle a ela ke podía aser un mejor trabajo.

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Debo konfesar k’me obsesioné n’poko, o tal ves bastante. Poko a’poko nuestras kartas empesaron a’tratar kada ves más sobre l’idioma, sobre l’letras, i io dejé d’repasar l’fotos d‘l’vakasiones d’verano k’ela tenía n’Feisbuk, i dejé d’planear viajar a Puerto Varas para conocerla.

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Mis kaRtas s’isieron kada ves mAs laRgas i l’d’eLa kada ves mAs koRtas. Io dejE d’saliR, d’leeR, d’veR tele, d’pintaR. Mi Unika distraksion era eskuSaR mUsika, y solo l’asIa poRke no m’estoRbaba para trabajaR n’l’desaRoLo d’unas letras k’m’dejaran satisfeSo. Pronto me dI cuenta d’k’su idea d’l’apostrofes era n’verdad bastante buena y d’k’solo era nesesario tener l’kuidado d’no komponeR l’letras usadas komo prefijos. Es desiR, abIa k’poneR todos l’apostrofes k’isiera falta para k’l’teksto fuera klaro.

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N-l-mmnt n-k-dsd’ dshsRm d-l-vkls ‘ntnd’ k-hb” ‘lknsd l-k-‘stb bsknd. ‘stb lst kn tn sl ‘ns pkNs mdfks”ns, k-‘nklyrn Rsklr l-H y l’Y y l’O, n-s-‘s l’jk, y kmb”R l-‘pstrfs pr g”ns k”nd ls ‘sb pr kmpnR kn prfjs, m’s l-‘s d-l-‘pstrfs pr mRkR vKls f”Rts o dbls. ‘s ‘r td l-k-s-nsstb. ‘d’’s vkls. L-‘rbs m hb”n dd l’sls”n hs” 3000 ‘Ns. ¿K”n nsst ‘skrbr l-vkls s p”d ‘nfrRls d-l-kntkst?

Rk”Rd k-l-‘skrb n kRt m” lRg, knt’ndl k-l hb”ms lgrd, knt’ndl k-y’ tn”ms n”str sstm pr n-‘spNl ‘skrt pRfkt. N-‘s msm kRt l-‘kxplk’ kn lj d-dtLs l-k-hb” dsRLd. Tn” grnds ‘sprnss d-k-‘ntr l-ds pd”rms hsR k-n”str sstm s-‘dptr n-l-p”s.

S-Rsp”st f” bstnt ‘sk”t. L-cp” ‘ntgrmnt ‘k’:

Wn, este webeo dejó de ser entretenido hace ya bastante rato y, por lo demás, hace al menos 3 cartas que ya no entiendo niuna mierda.

¿Podemos hablar en español normal?

Gracias.

Katty.

Pánico

Del latín moderno panicus, y este del griego Πανικός (panikós). Adjetivo. 1. Referente al diós Pan. 2, dicho del miedo o del terror. Extremado o muy intenso, y que a menudo es colectivo y contagioso. Usado también a modo de terminación como sustantivo masculino. Síndrome de pánico.

 

Okey, esto va a parecer algo confuso, pero trataré de que tenga gracia, entendiendo “gracia” no como “chistoso”, sino como “agradable”, pero con “agradable” no queriendo decir “bonito”, sino “entretenido”, aunque con “entretenido” no en el sentido de “divertido”, sino de “interesante”. Sí, “interesante” es la palabra que estaba buscando. También intentaré usar tan pocos puntos como me sea posible, igual que hizo Bolaño en un cuento llamado Fotos aunque, para este segundo objetivo, creo que empezaré a hacer la cuenta desde el siguiente párrafo, porque en éste ya llevo dos puntos y aun me falta el del cierre.

No sé bien como empieza el proceso de enrollarme porque nunca me he dado cuenta de que estoy empezando a enrollarme, sino que lo noto cuando ya estoy enrollado, sin embargo, sí he sido capaz de analizarlo en retrospectiva y he notado que es una cosa como de imaginar una situación en un futuro cercano, relacionándola con alguna situación  similar, aunque desagradable, en el pasado cercano, para entonces, primero, convencerme de que la nueva situación irá de un modo similar a la primera y, segundo, entrar en una cadena de imaginaciones que “pronostican” las cosas que diré y haré y pensaré y sentiré, para que esta cadena empieze luego a correr cada vez más rápido y a bifurcarse, de forma que donde en un principio había una sola elucubración, un par de minutos más tarde ya hay 4 y después 8 o 16 o, en realidad, cualquier número mayor que 1 porque, aunque soy capaz de ir cerrándolas y cortándolas, casi nunca puedo hacerlo lo bastante rápido y empiezan a acumularse, por lo que usan parte del tiempo que debería usar yo para pensar en como cerrarlas, así es que tengo cada vez menos tiempo y más elucubraciones y entonces las cadenas se vuelven más intensas, induciendo en mí ya no solo pensamientos, sino también sentimientos, el primero de los cuales es siempre una sensación de presión “cálida” en el pecho, entre los pulmones, que sube por mi cuello hasta casi hacerme vomitar, pero no vomito, porque no hay nada que vomitar, y entonces siento que mis rodillas y mis tobillos y mis codos y mis muñecas tiemblan todos, los ocho al mismo tiempo y mi corazón late como siguiendo la doble pedalera de una canción metal y empiezo a respirar rápido, porque siento que me falta el aire, pero por más rápido que respiro el aire me sigue faltando, así es que respiro más rápido y me falta más aire y respiro más rápido y me falta más aire y respiro más rápido y me falta más aire y, entonces, mis piernas, que ya temblaban, se duermen y se ponen pesadas y luego eso se extiende a mi estómago y mi pecho y mi espalda y mis brazos y mi cuello y mi cara y me pongo rígido, a duras penas puedo caminar, a duras penas puedo mover las manos, a duras penas puedo hablar y, cuando creo que ya no puedo sentirme peor, me convenzo a mí mismo de que me estoy muriendo y que tengo que conseguir ayuda y que no voy a poder conseguir ayuda o de que, si la consigo, no alcanzarán a salvarme y moriré en el suelo, ahí donde estoy, llorando aterrorizado, y entonces me veo a mí mismo muriendo aterrorizado, me veo a mí mismo eligiendo no esperar a morirme y matándome de la forma más inmediata que pueda imaginar, me veo a mí mismo muerto y, entonces, me acuerdo de lo que me dijo mi psiquiatra, todo eso de “toma aire, aunque no lo sientas entrar, y mantenlo dentro 5 segundos, aunque sientas que tus pulmones van a explotar, y exhala lento, sintiendo el aire caliente que sale por la boca, y entonces quédate sin aire en los pulmones por 10 segundos, aunque se te hagan infinitos, y entonces te sentirás mejor”, así es que tomo aire, aunque no lo siento entrar, y lo mantengo dentro 5 segundos, aunque siento que mis pulmones van a explotar, y exhalo lento, sintiendo el aire caliente que sale por la boca, y entonces me quedo sin aire en los pulmones por 10 segundos, aunque se me hacen infinitos, y entonces me siento mejor, entonces me siento mejor, entonces me siento mejor, porque entiendo ahora completamente que nada de lo que vi y sentí era real, que todo fue nada más el dejar que mi cabeza corriera con libertad para luego proceder a hiperventilarme y tener un ataque de pánico, otro ataque de pánico, uno más para la colección, pero también otro que he vencido, porque ahora estoy tranquilo, ahora sí estoy tranquilo.

Bueno, creo que lo conseguí. Escribí un buen párrafo sin usar más que el punto a parte del final. Por cierto, sé que en el primer párrafo dije que trataría de escribir el resto de este no-sé-llamarlo-cuento sin usar más puntos, pero la verdad es que fue más agotador de lo que había pensado, así es que lo dejaré hasta aquí y váyase a la cresta quién crea que soy un chueco, quién crea que debí seguir hasta el final así. No tengo por qué seguir un cuento si ya no quiero seguir escribiéndolo. No voy a seguir a escribiendo si ya no quiero seguir escribiéndolo. Pero, ¿qué va a pasar si algún día quiero seguir escribiendo otro cuento, no éste, y ya no puedo? ¿Qué va a pasar si querer realmente es poder y de tanto no querer acabo no pudiendo? ¿Qué va a pasar si no puedo? ¿Qué va a pasar cuando ya no pueda? Seguramente miraré hacía el tiempo que me queda y que pasaré sin poder y después miraré al tiempo que pasé no queriendo y me arrepentiré y me enojaré conmigo mismo y tendré discusiones conmigo mismo y después me enojaré y tendré discusiones con las personas que estén cerca y después tendré nuevas peleas conmigo mismo por echarle a ellos la culpa por ya no poder, siendo que la culpa será solamente mía y yo lo sabré y… mierda, me estoy enrollando de nuevo. Bueno, por lo menos esta vez me di cuenta.

Galatea

[Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso, esculpió un marfil, y una forma le dio con la que ninguna mujer nacer puede, y de su obra concibió él amor].

Fragmento de Pigmalión, centésimo décimo poema de Las Metamorfosis, de Ovidio.

 

No me acuerdo de cuanto tiempo pasó Pigmalión mirando la escultura, antes de que Afrodita se apiadara de él y, la verdad, no tiene importancia: puede haber sido una noche, un mes, veinte años. Para él debió ser una eternidad y no creo que uno sea capaz de distinguir entre dos eternidades. Una eternidad es una eternidad y da lo mismo si dura cinco segundos o un millón de años.